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AVA GARDNER: Le Abortó Dos Hijos a Frank Sinatra y Murió Sola Escuchándolo

Veía el dolor que intentaba ocultar. Veía como la enfermedad le robaba las fuerzas y juraba que a ella no le pasaría lo mismo, que escaparía de ese destino, que no moriría como su madre. No sabía que ese juramento la perseguiría toda la vida. Molly agonizaba mientras su hija soñaba con escapar. El máximo horizonte para una chica como Aba era aprender a escribir a máquina, conseguir trabajo en una oficina, dejar atrás los campos de algodón. Eso era todo.

Eso era el máximo sueño permitido para una chica pobre del sur. Pero el destino tenía otros planes. En 1940, Aba fue a Nueva York a visitar a su hermana Beatriz. Tenía 18 años recién cumplidos. Ojos verdes intensos que parecían cambiar de color. Pelo castaño brillante, una belleza salvaje que nadie en Graown había visto jamás. El marido de Beatriz era fotógrafo.

Se llamaba Larry Tar. Tenía un pequeño estudio en la Quinta Avenida. Cuando vio a su cuñada, supo que estaba frente a algo especial. Le hizo unas fotos. Solo para practicar, le dijo. Solo por diversión. Aba se sentó frente a la cámara con la misma naturalidad con la que ordeñaba vacas, sin poses, sin artificios.

Solo ella y esos ojos verdes que atravesaban el lente. Larry quedó tan impresionado que colgó una foto en su escaparate, una imagen en blanco y negro de una chica desconocida con mirada de pantera. Y ahí empezó todo. Un empleado de la metro Goldwin Mayer pasó por ahí, vio la foto. Las imágenes llegaron al escritorio de Luis B.

Meer, el hombre más poderoso de Hollywood. El zar de los sueños. Y Mayer pronunció una frase que definiría la vida de Aba para siempre. No puede cantar, no puede actuar, no puede hablar, es formidable. No sabía actuar, tenía un acento sureño incomprensible. No tenía modales, no tenía educación, no tenía experiencia, no tenía absolutamente nada, excepto su cara.

Y en Hollywood en 1940 eso bastaba para construir un imperio. Eso bastaba para convertir a una campesina analfabeta en una diosa. Eso bastaba para cambiar el destino de una familia entera. Le ofrecieron un contrato de 7 años, 50 a la semana, más dinero del que su familia había visto junta en toda su vida, más de lo que su padre había ganado en un mes entero de trabajo brutal en el acerradero.

Aba no entendía lo que estaba pasando. No entendía por qué esos hombres de trajes caros querían pagarle. ¿Por por qué exactamente? No sabía actuar, no sabía cantar, no sabía bailar, solo sabía ser ella misma y aparentemente eso era suficiente. Su hermana Beatriz la convenció de aceptar.

Era la oportunidad de sus vidas. Era el escape que habían soñado desde niñas. Era la venganza contra todos los que los habían despreciado por ser white trash. Pero mientras Aba viajaba en tren hacia Hollywood, cruzando todo el país de este a oeste, mientras miraba por la ventana los paisajes que nunca había imaginado, su madre se moría de cáncer en Carolina del Norte.

El mismo cáncer que había matado a otras mujeres de la familia. El mismo que Aba temería a heredar toda su vida. El mismo que la llevaría a tomar una decisión irreversible. Años después, Molly Garner no llegó a ver a su hija convertirse en estrella. No llegó a ver su nombre en las marquesinas. No llegó a ver las portadas de las revistas. Y Aba nunca superó esa culpa.

Nunca se perdonó haber elegido Hollywood sobre su madre moribunda. La MGM era el estudio que presumía de tener más estrellas que en el cielo. Ahora tenía a esta chica rural que no sabía hacer nada, excepto ser increíblemente hermosa. Le enseñaron a hablar. Contrataron profesores para eliminar su acento.

Le enseñaron a caminar como una dama, a moverse frente a la cámara como si hubiera nacido para eso, y le enseñaron algo más, a beber. Antes de cada escena, los ejecutivos le ofrecían un trago para que se relajara. Era tímida, introvertida, se sentía fuera de lugar entre tanta gente sofisticada. El alcohol la desinhibía, la hacía olvidar su origen.

Un whisky antes de filmar, un martín y después, una copa para dormir, otra para despertar. La compañía no sabía los efectos que tendría esa botella en su estrella. O quizás sí lo sabía y no le importaba. Lo importante era que Aba funcionara frente a la cámara. Lo que le pasara fuera de cámara no era problema de nadie.

El show debe continuar. En 1942, Aba se casó con Mickey y Rooney. Él era la estrella juvenil más grande del estudio, el niño mimado de la MGN, el actor que más dinero había generado en los últimos 5 años. Un hombrecito de 1,62 con más ego que estatura. Ella tenía 19 años y no sabía nada del mundo. Mickey la vio en el comedor del estudio.

Llevaba un vestido prestado del departamento de vestuario. Su pelo todavía no había sido arreglado por los estilistas. No tenía el maquillaje profesional de las grandes estrellas. Era solo una chica más entre docenas de aspirantes a actriz que pululaban por los pasillos de la MGM. Y aún así, Mickey quedó paralizado.

Años después describiría ese momento como si le hubiera caído un rayo, como si el tiempo se hubiera detenido, como si todo el ruido del comedor hubiera desaparecido y solo existieran esos ojos verdes mirándolo desde el otro lado de la sala. Hola”, dijo ella cuando él finalmente reunió el valor para acercarse.

Solo eso, con esa voz ronca que parecía prometer secretos, con ese acento sureño que todavía no habían logrado eliminar del todo. Y Mickey supo que tenía que casarse con ella no porque la amara, no porque quisiera pasar el resto de su vida a su lado, sino porque Mickey y Rooney siempre conseguía lo que quería y ahora quería a Aba Gardner más que a nada en el mundo.

El estudio se opuso ferozmente al matrimonio. Luis B. Mayer en persona llamó a Mickey a su oficina. le explicó que la boda destruiría la imagen de chico inocente que habían construido durante años, que las madres de América no llevarían a sus hijos a ver películas de un hombre casado, que los contratos publicitarios se cancelarían.

Pero Mickey no escuchaba. Mickey solo pensaba en Aba. amenazó con romper su contrato, con irse a otro estudio, con destruir todo lo que habían construido juntos. Y en Hollywood las estrellas consiguen lo que quieren siempre. La noche de bodas fue un presagio de todo lo que vendría después. Bebieron demasiado, champán, whisky, todo lo que encontraron.

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