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El asqueroso secreto de Leo Dan que Raúl Velasco descubrió en vivo.

Leopoldo guardó eso en un rincón de la cabeza. Se olvidó. siguió cantando, pero las manos no olvidan lo que hacen y 30 años después esas mismas manos lo iban a meter en la sala más oscura de la ciudad de México. A los 16 años, Leopoldo formó su primera banda, los Troveros. Tocaban en bodas y bautizos por el monte santiagueño.

 Cobraban con comida y con un litro de vino para el padre. A los 18 fundó otra banda más moderna llamada Los demonios del ritmo. Le decía a su madre que iba a ser iba a ser cantante. La madre se reía y le decía que terminara la escuela primero, que de cantante nadie come. A los 20 agarró sus dos camisas, su guitarra y un boleto de tren.

 Llegó a Buenos Aires en 1962 con 200 pesos en el bolsillo. durmió las primeras dos semanas en una pensión de Constitución. Comía pan con grasa una vez al día. Hizo audiciones en cinco discográficas, cuatro lo rechazaron. La quinta CBS lo escuchó 2 minutos y le hizo firmar un contrato esa misma tarde. En menos de un año lanzó una canción llamada Celia.

 Vendió 100,000 copias en dos meses. La radio la pasaba cada 15 minutos. Leopoldo Dante Téz, el chico de Atamiski, se convirtió en Leo Dan. El nombre lo armó con las primeras letras de sus dos nombres de pila. Leo de Leopoldo, Dan de Dante. Le pareció que sonaba elegante, internacional, fácil de recordar. El éxito fue rápido y brutal.

A los 22 años llenaba teatros de Buenos Aires, Montevideo, Asunción. A los 23 tenía programa propio en Canal 9 de Argentina. Se llamaba Bajo el signo de Leo. Las fanáticas le rompían la ropa al salir del estudio. La policía tuvo que escoltarlo en varios shows. Una noche en Rosario, la cola para entrar al teatro tenía siete cuadras y la prensa habló de disturbios.

 En 1966 pasó algo que él contaría toda la vida. Estaba filmando una película titulada ¿Cómo te extraño, mi amor? La rodaban en la costa Atlántica Argentina, en plena temporada de verano. En el reparto había una reina de belleza, Mismar, del Plata, 1966. Una rubia delgada de 22 años llamada Marieta.

 La vio bajar de la limusina del estudio. Le ofreció un café. Hablaron 3 horas. 20 días después se casaban en una iglesia chica de Buenos Aires con 15 invitados. La canción Mary Es mi amor la compuso esa misma noche en un cuaderno escolar mientras Marieta dormía a su lado. El primer hijo, Nicolás, nació al año siguiente.

 Después llegaron dos hijas, Mariana y Vanessa. La familia se mudó primero a Madrid, donde Leodán grabó cuatro discos en una empresa española. 4 años más tarde, en 1970, agarró a su esposa y a sus hijos pequeños y se fue a vivir a la ciudad de México. Dijo que era por una gira, se quedó 10 años y allí empezó todo. Porque hay algo que pasaba en la Ciudad de México en esos años, algo que la mayoría de la gente en este país recuerda de oídas, como una leyenda urbana que la abuela contaba con miedo.

 En la plaza Río de Janeiro, en la colonia Roma, había una casa. Una casa que la gente del barrio llamaba la casa de las brujas por su arquitectura gótica de tres torres puntiagudas. Construida a principios del siglo XX por un arquitecto extranjero, la casa tenía un aspecto que no encajaba con el resto de la avenida.

 Pasillos oscuros, vitrales con figuras antiguas, escaleras de madera que crujían. En uno de los departamentos del segundo piso vivía una mujer que iba a cambiar la historia oculta de México. Se llamaba Bárbara Guerrero. Había nacido el 12 de octubre de 1900 en un pueblo de Chihuahua llamado Hidalgo del Parral. La gente la conocía como Pashita.

Leo Dan - IMDb

 Su historia antes de la y la casa de las brujas. Era la de una mujer humilde que había trabajado de soldadera durante la Revolución Mexicana. Había seguido al ejército por todo el norte. Había visto morir hombres. Había aprendido a coser heridas con hilo común. Había dado de comer a los hambrientos en los campamentos. Cuando la revolución terminó, Pachita se mudó a la capital con un marido que la abandonó al poco tiempo.

 Tuvo cinco hijos, tres murieron pequeños. Para sobrevivir, trabajó de lavandera, de costurera, de partera en barríos pobres y empezó a curar. Primero con hierbas, después con oraciones, después con algo más que ella no podía explicar. Para los años 50, la fama de Pachita corría por las colonias populares de la Ciudad de México, por el rumbo de Tepito y la colonia Doctores.

La gente subía a su casa con regalos, una gallina, un kilo de tortillas, una vela. Pachita no cobraba, atendía a quien llegaba. Sus consultas duraban horas. Tenía el pelo blanco recogido. Vestía siempre de negro. atendía sentada en una silla de madera con un altar al fondo del cuarto donde había una figura de Cuautemok, el último Tlatuani Meshika, el guerrero que los españoles torturaron quemándole los pies cuando se rehusó a entregar el oro de Teno Titlan.

 La figura tenía un penacho de plumas, una lanza pequeña y un escudo. Le ponía flores frescas cada día. Pachita decía que el espíritu de Cuautemoc se le metía en el cuerpo, que ella no operaba a nadie, que era el guerrero muerto hacía cinco siglos, el que entraba en sus manos y hacía el trabajo. Cuando entraba en trance, su voz cambiaba. Hablaba grueso, masculino.

Pedía un cuchillo. Le decía a su asistente, en un tono distinto al suyo de mujer mayor que trajera al enfermo. El cuchillo era de monte, un cuchillo de carnicero común comprado en el mercado de la merced con cinta aislante negra envuelta en el mango porque la madera estaba rota, sin esterilizar, sin alcohol.

Sin guantes. Pachita lo usaba el mismo cuchillo cada vez. Lo lavaba después de cada operación con agua de la llave. Lo guardaba en un cajón debajo del altar. Pachita acostaba al enfermo en una cama de madera oscura, cubierta con una sábana blanca sin almohada. Le abría el abdomen, la cabeza, el pecho. Sin anestesia.

La gente que iba juraba que sentía dolor, pero no podía moverse, como si el cuerpo se les paralizara. Mientras la mente seguía despierta, decían que extraía órganos podridos y los reemplazaba por otros que aparecían de la nada en el aire. La habitación se llenaba de un olor metálico de sangre fresca.

 Una asistente recogía los pedazos de carne en un balde. Cuando terminaba, cerraba la herida con dos dedos. Pasaba la palma de la mano sobre el corte. La cicatriz quedaba a la vista, rosada, fresca, sin puntos, sin venda. Tres días de reposo y a casa. Pachita se sentaba en el patio a fumar un cigarro mientras el siguiente paciente subía a la escalera.

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