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Caroline de Mónaco: La Princesa que Perdió a Dos Esposos en Tragedias

En diciembre de 1936, su tío Eduardo abdicó al trono por amor a una divorciada americana. La decisión destrozó a la familia, pero más que eso, redefinió todo lo que significaba ser winsor. El amor, declaró la monarquía con esa abdicación, no podía estar por encima del deber. El matrimonio con un divorciado era inaceptable.

Y aunque Margaret era demasiado joven para comprender completamente, las semillas de su futura tragedia ya estaban siendo plantadas. Su padre, nunca preparado para ser rey, nunca queriendo ser rey, de repente llevaba la corona. El hombre que tartamudeaba tanto que hablar en público era una tortura. Ahora tenía que dirigir una nación hacia la guerra.

Y Elizabeth, de solo 10 años ya no era simplemente una princesa, era la heredera. Margaret por defecto se convirtió en la otra. la repuesto, la que existía solo en caso de que algo le pasara a su hermana. Los años de la guerra fueron extraños  para Margaret. Mientras Londres ardía bajo las bombas nazis, las princesas fueron evacuadas al castillo de Winsor.

Pasaban noches en refugios antiaéreos escuchando el sonido distante de explosiones que sacudían las ventanas. Pero incluso en la guerra, incluso en el peligro, la realeza mantenía sus protocolos. Se vestían para la cena, tomaban el té a las 4, practicaban sus reverencias. Margaret tenía 9, 10, 11 años y su mundo se componía de estas extrañas contradicciones.

Bombas y bailes, miedo y formalidad, privilegio y prisión. Fue durante estos años cuando Margaret comenzó a notar algo que la marcaría para siempre. La forma en que la gente miraba a Elizabeth con respeto, con expectativa, con ese brillo en los ojos que decía futura reina. Y la forma en que miraban a Margaret con afecto sí, pero también con una especie de lástima, como si dijera pobre niña nacida segunda, destinada a vivir siempre a la sombra.

Margaret odiaba esa mirada, la enfurecía y en algún lugar profundo de su corazón de niña tomó una decisión. Si no podía ser la más importante, sería la más interesante. Si no podía tener el trono, tendría la atención de otras formas. La guerra terminó en 1945. Margaret tenía 14 años y estaba convirtiéndose en una mujer extraordinariamente hermosa.

Tenía los ojos de su padre azules como el cielo de verano y una figura que hacía que los diseñadores suspiraran de placer. Pero más que su belleza física, tenía algo más raro, más peligroso. Carisma. Entraba a una habitación y la luz parecía cambiar. contaba un chiste y la gente reía más fuerte de lo necesario. Cantaba en las fiestas familiares y su voz clara y afinada silenciaba las conversaciones.

Fumaba cigarrillos con una elegancia que la hacía parecer 10 años mayor. Bebía whisky cuando las otras chicas tomaban jerez y flirteaba, oh, cómo flirteaba con una descaro que escandalizaba tacorte, pero que la hacía irresistible. Mientras tanto, Elizabeth se preparaba para su futuro, estudiaba Constitución, aprendía sobre el Commonweht, practicaba discursos.

Margaret, en contraste, estudiaba  cómo ser fascinante. Leía revistas de moda, perfeccionaba su maquillaje, aprendía a bailar hasta el amanecer. La corte susurraba. Algunos decían que era refrescante, otros decían que era inapropiado, pero todos estaban de acuerdo en una cosa. Margaret era imposible de ignorar.

En 1947, Margaret tenía 16 años cuando conoció al hombre que definiría su vida. Pero antes de llegar a él, es importante entender el estado mental de Margaret. En ese momento vivía en una jaula de oro, una jaula que ella misma no había construido, pero de la cual no podía escapar. Cada movimiento era fotografiado, cada palabra era citada, cada vestido era analizado.

No podía ir al cine sin una escolta, no podía ir de compra sin guardaespaldas, no podía tener una conversación privada sin que alguien la reportara. Su vida no le pertenecía, pertenecía a la prensa, al público, a la monarquía. ¿Alguna vez han sentido que están viviendo la vida de otra persona? Que cada decisión que toman ya ha sido decidida por otros.

Margaret vivía en ese estado  constantemente. Despertaba en el palacio de Buckingham, rodeada de lujo incomprensible y se sentía como una prisionera. Miraba por las ventanas a la gente común caminando libremente por las calles de Londres y los envidiaba. Ellos podían enamorarse de quien quisieran, casarse con quien eligieran o vivir vidas ordinarias hermosas en su simplicidad.

Margaret tenía todo excepto eso, libertad. Y entonces llegó él, Group Captain Peter Wildrich Townsen, héroe de guerra, condecorado con la Distinguish Flying Cross por derribar aviones enemigos en la batalla de Inglaterra. Alto de 32 años, con ese aire de melancolía que tienen los hombres que han visto demasiado horror. Había sido asignado como Equerry, un tipo de asistente personal al rey Jorge VI en 1944.

Para cuando Margaret tenía 16, Peter había estado en su vida durante 3 años, pero ella lo había notado de una manera diferente. Era imposible no notarlo. Peter tenía esa combinación rara de fuerza y vulnerabilidad. Había volado Speedfes sobre los cielos de Inglaterra y enfrentando escuadrones de bombarderos nazis con una valentía que bordeaba lo suicida.

tenía cicatrices literales y figurativas de la guerra, pero también tenía una gentileza, una paciencia, especialmente con Margaret. La escuchaba cuando hablaba. Realmente escuchaba no con la atención cortés que mostraban los cortesanos, sino con genuino interés. La trataba como una persona, no como una princesa.

Lo que Peter no sabía, lo que Margaret aún no comprendía completamente, era  que esta conexión entre ellos estaba siendo observada. La corte tiene ojos en todas partes. Cada mirada prolongada era notada, cada conversación privada era reportada. Y cuando Margaret cumplió 18 años, cuando comenzó a florecer de niña a mujer, cuando sus ojos seguían a Peter por las habitaciones con una intensidad que no podía ocultar y los susurros se convirtieron en alarma.

Corría el año de 1950 cuando la situación se volvió imposible de ignorar. Margaret y Peter ya no eran simplemente amigables, eran magnéticos. Se buscaban en las fiestas. Sus conversaciones duraban horas. Se reían de chistes privados que nadie más entendía. Y para cualquiera que prestara atención era obvio. Estaban enamorados profundamente, desesperadamente, imposiblemente enamorados.

Pero había  un problema, varios en realidad, pero uno era absolutamente insurmountable en la Inglaterra de 1950. Peter Townsen estaba casado, más aún estaba en proceso de divorcio. Y en la iglesia de Inglaterra,  de la cual el rey era el jefe supremo, el divorcio era considerado un pecado. La abdicación del tío  Eduardo apenas 14 años atrás y había sido precisamente por querer casarse con una divorciada.

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