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BRUJO MAYOR DE CATEMACO REVELA el PACTO SECRETO que hizo JOAN SEBASTIAN para tener FAMA Y PODER

En los años en que José Manuel Figueroa Figueroa todavía no era nadie, en los cuartos de vecindad del centro, donde dormía con lo puesto y donde escribía canciones en cualquier papel que encontrara. Para entender ese momento, hay que entender de dónde venía ese joven. Juliantla, Guerrero, un pueblo en las montañas del norte de Guerrero, en el municipio de Tasco de Alarcón, a más de 2000 m sobre el nivel del mar, un lugar donde el día empieza antes que en la mayoría del país porque el sol llega primero a las montañas,

un lugar donde cuando Joan Sebastián era niño, no había electricidad estable, ni agua corriente, ni asfalto. Desde que tenía uso de razón, caminaba a lomo de burro por las madrugadas, llevando leche fresca desde el rancho de su padre hasta Tasco. Dos horas de camino por serranía oscura, con la única compañía del animal y del silencio de las montañas de Guerrero.

En esos trayectos compuso sus primeras melodías. No, con guitarra, con la voz en voz baja para que el burro no se espantara. A los 7 años ya componía canciones completas. A los 8 lo mandaron a un internado en Guanajuato, donde aprendió a modificar letras de canciones que ya existían. A los 12 estaba bajo la tutela del padre David Salgado en una institución religiosa en Morelos.

A los 14 ingresó al seminario conciliar de San José en Cuernavaca. Ahí compuso una misa completa con coro, con estructura litúrgica, con todo. Un adolescente de las sierras de Guerrero que no había tenido formación musical formal, componiendo una misa completa en un seminario de Cuernavaca. Y paradójicamente fue esa misa la que le demostró que su camino no era la sotana, que lo que sentía cuando componía era demasiado grande para que cupiera dentro de cuatro paredes de piedra.

A los 17 abandonó el seminario. Su abuela lloró. Su padre, que siempre supo que su hijo tenía algo que no se podía encerrar, no dijo nada. La ciudad de México, de finales de los años 60, era un monstruo de cemento y oportunidades desiguales. Para alguien con contactos, con familia, con dinero, con un apellido que abriera puertas, la industria musical era accesible.

Para un muchacho de las montañas de Guerrero que llegaba con una guitarra y ningún nombre conocido, era una pared. Joan Sebastian tocó en disco Orfeón. Lo rechazaron. Tocó en otras casas disqueras. La respuesta siempre era alguna variante de lo mismo. Tu música no es lo que buscamos. Vuelve cuando tengas más experiencia.

No tienes el perfil. El perfil. esa palabra que en la industria musical significa que el que decide no sabe explicar por qué dice que no, pero dice que no de todas formas. Para sobrevivir empezó a trabajar como asistente administrativo en el centro vacacional Wachtepec en Morelos, un complejo turístico del IMS.

Ahí cantaba por el sistema de altavoces para los huéspedes durante las mañanas. Era un trabajo modesto, nada que ver con llenar estadios. Pero fue ahí donde en 1968 ocurrió el primer giro real de su historia. La cantante y actriz Angélica María llegó al centro vacacional a hacer una reservación. Mientras la atendían en recepción, escuchó la voz que salía por los altavoces.

se quedó quieta. Esperó a que terminara la canción y antes de irse le preguntó quién cantaba. Le dieron el nombre del joven de Guerrero y Angélica María hizo algo que cambió el rumbo de la historia de la música mexicana. Le dio su número de teléfono y el teléfono del productor Eduardo Magallanes. Le dijo que la llamara y que mencionara su nombre.

Joan Sebastián llamó, Magallanes lo recibió y a través de él llegó a Jesús Rincón, productor de discos Capitol, quien le dio la primera oportunidad real. El primer disco, Sueño y lucha, incluía el sencillo, descartada, y vendió 12,000 copias, casi todas en Ciudad Obregón, Sonora. No fue un éxito nacional, fue una pequeña victoria en un rincón del país, pero el disco existió y eso era más de lo que tenía el día anterior.

Lo que vino después de ese primer disco no fue la consagración inmediata, fue Chicago. Joan Sebastian pasó una temporada en Illinois vendiendo automóviles en una agencia, haciendo comerciales de radio por 50 la actuación, cantando en fiestas privadas por lo que le quisieran dar. Era músico de tiempo completo en el sentido más práctico y más duro de la expresión, dedicado completamente a la música y completamente sin dinero.

El punto de inflexión en Chicago llegó cuando un promotor lo llamó para cantar en Texas. 000 por noche. Eso era en aquellos años una diferencia brutal con los 50 del comercial de radio. Fue en esas actuaciones en Texas donde entendió que había un público para lo que hacía, un público que no era el de las grandes ciudades.

Era el público de los trabajadores mexicanos en el extranjero, el de las comunidades que extrañaban algo que Joan Sebastian les daba. sin que él supiera exactamente qué era. Lo que le daba era él mismo. Su historia, las montañas de guerrero en cada nota. La pobreza convertida en canción, el dolor hecho melodía.

Pero el unicornio negro dice que todo eso, Angélica María, el disco, Chicago, Texas, fue el calentamiento, la preparación inconsciente para el momento en que llegara la oferta real. Porque cuando alguien tiene ese nivel de deseo, esa claridad sobre lo que quiere y esa disposición a pagarlo todo por conseguirlo, hay fuerzas que lo detectan.

No es que el ande buscando almas al azar, dice el unicornio negro, como si fueran moscas y él fuera la luz. Es mucho más específico que eso. Busca a quienes tienen un deseo tan limpio y tan poderoso que ya superó el miedo. Quienes ya no preguntan si se puede, solo preguntan cuánto cuesta. El hombre que buscó a Joan Sebastian no llegó con señales sobrenaturales ni con apariciones dramáticas.

Eso, dice el unicornio negro, es lo primero que la gente tiene que entender. Las historias de fuego y cuernos son para que la gente no reconozca la situación cuando está dentro de ella. Si el llegara con cuernos, nadie firmaría nada. llegó de día con ropa limpia, con modales tranquilos, con la apariencia de alguien que podría ser un productor, un empresario, un promotor, nada que llamara la atención, pero sabía cosas.

Sabía el nombre completo de la madre de Joan Sebastian, Celia Figueroa. Sabía el nombre del burro que usaba de niño para llevar la leche. Sabía la primera canción que compuso a los 7 años. Una canción que nunca grabó, que nunca le cantó a nadie, que existía solo en su memoria y sabía algo más. Sabía exactamente qué era lo que Joan Sebastian quería con más intensidad.

No la fama como concepto abstracto, no el dinero como número en una cuenta. Quería que sus palabras llegaran al corazón de la gente de verdad. Quería que cuando él muriera sus canciones siguieran vivas. Quería que la gente llorara con lo que él escribía. sin saber por qué lloraba. El hombre de ropa limpia le dijo que eso era posible.

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