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Cayetano Martínez de Irujo: el heredero de la Casa de Alba marcado por el peso de su familia

Esa delegación del cuidado cotidiano dejaba huecos emocionales que luego, con los años los hijos intentaban llenar de las maneras más distintas. Para Cayetano, uno de esos intentos sería el deporte y no cualquier deporte, sino uno que estaba grabado en el ATN de la nobleza española desde hacía siglos. La equitación.

El caballo sería durante mucho tiempo el único lenguaje en el que Cayetano se sentía completamente él mismo, sin títulos, sin apellidos, sin el peso de los siglos encima. sobre el lomo de un caballo era simplemente un jinete y eso en su universo era una forma extraordinaria de libertad. La adolescencia de Cayetano Martínez de Airujo transcurrió entre colegios de élite, veraneos en las fincas de la familia y una relación cada vez más intensa con el mundoestre.

Mientras sus hermanos mayores se adentraban en la vida social y en los compromisos que su condición nobiliaria les imponía, Cayetano encontraba en los establos una especie de santuario. Allí no había jerarquías familiares, no había comparaciones entre hermanos, no había sombras de antepasados ilustres que te recordaran constantemente lo pequeño que eras frente a la magnitud del linaje.

España, en aquellos años de transición entre el final del franquismo y los primeros pasos de la democracia era un país que también estaba buscando su propio lugar en el mundo. La familia Alba, como tantas grandes familias aristocráticas españolas, navegaba ese cambio histórico con la mezcla de adaptación y resistencia que caracteriza a quienes tienen mucho que conservar.

La duquesa de Alba era, en ese sentido, una figura peculiar. políticamente cercana a sectores progresistas en algunos aspectos, pero profundamente enraizada en una tradición que se remontaba cinco siglos atrás. Esa contradicción también vivía dentro de casa y los hijos la absorbieron cada uno a su manera. Cayetano eligió la vía del esfuerzo físico y la disciplina deportiva.

La equitación de competición no es un pasatiempo aristocrático de salón. Es un deporte exigente, técnicamente complejo, que requiere cientos y cientos de horas de entrenamiento, una comprensión profunda del animal, una capacidad de concentración y de control emocional que va mucho más allá de saber mantenerse en la silla.

Cayetano lo tomó con una seriedad que sorprendió a quienes lo conocían. No estaba jugando a ser deportista, estaba construyendo ladrillo a ladrillo una identidad propia que no dependiera del apellido ni del palacio. Con el paso de los años, ese esfuerzo comenzó a dar frutos. Su nivel técnico creció.

Sus resultados en competiciones nacionales empezaron a llamar la atención y para la segunda mitad de los años 80, Cayetano Martínez de Irujo ya era reconocido no como el hijo de la duquesa, sino como un jinete de verdadero talento. Ese reconocimiento, ganado con su propio trabajo y su propia dedicación significaba para él algo que ningún título nobiliario podría haberle dado jamás.

la certeza de que había algo en el mundo que le pertenecía exclusivamente a él. Pero la vida de los nobles, incluso de aquellos que intentan escapar de su condición, siempre está atravesada por los asuntos de la familia. Y en la familia Alba los asuntos nunca eran sencillos. A comienzos de los años 90, España vivía un momento de euforia colectiva.

Los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 representaban para el país una declaración de modernidad ante el mundo entero, una demostración de que la nación había completado su transformación democrática y estaba lista para ocupar su lugar en el escenario internacional. En ese contexto, el equipo español de equitación se preparaba para competir en la cita más importante del deporte mundial.

Cayetano Martínez de Irujo estaba entre los seleccionados. Participó en los Juegos Olímpicos de Barcelona representando España en la modalidad de ípica, concretamente en la prueba de salto equestre. Para él ese momento era la culminación de años de entrenamiento, de sacrificios, de madrugadas en los establos cuando el resto del mundo dormía.

Y también era de alguna manera su respuesta personal a todos los que lo veían únicamente como un apellido. Allí, en la pista olímpica era un atleta. La experiencia olímpica marcaría Cayetano de por vida. No fue una participación coronada por medallas. pero sí por algo que en su trayectoria personal pesaba mucho más. había llegado hasta allí por sus propios medios dentro de un mundo brutalmente competitivo, donde el dinero y el apellido pueden facilitar el acceso, pero nunca garantizan el resultado.

La calificación olímpica exige rendimiento real, tiempos reales, actuaciones reales y Cayetano los había obtenido. Ese mismo año, sin embargo, el mundo familiar entraba en una nueva fase de complejidad. La duquesa de Alba, que había enviudado de su primer marido, Luis Martínez de Iruirujo, padre de Cayetano, en 1972, llevaba ya dos décadas como viuda cuando inició una nueva relación sentimental con Jesús Avirre, que sería su segundo esposo.

Esa relación, que la sociedad española siguió con enorme atención afectó de distintas maneras a los seis hijos de Cayetana. Para algunos fue una herida, para otros una aceptación más o menos resignada. Para Cayetano, que tenía apenas 9 años cuando murió su padre, la figura paterna era un territorio emocional lleno de ausencias y preguntas sin respuesta.

El padre biológico Luis Martínez de Irujo falleció en 1972 cuando Cayetano tenía apenas 9 años. Esa pérdida temprana dejó una marca que el propio Cayetano ha mencionado en sus reflexiones públicas como uno de los factores que más influyeron en su carácter, en su tendencia a buscar fuera del entorno familiar los espacios de afecto y reconocimiento que dentro de ese entorno no siempre encontraba.

La vida sentimental de Cayetano Martínez de Irujo ha sido, a lo largo de las décadas uno de los capítulos más comentados de su historia personal, no porque él haya buscado esa exposición de manera activa, sino porque en España cualquier movimiento de un miembro de la casa de Alba es seguido con una intensidad mediática que convierte cada relación en un asunto casi de estado.

Su primer amor conocido públicamente fue con la modelo y actriz Claudia Martínez, una relación que la introdujo en ese territorio extraño donde la vida privada y el escrutinio público se mezclan de una forma que resulta difícil de gestionar para cualquier persona y más aún para alguien que ya cardaba con el peso de un apellido omnipresente.

La exposición mediática era para Cayetano un fenómeno ambivalente. Por un lado, le molestaba profundamente que su vida fuera tratada como un espectáculo. Por otro, era casi imposible evitarlo cuando tu madre era la mujer más fotografiada de España. A lo largo de los años 90 y principios de los 2000, Cayetano vivió varias relaciones sentimentales que la prensa del corazón española siguió con detalle.

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