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CHRISTIAN “CHUCHO” BENÍTEZ : LA ASQUEROSA VERDAD DETRÁS DE SU MUERT3

Tenía 22 años y por primera vez en su vida tenía dinero de verdad. Lo primero que hizo fue mandar a comprar la casa. A su mamá le llegó la llamada un martes. Cristian le dijo con voz tranquila que ya no tenía que volver a contar monedas, que ya estaba todo, que firmara los papeles, que la casa era de ella.

Del otro lado del teléfono, la mujer no pudo hablar, solo lloró. Y Cristian en un departamento alquilado en Torreón también lloró, pero no le dijo. Esperó a que ella colgara y entonces sí, solo se sentó en el piso y se cubrió la cara con las dos manos. Esa fue la primera vez que pagó la deuda. No fue la última.

Y aquí es donde la historia empieza a torcerse, porque cuando un muchacho de 22 años cumple su primera gran promesa, lo que pasa después no es paz. Lo que pasa después es vértigo. Empieza a aparecer dinero que él no sabe administrar. Empiezan a aparecer personas que él no había visto nunca. Empiezan a aparecer ofertas que parecen demasiado buenas.

Y empieza a aparecer también, sin que nadie se dé cuenta, la primera grieta de lo que años después iba a costarle la vida. Guarda esto en tu mente porque hay un hombre que entró en su entorno en esa época. un hombre que iba a estar en su boda, en el bautizo de sus gemelos, en el día que firmó el contrato del América y en el día que firmó el contrato de Qatar, un hombre que la familia conoce y un nombre que 11 años después su hijo Fabiano todavía no se atreve a decir en voz alta frente a una cámara, a ese nombre vamos a llegar. Pero todavía no. Primero hay

que entender cómo el niño que prometió a su mamá se convirtió en el hombre que viajó a un país donde nadie hablaba su idioma y por qué nunca debió haber subido a ese avión. En el año 2007, mientras Cristian rompía redes en Santos, conoció a la mujer que iba a cambiarle la vida. Se llamaba Liset Chalá. Era ecuatoriana.

era hija de otro futbolista conocido. Tenía los ojos grandes, la voz suave y una sonrisa que el chucho describía a sus amigos como la cosa más bonita que había visto. Se enamoraron rápido. Se casaron en 2007 y dos años después, en agosto de 2009, llegaron al mundo dos hijos al mismo tiempo. Gemelos, melos, melos, melos, gemelos.

Roger Cristiano y Fabiano, dos varones que iban a heredar el apellido y la sombra del padre. Cristian tenía 23 años. Era goleador del campeonato mexicano, tenía una esposa hermosa, tenía dos hijos sanos y tenía la casa de su mamá pagada. y por primera vez en su vida pensó que estaba cumpliendo todo lo que se había prometido.

Pero el fútbol no perdona la calma y los goleadores que rompen redes en México empiezan a sonar en Europa. En 2009 llegó la oferta del Birmingham City, Premier League, Inglaterra. El sueño de cualquier sudamericano. Cristian aceptó. hizo las maletas, se llevó a Liset y a los gemelos recién nacidos y se fue a un país donde llovía todos los días, donde nadie hablaba español, donde la comida no le sabía a nada.

El paso por Inglaterra fue corto, una temporada, pocos goles, mucha banca y un retorno silencioso a México. Pero esa experiencia inglesa, breve y fría, sembró algo en Cristian que no se vio en su momento. Le sembró miedo a equivocarse en el extranjero. le sembró la idea de que firmar contratos lejos podía salir mal y le sembró sobre todo una desconfianza nueva hacia los intermediarios que aparecían a ofrecer Europa, Asia, lo que fuera, con tal de cobrar comisión.

Pero esa lección se le iba a olvidar 4 años después y olvidarla le costaría la vida. regresó a Santos, volvió a marcar, volvió a ser goleador y en 2011 las Águilas del América hicieron lo que pocas veces hacen. Pagaron casi millones de dólares por su pase, cifra histórica en su momento. El América quería un nueve que metiera goles y compró al ecuatoriano que llevaba años haciéndolo.

Cristian llegó a Coapa con la maleta más grande. llegó con la responsabilidad de hacer campeón al equipo más popular del país y llegó con algo que pocos sabían. Ya tenía un hombre de confianza pegado a él, alguien que le manejaba parte del dinero, alguien que le sugería las inversiones, alguien que decidía con qué clubes hablaba y con cuáles no.

Ese alguien estaba ahí desde Santos. Se había ganado la confianza del muchacho con palabras suaves y promesas grandes, y se había convertido, sin que la familia se diera cuenta, en una pieza fija del entorno del Chucho. Aquí es donde todo cambia, porque mientras Cristian le metía goles al Cruz Azul, al Pumas, al Chivas, mientras la afición americanista lo abrazaba como uno de los suyos, mientras la prensa hablaba de él como el mejor delantero del campeonato, en su contabilidad personal estaban pasando cosas que él no entendía. Movimientos,

transferencias, préstamos a personas que él no recordaba, inversiones en negocios que nunca despegaron. comisiones que se cobraban por contratos que él no había firmado del todo. Pero Cristian no preguntaba. Cristian confiaba. Cristian creía que el hombre que tenía a su lado, el que sonreía en cada foto familiar, el que sostenía a sus hijos en brazos, era de los suyos.

Y así llegó el Clausura 2013, la final contra Cruz Azul, aquella final que pasó a la historia, la que Cruz Azul ganaba 2 a0 a minutos del final. La que el América empató con dos goles en tiempo agregado, la que terminó en penales, la que el América levantó, la que destrozó a media afición azul y enloqueció a la otra mitad.

Cristian Benítez fue parte de ese equipo. Se coronó campeón, levantó la copa, lloró en el centro de la cancha mientras los compañeros lo abrazaban y volvió a mirar al cielo otra vez pensando en la mujer mayor que estaba viendo el partido en una casa de Quito. Tenía 27 años. era leyenda de un club gigante, era goleador del torneo y era en ese momento el delantero ecuatoriano más reconocido del continente.

Un mes después estaba muerto. Junio de 2013, Cristian acaba de ser campeón. La prensa habla de Manchester United, habla de Real Madrid, habla de equipos italianos que lo siguen desde hace meses. El mundo del fútbol grande está mirando al Chucho y de pronto, sin que nadie lo viera venir, aparece otra oferta más rápida, más cerrada, más urgente.

Qatar, un equipo que nadie en México ubicaba bien. Jaish Sports Club, un club ligado al ejército Qatarí que ofrecía 16 millones de dólares por el pase y un sueldo que en México era impensable. La familia se quedó callada. Liset no estaba convencida. Quería Europa. Quería un lugar donde se hablara su idioma, quería un país conocido.

Pero el hombre del entorno del Chucho insistió. habló con él durante semanas, le repitió las mismas frases. Chucho, esta es la oportunidad. En Europa te vas a sentar en la banca. En Qatar vas a ser el rey. Vas a meter goles. Vas a ganar dinero como nunca. Vas a poder retirarte, joven. Cristian dudó. Le pidió tiempo a Liset, habló con su mamá, le habló al padre con el que ya tenía una relación más cercana y al final, después de noches enteras pensándolo, dijo que sí.

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