El Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar es, históricamente, el escenario donde la política, el poder y el folclor se mezclan bajo el sol del Caribe. Sin embargo, en la edición de este año, las cámaras captaron una escena que resume a la perfección la desconexión y la jerarquía interna de la extrema derecha colombiana. El protagonista de un video que ha incendiado las redes sociales es el abogado Abelardo de la Espriella, quien en un gesto de desdén absoluto, humilló públicamente a uno de sus aliados más ruidosos: el congresista Miguel Polo Polo.
En las imágenes, se observa a un Polo Polo visiblemente entusiasmado, intentando encajar en el círculo íntimo del abogado. El congresista le ofrece a De la Espriella un trago de aguardiente Antioqueño “tapa azul”, el licor por excelencia de las fiestas populares colombianas. La respuesta de Abelardo no fue solo un “no”, sino una mirada de repugnancia y un gesto con la mano que apartó a Polo Polo como si fuera un estorbo. Segundos después, la cámara revela la razón del desprecio: sobre la mesa de De la Espriella no hay espacio para lo popular; allí reina una botella de Macallan, un w
hisky escocés cuyo precio en el mercado supera los dos millones de pesos, y que en un palco VIP del festival puede alcanzar fácilmente los tres o cuatro millones de pesos colombianos.

Este episodio no es una simple anécdota de borrachera. Es el retrato fiel de una careta que se cae. Mientras Abelardo de la Espriella recorre el país en una precampaña presidencial para el 2026, dejándose ver comiendo arepa de huevo y frituras en las esquinas de Barranquilla para proyectar una falsa cercanía popular, su realidad privada es la de los mocasines de miles de dólares y los licores exóticos que cuestan tres veces más que un salario mínimo mensual. Polo Polo, en su afán de servilismo, olvidó que para la élite que él defiende, él sigue siendo un extraño intentando entrar en una fiesta de etiquetas de diseño.
El “golpe” al bolsillo de los trabajadores: La propuesta de peajes para motos
Mientras en Valledupar se derrochaba en licores de lujo, en el centro del país la senadora Paloma Valencia lanzaba una bomba que ha puesto a temblar a más de diez millones de motociclistas. En una declaración que demuestra una desconexión total con la realidad socioeconómica del país, Valencia defendió la idea de imponer peajes a las motocicletas por todo el territorio nacional.
Colombia es un país que se mueve sobre dos ruedas. Para el estrato 1, 2 y 3, la moto no es un vehículo recreativo; es la oficina del domiciliario, el transporte del jornalero y la única forma que tiene el campesino de sacar sus productos al pueblo sin gastar lo poco que gana en pasajes costosos. Actualmente, las motos están exentas de peajes en Colombia, un alivio fundamental para la economía popular. Sin embargo, la senadora Valencia fue tajante al afirmar: “Acuérdate que las motos son el 63% de los vehículos. Yo creo que usted puede pagar”.
¿Quién puede pagar realmente? Un jornalero en Colombia gana entre 80,000 y 90,000 pesos por una jornada agotadora de sol a sol. Si para ir y volver de su trabajo debe cruzar un peaje de 10,000 pesos (ida y vuelta), estaría perdiendo más del 10% de su ingreso diario solo en un impuesto de rodamiento. Esta propuesta ha sido calificada como una traición al pueblo trabajador. Mientras la senadora propone alivios populistas como quitar el SOAT a las motos de bajo cilindraje (un pago que se hace una vez al año), pretende clavarles un impuesto diario que beneficiaría directamente a los grandes dueños de las concesiones viales, como Luis Carlos Sarmiento Angulo.
13,000 millones de pesos: ¿Quién financia la “renovación”?
La campaña de Abelardo de la Espriella no solo destaca por sus gustos caros, sino por una billetera que parece no tener fondo. Se ha revelado que el gerente de su campaña es Carlos Andrés Ríos, exviceministro de Defensa de Iván Duque, y que su auditor es Alfonso Soler, otro hombre cercano al anterior gobierno. Hasta la fecha, se estima que esta campaña ha gastado la astronómica cifra de 13,000 millones de pesos colombianos.
La pregunta que surge espontáneamente es: ¿De dónde sale tanto dinero? ¿Qué intereses hay detrás de una inversión tan masiva para alguien que ni siquiera ha oficializado una candidatura presidencial? Expertos señalan que cuando se inyecta tal cantidad de capital es porque se espera una “tajada” aún mayor de la torta estatal. Mientras el ciudadano de a pie lucha por pagar la gasolina y sobrevivir al costo de vida, la maquinaria del uribismo y sus aliados se aceita con miles de millones, preparándose para intentar retomar la Casa de Nariño en 2026.
La respuesta del Poder Popular: “Limonada para Paloma”
Ante este panorama de desprecio y medidas antipopulares, la juventud y los sectores sociales han empezado a responder con creatividad y resistencia. Se ha vuelto viral un video de una batucada popular donde los jóvenes lanzan rimas cargadas de sátira contra los líderes de la extrema derecha. “Limonada para Paloma que no hace nada; jugo de lulo para Abelardo que no hace un culo”, cantan al ritmo de tambores, mientras piden la continuación del proyecto de cambio que ha priorizado a los que vienen de abajo.

Este contraste es el que hoy divide a Colombia. Por un lado, una élite que se encierra en palcos VIP a beber whiskys que valen fortunas mientras planean cómo cobrarle peajes a los más pobres; por el otro, un pueblo que reconoce en las motos su herramienta de libertad y trabajo, y que no está dispuesto a dar un paso atrás en los derechos conquistados.
Conclusión: El despertar de un país que no traga cuento
El video de la humillación a Polo Polo y la propuesta de peajes de Paloma Valencia son piezas de un mismo rompecabezas: el de una clase política que ve al pueblo como una estadística de recaudo y a sus aliados menores como sirvientes de temporada. El Festival Vallenato dejó claro que no importa cuántas arepas de huevo coma Abelardo de la Espriella frente a las cámaras, su corazón y su bolsillo pertenecen a un mundo donde el aguardiente “tapa azul” no tiene entrada.
Colombia se encamina a un 2026 donde la verdad y la coherencia serán las armas principales. El ciudadano que sale cada mañana en su moto de 100 centímetros cúbicos ya entendió que las promesas de quitar el SOAT son solo el anzuelo para cobrarles el derecho a transitar por sus propias carreteras. La resistencia se construye con información y memoria, y hoy, más que nunca, las cosas se dicen como son: desde la tierra del trueno, el pueblo está alerta y no permitirá que le arrebaten el futuro a punta de chequeras y desprecios.