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El Circo del Miedo: Cómo la Campaña de Abelardo de la Espriella Fabricó un Atentado Falso y Manipuló Encuestas para Sobrevivir al Escándalo

Colombianos, presten muchísima atención a lo que vamos a desglosar el día de hoy, porque estamos frente a uno de los episodios más insólitos, calculados y reveladores de esta contienda electoral. Nos encontramos ante un suceso que deja al descubierto hasta qué punto algunas campañas políticas están dispuestas a manipular la percepción pública, jugar descaradamente con el miedo de la gente y fabricar realidades paralelas para intentar rescatar una imagen pública que se hunde irremediablemente en medio de escándalos innegables.

En las últimas horas, el país entero fue bombardeado por una narrativa intensa y perfectamente coordinada. Esta fue impulsada por la gente de la campaña del candidato presidencial Abelardo de la Espriella y rápidamente amplificada por periodistas afines, medios de comunicación tradicionales y aliadas estratégicas como Vicky Dávila. Juntos, iniciaron un escándalo de proporciones mayúsculas sobre un supuesto intento de atentado en el departamento de Antioquia. Alegaban, con gran dramatismo, que el robusto esquema de seguridad del candidato había logrado identificar y neutralizar a un supuesto “falso escolta” que andaba merodeando, haciendo labores de inteligencia militar y preparando el terreno para un golpe letal contra el aspirante. Nos vendieron la imagen de un candidato acorralado por fuerzas oscuras, un hombre valiente que desafía al peligro, protegido apenas por el heroísmo de sus guardaespaldas y un chaleco antibalas.

Sin embargo, detrás de todo ese humo denso, detrás de todo ese teatro dramático digno de una película de acción de bajo presupuesto, se esconde una verdad completamente distinta. Una verdad que la campaña intentó ocultar desesperadamente, pero que, gracias a la investigación independiente, ha salido a la luz. Lo que parecía ser la noticia de un atentado frustrado se ha desmoronado pieza por pieza, revelando que todo este cuento no es más que un presunto montaje; una cortina de humo fabricada a la medida de sus urgencias. Y lo más impactante de todo es que el propio protagonista de este circo, el supuesto falso escolta, ha terminado por dejar en evidencia la farsa. Con sus antecedentes y sus conexiones públicas, ha confesado indirectamente que su presencia allí no tenía absolutamente nada que ver con un acto criminal, sino que formaba parte de una estrategia orquestada por el mismísimo entorno político de Abelardo.

Todo esto pareciera ser un desesperado control de daños, una maniobra de distracción milimétricamente calculada para intentar desviar la atención de la opinión pública. ¿Por qué ahora? Precisamente después de los terribles escándalos que vienen acosando a Abelardo de la Espriella en las últimas semanas. Hablamos de cuestionamientos gravísimos sobre su trato hacia las mujeres, denuncias formales de periodistas que se han sentido acosadas y polémicas que han destrozado su credibilidad, haciendo que su imagen caiga a pedazos ante el electorado. La solución que encontraron los genios en su cuarto de guerra político fue victimizarlo, crearle un enemigo invisible y obligar emocionalmente al país a sentir solidaridad por él. Pero vamos a los hechos concretos; vamos a desmenuzar cómo construyeron esta mentira paso a paso y cómo la evidencia la desarma.

El contexto nos sitúa en el municipio de Envigado, en el departamento de Antioquia, donde el candidato se encontraba realizando uno de sus habituales eventos de campaña. Estos eventos siempre están cargados de un dramatismo extremo, rodeados de cámaras, luces y un despliegue de seguridad excesivo que parece más propio de una zona de guerra en Medio Oriente que de una campaña democrática en Colombia. En medio de ese escenario controlado, nos dicen que el esquema de seguridad intercepta a un hombre. La campaña asegura de manera categórica y alarmista que esta persona se presentó falsamente como miembro de la avanzada oficial, que estaba infiltrado, haciendo inteligencia detallada y que tenía en su poder elementos peligrosísimos. Nos dicen que, por fortuna, se frustró un atentado inminente.

Pero detengámonos un momento a usar el sentido común, que dolorosamente parece ser el menos común de los sentidos en la política colombiana. ¿Cómo sabían de manera tan inmediata y fulminante que este hombre iba a cometer un atentado? ¿Qué pruebas concluyentes tenían en ese preciso instante para que todos los influenciadores, bodegas digitales, políticos aliados y periodistas de derecha empezaran a replicar el mismo mensaje exacto, con las mismas palabras, al mismo tiempo en todas las redes sociales? La respuesta es tan sencilla como aterradora: No tenían ninguna prueba. Lo que tenían era un guion, un libreto previamente escrito que solo necesitaba un actor secundario para ser puesto en marcha y encender las alarmas nacionales.

Cuando las autoridades competentes y el periodismo de investigación real se acercan a verificar los elementos incautados al supuesto peligroso sicario de élite, la narrativa oficial empieza a desmoronarse y a rozar los límites de lo ridículo. Resulta que el individuo llevaba consigo un arma traumática (que dispara balines de goma), unos binoculares, un gas pimienta, algunos dispositivos electrónicos comunes, un carnet de identificación laboral y, escuchen bien, propaganda política impresa del propio candidato Abelardo de la Espriella.

Pensemos en esto por unos segundos con total frialdad. Nos están pidiendo que creamos que un sicario profesional, contratado y enviado para atentar contra uno de los hombres más protegidos del país, decide llevar a cabo su letal misión armado con un arma traumática, un artefacto que no tiene la capacidad letal para penetrar vidrios blindados ni chalecos protectores. Y que además, como si fuera un turista, lleva consigo folletos de campaña del hombre al que supuestamente va a asesinar. Es un insulto flagrante a la inteligencia de los colombianos. Cualquier persona que entienda mínimamente cómo operan las verdaderas estructuras criminales en nuestro país sabe perfectamente que nadie realiza un operativo de sicariato de esa magnitud con un frasco de gas pimienta y un arma de juguete.

Pero la historia se pone aún más oscura, interesante y comprometedora cuando empezamos a investigar quién es realmente este supuesto falso escolta. El hombre fue identificado por las autoridades como Carlos Mauricio Zapata Moreno. En el momento crítico en que es retenido de manera preventiva por el esquema de seguridad, justo antes de que llegara la policía oficial al lugar, este señor hace una llamada telefónica urgente desde su celular. Cuando los escoltas de De la Espriella le exigen saber a quién estaba llamando, revisan el dispositivo y descubren un dato escandaloso: la llamada, que tuvo una duración exacta de 1 minuto y 42 segundos, fue dirigida al subcomisario Robinson Zapata, un alto oficial de la estación de policía del sector de Las Palmas. ¿Un supuesto sicario llamando directamente a un subcomisario de la Policía Nacional en medio de un operativo criminal?

La justificación posterior del subcomisario fue predecible y débil: dijo que él estaba de turno en la estación y que el teléfono de la estación “no guarda registro de llamadas”. Sin embargo, la conexión directa entre el retenido y la fuerza pública local quedó en evidencia. Esto nos obligó a raspar más el fondo de la olla, a buscar en los registros públicos de las cámaras de comercio y en las bases de datos de seguridad privada del país. Y lo que encontramos destruye por completo, hasta los cimientos, el cuento del atentado político.

Carlos Mauricio Zapata Moreno no es un criminal de guerra. No es un infiltrado de grupos armados ilegales ni un sicario a sueldo. Es un profesional certificado de la seguridad privada, propietario legal y debidamente registrado de una empresa llamada “Medellín Security Service”. Una compañía que fue matriculada oficialmente el 20 de abril del año 2023 en la capital del departamento de Antioquia. Esta empresa se dedica legalmente al transporte privado de pasajeros, a brindar servicios de protección a personas importantes y a ofrecer esquemas de seguridad privada. Es decir, el hombre es, en todo el rigor de la palabra, un escolta real, con una empresa real, que presta servicios reales y legales en la región de Antioquia. No es un fantasma sacado de las sombras del hampa.

Y aquí es donde la trama se complica enormemente para los ciegos defensores de Abelardo, porque este señor Zapata Moreno no solo es un empresario legítimo de la seguridad, sino que tiene vínculos documentados, evidentes y fotográficos con la élite política de derecha en Antioquia. Precisamente el mismo sector político que hoy apoya incondicional e irrestrictamente la candidatura de Abelardo de la Espriella. Al revisar meticulosamente sus perfiles en redes sociales, que son completamente públicos y activos, encontramos galerías de fotografías donde el supuesto “falso escolta” posa sonriente, hombro a hombro, con figuras de altísimo nivel institucional. Entre ellos destacan el actual alcalde de la ciudad de Medellín, Fico Gutiérrez, y el mismísimo secretario de seguridad de esa ciudad.

En una de estas imágenes comprometedoras, el señor Zapata aparece acompañando al secretario de seguridad, quien viste claramente una chaqueta institucional de la alcaldía, en lo que a todas luces parece ser un operativo oficial territorial o un evento gubernamental de alta importancia estratégica. Al ser cuestionado posteriormente por la prensa tradicional sobre esta comprometedora fotografía, la respuesta del secretario de seguridad de Medellín fue un libreto de manual para evadir responsabilidades. Dijo que, efectivamente, en la foto él lleva su chaqueta de la institución que suele usarla en operativos en la calle, pero que “no tiene idea de quién es el señor Zapata”, escudándose en que la gente común le pide fotos en la calle y él accede por cortesía política. Una excusa conveniente, pero sumamente débil y poco creíble cuando observamos el contexto: el señor Zapata no es un transeúnte cualquiera pidiendo un autógrafo, sino un contratista de seguridad que interactúa en el círculo íntimo del poder antioqueño, un círculo que es, casualmente, estrechamente aliado a la campaña de Abelardo.

Sumado a todo este entramado de relaciones, las autoridades oficiales verificaron que el señor Zapata es un exmilitar retirado con honores, posee certificados vigentes de las fuerzas militares de Colombia por haber prestado su servicio a la patria, y mantiene relaciones sumamente cordiales con la vasta comunidad de escoltas y policías en activo de Medellín, recibiendo constantes comentarios de apoyo, respeto y validación por parte de sus colegas en sus publicaciones digitales.

Ante toda esta aplastante avalancha de evidencias, la Policía Nacional, actuando en estricto apego al derecho, determinó que no existían motivos legales fundados para realizar una captura formal y trasladarlo a la fiscalía. No hubo flagrancia en la comisión de ningún delito, no había órdenes de captura vigentes en su contra en el sistema judicial y, lo más importante y ridículo del caso, los elementos que portaba (su arma traumática, su carnet de empresa y sus binoculares) no constituyen absolutamente ningún delito, ya que son las herramientas de trabajo propias y reglamentarias de su labor diaria como dueño de una empresa de seguridad privada. Las autoridades, simplemente, lo dejaron ir porque no había caso criminal que perseguir.

Entonces, la gran interrogante que queda flotando es: si las autoridades determinan que no hay delito, si el hombre es un escolta conocido en la región con nexos fotográficos con la alcaldía aliada de Abelardo, y si sus armas eran de juguete en términos de letalidad real, ¿por qué diablos la campaña de Abelardo de la Espriella y sus medios de comunicación aliados continúan emitiendo comunicados oficiales, infundiendo pánico nacional y hablando de un atentado terrorista frustrado? Aquí es donde entra la confesión de los hechos; el montaje político queda al descubierto a plena luz del día.

Las piezas del rompecabezas encajan a la perfección matemática para mostrarnos una maquiavélica estrategia de manipulación psicológica de masas. La campaña de Abelardo venía en caída libre en todos los sondeos internos. Las recientes y graves denuncias de las periodistas y los escándalos personales le estaban pasando una factura altísima e irreparable en términos de credibilidad e intención de voto, especialmente entre el electorado femenino. El comando de campaña necesitaba urgente, casi desesperadamente, cambiar el eje de la conversación nacional. Necesitaban que el país dejara de hablar del presunto acosador y empezara a hablar, llorar y rezar por el héroe perseguido y victimizado.

Y qué mejor escenario para montar esta obra de teatro que el departamento de Antioquia, su inexpugnable bastión político, rodeado de sus aliados incondicionales de la alcaldía de Fico Gutiérrez. La teoría más sólida, respaldada por todas estas pruebas circunstanciales y materiales, es que la presencia del señor Zapata en ese evento no fue una coincidencia fortuita ni un acto criminal aislado. O bien era simplemente un escolta seguidor de Abelardo, un fanático uribista que acudió al evento político con sus herramientas de trabajo y la propaganda del candidato en el bolsillo para mostrar genuino apoyo, y la campaña de comunicaciones, al verlo con una pistola traumática en la cintura, vio la oportunidad de oro, lo interceptó y decidió sacrificarlo mediáticamente para armar un falso positivo político.

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