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Diego Rivera intentó humillar a María Félix en una exposición – Nadie esperaba su respuesta

exactamente ahí. Todo México lo sabía. Todo México lo toleraba porque era Diego Rivera, porque era un genio. Porque en México de los años 40 los genios tenían licencia para ser monstruos. Su método era siempre el mismo. Invitaba a su víctima a una cena, a una exposición, a una reunión donde él tuviera el control absoluto del escenario.

Rodeado de sus admiradores, con una copa de tequila en la mano y esa sonrisa que parecía amigable, pero era la sonrisa de un depredador jugando con su presa. Diego lanzaba el primer comentario. algo aparentemente inocente, un chiste suave, una observación sobre la ropa o el trabajo de su víctima. Si la persona no reaccionaba, Diego subía la intensidad.

Otro comentario más afilado, más personal y otro y otro. Hasta que la persona se quebraba, hasta que salía llorando, hasta que el público presente entendía que Diego Rivera era el rey y que nadie, absolutamente nadie, podía sentarse en su trono. Los que habían sido víctimas no hablaban, no denunciaban, no contaban, porque Diego Rivera podía destruir carreras con una sola llamada telefónica.

Un pintor joven que lo contradijera no volvía a exhibir en ninguna galería de México. Un crítico que lo atacara encontraba que ningún periódico le publicaba. Un político que le negara un mural descubría que Diego tenía amigos en todos los partidos y que su venganza era paciente, metódica, implacable. Frida Calo sabía mejor que nadie.

Había sido su esposa dos veces, su víctima constante, su cómplice involuntaria. Diego le había sido infiel con docenas de mujeres, incluyendo su propia hermana Cristina. Le había destruido el corazón tantas veces que Frida había dejado de contar, pero seguía con él, porque Diego tenía esa capacidad de los narcisistas de alto funcionamiento, de convencerte de que sin él no eras nada, de que tu arte, tu vida, tu existencia solo tenían sentido en relación a su órbita.

En noviembre de 1949, Frida y Diego estaban en uno de sus periodos de tregua. Vivían juntos en la casa azul de Coyoacán, pero la relación era más costumbre que amor, más dependencia que pasión. Frida pintaba con dolor constante, su columna rota, sus operaciones interminables, sus corsés de yeso.

Diego pintaba con la energía de un volcán que nunca se apaga. 18 horas al día, comiendo en el andamio, durmiendo en el estudio, creando con una voracidad que asustaba. La exposición retrospectiva en Bellas Artes había sido idea del gobierno. 50 años de la carrera de Diego Rivera merecían una celebración nacional. Se reunieron 200 obras de todas las épocas, bocetos de murales, retratos, paisajes, desnudos.

La sala principal del Palacio de Bellas Artes se transformó en un templo dedicado al genio de Diego. Los organizadores habían invitado a la élite completa de México. Políticos, empresarios, artistas, intelectuales, actrices, cantantes. La lista de invitados leía como un directorio del poder mexicano. Y entre todos esos nombres, uno brillaba con luz propia.

María Félix, 35 años. En la cima absoluta de su carrera acababa de filmar tres películas consecutivas que habían roto récords de taquilla. Las revistas internacionales la llamaban la mujer más bella del mundo. Había rechazado ofertas de Hollywood porque no le daban papeles dignos de su talento. Se había divorciado de Agustín Lara hacía 2 años y vivía en sus propios términos.

Sin pedir permiso a nadie, sin necesitar aprobación de ningún hombre. Diego Rivera la odiaba. No, odiar es una palabra demasiado simple. Diego Rivera la envidiaba, la deseaba, la temía. Todo al mismo tiempo, porque María Félix era la única persona en México que tenía tanto poder como él, pero en un territorio completamente diferente.

Diego dominaba el arte, María dominaba la cultura popular. Diego era respetado por intelectuales. María era adorada por millones. Y lo que más le dolía a Diego, lo que verdaderamente lo carcomía por dentro, era que María nunca le había mostrado la reverencia que él esperaba. Cada artista, cada intelectual, cada político se inclinaba ante Diego Rivera.

María Félix no se inclinaba ante nadie. Habían tenido encuentros previos, todos tensos, todos cargados de esa electricidad. que existe entre dos egos monumentales que se reconocen como iguales, pero se niegan a admitirlo. En una fiesta en casa del pintor José Clemente Orozco en 1946, Diego le había dicho a María delante de una docena de personas que sostenían copas de vino con manos temblorosas de anticipación, que le gustaría pintarla desnuda, que su cuerpo era una obra de arte que merecía ser inmortalizada por un verdadero artista, que ninguna cámara

de cine podía capturar lo que sus pinceles podían revelar. La sala entera se congeló. Los invitados miraban a María esperando que se ofendiera, que se ruborizara, que aceptara con falsa modestia, como hacían todas las mujeres cuando Diego las honraba con su atención. Pero María le había respondido sin pestañar, sin bajar la mirada, sin mover un solo músculo de su cara perfecta, que ella solo se desvestía ante hombres que la merecían y que un hombre que engañaba a Frida Calo con su propia hermana difícilmente merecía algo

de nadie. La frase cayó como un balde de agua helada sobre la fiesta. Orosco casi se atraganta con su vino. Las esposas de los pintores intercambiaron miradas de asombro. Frida, que no estaba presente esa noche porque su espalda no la dejaba salir de casa, se enteró al día siguiente por tres fuentes diferentes.

Y, según contó su asistente, sonrió durante todo el desayuno sin explicar por qué. Diego no había olvidado esa humillación. la había guardado como se guardan las heridas que no cicatrizan, con rencor paciente, esperando el momento exacto para devolver el golpe. Durante 3 años alimentó esa herida, la regó con resentimiento, la cultivó con obsesión.

Cada vez que alguien mencionaba a María Félix en su presencia, Diego sentía el aguijón de aquella noche en casa de Orosco. Sentía la vergüenza de haber sido rechazado públicamente por la única mujer que le importaba impresionar. Y esa noche, en su exposición retrospectiva, con 800 personas como testigos y todo el poder del arte mexicano respaldándolo, Diego Rivera decidió que había llegado el momento de cobrar su deuda.

María llegó a las 8 de la noche, sola, sin pareja, sin séquito de asistentes, sin el circo de seguridad que otros artistas necesitaban. Solo ella, su chóer, la dejó en la entrada principal del Palacio de Bellas Artes, esa entrada monumental de mármol blanco que parecía diseñada específicamente para que María Félix caminara por ella.

vestido rojo valenciaga, largo hasta el tobillo, con un escote que insinuaba sin revelar. Confeccionado en París tres meses antes durante un viaje relámpago donde el propio Cristóbal Valenciaga supervisó cada puntada porque decía que vestir a María Félix era como enmarcar una obra maestra.

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