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CARMEN SALINAS CONFESÓ Los FAVORES que POLÍTICOS y JOAN SEBASTIAN le PIDIERON… Dejó una LISTA

Su madre se quedó a cargo de todos ellos, completamente sola, sin ayuda de nadie, sin familia que la apoyara, lavando ropa ajena en el río hasta que se le agrietaban las manos, limpiando casas de familias ricas que la trataban peor que a un perro, haciendo tortillas para vender en la calle de madrugada antes de que saliera el sol.

Y aunque después se juntó con otro hombre, un carpintero viudo que al menos no le pegaba, Carmen Lozano Viramontes decidió nunca volver a casarse legalmente. Había aprendido la lección más dura de su vida, que los papeles no significan absolutamente nada cuando el hombre no vale nada.

Carmen creció viendo eso cada día, viendo a su madre sobrevivir contra todo pronóstico, viendo que en este mundo cruel las mujeres tienen que ser más listas, más fuertes, más astutas que los hombres para no terminar completamente destruidas. Y eso eso se le quedó grabado para siempre en el alma. Pero había algo más en la infancia de Carmen, algo que ella misma nunca contó públicamente en ninguna entrevista, pero que sus hermanos recordaban con un dolor que no pasaba con los años, el hambre.

Había días en que no había absolutamente nada que comer en toda la casa, ni tortillas, ni frijoles, nada. Días en que Carmen y sus hermanos se iban a dormir con el estómago completamente vacío, retorciéndose de los calambres del hambre. Días en que su madre lloraba en silencio en la cocina oscura porque no tenía con qué alimentarlos, ni siquiera un puño de frijoles o un huevo.

Carmen recordaría años después esos días con una mezcla de dolor profundo y rabia contenida, que nunca se fue del todo. Yo sé perfectamente lo que es ir a la escuela sin desayunar y sin lonche, con el estómago vacío. Yo sé lo que es ver a tu mamá llorar porque no tiene ni para un kilo de tortillas. Yo sé lo que es el hambre de verdad, no el hambre de dieta o de capricho.

El hambre que duele, que te marea, que te hace ver negro. Carmen aprendió a robar tortillas del mercado municipal cuando los vendedores no miraban. A pedir limosna sin que pareciera limosna, haciéndosela simpática y graciosa con los vecinos, a sonreír a las señoras ricas para que le dieran las obras de la comida de sus mesas, lo que no querían sus hijos.

y aprendió algo más importante, algo que literalmente cambiaría su vida entera, que la gente te da cosas cuando les caes bien, que una sonrisa en el momento correcto vale muchísimo más que suplicar de rodillas, que si haces reír a alguien de verdad, te dan lo que necesitas sin que tengas que humillarte pidiéndolo directamente.

lección. Esa lección la acompañaría absolutamente toda su vida. Hubo un incidente en particular que Carmen nunca olvidó hasta el día de su muerte. Un incidente que definió exactamente quién sería para el resto de su vida. Cuando Carmen tenía exactamente 8 años, su madre la mandó a pedirle maíz prestado a una vecina de la cuadra.

La vecina era una mujer relativamente rica que tenía una tienda de abarrotes en la esquina de su calle y que siempre presumía detener de todo. Carmen llegó humilde, con la cabeza agachada, como le había enseñado su madre, que había que pedir favores, y le pidió el favor con voz bajita y respetuosa.

La mujer la miró de arriba a abajo con un desprecio que el helaba los huesos con un asco evidente en la cara. Y luego le dijo algo que Carmen nunca jamás en toda su vida perdonaría. Dile a tu madre que si quiere maíz, que vaya ella misma a pedirlo con sus propias palabras y que si no tiene cómo pagar con dinero, que ofrezca algo más que dinero.

Los hombres pagan bien por ciertas cosas. Carmen tenía solo 8 años, pero entendió perfectamente, dolorosamente a qué se refería esa mujer asquerosa. No lloró, no suplicó, no se humilló rogando. Se dio la vuelta y se fue caminando despacio con la espalda completamente recta, sin mirar atrás. Pero esa noche, mientras su madre lloraba en la cocina oscura, sin hacer ruido para que los niños no la oyeran y sus hermanos se quejaban de hambre en las camas, Carmen se hizo una promesa solemne.

Algún día voy a tener tanto dinero, que nadie, absolutamente nadie en este mundo, me va a volver a humillar así. Y cuando eso pase, yo voy a recordar perfectamente quiénes fueron todos los que nos despreciaron y nos escupieron. 30 años después, cuando Carmen ya era famosísima y rica, cuando su cara estaba en todos los cines de México y su nombre en todos los periódicos, pasó casualmente por esa misma tienda durante una visita a Torreón.

La señora que la había despreciado seguía ahí, ahora vieja, encorbada, arrugada, con el negocio medio vacío y polvoriento. Carmen entró, compró absolutamente todo lo que había en el mostrador sin preguntar precios, todo. Y cuando la mujer estaba envolviendo las cosas con manos temblorosas de vieja, Carmen le dijo con una voz muy tranquila, pero helada.

¿Se acuerda de mí, señora? La mujer la miró confundida. sin reconocerla detrás del maquillaje y la ropa cara. Yo soy la niña a la que usted le negó el maíz hace 30 años. La niña pobre y muerta de hambre a la que le dijo que mi madre ofreciera algo más que dinero. Quédese con absolutamente todo esto. Es un regalo para que se acuerde perfectamente de que la gente pobre también tiene memoria.

y que a veces esa gente pobre se hace muy muy rica y se fue sin mirar atrás, dejando a la mujer llorando amargamente detrás del mostrador sucio. A los 10 años, Carmen ya cantaba regularmente en programas de radio en Monterrey y ocasionalmente en Torreón. Hacía imitaciones que dejaban a toda la gente con la boca completamente abierta.

hacía reír a todo el mundo sin excepción. Porque cuando eres pobre, el talento es literalmente lo único que no te pueden quitar. Su hermana mayor, Josefina, cantaba en una estación de radio en Torreón, la X E y Carmen, que la admiraba profundamente y quería ser como ella, empezó a imitarla en los programas locales de la zona.

Pero Carmen tenía algo especial que su hermana no tenía. Una capacidad impresionante, casi sobrenatural, para imitar perfectamente cualquier voz. No solo cantaba bien con su propia voz. Podía ser Celia Cruz con esa voz ronca y potente que hacía temblar el alma. Podía ser Toña la Negra con ese dramatismo desgarrador que hacía llorar.

Podía ser libertad la marque con esa elegancia argentina tan refinada. Podía ser literalmente cualquiera que se propusiera imitar y la gente pagaba dinero por verla actuar. Porque en esos años dorados, en los teatros de revista mexicanos que estaban en su época de oro, las imitadoras eran consideradas oro puro, el plato fuerte de absolutamente cualquier función.

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