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Carlota de México: La Emperatriz que Se Volvió Loca… y Nadie la Salvó

Luisa María la adora. Le escribe poemas en francés, la viste ella misma. La lleva a caminar por los jardines de la Een. Le enseña los nombres de las flores, le canta canciones antiguas. Leopoldo I. Un hombre serio, frío, calculador, dicen algunos testimonios de la época que se ablandaba frente a su hija. Era la única persona del mundo que lograba hacerlo reír, pero la felicidad dura poco.

En 1848 estalla una revolución en Francia. El abuelo materno de Carlota, Luis Felipe, es derrocado. Huye a Inglaterra disfrazado usando un nombre falso. Pierde el trono en 24 horas. La niña tiene 8 años cuando ve a su madre llorar por primera vez. La reina Luisa María entra en una depresión profunda, se encierra, deja de comer, deja de dormir.

Un médico de la corte escribe en sus notas que la soberana belga se está apagando como una vela que se queda sin aire. Dos años después, Luisa María muere de tuberculosis. Tiene 38 años. Carlota tiene 10. Está a su lado hasta el final. El Muisa María. Según algunos testimonios de la corte, la niña le sostiene la mano durante horas antes del último suspiro.

No llora, no grita, simplemente se queda ahí en silencio mirando como su madre se vuelve piedra. Esa imagen, dirán después quienes la conocieron, nunca se le borró de los ojos. Algo se rompió ese día. Nadie lo vio. Después de la muerte de su madre, el padre de Carlota se vuelve aún más distante. La manda a estudiar con profesores severos.

Le enseñan latín, le enseñan griego, le enseñan historia, diplomacia, geografía. A los 13 años, Carlota lee a Cicerón en el texto original. A los 15 traduce obras de tácito. A los 17 habla con fluidez el francés, el alemán, el inglés, el italiano. Y sabe lo suficiente de español como para mantener una conversación.

Su padre la ve como una inversión. Una princesa bien educada puede casarse con un rey, un archiduque, un emperador. Carlota lo sabe. No se revela, no protesta. Parece haber aceptado, desde muy joven, que su cuerpo no le pertenece del todo. En el palacio de la Equen hay ahora largos pasillos donde la niña camina sola.

Sus hermanos, Leopoldo y Felipe, pasan la mayor parte del tiempo en academias militares, preparándose para la vida pública que se espera de ellos. Carlota, encerrada con sus tutores, aprende en silencio. Lee por las noches, a la luz de una vela, libros que ninguna niña de su edad debería entender. Memoriza los nombres de los reyes europeos, las fechas de los tratados, los linajes de las casas reales.

Cuando hace buen tiempo, su institutriz la saca al jardín y le hace recitar poemas franceses en voz alta, uno detrás del otro, sin permitirse ningún error. Un testigo de la corte escribió más tarde que la niña parecía vivir con miedo permanente a decepcionar a alguien. Pero hay un detalle extraño. Los historiadores que han estudiado sus cartas de adolescencia describen a una joven que escribe como una mujer de 40 años.

Una joven que no se permite ningún gesto de espontaneidad. Una joven que ya habla del deber, del honor, del destino, como si estuviera ensayando un papel, como si en algún rincón de su cabeza ya supiera que la tragedia la estaba esperando. A los 15 años recibe su primera propuesta de matrimonio. Es el rey Pedro V de Portugal, un joven amable, culto, bien parecido.

Toda Europa espera que ella diga sí. Es un matrimonio perfecto, pero Carlota dice, “No, dice que no lo ama. Su padre se enfada, los embajadores se escandalizan, pero ella se mantiene firme. Es quizás la última vez en su vida que decide algo por sí misma. Dos años después, en 1857, conoce a un archiduque austríaco de 24 años.

Es alto, rubio, tiene ojos azules muy claros, una barba cuidada, modales refinados. Es el hermano menor del emperador Francisco José de Austria. Se llama Maximiliano. Viaja por Europa cumpliendo misiones diplomáticas para su hermano. Habla varios idiomas, escribe poesía. Se interesa por la botánica, por la historia, por la pintura. Es en apariencia el hombre perfecto para una princesa como Carlota.

Se casan el 27 de julio de ese mismo año en Bruselas. Ella tiene 17 años recién cumplidos. Él tiene 25. Las crónicas de la época describen una boda deslumbrante. Flores por todas partes. Carruajes dorados, vestidos bordados con hilos de plata. La gente los aclama en las calles. Carlota sonríe. Maximiliano sonríe. Parecen enamorados.

Pero hay un detalle que nadie comenta en voz alta durante la ceremonia. Algo que el padre de Carlota susurra a uno de sus ministros cuando ve a la pareja alejarse en el carruaje real. Dicen algunos testimonios que Leopoldo Io, al ver a su hija partir hacia Austria, murmuró, “Dios mío, qué poco pesan las princesas cuando parten. ¿Sabía algo que Carlota todavía no sabía? Sabía que Maximiliano era un soñador, un romántico, un hombre hermoso pero inestable, un príncipe acostumbrado a vivir en castillos pintados por él mismo, rodeado de obras de arte, de

jardines diseñados según sus caprichos. Sabía que la ambición política de Maximiliano era enorme, pero su capacidad práctica limitada. sabía que dentro del matrimonio que acababa de celebrarse había una bomba silenciosa y sabía que no podía hacer nada. Lo que él no podía adivinar era hasta dónde iba a llegar esa bomba, ni cuántos continentes iba a destruir en el camino.

Antes de seguir con esta historia, queremos preguntarte algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Los primeros años de matrimonio son, al menos en apariencia, felices. Maximiliano es nombrado virrey del reino de Lombardía Venecia, uno de los territorios italianos que todavía pertenecen al imperio austríaco.

La pareja se instala en Milán, en el palacio real, rodeada de una corte brillante de artistas, de músicos, de escritores. Carlota se convierte rápidamente en una figura admirada, habla italiano, organiza banquetes, se interesa por las artes. Los milaneses la reciben con cariño, incluso en los círculos republicanos que odian al imperio austríaco.

Se dice que la joven archiduquesa es distinta, que tiene inteligencia, que tiene corazón, que quizás si los austríacos tuvieran más gobernantes como ella, las cosas serían diferentes, pero las cosas no son diferentes. El hermano de Maximiliano, Francisco José, el emperador austríaco, desconfía de su hermano, desconfía de su popularidad, desconfía sobre todo de las ideas que Maximiliano empieza a expresar en privado, que Italia necesita autonomía, que los austríacos deberían gobernar con más suavidad, que el futuro no puede sostenerse con bayonetas.

Francisco José lo llama a Viena, lo reprende, le quita el cargo. En 1859, apenas dos años después de casados, la pareja es destituida. Es un golpe duro. Maximiliano se lo toma personalmente. Carlota, aún más. Para ella había sido su primera misión política real, su primera oportunidad de demostrar lo que podía hacer y se la quitaron.

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