Eso decían los que iban y los que iban no eran cualquiera. ¿Cómo es que el dulce baladista de Mary es mi amor? Terminó sentado en aquella sala oscura junto a una mujer que extraía hígados con un cuchillo de mercado. Lean nunca dijo cómo llegó a la casa de las brujas. En distintas entrevistas dio versiones distintas.
Una vez dijo que lo llevó un periodista argentino enfermo, otra vez que un colega cantante, otra vez que un médico amigo de la familia. Lo que sí está documentado, lo que él mismo admitió es que en algún momento de los años 70 empezó a frecuentar aquella casa. Iba sin avisar a nadie. se sentaba en un rincón, miraba y entonces pasó lo del domingo.
Siempre en domingo era el programa más visto de América Latina. 4 horas en vivo, 32 países, más de 300 millones de espectadores cada fin de semana. El presentador era Raúl Velasco, un hombre nacido en Guanajuato en 1933 que había empezado de periodista de espectáculos en los años 50. No era un presentador frívolo. Hacía investigación, leía libros, preparaba cada entrevista durante días, tenía su propia editorial pequeña donde publicaba ensayos sobre temas que le interesaban.
Aquella tarde de domingo, Leodán estaba sentado en el sillón de invitados. iba a presentar una canción nueva. Su esposa Marieta lo esperaba en el camerino. Sus hijos miraban el programa desde la casa familiar en Polanco. La cosa marchaba como cualquier entrevista normal. Hablaron de la gira que estaba haciendo Leodán, de los discos que estaba grabando, de los hijos, hasta que Raúl Velasco abrió un libro que tenía a su lado.
El libro tenía las pastas duras y las páginas amarillentas. Era el libro de un científico mexicano titulado Pachita. Lo había publicado un año antes una editorial chica de la UNAM. Velasco lo había estado leyendo esa semana. Lo había leído con marcador en la mano subrayando frases. Había llegado a una página específica, tenía una marca de papel. Velasco miró a Leodán.
La sonrisa de presentador se le borró del rostro. habló más despacio y dijo lo que nunca debió decirse en televisión nacional. dijo que la curandera Payita, ya fallecida, hacía operaciones con un cuchillo sin necesidad de anestesia, que sacaba los órganos malos del cuerpo de los enfermos, que en el libro que tenía en las manos, un libro escrito por un investigador serio de la UNAM, se mencionaba un dato muy concreto y entonces vino la frase que dejó al cantante helado en su asiento.
Velasco le dijo que el escultor Víctor Manuel Contreras, un artista famoso de Cuernavaca, cuyas obras están en museos de medio mundo, le había corroborado personalmente que Leo Dan ayudaba a Pachita en aquellas operaciones, que con sus manos detenía las hemorragias, que cerraba las heridas. El estudio se quedó en silencio. La cámara dos enfocó al cantante.
La cámara uno se quedó en Velasco esperando la respuesta. El público en las gradas dejó de aplaudir. Por unos segundos. El único sonido en el set era el zumbido de los focos. Lean no negó. Habría sido lo más fácil. Reírse, decir que era un disparate, cambiar de tema. Cualquier otro lo habría hecho. Leo Dan. No, lo que dijo palabra por palabra fue lo siguiente.
Lo dijo despacio, mirando al piso, como quien confiesa algo que llevaba muchos años guardado. dijo que él había conocido a Pachita y que lo que vio para él fue un mundo nuevo, una cosa extraordinaria, que él mismo había llevado médicos amigos para que vieran lo que ella hacía y que Pachita hacía cosas maravillosas que si él las contaba ahora la gente iba a decir que estaba loco. Después se cayó.
Raúl Velasco no insistió. Pasaron a la canción. Leán se levantó del sillón, caminó al centro del estudio, agarró el micrófono y cantó. Te he prometido como si nada hubiera pasado. Pero los ojos no se le secaban. Los productores del programa en la cabina se miraron. Esa parte de la entrevista jamás se iba a repetir en una repetición posterior.
Después de aquel domingo, Leo Dan tomó una decisión que cambiaría su carrera para siempre. Nunca más volvió así a hablar del tema en televisión abierta. El video de aquella entrevista existe. Está enterrado en algún archivo polvoso de Televisa. Algunos fans lo subieron a internet en versiones cortadas, con mala calidad, con audio distorsionado.
La toma completa nunca se ha vuelto a emitir. La compañía no la incluye en sus recopilaciones de siempre en domingo. Cuando alguien la pide a través de los canales oficiales, le dicen que no encuentran el archivo. Y por una razón muy concreta que vamos a ver más adelante, Marieta Tévez, la esposa de Leo Dan, vio aquella noche como su marido llegó a la casa, se metió al baño y se quedó allí más de una hora.
Cuando salió tenía los ojos rojos, no quiso cenar, se acostó temprano y le pidió que lo dejara solo. Marieta no le preguntó qué había pasado. Sabía. era la única persona en el mundo que tenía la historia completa de lo que Leo Dan había vivido en la casa de las brujas y nunca dijo una palabra de eso a la prensa hasta hoy.
Pero antes de eso hay algo que debes saber. Leo Dan no era el único cantante famoso que había estado en esa sala. Había una lista, una lista larga, una lista que conecta el espectáculo, la ciencia y el poder político de México, de una manera que pocos se atreven a mencionar en voz alta. El primero de la lista no era artista latino, era un músico estadounidense, un genio del jazz llamado Charles Mingus.
En junio de 1978, el presidente Jimmy Carter organizó un festival de jazz en el jardín de la Casa Blanca. Era el aniversario 25 del Festival de jazz de Newport. Charles Mingus, el contrabajista más respetado de su generación, llegó al evento en silla de ruedas. Tenía esclerosis lateral amiotrófica, la enfermedad de Low Gerck.
Los médicos del DC Memorial Slone Cathering de Nueva York sí le habían dado 6 meses de vida. Carter lo abrazó frente a las cámaras del país. Mingus lloró en silencio. No podía mover los brazos para corresponder el abrazo. En ese mismo evento, otro saxofonista famoso, Jerry Mulligan, se le acercó al final de la noche.
Le dijo que conocía a una mujer en México, una curandera. le contó que una amiga francesa de Mooligan había vuelto a caminar después de un accidente automovilístico gracias a esa mujer. Le pasó una dirección anotada en una servilleta. Plaza Río de Janeiro. Colonia Roma, Ciudad de México. Casa de las brujas. Tercer piso, preguntar por tres semanas después, Charles Mingus aterrizó en la Ciudad de México en un avión privado pagado por su esposa, Su Mingus.
Lo bajaron en ambulancia. Había una unidad médica completa esperándolo en el aeropuerto Benito Juárez. Lo subieron por la escalera del edificio de la plaza Río de Janeiro en una camilla con dos enfermeras y un médico personal. Sumingus contaría la escena en un libro publicado años después. Pachita estaba en su silla de madera, vestida de negro como siempre.
Cuando Mingus entró al cuarto, ella se levantó con dificultad. Caminó hacia él. Lo miró durante medio minuto sin decir palabra. Luego habló. Su voz, según suingus, era la voz de una mujer cualquiera, no la voz masculina del trance. dijo sin tocar al músico, sin examinarlo. Lo siguiente, dijo que él tenía un virus vivo en los nervios, que el virus le estaba comiendo la conexión entre el cerebro y los músculos, que era un virus que no estaba en los libros de medicina y que iba a morir pronto.
Sumingus le preguntó si podía hacer algo. Pachita negó con la cabeza. Le dijo que ya era demasiado tarde, que el cuerpo de Mingus no aguantaría una operación. que lo único que se podía hacer era prepararlo para el viaje al otro lado. Le dio una bendición sencilla, sin cobrar, sin promesas. Mingus y su esposa se quedaron en Cuernavaca, Morelos, durante los meses siguientes. Ella esperaba un milagro.
Charles Mingus murió el 5 de enero de 1979. Tenía 56 años. Sumingus escribiría años después. en un libro de memorias titulado Tonight atoon, que aquella sesión con Pachita fue lo último que su marido recordó con claridad antes del final, que después de visitarla durante 6 meses, Charles había estado en paz sin miedo, como si la mujer del cuchillo le hubiera quitado el peso de no saber.
Y Mingus fue solo el primero. Después llegó Alejandro Jodorovski, el director chileno de El Topo y la montaña sagrada, el escritor de psicomagia. Hodorovski tenía un problema en el hígado a finales de los años 70. Había vivido como vivían muchos cineastas de aquella década. Cocaína, alcohol, comida en exceso, noches sin dormir. El hígado le falló.
Los médicos le dijeron que necesitaba un trasplante. Jodorovski no quiso operarse en un hospital. Subió a la casa de las brujas con un amigo escritor mexicano. Pachita lo recibió, lo acostó, llamó a su asistente, pidió el cuchillo. Lo que pasó después, Jodorovski lo escribiría en su libro La danza de la realidad, publicado en 2001.
padeció el dolor más grande que había sentido en su vida. Dijo que el olor a sangre era brutal, que vio como Pachita le sacaba un pedazo de carne granate del costado, que le insertaba otra masa de carne en el mismo lugar, que la herida cerraba sin punto, sin sutura, frente a sus ojos. Después no se acordaba más.
Despertó tres horas después en un cuarto contiguo con un té caliente en la mano. Se fue caminando. El hígado, según Jodorovski, le funciona bien hasta el día de hoy. El director chileno, hoy no ajenario, sigue dando entrevistas, sigue publicando libros y sigue diciendo que aquella tarde en la colonia Roma cambió su forma de entender el cuerpo humano.
Después llegó Roberto Carlos, el cantante brasileño, el hombre de las baladas que llenaba estadios, el que cantaba detalles y un millón de amigos. Roberto Carlos visitó a Pachita varias veces durante los años 70. Tuvo un hijo enfermo con problemas neurológicos. La prensa brasileña de la época rastreó algunos viajes del cantante a la Ciudad de México sin explicación oficial.
Roberto Carlos nunca dio detalles públicos, pero un periodista mexicano llamado Jacobo Sabludowski en una entrevista privada que después circuló en militios círculos de prensa, confirmó las visitas a la colonia Roma. Después llegó Ofelia Guilmen, la gran actriz de la época de oro del cine mexicano, la protagonista de decenas de telenovelas.
Tenía un cáncer de pecho diagnosticado a finales de los 70. subió tres veces a la casa de las brujas. Cuando volvió a sus médicos en el hospital privado donde se atendía, los doctores no encontraron el tumor. La actriz vivió hasta 2005. Después llegó Salvador Freyedo, el ex jesuita español dedicado a investigar lo paranormal.
Después llegó un investigador estadounidense llamado Stanley Kripner, doctor en psicología por la Universidad del Norte de Texas. Después llegó un antropólogo cubano estadounidense llamado Alberto Villoldo. Todos escribieron sobre Pashita. Todos describieron lo mismo. Todos dijeron que no podía explicarse con la ciencia que conocían.
Y entonces llegó el nombre que cambia todo. Hay un nombre en esa lista que conecta a Leodán con el poder más alto de México, un nombre que todavía hoy, en esta misma generación poco se atreven a mencionar. El nombre era Carmen Romano, la esposa del presidente de México. Pero antes de explicarte cómo Carmen Romano cambia todo, hay otra escena.
Una escena que Leo Dan dejó escapar una sola vez. en una revista provincial argentina llamada La Capital en el año 2013. Una escena que la mayoría de los periodistas pasaron por alto porque no entendieron lo que estaban escuchando y que cambia para siempre la forma de mirar al cantante. Pasó así muchos años después, en un aeropuerto que él creía que era Houston, Texas, un hombre desconocido lo agarró del brazo.
Mexicano de mediana edad, lentes gruesos, la mirada de alguien que llevaba años esperando ese momento. le dijo que su hija había estado a punto de morir. Cáncer infantil. Los médicos del hospital infantil de México ya no daban esperanza. Todo estaba perdido. Hasta una tarde cualquiera, en una sala de espera, cuando Leo Dan pasó cerca de ellos, no había cámaras, no había prensa, no había escenario, solo una niña con fiebre, una madre llorando y el cantante.
El hombre juró que Leodán se acercó sin que nadie se lo pidiera. Le puso la mano en la frente a la niña, no dijo nada, se fue. Esa misma noche, según aquel padre, la fiebre desapareció. Los estudios comenzaron a cambiar. La niña no murió. Años después se convirtió en ingeniera química.
Se casó, tuvo dos hijos y aquel hombre en medio del aeropuerto le mostró una foto familiar como si estuviera devolviéndole una deuda imposible de pagar. Entonces Leodán respondió algo que explica todo lo que viene después. dijo palabra por palabra que no recordaba nada. No recordaba a la niña. El hospital se le había borrado por completo.
No recordaba haber puesto la mano sobre su frente. No recordaba haber hecho absolutamente nada como si otra persona hubiera estado allí en su lugar. Y esa frase es mucho más peligrosa de lo que parece. Porque si Leo Dan decía la verdad, entonces durante años ocurrió algo alrededor de él. que ni siquiera él podía explicar.
Cuando el periodista de la capital le preguntó cómo explicaba todo aquello, Leodán repitió lo que había dicho durante décadas, que él no tenía ningún don, que cuando algo así pasaba era la fe, era Jesucristo curando a través de él, que él era solo un instrumento. Pero el periodista, sentado frente al cantante notó algo.
Notó que Leodan no estaba diciendo eso para convencerlo a él. Lo estaba diciendo para convencerse a sí mismo. Aquellas anécdotas eran muchas. En Argentina lo perseguían enfermos. En México lo señalaban con el dedo en los aeropuertos. En España, durante los años que vivió allí, una mujer de Málaga llegó a publicar una carta abierta diciendo que Leo Dan le había sanado un tumor en el pecho con solo darle un beso en la frente al final de un concierto.
Esa carta circuló en una revista pequeña de la Costa del Sol y después desapareció. Leo Dan no podía con eso. No podía con la pregunta de qué le pasaba a sus manos cuando tocaba a alguien enfermo. Por eso, en 1987 hizo algo que ningún cantante latino de su nivel se había atrevido a hacer. Escribió un libro.
El libro se llamó Un pequeño grito de fe. Lo publicó en una editorial pequeña de Buenos Aires llamada Bonum, una editorial católica con tradición de imprimir libros religiosos. Tiraje corto, 5,000 ejemplares, sin promoción en televisión, sin entrevistas en radio. La portada era sencilla con una cruz dorada sobre fondo azul, 180 páginas.
El libro contaba en primera persona su relación con Pachita, las cosas que vio, las cosas que sintió, la gente que se le acercaba a pedirle que la sanara y su confesión final, que él mismo no entendía qué pasaba con sus manos, pero que tenía miedo de averiguarlo. En una página específica, la página 112, Leodan escribió una frase que pocos críticos notaron.
Escribió que en aquella casa de México había visto cosas que iban contra todo lo que la Iglesia Católica le había enseñado, pero que también había visto la mano de Dios trabajando de formas que ni los curas ni los científicos podían explicar. El libro se agotó en 6 meses. La editorial pidió permiso para reimprimir.
Leodán, según un testimonio del editor que circuló años después, pidió que no se reimprimiera. Pidió que se retirara de la venta. Dijo que se había arrepentido de algunas frases. La editorial respetó la decisión. Las copias que quedaban se distribuyeron entre conventos católicos de Argentina y se acabaron.
Hoy una copia original cuesta cientos de dólares en el mercado de coleccionistas. Las pocas que sobreviven están en bibliotecas privadas en Argentina y México. Una de ellas, según un dato que aparece en una tesis universitaria de la UVA, está en la biblioteca personal de la familia López Portillo en la ciudad de México.
Lean durante el resto de su vida, casi no volvió a hablar del libro. Cuando alguien le preguntaba en una entrevista, cambiaba el tema rápido. Decía que era un libro religioso, que solo hablaba de la oración, que no había que darle más importancia. Esa fue la versión oficial durante 37 años. El libro hablaba de mucho más. El libro mencionaba a una mujer en México que tenía un don sobrenatural.
Mencionaba al espíritu de Cuautemoc. Mencionaba operaciones imposibles donde aparecían órganos de la nada. Mencionaba al cantante poniendo las manos sobre los cuerpos para detener hemorragias. mencionaba un círculo cerrado de gente importante, sin dar nombres, que protegía a la curandera de cualquier investigación oficial y mencionaba en una página específica que aquella protección venía desde lo más alto del poder político mexicano.
Y aquí es donde entra Carmen Romano. Carmen Romano era la esposa de José López Portillo, presidente de México, entre 1976 y 1982. Una mujer culta, pianista de formación, mecenas del arte. Había estudiado música en el Conservatorio Nacional. Había dado conciertos privados en Bellas Artes. Era amiga personal de Plácido Domingo y de Luciano Pavarotti.
Y según múltiples testimonios documentados después del sexenio, paciente regular de Pashita, durante todo aquel mandato presidencial, Carmen Romano subía a la casa de las brujas con una camioneta sin placas oficiales, sin guardaespaldas a la vista, aunque cuatro hombres del Estado Mayor Presidencial vigilaban el edificio desde un auto estacionado en la esquina.

entraba por la puerta de servicio. Pachita la atendía sin público y después salía como si nada hubiera pasado. La gente del barrio la veía y se hacía la desentendida. Era el secreto a voces de la colonia Roma de aquellos años. Pero la cosa no terminaba en Carmen Romano, la hermana del presidente López Portillo, una mujer llamada Margarita López Portillo, que era directora de radio, televisión y cinematografía durante el sexenio.
Fue quien le presentó Pashita a un científico mexicano de la UNAM en 1977. Un neurofisiólogo joven, brillante, fanático de la cábala judía. El nombre del científico era Jacobo Greenberg y Jacobo Greenberg es la pieza que conecta todo lo que estás escuchando con algo mucho más oscuro. Margarita López Portillo era una mujer poderosa por derecho propio.
Controlaba toda la programación de televisión y cine del Estado mexicano durante el sexenio de su hermano. Conocía a todos los artistas, a todos los presentadores, a todos los productores. era según un libro publicado años después por un periodista mexicano, una de las personas más temidas del medio, y era una de las pacientes regulares de Pachita.
Esta es la conexión que pocos se atreven a hacer. Margarita López Portillo, hermana del presidente, controlaba Televisa. De facto, Televisa producía siempre en domingo. Siempre en domingo era el programa de Raúl Velasco. Cuando Raúl Velasco confrontó a Leo Dan en vivo sobre Pasa, lo hizo después del sexenio López Portillo, cuando Margarita ya no tenía el poder formal sobre los medios.
Pero la red de protección seguía allí. La gente que había estado en aquel círculo seguía protegiendo el secreto. Por eso la grabación completa nunca volvió a salir al aire. Por eso el libro de Leo Dan se agotó y nunca se reeditó. Por eso, ningún periodista mexicano de los grandes medios publicó nunca un reportaje serio sobre Pachita durante los años 70 y 80.
Y por eso Jacobo Grenberg, el único que documentó todo con rigor científico, terminó como terminó, porque a Jacobo Grimber en 1994 lo desaparecieron. literalmente, y nunca se volvió a saber de él. Antes de llegar a la desaparición, debes entender quién era este hombre, porque la magnitud de lo que pasó solo se entiende sabiendo el peso que tenía.
Jacobo Greenberg Silverbo nació en la Ciudad de México el 12 de diciembre de 1946, hijo de inmigrantes judíos europeos que habían huído del holocausto. Su madre murió de un tumor cerebral. Cuando él tenía 12 años, la operaron en un hospital de la capital. El tumor era maligno. La cirugía no salió bien. Esa muerte lo marcó.
Decidió, según contaría décadas después, dedicar su vida a entender cómo funciona la mente humana. Cómo es posible que un cerebro de 1 kil y medio pueda generar pensamientos, sueños, dolor. Estudió psicología en la UNAM. hizo el doctorado en Nueva York en el Brain Research Institute después de ganar una beca competitiva. Estudió cábala con rabinos en Safed, Israel, durante un año.
Aprendió budismo sen. Aprendió meditación tibetana. Volvió a México con una idea fija. Quería aplicar el método científico con instrumentos de medición a las prácticas espirituales que la cultura occidental había desechado. Fundó dos cosas. Primero, el Instituto Nacional para el Estudio de la Conciencia dentro de la Universidad Autónoma.
Después, el laboratorio de psicofisiología en la ANAC publicó más de 50 libros sobre temas que ningún otro científico mexicano se atrevía a tocar: Telepatía, telequinesis, visión remota, estados alterados de conciencia. Llevó la neurofisiología mexicana al mapa internacional. Sus artículos aparecieron en revistas como Physics Essays y El International Journal of Neuroscience.
En 1977, la hermana del presidente le presentó a Pasita. Greenberg, que era científico hasta los huesos, fue a verla con la idea de desenmascararla. Llevó instrumentos, llevó cámaras de 16 mm, llevó testigos. estuvo más de un año documentando cada operación. Filmó decenas de cirugías, tomó fotografías, recogió muestras de los órganos extraídos, las llevó al laboratorio y al final escribió un libro académico titulado Pashita, publicado en 1984 por la editorial Impec, donde concluyó algo que volvió a la comunidad
científica mexicana en su contra. concluyó que Pachita era real, que las operaciones eran reales, que las muestras de tejido analizadas en el laboratorio correspondían a tejido humano vivo, que había una explicación científica para lo que ocurría y la llamó teoría sintérgica. una teoría que decía que la realidad no es lo que parece, que el cerebro humano interactúa con un campo de energía universal al que él llamó la latis, que ese campo, bien manipulado por una mente entrenada, permite materializar y desmaterializar materia, permite curar
lo incurable. La comunidad científica de México lo destrozó. La UNAM le retiró parte del financiamiento. Sus colegas lo evitaban en los pasillos del campus. Lo llamaron charlatán. Lo borraron de algunas publicaciones académicas, pero Greenberg siguió. Pidió becas en el extranjero. Empezó a viajar a Stry Estados Unidos sin avisar a suías ir a sus jefes en la UNAM.
Hacía trayectos cortos. Una semana fuera volvía sin decir dónde había estado y en algún momento, según los archivos desclasificados de la CIA en 2017, empezó a colaborar con una agencia que pocos conocen. Lo que vino después es difícil de creer, pero está documentado en papeles oficiales del gobierno de Estados Unidos.
El proyecto se llamaba Stargate. Era un programa secreto de la CIA y el Departamento de Defensa que había empezado en los años 50 bajo el nombre de MK Ultra y en los años 80 había cambiado de nombre. estudiaban telepatía, estudiaban visión remota, que es la capacidad de ver lugares y eventos a distancia con la mente.
Estudiaban cómo entrenar a Soá a soldados para leer documentos cerrados a kilómetros de distancia. Querían usar lo paranormal para la Guerra Fría, para espiar los soviéticos sin satélites, para descubrir lo que los soviéticos también estaban estudiando, porque el KGB tenía un programa paralelo. Greenberg viajaba a Bulder, Colorado, sin avisar a nadie en México, sin registrarse oficialmente con el sello de la UNAM.
colaboraba con una universidad local que tenía contratos secretos con el Pentágono. Llevaba sus investigaciones de la teoría sintérgica. Llevaba los archivos de Pachita, llevaba cintas de audio donde la curandera entraba en trance, llevaba muestras de tejido y llevaba algo más. Llevaba una hipótesis que si se confirmaba podía cambiar el curso de la Guerra Fría.
La hipótesis de que dos cerebros entrenados pueden comunicarse a distancia sin importar los kilómetros que los separen. Greenberg lo llamó el potencial transferido. En sus experimentos, dos meditadores se sentaban en habitaciones aisladas eléctricamente a varios metros de distancia. Uno recibía un estímulo visual, el otro, conectado a un electroencefalograma, mostraba una respuesta cerebral idéntica, sin que hubiera comunicación física posible.
Los datos los publicó en 1994 en la revista Physics Esse artículo se publicó en septiembre de aquel año. Tres meses después, Jacobo Greenberg desapareció. El 8 de diciembre de 1994, 4 días antes de cumplir 48 años. Salió de su casa de la Ciudad de México por la mañana. Llevaba una mochila chica. Le dijo a la asistente que iba a la universidad.
Nunca llegó a la universidad. Su familia tenía una fiesta de cumpleaños preparada para el 12 de diciembre. Una fiesta sorpresa con todos sus hermanos, sus colegas de la UNAM, sus alumnos, su hija pequeña Estusa. Greenberg nunca llegó, nadie lo vio nunca más. Su esposa Teresa Mendoza, también desapareció poco después.
Algunos amigos contaron a la prensa que Greenberg le tenía miedo a Teresa en los últimos meses, que ella vaciaba la cuenta del banco cuando él no estaba, que sacó los manuscritos del científico de la casa de la Ciudad de México y de la casa de Amatlán en Morelos, una semana antes de la desaparición. Esos manuscritos nunca aparecieron. Discos duros con datos de los experimentos, tesis completas escritas a mano, cuadernos de campo de los trabajos con Pachita, todo se esfumó.
El caso lo investigó un agente llamado Clemente Padilla en mayo de 1995. La conclusión oficial fue que no había conclusión. Cero pistas, cero cuerpo, cero explicación. La policía mexicana cerró el expediente. Pasaron 20 años. En 2017, la CIA desclasificó parte de los documentos del proyecto Stargate y allí apareció el nombre de Jacobo Greenberg, un artículo suyo titulado en inglés correlatos psicofisiológicos de la gravitación de comunicación y la unidad, publicado en un libro técnico llamado Psicoenergética, documentando los viajes a Bulder,
documentando la colaboración, documentando que el científico mexicano había estado dentro del programa secreto durante años. El año pasado en 2024 salió un documental dirigido por el catalán Ida Cuellar titulado El secreto del Dr. Greenberg. La hija del científico Estusa dio entrevistas. confesó que en 2016, cuando la familia legalmente lo declaró muerto y pudo acceder a su cua a su cuenta bancaria, descubrió algo escalofriante.
Alguien había estado retirando dinero de esa cuenta meses antes. Alguien con la firma de Jacobo Greenberg, 22 años después de su desaparición. La única persona legalmente autorizada para sacar dinero de esa cuenta era el propio Jacobo, que estaba desaparecido desde 1994. o alguien que tenía acceso a su firma o Jacobo Greenberg estaba vivo en algún lugar.
Y aquí es donde la historia se cruza con Leo Dan otra vez, porque el científico que documentó las operaciones de Pashita, el hombre que tenía las pruebas escritas, los videos, los testimonios firmados, las grabaciones de audio, ese hombre se esfumó, sus manuscritos se esfumaron, sus discos duros se esfumaron. Solo quedaron los libros publicados, censurados por la propia comunidad científica mexicana.
Y solo quedaba un testigo vivo, un testigo que había estado en aquella sala, un testigo que había puesto las manos sobre los cuerpos, un testigo que había escrito un libro pequeño, un libro casi olvidado, un libro que en sus páginas tenía la verdad de lo que ocurrió en la plaza Río de Janeiro durante 15 años.
Ese testigo era Leo Dan. Y Leodan cayó. Cayó durante 30 años. Cayó cada vez que un periodista le preguntaba. Cayó en cada gira. Cayó en cada disco. Cayó en cada entrevista de televisión. solo dejaba escapar pequeños fragmentos, pequeñas anécdotas, como la de la niña en el aeropuerto, como la frase de la entrevista en la capital, pero nunca contó la historia completa.
Y aquí viene algo que duele decir, algo que él mismo confesó antes de morir, algo que cambia la forma en que tu generación recuerda al cantante de Mary. Es mi amor. El curandero no se pudo curar a sí mismo. El 22 de diciembre de 2024, faltaban 10 días para que el año terminara. Le dan dio una entrevista por video con la presentadora española Alejandra Rubio.
Ya estaba en su casa de Miami. Ya había suspendido los últimos shows de su gira El adiós de una leyenda. Ya pesaba menos de lo que había pesado en 50 años. Tenía la piel amarillenta, le costaba respirar. Hablaba pausado, con la voz baja, como si cada palabra le costara aire. La entrevista debía ser corta, una promoción rutinaria del cierre de su gira de despedida.
La presentadora le preguntó cómo se sentía y Leo Dan, sin que nadie se lo pidiera, soltó algo terrible. Dijo que se acababa de hacer una paraentesis. La paracentesis, para quien no la conoce, es un procedimiento médico que se le hace a las personas con cirrosis hepática avanzada. Cuando el hígado deja de funcionar bien, el líquido se acumula en el abdomen y lo hincha como un balón.
Los médicos meten una aguja gruesa por la pared del estómago y van sacando ese líquido. A veces sacan 2 L, a veces cinco. Y hay que repetirlo cada pocas semanas porque el líquido se vuelve a acumular. Leodán dijo sin filtro que le sacaban líquido del estómago cuando se le acumulaba, que su hígado a veces dejaba de responder.
La presentadora se quedó muda, no supo qué preguntar. Leodan siguió hablando despacio con un pudor de hombre viejo que sabe que se está acabando. Dijo que había estado dos meses internado en un hospital. No dijo cuál ni en qué ciudad. dijo que estaba como anémico. Dijo que le tuvieron que hacer muchas cosas para recuperarlo.
Y entonces vino la frase que quedó grabada en cada periódico hispano del día siguiente. Dijo que su hígado no respondía bien por tanto alcohol que él le había dado al cuerpo en su juventud. Leodán, el dulce baladista, había sido alcohólico durante años. Lo escondió toda la vida. lo confesó 11 días antes de morir.
Las personas que estuvieron cerca de él en los años 70 y 80 confirmaron después que Leodán tomaba whisky desde el desayuno, que llevaba siempre un termo con licor en sus giras, que en su pueblo natalisky, los amigos de la juventud recordaban como el cantante volvía cada cierto tiempo y se encerraba a beber con ellos varios días seguidos.
que Marieta, su esposa, llamaba a sus amigas para pedirles que lo cuidaran, que en alguna ocasión, durante una grabación en Madrid, lo tuvieron que internar en una clínica privada para que se desintoxicara antes de seguir grabando. El alcohol era la única manera de apagar lo que sentía en las manos, lo único que silenciaba la corriente que él decía sentir cuando alguien enfermo se le acercaba.
El cura de su parroquia en Buenos Aires, un hombre que lo confesó durante 40 años, le había dicho una vez en privado, según un testimonio que recogió un biógrafo argentino, que el alcohol era el escudo de Leo Dan contra algo que él no quería aceptar. El cuerpo de Leo Dan se destruyó por dentro. Cirrosis, diabetes, hipertensión, anemia.
Los médicos en Miami hacían lo que podían. La paracentesis le salvaba la vida cada pocos meses, pero la cosa empeoraba. El primero de enero de 2025, a primera hora de la mañana, su familia publicó un comunicado en redes sociales. La noticia recorrió el mundo en menos de una hora. Lean había muerto en Miami a los 82 años.
La familia no dio causa de muerte oficial. Solo escribieron que había vuelto a la luz pura del Padre Celestial. Y citaron una frase del evangelio de Juan, capítulo 11, versículo 25. La frase que Jesús le dice a Marta antes de resucitar a Lázaro. Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. El día anterior, 31 de diciembre, Leo Dan había publicado su último mensaje en redes sociales.
Un video corto de fin de año, un mensaje de gratitud a sus seguidores. La frase decía textual: “Muchas gracias por acompañarme en el 2024. Muchas bendiciones para todos.” Lo subió en la noche. A la mañana siguiente había muerto. Y aquí pasó algo que pocos periódicos se atrevieron a contar. Marieta Téz, su esposa desde hacía 58 años, no dio una sola entrevista.
Tres hijos, 100 giras juntos, una vida entera al lado del cantante. Marieta sabía todo. Sabía del libro de 1987. Sabía de la casa de las brujas. Sabía de Pachita, sabía de las manos de Leo Dan y de las hemorragias. Marieta era la única persona viva que tenía la historia completa, pero Marieta era una mujer educada en otra época, una época donde la esposa de un cantante no hablaba en público sin permiso del marido y el marido ya no podía darle permiso.
Los hijos también callaron. Nicolás, el manager de Carol G y de Shayane, Mariana, Vanessa. Las únicas declaraciones de la familia se limitaron a la fe del padre. a su devoción a la Virgen del Valle del Pueblo Natal, a su gratitud con los fans. Nadie mencionó el libro retirado, nadie mencionó la colonia Roma, nadie mencionó el cuchillo de monte, ni a la mujer vestida de negro que lo había marcado para siempre.
El silencio fue la herencia que Leo Dannan le dejó a los suyos. El último testigo de la casa de las brujas se fue sin abrir la boca. Y aquí es donde tienes que detenerte, porque la historia que te acabo de contar no termina con la muerte de Leo Dan, termina con una pregunta que nadie ha respondido. ¿Por qué? ¿Por qué un hombre que había sentido en sus manos algo que él mismo no entendía? Un hombre que había escrito un libro completo sobre la fe y la sanación.
Un hombre que conocía a los protagonistas, los nombres, las fechas, las direcciones. Prefirió morir antes que contar la verdad. La respuesta tiene tres capas y cada una es más oscura que la anterior. La primera capa es la más obvia. Leo Dan tenía miedo a perder su carrera. La industria del bolero romántico no podía permitirse un cantante asociado con curanderos, espíritus aztecas y operaciones sin anestesia.
Habría sido el final. Sus discos no se hubieran vendido. Su público de mujeres maduras lo habría dejado de escuchar. Por eso, cuando Raúl Velasco lo confrontó en vivo, él dijo solo lo justo. Después se cayó para siempre. La segunda capa es más profunda. Lean estaba protegido, pero también estaba vigilado.
El círculo que protegía a Pachita, el mismo círculo donde estaba la esposa del presidente de México, no quería testigos hablando. Cuando Jacobo Greenberg empezó a publicar libros con detalles concretos, lo desaparecieron. Cuando los manuscritos amenazaban con salir a la luz, los robaron. Leodán vio lo que pasó con Greenberg.
vio lo que pasó con el científico al que Pachita le había abierto las puertas y entendió la lección. La tercera capa, la que pocos se atreven a mencionar, es la más oscura. Leo Dan tenía miedo de su propio don y tenía razón en tenerlo. Porque si lo que Víctor Manuel Contreras le contó a Raúl Velasco era cierto, si Leo Dan realmente detenía hemorragias y cerraba heridas con sus manos.
Entonces, el cantante que tu generación recuerda como el galán de te he prometido tenía una capacidad que él mismo no podía controlar, una capacidad que aparecía sola sin que él se diera cuenta, una capacidad que él relacionaba con su fe en Jesucristo, pero que también podía relacionarse con algo mucho más antiguo, algo que Pachita le había enseñado a despertar y nadie le había enseñado a apagar.
Por eso escribió el libro y lo escondió. Por eso pidió perdón en la última entrevista. Por eso confesó el alcohol, porque el que cuerpo de Leodán se destruyó por dentro durante 50 años. El cuerpo de un hombre que cargaba algo que no quería cargar. El alcohol fue la forma de apagar lo que sentía en las manos y eso lo mató.
El 29 de septiembre de 1979, 8 meses después de la muerte de Charles Mingus, Pachita murió de causas naturales en la Ciudad de México. Tenía 79 años. Sus pacientes famosos no fueron al funeral, solo unos cuantos vecinos y una hija discreta que vivía en provincia. El 8 de diciembre de 1994, Jacobo Greenberg desapareció sin dejar rastro.
La investigación se cerró sin conclusiones. El Estado mexicano nunca dio una respuesta oficial. El 21 de marzo de 2006, Raúl Velasco murió de un ataque al corazón. La grabación completa de siempre en domingo, donde confrontó a Leodán, está enterrada en algún archivo de Televisa. Solo circulan fragmentos en mala calidad por internet.
El primero de enero de 2025, Leodan murió en Miami a los 82 años. Después de 58 años de matrimonio con Marieta Tévez, después de tres hijos, después de 2000 canciones compuestas, después de 40 millones de discos vendidos y después de medio siglo cargando un secreto que no pudo soltar. El último testigo se fue. La casa de las brujas en la plaza Río de Janeiro sigue en pie.
Hoy es un edificio de oficinas. Los inquilinos no saben lo que pasó allí. La familia López Portillo nunca confirmó las visitas de Carmen Romano. Los archivos de la CIA mencionan a Greenberg solo de paso. El libro Un pequeño grito de fe no se reedita desde hace 37 años. Y queda una pregunta, una pregunta que tú viendo este video te tienes que hacer esta noche.
¿Cuántas verdades muere cada generación porque la persona que las conoce decide que el silencio es más seguro que la voz? ¿Cuántas pachitas hubo en cada país de América Latina? ¿Cuántos Greenbergs desaparecieron sin que nadie preguntara dónde fueron? ¿Cuántos leodans cargaron secretos hasta el último día y se los llevaron a la tumba porque tuvieron miedo de las consecuencias de hablar? Tu mamá los conoció, tu abuela también.
Las generaciones de mujeres que escucharon Mary. Es mi amor en la cocina. mientras lavaban platos, mientras criaban hijos, nunca supieron que el hombre que cantaba esa canción había sentido en sus manos una corriente que no podía explicar, que había visto cosas que no podía contar, que había escrito un libro que casi nadie leyó.
Las canciones de Leo Dan van a seguir sonando en las radios de provincia, en las cocinas, en los velorios, en las tardes lentas. Pero ahora, cada vez que escuches esa voz, vas a saber lo que el cantante guardaba detrás, lo que aprendió en una sala oscura de la plaza Río de Janeiro, lo que se llevó al silencio el primer día del año pasado.
Hay otra historia que tu generación necesita conocer esta misma noche. Otra historia de un ídolo mexicano que cargó un secreto demasiado pesado durante toda su vida. Pero esta es peor, mucho peor, porque empezó cuando él tenía apenas 13 años en una iglesia con un sacerdote en Ciudad Juárez. El niño se llamaba Alberto Aguilera Baladés.
Aquella noche, un hombre al que todos respetaban, le hizo lo más terrible que se le puede hacer a un menor de edad. El mundo después lo amaría como Juan Gabriel, el divo de Juárez, el hombre que escribió querida y amor eterno, y hasta que te conocí. Pero el divo nunca pudo contar lo que aquel sacerdote le hizo a los 13 años.
La historia completa la tienes en pantalla ahora mismo. Dale clic antes de apagar la televisión, porque después de Leodán, Juan Gabriel es la siguiente verdad que tu generación se merece saber.