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Celia Cruz: Le Prohibieron Entrar a Cuba para Enterrar a su Madre… y Nunca Volvió a Pisar su Tierra

En una calle donde los vecinos se conocen por el ruido que hace cada puerta al cerrarse. Le ponen Celia Caridad Cruz Alfonso. En los próximos minutos vas a descubrir siete cosas sobre esta mujer que el régimen cubano lleva 60 años intentando que se olviden. La primera es esta. Cuando nació, en aquella casa había más niños que camas y más música que comida.

Su padre se llamaba Simón Cruz. Era trabajador del ferrocarril. Llegaba a casa con las manos llenas de grasa, la espalda rota por las jornadas de 12 horas y el silencio cansado de los hombres que se han pasado el día cargando carbón. Simón quería para su hija algo seguro, algo que no dependiera del aplauso de nadie, algo que se pudiera cobrar a fin de mes y se pudiera meter en un sobre.

Para Simón, ser cantante no era un oficio, era una forma de pasar hambre con los zapatos rotos. Por eso, desde que Celia tuvo edad de entender, su padre le repitió la misma frase una y otra vez, como quien clava un clavo. Tú vas a ser maestra. Tú vas a tener un sueldo del Estado. Tú no vas a depender nunca de nadie. Su madre era otra cosa.

Su madre se llamaba Catalina Alfonso. Y aquí es donde empieza, sin que nadie lo sepa todavía, la historia que va a terminar en aquella habitación de hotel de Ciudad de México. 37 años después. Catalina cantaba mientras cocinaba, cantaba mientras lavaba la ropa en el patio. Cantaba mientras esperaba a que volviera Simón del trabajo, mientras planchaba, mientras peinaba a sus hijos.

No cantaba para nadie, cantaba porque cantar era la manera que ella había encontrado de no ahogarse. Iselia desde los 3 años la escuchaba. La escuchaba con esa concentración absoluta que solo tienen los niños cuando están aprendiendo algo que no saben todavía que están aprendiendo. Catalina no le enseñó a cantar a Celia.

Catalina le enseñó algo mucho más profundo. Le enseñó que la música no era un adorno, era una forma de sobrevivir. Era lo que las mujeres de Santos Suárez tenían cuando ya no tenían nada más. Era el último cobijo cuando la casa se quedaba sin luz, sin dinero, sin esperanza. Celia tenía 5 años, 6 años, 7 años y ya cantaba boleros enteros que había aprendido escuchando la radio.

Los vecinos venían a la casa solo para oírla. Su padre se removía incómodo en la silla. Catalina sonreía sin decir nada. Iselia, sentada en el suelo del patio, con un vestido de algodón gastado y los pies descalzos sobre las baldosas calientes, cantaba como si supiera ya, sin saberlo todavía, que esa voz iba a ser la única cosa que le iban a robar y la única cosa que nadie iba a poder quitarle nunca.

Hubo una infancia, hubo una adolescencia, hubo años en los que Celia Caridad estudió para complacer a su padre, magisterio, para ser maestra de escuela, para tener un sueldo del Estado, para no depender de nadie. Lo hizo bien. Era una alumna disciplinada, ordenada, responsable, cumplía. Pero por las noches, cuando Simón ya dormía, Celia se sentaba en la cama con la luz apagada y cantaba para sí misma en susurros las canciones que había escuchado durante el día en la radio.

No se podía permitir hacer ruido. Cantaba como quien reza una oración prohibida. Y entonces llegó 1947. Una prima la convenció para que se presentara a un concurso de aficionados de la radio La Hora del té en la emisora Radio García Serra. Celia no quería. Tenía miedo de que su padre se enterara, pero su prima insistió, la empujó, le compró el billete del autobús y Celia, casi sin saber cómo, terminó delante de un micrófono cantando un tango.

Ganó el premio. Fue un pastel. un pastel de azúcar. Eso es lo que la cambió todo. No fue el aplauso, no fue el dinero, porque no había dinero, fue ese pastel, esa cosa pequeña, dulce, redonda, que ella se llevó a casa envuelta en papel de estrasa. esa cosa concreta que demostraba que su voz no era un capricho de niña, ni una manía, ni una pérdida de tiempo. Su voz servía para algo.

Su voz se podía cambiar por algo que se podía tocar y comer. Aquella misma noche, Celia se miró en el espejo del cuarto de baño con el pastel en las manos y tomó la decisión que iba a marcar el resto de su vida. No iba a ser maestra, iba a ser cantante. Y aquí está la herida oculta de toda esta historia, la que nadie cuenta cuando hablan de Celia Cruz.

La decisión que tomó aquella noche delante del espejo, la decisión de elegir su voz por encima de la seguridad, de elegir lo que ella era por encima de lo que su padre quería que fuera, es exactamente la misma decisión que años después la convertiría en exiliada. Porque la Celia que se negó a obedecer a su padre fue la misma Celia que 12 años después se negó a obedecer a Fidel Castro.

Esa mujer no podía doblegarse. Era estructural, era de fábrica, era el material del que estaba hecha. Y por eso este video no va sobre una víctima, va sobre una mujer que prefirió perder su país antes que perderse a sí misma. Hay un detalle de aquella noche del pastel que casi nadie ha contado y es importante porque explica algo.

Cuando Celia llegó a casa con el premio, le dijo a su madre lo que había decidido. Le dijo que no iba a ser maestra, le dijo que iba a cantar. Catalina la miró un momento en silencio. No lloró, no protestó, no le advirtió de nada. se levantó de la silla, fue a la cocina y volvió con dos vasos pequeños. Dentro de los vasos había guarapo, jugo de caña de azúcar líquido, dulce, espeso, casi amarillo.

Lo que beben los pobres en Cuba cuando quieren celebrar algo y no tienen otra cosa. Catalina le dio uno a su hija, levantó el suyo y las dos brindaron solas en silencio en la cocina. Sin una palabra, sin un discurso, sin un consejo. Solo una madre y una hija, una negra trabajadora y una niña con el pastel todavía caliente, brindando con guarapo en una cocina de Santo Suárez.

Eso es el origen real de azúcar. No es un grito de escenario, no es un eslogan publicitario, no es una marca registrada, es una despedida silenciosa de una madre a una hija en una cocina pobre de La Habana. Es una bendición disfrazada de brindis. Es lo único que Catalina pudo darle a Celia esa noche para protegerla del mundo que se le venía encima.

Y por eso durante los 50 años siguientes, cada vez que Celia Cruz subía a un escenario en cualquier parte del mundo y gritaba esa palabra, lo que estaba haciendo en realidad, sin que nadie del público lo supiera, era llamar a su madre. Recuerda esto, porque en una habitación de hotel de Ciudad de México en 1962, esa palabra y esa madre van a volver a encontrarse.

    Celia Cruz tiene 23 años. Ya canta en clubes pequeños de La Habana, en programas de radio, en fiestas privadas de gente con dinero, cobra poco. Se viste con vestidos cocidos por su madre. Vuelve a casa de madrugada en autobuses lentos que cruzan una ciudad que todavía no la conoce. Pero algo está pasando.

Cada vez que canta en algún sitio, alguien la recomienda a otro alguien. Cada vez que aparece en un programa, alguien llama a la emisora preguntando quién era esa voz. Su nombre empieza a circular en los círculos pequeños donde se decide quién será la próxima estrella de Cuba. Y entonces, en 1950 sucede lo que nunca debería haber sucedido.

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