La polémica entre Isabel Díaz Ayuso y Claudia Sheinbaum no fue solo un cruce de frases entre dos figuras políticas. Fue el regreso de una pregunta antigua, incómoda y todavía abierta: ¿cómo debe contarse la historia de América Latina? La tensión creció después de que Ayuso defendiera en Madrid la idea de que “México no existió hasta que llegaron los españoles”, una frase que provocó respuestas críticas desde México y reactivó el debate sobre conquista, identidad, memoria y colonialismo.
En ese contexto, Gustavo Petro decidió intervenir con una reflexión que fue mucho más allá de la discusión inmediata. No respondió únicamente a Ayuso ni habló solo de Sheinbaum. Convirtió el choque en una lectura histórica y cultural sobre América Latina, la violencia de la conquista, el diálogo entre civilizaciones y el peligro de negar las raíces profundas de los pueblos. Para Petro, el debate no consiste en odiar a España ni en borrar la cultura occidental, sino en reconocer que América ya tenía historia, arte, pensamiento y civilización mucho antes de la llegada europea.
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Su intervención comenzó con una idea central: existe una frontera delicada entre defender la identidad cultural y abrirse al diálogo cultural. Petro advirtió que una identidad que niega al otro puede volverse tan violenta como la dominación que pretende denunciar. Pero también señaló que un diálogo que borra las raíces propias se convierte en sometimiento. En ese equilibrio se encuentra, según su visión, uno de los grandes desafíos de América Latina.
Para explicar su punto, Petro volvió la mirada hacia Santa Marta, una ciudad cargada de simbolismo para Colombia y para toda la región. La mencionó no solo como espacio geográfico, sino como escenario histórico de un encuentro brutal entre culturas. Allí, junto al mar Caribe y la Sierra Nevada, ocurrió uno de los primeros contactos entre europeos e indígenas en América del Sur. Pero ese contacto no fue una conversación pacífica entre mundos iguales. Fue un choque atravesado por la violencia, la resistencia y la imposición.
Petro recordó que durante casi un siglo los pueblos indígenas descendientes de los taironas resistieron en esa región. No se trató de una presencia pasiva ni de pueblos sin historia esperando ser “descubiertos”. Hubo organización, estrategia, defensa del territorio y una comprensión profunda del espacio. Las pendientes de la Sierra Nevada protegieron a las comunidades indígenas de los hombres a caballo y de las armaduras europeas. Allí, la geografía se convirtió en aliada de la resistencia.
Esa imagen es poderosa porque desmonta una visión simplificada de la conquista. No fue una llegada civilizadora a un vacío. Fue el encuentro violento entre culturas que ya existían, que pensaban, creaban, combatían y defendían su mundo. Por eso Petro rechazó la idea de que México, o América, comenzaran con España. Para él, esa afirmación no solo es históricamente limitada; también revive una mirada colonial que reduce la existencia indígena a una nota previa sin importancia.
América no nació cuando Europa la nombró. Antes de llamarse América, antes de que los mapas europeos la incorporaran a sus rutas, ya existían pueblos, lenguas, símbolos, tecnologías, mitologías, rutas comerciales y formas complejas de organización social. Petro lo expresó con claridad al señalar que en el continente hay huellas culturales de miles de años. En Colombia, por ejemplo, mencionó Chiribiquete, con su arte rupestre profundo, inmenso, casi sagrado, como una prueba de que la humanidad americana dejó memoria visual mucho antes de la escritura europea.
Esa referencia al arte rupestre no es menor. Petro cuestionó la idea tradicional de que la historia comienza únicamente con la escritura. Según esa visión clásica, los pueblos sin escritura quedan relegados a la “prehistoria”, como si no hubieran pensado, sentido o construido mundo. Pero Petro propone otra lectura: la historia comienza cuando una mano humana deja una marca para hablarle al futuro. Una pintura en una pared, una figura de jaguar, una escena ritual o una señal repetida durante generaciones también son formas de memoria.
Desde esa perspectiva, América Latina no es una cultura joven ni una simple consecuencia del encuentro con Europa. Es una civilización con raíces múltiples. Tiene raíces indígenas, africanas, europeas, árabes, mediterráneas y caribeñas. No es pura ni cerrada. Es mezcla, conflicto, dolor y creación. Pero precisamente por eso no puede ser reducida a una frase como “no existía antes de España”.
Petro no negó la influencia europea. Al contrario, reconoció que una parte fundamental de la cultura latinoamericana viene de Europa, especialmente de la Europa latina y mediterránea. Lo que rechazó fue la jerarquía implícita que coloca a Europa como origen absoluto y a América como territorio sin voz propia. Para él, el problema no es aceptar el mestizaje; el problema es usar el mestizaje para justificar la violencia que lo produjo.

Esa diferencia es clave. Una cosa es reconocer que América Latina se formó a través del encuentro de culturas. Otra muy distinta es celebrar la conquista como si hubiera sido un regalo sin heridas. Petro planteó que el verdadero camino no es volver a una guerra simbólica entre continentes, sino construir un diálogo entre civilizaciones. Pero ese diálogo solo puede existir si parte de la igualdad y del reconocimiento, no de la negación.
Por eso su respuesta a Ayuso fue también una defensa de Sheinbaum y de México. La presidenta mexicana ha insistido en la necesidad de reconocer las heridas coloniales y valorar la riqueza cultural de México más allá de la mirada imperial. En medio de la polémica, Sheinbaum respondió irónicamente que Ayuso debería pasar más tiempo en México para aprender de la dignidad y riqueza cultural del país.
Petro tomó ese debate y lo llevó a un plano latinoamericano. Para él, lo que está en juego no es solo el orgullo mexicano, sino la dignidad histórica de todos los pueblos del continente. Si se acepta que México no existía antes de los españoles, ¿qué se dice entonces de los mayas, los mexicas, los pueblos del Caribe, los incas, los taironas, los muiscas, los mapuches, los guaraníes? ¿Se les reduce a sombras sin historia? ¿Se les niega su capacidad de crear mundo?
La respuesta de Petro fue contundente: América Latina ya era humanidad antes de ser colonia. Ya era cultura antes de ser evangelizada. Ya era territorio espiritual, artístico y político antes de ser administrada por imperios.
Sin embargo, su discurso no cayó en una negación inversa. No propuso borrar a España ni expulsar la herencia europea de la identidad latinoamericana. Más bien advirtió contra ese peligro. Según su reflexión, defender la identidad propia no debe llevar a negar las otras culturas, porque eso también produce violencia. La identidad no debe ser muro, sino raíz. Una raíz fuerte permite dialogar sin desaparecer.
En esa parte, Petro introdujo una idea muy interesante: el arte como espacio donde las culturas pueden encontrarse sin destruirse. Habló de la danza, de la música, de las expresiones culturales que cuentan la historia de un pueblo no como una línea pura, sino como una transformación continua. En el arte latinoamericano conviven lo indígena, lo africano, lo europeo, lo árabe, lo popular, lo urbano y lo ancestral. Esa mezcla no borra el dolor de la conquista, pero muestra la capacidad de los pueblos para transformar la violencia en creación.
Para Petro, ese diálogo cultural es lo contrario del misil y del dinero como formas de poder mundial. En su visión, el mundo actual está dividido entre dos fuerzas. Por un lado, el poder del dinero, de las armas, de la imposición y de la destrucción. Por otro, la palabra, la multitud, el arte y la cultura como caminos hacia una humanidad libre. Es una lectura ambiciosa, casi filosófica, pero coherente con su manera de conectar debates históricos con problemas actuales.
La polémica Ayuso-Sheinbaum, entonces, no aparece como un simple pleito diplomático. Se convierte en síntoma de algo mayor: la lucha por definir quién tiene derecho a narrar la historia. Durante siglos, la historia de América fue contada desde los vencedores. Los conquistadores escribieron crónicas, los imperios diseñaron mapas, las élites repitieron versiones convenientes. Pero hoy los pueblos antes silenciados exigen contar la historia desde sus propias heridas y memorias.