En el panorama político actual, donde las redes sociales han desplazado a los tradicionales foros de debate, los influencers han emergido como los nuevos actores fundamentales de la escena electoral. Sin embargo, esta democratización de la opinión pública ha traído consigo una crisis de credibilidad sin precedentes. El reciente respaldo público de Yeferson Cossio —uno de los creadores de contenido más populares y, simultáneamente, más cuestionados de Colombia— hacia la precandidata presidencial Paloma Valencia, ha provocado un terremoto político que amenaza con eclipsar los esfuerzos de la senadora por proyectar una imagen de seriedad, elocuencia y preparación académica.
Para muchos observadores, el apoyo de Cossio no es un activo político; es un pasivo de proporciones monumentales. La trayectoria del influencer está marcada por una estela de controversias que chocan frontalmente con el discurso de legalidad y rectitud que Valencia ha intentado consolidar a lo largo de su carrera legislativa.
La memoria colectiva en la era digital es, afortunadamente, implacable. El apoyo
de Cossio ha servido como un catalizador para que el público recuerde, con lujo de detalle, las razones por las que su nombre ha estado vinculado a diversas investigaciones. En abril de 2025, la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC) dictó una contundente sanción contra el Grupo Cossio por publicidad engañosa relacionada con su “método” para generar riqueza.
La SIC determinó que las promesas de obtener resultados económicos significativos en un plazo de cinco meses y la supuesta recuperación de la inversión con un solo video eran, sencillamente, falsedades. Más de 23,000 personas pagaron precios que oscilaban entre los 250,000 y el millón de pesos bajo la promesa de un éxito financiero que nunca llegó. La participación del influencer fue calificada como “determinante” en la estrategia, ya que utilizó su reconocimiento personal para validar un modelo que carecía de sustento técnico.
Pero los problemas de Cossio trascienden lo comercial. Su nombre ha aparecido en solicitudes formales ante la plataforma Meta para restringir sus redes debido a la promoción de juegos de suerte y azar sin autorización, lo que, según los denunciantes, priva al sistema de salud colombiano de impuestos millonarios. A esto se suman incidentes tan disparatados como graves, incluyendo el altercado en un vuelo de Avianca por el uso de sustancias que causaron malestar en cabina, y las duras críticas por la creación de un reality de dudosa ética que premiaba a sus seguidoras con cirugías plásticas.
Un “Aliado” que Resulta Incómodo
Cuando una política de la trayectoria de Paloma Valencia, que ha centrado su discurso en la defensa de la institucionalidad y la lucha contra la corrupción, decide aceptar el respaldo de una figura con semejantes antecedentes, las preguntas sobre su estrategia surgen de inmediato. ¿Es un intento desesperado por captar a la audiencia juvenil, un sector donde el voto joven parece esquivo? O, por el contrario, ¿es una lectura errónea de lo que significa ser un referente de opinión hoy en día?
Para sus detractores, la alianza es el reflejo de una política que ha perdido su brújula moral. Los comentarios en redes sociales han sido tajantes: “Nada raro sería que apoye a alguien que promueve urbanizaciones piratas”, rezan las críticas, vinculando su estilo de vida con la informalidad que Valencia supuestamente combate desde el Congreso.
La senadora, conocida por su elocuencia y capacidad de debate, se encuentra ahora en una encrucijada. Al aceptar el apoyo de Cossio, involuntariamente ha legitimado el comportamiento de un personaje que, en el pasado, incluso ella misma o su sector político habrían cuestionado. Esta inconsistencia es, precisamente, el punto donde se centran las dudas del electorado. ¿Cómo confiar en la defensa de la legalidad de una candidata que estrecha la mano de quien ha sido multado por engañar a miles de ciudadanos?
El “Show” frente a la Sustancia: Un Choque de Mundos

La política contemporánea parece haber cedido ante el espectáculo. La idea de que “quien más números tiene en redes” es el llamado a definir el futuro del país es una premisa peligrosa que, en este caso, se manifiesta con toda su crudeza. Cossio argumenta en su video de apoyo que Colombia necesita alguien que “haga las cosas de verdad”, pero la ironía de sus palabras no ha pasado desapercibida: el mismo influencer que ha sido señalado de vivir al margen de la ley intenta ahora dar lecciones de gobernanza.
Este choque pone en evidencia la crisis de los partidos tradicionales. En su afán por no quedarse fuera de la conversación digital, muchas organizaciones políticas están recurriendo a figuras cuyos valores éticos son, cuanto menos, cuestionables. El problema es que, en el afán por atraer “seguidores”, se corre el riesgo de ahuyentar a los “votantes”, aquellos ciudadanos que esperan propuestas de fondo y que ven con escepticismo cómo la política se disfraza de contenido de redes sociales.
¿El Beso de la Muerte?
El respaldo de Yeferson Cossio podría ser, en última instancia, lo que en el argot político se conoce como “el beso de la muerte”. La figura del influencer es, por definición, divisiva. Sus números masivos no garantizan lealtad política, sino una audiencia de entretenimiento que no necesariamente se traduce en una voluntad de voto informada.
Al asociar su imagen con un personaje multado por publicidad engañosa y cuestionado por su ética hacia la mujer, la campaña de Paloma Valencia se arriesga a perder el capital de confianza que ha construido durante más de una década. Los electores que valoran la trayectoria, el estudio y la capacidad legislativa ven con horror cómo la política se degrada hasta niveles de reality show.
El futuro de esta alianza está por verse. Si la intención era generar ruido y tendencia, lo han logrado con creces. Pero si el objetivo era ganar la confianza de un país que exige transparencia, ética y líderes con una hoja de vida intachable, el costo político podría ser prohibitivo. En un país cansado de los escándalos, donde la corrupción es la herida abierta que no cierra, apostar por figuras de redes sociales cuyo pasado es una montaña de polémicas es una jugada que, muy probablemente, le terminará pasando una factura muy cara en las urnas. La política no es un concurso de popularidad digital, y el electorado colombiano, en sus momentos decisivos, suele tener mejor memoria de la que los estrategas de imagen quisieran admitir.