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Carolina de Mónaco: La Maldición de Grace Kelly… Regresa La Tragedia

Lloró mucho, pero no lo dijo. Cuando su madre la llamaba por teléfono, ella contestaba, “Estoy bien, mami, todo va bien. Sonríe siempre, sobre todo cuando te duela.” Allí aprendió algo más importante que el latín o las matemáticas. Aprendió a esconder. Aprendió que una princesa nunca llora delante de los demás.

Aprendió que el dolor, si se queda guardado adentro, no desaparece, pero al menos no le da munición a los enemigos. Y los enemigos en su mundo eran muchos. Los enemigos eran los paparachis, los enemigos eran los periodistas que vendían rumores, los enemigos eran las revistas que pagaban fortunas por una sola fotografía suya en bikini, llorando, peleando, gritando.

Los enemigos eran las cámaras que la perseguían cuando salía de clase, cuando iba al cine, cuando intentaba besar a un chico detrás de una puerta. Carolina entendió antes de los 15 años que su vida no le pertenecía a ella, le pertenecía al público y el público quería sangre. Cuando volvía a Mónaco en las vacaciones, las cosas no eran mejores.

Su padre se mostraba cada vez más severo. Su hermano Alberto, el heredero varón, recibía una atención que ella nunca tuvo. Su hermana pequeña, Estefanía, nacida en 1965, era una niña salvaje, rebelde, libre, todo lo que Carolina no podía permitirse ser. Solo con su madre encontraba un poco de paz. Grace la llevaba en yate por la costa francesa, le hablaba de Hollywood, le contaba historias de Hitchcock, de Kerry Grant, de Jimmy Stuart, le decía, “Yo dejé todo eso por amor, Carolina, pero tú no tienes que renunciar a nada. Tú puedes elegir lo

que quieras.” Eran palabras hermosas, pero en el fondo, madre e hija ya sabían que no eran del todo ciertas. A los 18 años ya en París, Carolina entró en la Sorbona para estudiar filosofía y psicología infantil. Era brillante. Hablaba francés, inglés, italiano, alemán y un español que practicaba con una compañera de clase argentina.

Leía Sartre, a Simón de Bubois, a Camu. Tenía amigas, salía a discotecas. Escuchaba a sus grupos de rock favoritos a todo volumen en su pequeño departamento del barrio donde vivía. Por primera vez en su vida parecía tener algo parecido a la libertad, pero la libertad en una princesa dura poco. Los paparazi ya la seguían a todas partes.

Las revistas calculaban cuándo se enamoraría, con quién, cómo. Le empezaron a llamar la princesa rebelde. A los 20 años era la mujer más fotografiada de Europa después de su madre. Y a los 21 ya estaba haciendo algo que nadie en el palacio se esperaba. Estaba enamorada profundamente de un hombre completamente equivocado.

Y antes de seguir contándoles esta historia, déjenme hacerles una pregunta. ¿Desde dónde nos están viendo? Cuéntenos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen, porque esta historia, la que están a punto de escuchar, es una historia que toca a familias de todos los rincones del mundo.

La historia de una hija que perdió a su madre demasiado pronto. La historia de una mujer que sobrevivió a lo imperdonable. La historia de cómo el dolor más grande puede esconderse detrás de la sonrisa más perfecta. Volvamos a París. 1976. Una discoteca llamada Regins, una de las pistas más exclusivas de la capital francesa.

Música disco, champaña francesa y un hombre sentado en una mesa al fondo que sabe perfectamente quién es la chica que acaba de entrar. Se llama Philip Junot. Tiene 38 años, ella 20. Él es banquero, al menos eso dice, mujeriego conocido, amante de los aviones rápidos y las mujeres jóvenes. Ella es Carolina de Mónaco, la heredera. El sueño dorado de cualquier hombre ambicioso de Europa.

Cuando él se acerca a su mesa, Carolina sonríe. Cuando él la invita a bailar, ella acepta. Cuando él le susurra algo al oído al final de la canción, ella se ríe. Y cuando él le pide su número de teléfono, ella se lo da. Esa misma noche en el Palacio de Mónaco suena un teléfono. Una asistente toma el mensaje.

La princesa Grace Kelly, al saber con quién ha estado bailando su hija, palidece. Porque Grace ya conoce a hombres como Philip Juno. Los conoció en Hollywood, los conoció en sus propios años de juventud. Sabe leer en una sola foto lo que un hombre quiere de una mujer. Y lo que Philip Yuno quiere no es a Carolina, es lo que Carolina representa.

Pero Carolina está enamorada y nadie le va a quitar este amor por nadie. Las peleas en el palacio son constantes durante meses. El príncipe reainiero le prohíbe a su hija ver a ese hombre. Grace Kelly intenta razonar con ella, llevarla de viaje, distraerla. Carolina llora, grita, encierra a sus padres en discusiones interminables.

La prensa olfatea el conflicto. Cada salida de Carolina con Philip es portada de revista. Cada ausencia alimenta los rumores. Finalmente, en el verano de 1977, los padres ceden a una condición. Que la pareja espere, que se conozca mejor, que pruebe el tiempo. Carolina acepta, Philip acepta, pero Carolina ya ha tomado su decisión.

El 28 de junio de 1978, en el Palacio de Mónaco, Carolina de Mónaco se casa con Philip Jun en una ceremonia civil. Al día siguiente, una boda religiosa en la catedral. Vestido de un reconocido diseñador de alta costura, 800 invitados. Reyes, Presidentes, Estrellas de Hollywood. Las cámaras transmiten la ceremonia a más de 100 países.

Es uno de los matrimonios más vistos del siglo en directo. Las fotos son perfectas. La princesa radiante, el novio sonriente, los padres de la novia dignos. Pero hay un detalle que casi nadie nota. En la foto oficial de la boda, Grace Kelly no está mirando a la cámara, está mirando a su hija. Y en su mirada hay algo que se parece mucho al miedo.

Tenía razón. La luna de miel duró menos de un año. Philip Juno empezó a desaparecer del departamento parisino de la pareja. Volvía tarde. Volvía con olor a perfume que no era el de Carolina. La prensa que nunca dejó de vigilar empezó a publicar fotos. Philip en San Tropé con una modelo.

Philip en una piscina con dos mujeres. Philip en aviones privados en compañía sospechosa. Carolina lo intentó. Lo intentó como solo lo intenta una hija de Grace Kelly. Sonriendo en público, llorando solo cuando estaba sola, convenciéndose a sí misma de que iba a cambiar. No cambió. En el otoño de 1979, una revista francesa publicó una serie de fotos de Philip Juno en una piscina en Estados Unidos, completamente desnudo, abrazado a una modelo americana.

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