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CHALINO SANCHEZ: EJECUTADO tras recibir la NOTA de la MUERTE… y el EXPEDIENTE SELLADO hasta 2027

La justicia institucional era un concepto abstracto que no llegaba a los ranchos. La única justicia disponible era la que uno mismo tomaba. Chalino tenía 13 años cuando eso pasó y la furia que se instaló en él desde ese día no se marchó nunca. Se quedó guardada creciendo en silencio, esperando, esperando un momento, una fiesta, un encuentro que lo pusiera frente a frente con el Chapo Pérez.

La espera duró dos años. En algún momento de 1975, con 15 años cumplidos, Chalino Sánchez vio a Héctor el Chapo Pérez en una fiesta del rancho. Según los relatos que el periodista Sam Quiñones documentó en su libro True Tales from another México, publicado por la Universidad de Nuevo México en 2001, después de años entrevistando a los amigos y conocidos de Chalino, se le acercó sin decirle una sola palabra y lo mató a balazos.

Imagina eso, 15 años, no un adulto. Un muchacho de 15 años que tomó la única forma de justicia que su mundo le había enseñado a conocer, que venía cargando dos años de esa furia silenciosa y que en un segundo lo resolvió de la única manera que en ese contexto se podía resolver. Eso es lo que Chalino tenía adentro desde antes de convertirse en cantante.

Eso era lo que después la gente sentía cuando escuchaba sus corridos. que no era un hombre actuando para la cámara, era un hombre que había vivido lo que cantaba, que había pagado el precio de lo que cantaba, que tenía cicatrices que ningún estudio de grabación puede fabricar. Después de matar a el Chapo Pérez, Chalino huyó al monte durante dos semanas.

Luego se fue a Tijuana, donde lo esperaba su hermano mayor, Armando. Y de Tijuana, en algún momento entre 1977 y 1978, los dos hermanos cruzaron ilegalmente la frontera hacia Estados Unidos con la ayuda de un coyote. Tenía 17 años, no hablaba inglés. Llevaba la ropa que traía puesta, la misma determinación que lo había llevado a jalar el gatillo dos años antes y una cadena de Jesús Malverde, el santo patrón de los sinaloenses que cruzan fronteras con la fe puesta, [música] en quien la autoridad nunca reconocería como sagrado.

Llegó a Ingelwood, en el sur de Los Ángeles, a casa de [música] una tía. California no era el paraíso que nadie le había prometido porque nadie se lo prometió. Era trabajo, era sobrevivir de nuevo, pero en otro idioma, en otra latitud, con otras reglas que tampoco estaban hechas para los que llegaban como él llegó.

Trabajó en los campos del valle de Coachela, Izca de frutas bajo el sol que aplana. Lavó carros, compró y vendió autos usados en los barrios del este de los Ángeles y junto a su hermano Armando se convirtió en coyote, cruzando personas sin documentos de un lado al otro de la frontera entre Tijuana y San Diego.

Era un negocio arriesgado en el que los dos hermanos Sánchez operaban con la naturalidad de quien no tiene otra opción y lo sabe. El periodista e investigador Joan Grillo en su perfil de chalino publicado [música] en Crash Out Media y el escritor Sam Quiñones en su libro coinciden en señalar que en estos años Chalino también trabajó como chóer de un hombre llamado Rigo Campos, dueño de un restaurante en Bell Gardens, California, que tenía negocios en el mundo del narcotráfico.

A Campos, Chalino le compondría después uno de sus corridos. Campos también fue asesinado. Esa era la clase de mundo en que se movía, un mundo donde los hombres que conocías aparecían en las noticias muertos y el corrido era la única forma de periodismo disponible. El 5 de diciembre de 1984 fue el día que destruyó lo poco que quedaba de la vida que Chalino había construido.

Su hermano Armando Sánchez fue asesinado a balazos en el Hotel Santa Rita de Tijuana, Baja California. Los detalles exactos de quién fue y por qué razón varían según quién cuente la historia. Lo que no varía es lo esencial. Armando, el hermano con quien había cruzado la misma frontera, dormido en el mismo fondo, construido el mismo negocio clandestino de ambos lados de la línea, fue traicionado y ejecutado y Chalino quedó solo.

Por esas mismas fechas, por razones que las distintas versiones no explican de manera uniforme, Chalino fue detenido y pasó varios meses en la prisión de la mesa en Tijuana. El investigador Sam Quiñones documentó que estuvo 8 meses encerrado. El periodista del sitio El Vigía también señala esa cifra.

Lo que pasó adentro de esa cárcel es lo único claro de todo ese periodo. En la mesa, Chalino Sánchez conoció a narcotraficantes, contrabandistas, [música] pistoleros, hombres con historias que no podían escribir porque nunca aprendieron. I Chalino, que tenía primaria terminada y un oído formado por años de corridos en el rancho, empezó a escribir esas historias.

El intercambio era sin contrato y sin abogados. Tú me cuentas tu vida, yo la convierto en canción. Le pongo tu nombre, tus hechos, tus muertos. La cantamos entre estas paredes. El pago eran relojes, dinero en efectivo, pistolas. Chalino salió de la mesa con dos cosas que no tenía cuando entró. Una colección de corridos y la certeza de que su voz áspera, desafinada y nasal, como él mismo la describía, podía convertir la violencia en música de una manera que ninguna voz entrenada iba a poder replicar jamás.

El productor Abel Orozco lo explicó a Sam Quiñones de una manera que resume todo. Antes de Chalino, los corridos solo se hacían sobre figuras legendarias, sobre héroes históricos, sobre personajes del pasado. Chalino llegó y empezó a hacerlo sobre el carpintero de la cuadra, sobre el tipo que conociste en la cárcel, sobre el chóer del narcotraficante.

Y en ese momento el corrido se volvió el periódico de los que no aparecen en ningún periódico. En 1985, recién salido de la cárcel trabajando de lavaplatos en Los Ángeles, Chalino fue presentado a un hombre llamado Ángel Parra. Parra tenía un pequeño estudio en Los Ángeles llamado Estudios San Ángel en el Boulevard Olympic.

Lo escuchó en una presentación pequeña en algún local de Deste de Los Ángeles y vio algo que los productores de la industria formal habrían rechazado en 5 minutos y sin escuchar la segunda canción. El propio Nacho Hernández, el acordeonista que después se convertiría en el músico más cercano a Chalino en sus años de gloria, recordó en una entrevista publicada por la opinión en diciembre de 2024 que cuando le dijeron que había alguien que quería grabar con él, su primera reacción fue negativa.

No le gustaba el estilo de Chalino, pero aceptó porque le iban a pagar. Días después, Nacho y sus compañeros de los amables del norte fueron a una casa dúplex en Ingelwood a conocer a Chalino. Lo que vieron fue a un hombre que llegó con su pistola fajada en el cinturón, muy carismático. Chalino les cantó el corrido Tino Quintero, una composición del propio Nacho.

Y en ese momento, según sus palabras, Nacho olvidó que no le gustaba Chalino. Ángel Parra organizó una sesión en los estudios San Ángel. Chalino llegó con los corridos que había compuesto en la cárcel y en los años de la calle. Había contratado un grupo norteño, los cuatro de la frontera, para que los interpretaran. Pero el día de la grabación, el vocalista del grupo le dijo que no se había aprendido las letras.

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