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Creó al MONSTRUO y terminó devorada | La VERDAD Oculta de Violeta Casal

28 de octubre de 1992. La Habana, una habitación donde ni siquiera suena una vieja radio. Una mujer de 76 años exhala su último aliento en un silencio absoluto. No hay cámaras, no hay titulares, no hay luto nacional. La historia oficial despachó su muerte con un aviso burocrático de tres líneas y pasó la página, pero esta no era una mujer cualquiera.

34 años antes, esa misma voz había sido el arma de propaganda más letal que llevó a Fidel Castro al poder. La voz que hacía temblar a toda una dictadura desde las montañas. La voz que cada noche entraba en millones de hogares cubanos rompiendo la censura, desafiando a un ejército entero y convirtiendo a un puñado de guerrilleros en una fuerza que sonaba a gobierno. Te mintieron.

Si en Miami te contaron que esta mujer huyó a Estados Unidos y murió en el exilio, sumida en la pobreza, te mintieron. Y si la historia oficial de La Habana te vendió que vivía una vida llena de gloria, honores y reconocimiento, ellos también te mintieron. La verdad es más despiadada que ambas versiones. Fidel Castro no la mandó a fusilar, tampoco la metió presa.

Lo que le hizo fue mucho más siniestro y mucho más cruel. Quédate conmigo porque hoy te voy a mostrar como el monstruo de la revolución devoró a su propia creadora. Esto es Cuba oculta. Empezamos. Sierra Maestra. Algún día de finales de 1958. Una mujer camina sola a campo traviesa. Fidel Castro le ha pedido que lo acompañe en una marcha, pero Castro camina como si el lo persiguiera y ella se ha quedado atrás.

De pronto, el rugido de un motor, un avión de combate de Batista aparece sobre su cabeza sola, sin protección, sin un solo combatiente cerca. El avión la detecta y empieza a girar sobre ella vomitando metralla. Las balas levantan la tierra a centímetros de sus pies. Lo único que encuentra es un árbol solitario en medio de la nada y empieza a girar alrededor del tronco mientras el avión gira sobre ella.

Una danza macabra entre una mujer y una máquina de matar. Años después lo recordó con una fialdad que hiela la sangre. Sentí que la sangre se me helaba en las venas, pero cuando logré eludirlo dos veces, fui adquiriendo confianza y hasta me sorprendí conmigo misma de no sentir ya miedo cuando el avión se cansó de jugar con mi vida y se alejó.

Ahora quiero que te detengas un segundo, porque esa mujer que esquivaba balas girando alrededor de un árbol en la Sierra Maestra no era una guerrillera, no era una campesina, no era una combatiente entrenada, era la actriz más elegante del teatro cubano de los años 50, una intelectual con dos doctorados de la Universidad de La Habana, una mujer que semanas antes caminaba por los escenarios más prestigiosos de la capital interpretando a Medea de Eurípides.

y a la Electra Garrigó de Virgilio Piñera. Recuerda ese nombre, Virgilio Piñera, porque su destino y el de esta mujer van a cruzarse más adelante de una manera que te va a revolver el estómago. Se llamaba Violeta Casal. Y lo que la llevó de los reflectores del teatro a las balas de la Sierra Maestra es una historia de rabia, clandestinidad y una decisión que no tiene marcha atrás.

Detrás de los aplausos y los vestidos elegantes, Violeta llevaba una doble vida que podía costarle la cabeza. Era militante del Partido Socialista Popular, el Partido Comunista Cubano de la época. Las fuentes oficiales la describen como la paloma mensajera del partido. Viajaba a Europa y a Estados Unidos con su pasaporte de artista prestigiosa, aprovechando que nadie sospechaba de una actriz burguesa con títulos universitarios para llevar y traer información clandestina.

A través de su hermano Manolo se integró después al movimiento 26 de julio de Fidel Castro. Su misión era conseguir medicinas y armas para los rebeldes desde la Habana. De día usaba su fama como escudo. De noche coordinaba entregas de material bélico en puntos muertos de la ciudad. Pero aquí todo cambia.

El 9 de abril de 1958, la huelga general que debía tumbar a Batista fracasó con un baño de sangre. La dictadura desató una cacería sin precedentes contra todo lo que oliera a subversión. Las casas de seguridad estaban desbordadas, los rebeldes capturados eran ejecutados sin juicio. Y el hombre encargado de esa cacería en La Habana tenía un nombre que si eres cubano te eriza la piel.

El coronel Esteban Ventura Novo, el carnicero de la policía de Batista, un torturador profesional cuyos icarios operaban con total impunidad. Ventura puso a Violeta en su lista. Le registraba la casa con frecuencia, la hacía vigilar día y noche por sus matones. La propia Violeta lo confesó meses después.

Pentura me hacía la vida imposible. Me registraba la casa con frecuencia. Me hacía vigilar por sus sicarios. Me sentí más segura en la sierra que paseándome por la habana. Ponte en sus zapatos por un segundo. Una mujer que dice que se siente más segura en medio de una guerra que caminando por las calles de su propia ciudad.

Cuando una actriz de teatro prefiere las balas de la selva al silencio de la civilización, ese silencio ya no es civilización, es terror puro. En agosto de 1958 tomó la decisión más radical de su vida. Abandonó los escenarios, los aplausos, el confort, todo. Se montó en un automóvil rumbo a Morón, de ahí un autobús a Canabacoa y finalmente a lomo de mulo subió hasta la comandancia de Fidel Castro en La Plata.

Cada kilómetro era un kilómetro sin retorno. Imagínate la escena. Una mujer de 42 años, la actriz más refinada del teatro habanero, llegando empapada de sudor y barro al campamento guerrillero más buscado por el ejército de Batista. Y Fidel Castro la recibe con una frase que se ha repetido durante más de seis décadas. Te estoy esperando desde hace 10 días.

10 días. Castro llevaba 10 días esperándola. Su llegada no fue improvisada. fue planificada. Fidel sabía exactamente quién era y para qué la quería. Violeta le dijo que venía a enseñar. Quería ser maestra de los combatientes analfabetos. Castro la miró y le respondió con la autoridad de quien no acepta réplica.

No, tú vas para Radio Rebelde. Radio Rebelde, la emisora clandestina que el Chegueevara había impulsado desde febrero de 1958 en lo profundo de la Sierra Maestra. Una planta de onda corta operada por Ricardo Martínez, Orestes Valera y el capitán Luis Orlando Rodríguez. Hasta ese momento, todas las voces eran masculinas.

Voces de guerrilleros, voces ásperas que sonaban a lo que eran, hombres armados hablando desde una cueva. Faltaba una voz que no solo informara, sino que conmoviera. Una voz que entrada en las casas como una presencia familiar, autoritaria y maternal, una voz de actriz. Fidel no miró a Violeta y vio un artista, vio un arma, la más poderosa que existía en 1958 para llegar a millones de personas.

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