Veía el dolor que intentaba ocultar. Veía como la enfermedad le robaba las fuerzas y juraba que a ella no le pasaría lo mismo, que escaparía de ese destino, que no moriría como su madre. No sabía que ese juramento la perseguiría toda la vida. Molly agonizaba mientras su hija soñaba con escapar. El máximo horizonte para una chica como Aba era aprender a escribir a máquina, conseguir trabajo en una oficina, dejar atrás los campos de algodón. Eso era todo.
Eso era el máximo sueño permitido para una chica pobre del sur. Pero el destino tenía otros planes. En 1940, Aba fue a Nueva York a visitar a su hermana Beatriz. Tenía 18 años recién cumplidos. Ojos verdes intensos que parecían cambiar de color. Pelo castaño brillante, una belleza salvaje que nadie en Graown había visto jamás. El marido de Beatriz era fotógrafo.
Se llamaba Larry Tar. Tenía un pequeño estudio en la Quinta Avenida. Cuando vio a su cuñada, supo que estaba frente a algo especial. Le hizo unas fotos. Solo para practicar, le dijo. Solo por diversión. Aba se sentó frente a la cámara con la misma naturalidad con la que ordeñaba vacas, sin poses, sin artificios.
Solo ella y esos ojos verdes que atravesaban el lente. Larry quedó tan impresionado que colgó una foto en su escaparate, una imagen en blanco y negro de una chica desconocida con mirada de pantera. Y ahí empezó todo. Un empleado de la metro Goldwin Mayer pasó por ahí, vio la foto. Las imágenes llegaron al escritorio de Luis B.
Meer, el hombre más poderoso de Hollywood. El zar de los sueños. Y Mayer pronunció una frase que definiría la vida de Aba para siempre. No puede cantar, no puede actuar, no puede hablar, es formidable. No sabía actuar, tenía un acento sureño incomprensible. No tenía modales, no tenía educación, no tenía experiencia, no tenía absolutamente nada, excepto su cara.
Y en Hollywood en 1940 eso bastaba para construir un imperio. Eso bastaba para convertir a una campesina analfabeta en una diosa. Eso bastaba para cambiar el destino de una familia entera. Le ofrecieron un contrato de 7 años, 50 a la semana, más dinero del que su familia había visto junta en toda su vida, más de lo que su padre había ganado en un mes entero de trabajo brutal en el acerradero.
Aba no entendía lo que estaba pasando. No entendía por qué esos hombres de trajes caros querían pagarle. ¿Por por qué exactamente? No sabía actuar, no sabía cantar, no sabía bailar, solo sabía ser ella misma y aparentemente eso era suficiente. Su hermana Beatriz la convenció de aceptar.
Era la oportunidad de sus vidas. Era el escape que habían soñado desde niñas. Era la venganza contra todos los que los habían despreciado por ser white trash. Pero mientras Aba viajaba en tren hacia Hollywood, cruzando todo el país de este a oeste, mientras miraba por la ventana los paisajes que nunca había imaginado, su madre se moría de cáncer en Carolina del Norte.
El mismo cáncer que había matado a otras mujeres de la familia. El mismo que Aba temería a heredar toda su vida. El mismo que la llevaría a tomar una decisión irreversible. Años después, Molly Garner no llegó a ver a su hija convertirse en estrella. No llegó a ver su nombre en las marquesinas. No llegó a ver las portadas de las revistas. Y Aba nunca superó esa culpa.
Nunca se perdonó haber elegido Hollywood sobre su madre moribunda. La MGM era el estudio que presumía de tener más estrellas que en el cielo. Ahora tenía a esta chica rural que no sabía hacer nada, excepto ser increíblemente hermosa. Le enseñaron a hablar. Contrataron profesores para eliminar su acento.
Le enseñaron a caminar como una dama, a moverse frente a la cámara como si hubiera nacido para eso, y le enseñaron algo más, a beber. Antes de cada escena, los ejecutivos le ofrecían un trago para que se relajara. Era tímida, introvertida, se sentía fuera de lugar entre tanta gente sofisticada. El alcohol la desinhibía, la hacía olvidar su origen.
Un whisky antes de filmar, un martín y después, una copa para dormir, otra para despertar. La compañía no sabía los efectos que tendría esa botella en su estrella. O quizás sí lo sabía y no le importaba. Lo importante era que Aba funcionara frente a la cámara. Lo que le pasara fuera de cámara no era problema de nadie.
El show debe continuar. En 1942, Aba se casó con Mickey y Rooney. Él era la estrella juvenil más grande del estudio, el niño mimado de la MGN, el actor que más dinero había generado en los últimos 5 años. Un hombrecito de 1,62 con más ego que estatura. Ella tenía 19 años y no sabía nada del mundo. Mickey la vio en el comedor del estudio.
Llevaba un vestido prestado del departamento de vestuario. Su pelo todavía no había sido arreglado por los estilistas. No tenía el maquillaje profesional de las grandes estrellas. Era solo una chica más entre docenas de aspirantes a actriz que pululaban por los pasillos de la MGM. Y aún así, Mickey quedó paralizado.
Años después describiría ese momento como si le hubiera caído un rayo, como si el tiempo se hubiera detenido, como si todo el ruido del comedor hubiera desaparecido y solo existieran esos ojos verdes mirándolo desde el otro lado de la sala. Hola”, dijo ella cuando él finalmente reunió el valor para acercarse.
Solo eso, con esa voz ronca que parecía prometer secretos, con ese acento sureño que todavía no habían logrado eliminar del todo. Y Mickey supo que tenía que casarse con ella no porque la amara, no porque quisiera pasar el resto de su vida a su lado, sino porque Mickey y Rooney siempre conseguía lo que quería y ahora quería a Aba Gardner más que a nada en el mundo.
El estudio se opuso ferozmente al matrimonio. Luis B. Mayer en persona llamó a Mickey a su oficina. le explicó que la boda destruiría la imagen de chico inocente que habían construido durante años, que las madres de América no llevarían a sus hijos a ver películas de un hombre casado, que los contratos publicitarios se cancelarían.
Pero Mickey no escuchaba. Mickey solo pensaba en Aba. amenazó con romper su contrato, con irse a otro estudio, con destruir todo lo que habían construido juntos. Y en Hollywood las estrellas consiguen lo que quieren siempre. La noche de bodas fue un presagio de todo lo que vendría después. Bebieron demasiado, champán, whisky, todo lo que encontraron.
Aba terminó escondida en el baño, sentada en el piso, aterrorizada. No sabía que se esperaba de ella. No sabía cómo ser esposa, no sabía cómo ser mujer. Cuando finalmente salió, encontró a Mickey roncando, ajeno a su miedo. La segunda noche fue diferente, pero fuera de la cama todo era un desastre. Mickey la engañó desde la primera semana.
Una vez, dos, 10. Incontables veces. Era incapaz de resistirse a ninguna mujer que le prestara atención. Ella se burlaba de su estatura. Mickey medía 1,62. Aba le sacaba 10 cm con tacones y los usaba siempre que quería humillarlo. Él respondió de la peor manera. En una fiesta delante de todos habló de las mujeres con las que se había acostado durante el matrimonio.
Dio nombres, describió detalles. Humilló a Aba frente a toda la élite de Hollywood mientras ella se quedaba paralizada. El matrimonio duró un año. Aba se divorció citando crueldad mental y el patrón quedó establecido. Mickey y Rooney fue el primero, pero no sería el último hombre que la destruiría. En 1945 se casó con Artis Show, músico de jazz, director de orquesta, clarinetista virtuoso, el más famoso de su generación, brillante, sofisticado, culto, todo lo que Mickey Rooney no era.
Aba creyó que esta vez sería diferente, que había encontrado al hombre indicado, que el amor finalmente funcionaría. Se equivocó. Art Show. también era cruel, de una manera diferente a Mickey, pero igual de destructiva. No la engañaba con otras mujeres, la humillaba con su inteligencia. “Artio de los grandes dolores de mi vida,”, confesaría ella décadas después.
Estaba tan enamorada de aquel hombre, lo adoraba, lo tenía como a un ídolo. Pensaba que podía aprender de él. pensaba que me haría mejor persona, pero nunca comprendió el daño que me hacía con sus constantes humillaciones. Shaw creía que Aba era ignorante. Se burlaba de ella delante de sus amigos intelectuales.
Le daba listas de libros que tenía que leer para dejar de ser una campesina. La hacía sentir estúpida cada vez que abría la boca. Hasta ese momento, Aba solo había leído dos libros en su vida. Lo que el viento se llevó y la Biblia. Shaw la trataba como si eso la convirtiera en un ser inferior. 13 meses. Eso duró el segundo matrimonio.
Dos maridos, dos fracasos. A los 24 años, Aba ya había aprendido que el amor era sinónimo de dolor, que todos los hombres la traicionarían, que confiar en alguien era la manera más rápida de sufrir. Y entonces apareció Frank Sinatra. Pero antes de contarte sobre los abortos y las lágrimas en el hospital, necesitas entender qué clase de hombre era Frank, qué clase de monstruo, qué clase de amor.
Había nacido en Hoboken, Nueva Jersey, un barrio de inmigrantes italianos. Poca escuela, mucha calle, muchas peleas. Aprendió rápido los códigos de la esquina. Su familia venía de Sicilia, de un pueblo a 30 km de Corleone. Creció con un código muy claro, que las cosas sean, pero que parezca que no son. Nunca admitir nada, nunca mostrar debilidad, nunca dar explicaciones.
Cuando conoció a Aba, Frank ya era la voz, el ídolo de millones, el hombre que hacía desmayar adolescentes con solo abrir la boca, el que podía tener a cualquier mujer del mundo y estaba casado. Nancy Barbato era su esposa desde 1939. Tenían tres hijos, Nancy Junior, Frank Junior y Tina. Una familia perfecta para las revistas, una familia que Frank traicionaba constantemente con decenas de mujeres.
Pero cuando vio una foto de Aba en una portada, algo cambió. Algún día me voy a casar con esta mujer”, les dijo a sus amigos señalando la foto. No era una fantasía, era una promesa. Se conocieron oficialmente en 1949 en una fiesta de Hollywood. Frank llegó tarde, la vio al otro lado del salón, se acercó con un martini en la mano.
Aba lo describió así en sus memorias. Los ojos azules eran inquisitivos. La sonrisa brillante. Frank Sinatra podía ser el hombre más encantador del mundo cuando estaba de humor. Esa noche terminaron disparando pistolas al aire en las calles de Palm Springs, borrachos, riéndose como adolescentes. La policía los detuvo.
Pagaron una multa ridícula y quedaron enamorados para siempre. Fue el comienzo del romance más tormentoso de la historia de Hollywood. Un amor que destruiría a ambos. Un amor del que ninguno de los dos podría escapar aunque quisiera. Un amor que duraría hasta la tumba. Aba y Frank compartían todo. El jazz, especialmente Billy Holiday.
El alcohol, especialmente el whisky, el sexo salvaje que duraba noches enteras, las peleas apocalípticas que dejaban habitaciones destrozadas, también compartían un defecto mortal. Ambos eran profundamente inseguros y temían desesperadamente quedarse solos. Él había crecido siendo el hijo feo de Hoboken, flaco, orejón, con una cicatriz en el cuello del parto.
Había tenido que luchar por cada gramo de respeto y ahora que era el hombre más deseado de América, seguía sintiéndose como ese niño rechazado. Ella había crecido sintiéndose un estorbo, una boca más que alimentar, una carga para sus padres. Y ahora que era la mujer más bella del mundo, seguía sintiéndose como esa niña que sobraba.
Dos personas rotas tratando de completarse mutuamente. Dos pozos sin fondo tratando de llenarse el uno al otro. Frank y yo éramos personas nerviosas, posesivas y celosas, escribiría ella, propensos a explotar rápido. Cuando pierdo mi temperamento, no hay forma de encontrarlo. Tengo que dejar que la llama se extinga.
Y él era exactamente igual. Se casaron el 7 de noviembre de 1951. Nancy finalmente aceptó firmar el divorcio. Los periódicos llamaron a Aba destroza hogares. Frank abandonó a sus tres hijos por ella. El día antes de la boda, Aba recibió una carta. Una prostituta afirmaba haber tenido un largo romance con Frank. La carta tenía tantos detalles íntimos, tantas descripciones específicas, que Aba se convenció de que era verdad.
Casi cancela la boda. Frank lloró, suplicó de rodillas, juró que todo era mentira, que alguien quería destruirlos. Algunos sospecharon que Howard Huges, el millonario que había perseguido Aba durante años, había enviado esa carta. Aba se casó de todas formas. El show debe continuar. El matrimonio fue un desastre desde el primer día.
Peleas brutales, celos enfermizos de ambos lados, acusaciones mutuas de infidelidad. Frank creía que Aba lo engañaba con todos sus compañeros de reparto. Ella creía que él seguía con sus antiguas amantes. Ambos tenían razón. Ambos eran infieles. Ambos preferían no hablar de ello hasta que el alcohol soltaba las lenguas.
Y entonces explotaba todo. Muebles destrozados, vajilla volando por los aires, insultos que ninguno olvidaría, vecinos llamando a la policía y después del caos, el sexo de reconciliación, la pasión que solo ellos entendían, el amor que existía precisamente porque había tanto odio. Una noche, después de una pelea brutal, Frank se encerró en la habitación de al lado. Aba intentó dormir, no podía.
El silencio era peor que los gritos. Sonó el teléfono. No puedo soportarlo más, dijo Frank con voz extrañamente calmada. Voy a acabar con esto ahora mismo. Sonaron dos disparos. Aba corrió desesperada. Golpeó la puerta hasta que le sangraron los nudillos. La abrió de golpe, lo vio en el suelo, buscó las heridas.
Sus manos temblaban, su corazón se había detenido. Y entonces Frank abrió los ojos, sonríó. Los disparos habían sido al colchón. Todo había sido manipulación. “Maldito hijo de puta”, gritó mientras lo golpeaba. 15 minutos después hacían el amor sobre los cristales rotos. Esta era su dinámica. Amor, odio, violencia, sexo, repetir hasta que uno de los dos muriera.
Pero los falsos intentos no siempre fueron falsos. Frank realmente intentó quitarse la vida al menos dos veces. La primera con pastillas y alcohol, una sobredosis después de otra pelea. Lo encontraron inconsciente con espuma en la boca. Los médicos creían que no sobreviviría. Le lavaron el estómago, lo conectaron a máquinas. Cuando despertó dos días después, Aba estaba junto a su cama llorando, sosteniéndole la mano.
“Estoy segura de que ese [ __ ] contó las pastillas que se tragó”, diría ella después. Le tendría que haber dado una patada en el culo, pero lo perdoné en 25 segundos. Semanas después lo intentó de nuevo. Esta vez fue peor. Estaba solo en Nueva York, en el apartamento de un amigo que le había prestado las llaves.
Aba filmaba en otro país. La extrañaba con una intensidad que lo enloquecía. La imaginaba con otros hombres, con actores guapos que la besaban en pantalla, con directores que le susurraban instrucciones al oído, con cualquiera que no fuera él. No podía dormir, no podía comer, no podía pensar en nada más que en ella.
Una noche después de beber durante horas, tomó un puñado de pastillas, abrió todas las llaves de gas de la cocina, se acostó en el sofá a esperar la muerte. Esta vez no llamó a nadie, esta vez no dejó notas. Esta vez no quería que lo salvaran. Esta vez iba en serio. El destino o la casualidad o quizás algo más intervino.
El portero del edificio olió el gas mientras hacía su ronda nocturna. Llamó a los bomberos, derribaron la puerta, lo encontraron inconsciente, pero vivo. Lo llevaron de emergencia al hospital más cercano. Le lavaron el estómago. Otra vez lo conectaron a máquinas. Otra vez los médicos. Otra vez pensaron que no sobreviviría y otra vez sobrevivió.
Cuando los periodistas le preguntaron por qué lo había hecho, Frank Sinatra respondió con la honestidad brutal de un hombre completamente destrozado. He visto en su mirada que Aba ya no me quiere. Pero lo peor aún no había empezado. Atención, porque aquí llega la primera de las cuatro cosas que casi nadie se atreve a contar sobre Aba Garner.
Esta es la primera revelación, las memorias de Aba, lo que ella misma escribió sobre las decisiones que tomó. En 1953, Aba estaba en África rodando Mogambo, la película más importante de su carrera, la que le daría su única nominación al Óscar con Clark Cel, dirigida por John Ford, y en medio de las selvas de Kenia, rodeada de animales salvajes, descubrió que estaba embarazada de Frank Sinatra, de su marido, del hombre al que amaba y odiaba al mismo tiempo, la noticia la paralizó.
Por un lado, era lo que siempre había querido, un hijo, una familia, algo propio que nadie pudiera quitarle, pero por otro lado la aterrorizaba. Pensó en su matrimonio, en las peleas constantes, en los intentos de suicidio de Frank, en los celos que los consumían, en las infidelidades mutuas. ¿Qué clase de hogar sería ese para un niño? ¿Qué clase de padres serían ellos dos? pensó en su madre, en el cáncer que la había matado, en la posibilidad de heredar esa enfermedad, en la posibilidad de dejar huérfano a su propio hijo.
pensó en Hollywood, en la MGM que la había convertido en estrella, en el contrato que la penalizaría por tener un bebé, en la carrera que finalmente estaba despegando. Y tomó una decisión que la perseguiría hasta la tumba. Décadas después escribiría en sus memorias. Me senté en mi tienda a pensar de modo racional.
Fue muy duro. Sentía que a menos que estuvieses dispuesta a dedicar todo tu tiempo a tu hijo en sus primeros años, no tenías derecho a tenerlo. Si un niño no es deseado, y de algún modo ellos lo saben, viven en desventaja desde que nacen. Había otras razones. La MGM penalizaba a sus estrellas si tenían hijos.
El rodaje se interrumpiría meses, su carrera se detendría en el peor momento y su matrimonio era un infierno. Las peleas, los intentos de suicidio, los celos, las infidelidades, ¿cómo podía traer un niño a ese caos? ¿Cómo podía condenar a una criatura a crecer entre gritos? Aba tomó un avión a Londres sola, sin decirle nada a Frank, y tomó la decisión que la perseguiría el resto de su vida.

La MGM se encargó de que nadie hablara. Los periodistas nunca supieron. Sinatra ni siquiera se enteró de que iba a ser padre. Aba volvió a África, terminó la película, siguió adelante como si nada, pero algo dentro de ella se rompió. Y entonces sucedió lo que ella llamó la cosa más natural y estúpida del mundo.
Volvió a quedarse embarazada. Esta vez Frank sí lo sabía y estaba feliz, más feliz de lo que Aba lo había visto nunca. Hablaba constantemente de cómo sería tener un hijo con ella, qué nombre le pondrían, cómo cambiaría todo, cómo finalmente serían una familia, cómo el bebé los salvaría de ellos mismos. Aba escuchaba, sonreía cuando él pintaba esos futuros, asentía cuando él planificaba la vida del bebé, pero por dentro ya había tomado su decisión.
Otra vez, los mismos miedos, las mismas dudas, las mismas razones y una nueva. Ahora sabía que su matrimonio estaba condenado, que no había forma de salvar lo que había entre ellos, que traer un niño a ese caos sería criminal. No le dijo nada a Frank, no le pidió opinión, no le dio la oportunidad de convencerla, simplemente desapareció un día con una excusa cualquiera y volvió a tomar la misma decisión.
A lo mejor tú también has tomado decisiones que te persiguen todavía, cosas que hiciste por tu bien y que aún hoy te duelen cuando te vas a dormir. Pero alguien debió de avisarle lo que yo iba a hacer”, escribió Aba, porque jamás olvidaré que cuando desperté Frank estaba sentado a mi lado con los ojos llenos de lágrimas, mirándome como si yo fuera un monstruo.
Imagina esa escena, Frank Sinatra, el hombre más orgulloso de Hollywood, el tipo duro que nunca mostraba debilidad, llorando como un niño junto a la cama de hospital. por el hijo que ella eliminó sin consultarle, sin pedirle opinión, sin darle la oportunidad de convencerla, sin permitirle ser padre. “Pero creo que hice bien”, concluyó Aba.
Todavía creo que hice bien. Hay quienes dicen que para ese momento Aba odiaba tanto a Sinatra que no soportaba la idea de tener a su hijo dentro. Que el aborto fue venganza tanto como decisión práctica, que prefirió destruir lo único que Frank quería antes que dárselo. Nunca sabremos la verdad.
El matrimonio no sobrevivió mucho más. En octubre de 1953 se anunció la separación. La prensa enloqueció. Era la ruptura del año y esa noche Frank Sinatra intentó quitarse la vida. Lo encontraron en el suelo de un apartamento con heridas graves en las muñecas, sangre por todas partes. Sus agentes dijeron que fue un accidente con un vaso roto. Nadie les creyó.
El divorcio llegó en 1957, pero la historia entre ellos nunca terminó realmente. ¿Recuerdas el cáncer de la madre de Aba? Ahora vas a entender todo. Aquí viene la segunda revelación, la decisión que tomó para no terminar como su madre y que la condenó para siempre. Esta es la historia que quedó enterrada durante décadas.
Aba no tuvo hijos nunca. Renunció a la maternidad dos veces cuando era joven, pero eso no fue todo. En algún momento de esos años turbulentos, tomó una decisión aún más drástica. Se sometió a una histerectomía completa. Se arrancó el útero entero voluntariamente para evitar desarrollar el mismo cáncer que mató a su madre Molly en 1940.
El mismo cáncer que había matado a otras mujeres de la familia Garner antes que ella. Toda su vida había vivido con ese miedo. Cada dolor de vientre la aterrorizaba. Cada irregularidad en su ciclo la hacía pensar en su madre tosiendo sangre, en su madre consumiéndose día tras día mientras ella viajaba hacia Hollywood.
Así que decidió eliminar el problema de raíz. Literalmente, los médicos le advirtieron de las consecuencias. Le explicaron que nunca podría tener hijos después de la operación, que la decisión era irreversible, que debía pensarlo bien. Pero Aba ya había decidido. Prefería renunciar a la maternidad que morir como su madre.
Prefería vivir estéril que vivir con miedo. La operación la dejó vacía, físicamente vacía y emocionalmente destrozada. Porque entonces, cuando ya era demasiado tarde para arrepentirse de nada, Aba Garner quiso desesperadamente ser madre. El deseo llegó de golpe, como una ola que la arrastró, como un hambre que no podía satisfacer.
Veía niños en la calle y se le partía el corazón. Escuchaba el llanto de un bebé y se le llenaban los ojos de lágrimas. Había rechazado la maternidad dos veces cuando podía tenerla. Y ahora que la quería con toda su alma, su cuerpo ya no podía dársela. Existe un libro llamado La clave embasí de Patricia Martínez de Vicente.
Cuenta la historia de su padre, el Dr. Eduardo Martínez Alonso, el médico personal de AVA durante sus años en Madrid. El doctor la ayudó a intentar adoptar un niño español. Aba creía que un hijo salvaría su matrimonio, que un bebé les daría razón para dejar de destruirse. Visitaron varios orfanatos en Madrid, instituciones llenas de niños huérfanos de la guerra civil, bebés abandonados por madres que no podían alimentarlos.
Buscaban al hijo que Aba no podía concebir, al hijo que había rechazado dos veces cuando podía tenerlo. Pero las monjas españolas de los años 50 tenían otras ideas muy claras sobre quién merecía ser madre y quién no. Aba llegó al orfanato vestida con sencillez, sin joyas, sin maquillaje excesivo, intentando parecer normal, intentando parecer digna de ser madre.
Las monjas la reconocieron inmediatamente. ¿Cómo no iban a reconocerla? Su cara estaba en todas las revistas, en todos los cines, en todas partes. La miraron de arriba a abajo, evaluándola, juzgándola, encontrándola culpable de todos los pecados que ella representaba. Aquellas monjas de estrechas miras morales y religiosas pusieron como impedimento la excesiva fama de los padres adoptivos y el vacío religioso en el que crecería el niño.
Cuenta el libro. Le dijeron que no a la mujer más famosa del mundo, a el animal más bello del mundo, a la estrella que todos adoraban en las pantallas de cine de todo el planeta. Le dijeron que no porque estaba divorciada, no una, sino tres veces, porque no era católica, ni pretendía serlo, porque vivía sola sin un marido que le diera respetabilidad, porque era actriz que para la España de Franco era prácticamente lo mismo que ser prostituta, porque representaba absolutamente todo lo que aquellas monjas censuraban y temían. Aba salió de aquel convento con
las manos vacías, con el corazón roto una vez más, con la certeza de que nunca sería madre. Y quizá tú también has sentido eso alguna vez cuando por fin estás lista para algo. La vida te dice que ya es tarde. Había rechazado dos hijos cuando podía tenerlos y ahora el mundo la rechazaba a ella cuando los quería.
No he nacido para ser actriz, escribió años después en sus memorias, sino para ser madre. Esa frase es quizás la más devastadora de todas. Revela lo que realmente quería, lo que Hollywood le quitó. Pudo ser madre dos veces. Eligió no serlo. Antepuso su carrera, antepuso el caos. Cuando finalmente quiso, era demasiado tarde.
No tenía útero, no tenía marido, no tenía la aprobación de nadie. Aba llegó a España por primera vez en 1950 para rodar Pandora y el holandés errante en la costa brava y el país se metió en su sangre como un veneno dulce. Le gustaba el clima, los toros, los toreros, que la gente no la reconociera. que pudiera caminar sin fotógrafos persiguiéndola.
De todas las condenadas películas que hice, diría después, Pandora sea quizás la menos famosa, pero casi nada me ha influido tanto. Esa película cambió mi vida. En 1955 anunció que abandonaba Estados Unidos para vivir en España. Estaba en la cumbre de su carrera. Acababa de ser nominada al Óscar y eligió vivir en un país bajo dictadura.
“Me encanta España porque se parece a mí”, explicó. Es violenta, rural, caprichosa. Tres adjetivos que la definían perfectamente. Se compró un chalet en La Moraleja, una urbanización exclusiva donde vivían diplomáticos y aristócratas. Lo decoró con muebles de todo el mundo y lo convirtió en cuartel general de fiestas que duraban fines de semana enteros.
Corridas de toros privadas en fincas de amigos nobles. Espectáculos de flamenco que comenzaban a medianoche y terminaban al amanecer. Guitarristas tocando bajo las estrellas, bailahoras zapateando sobre mesas de mármol y alcohol, ríos de whisky y champán que no dejaban de fluir. En España, Aba encontró algo que Hollywood nunca le había dado.
Libertad podía ser ella misma. Podía emborracharse sin que los fotógrafos la persiguieran. Podía enamorarse de quien quisiera sin que los estudios intervinieran. podía vivir. Al régimen de Franco le interesaba la publicidad que la estrella más famosa del mundo daba a España. Aba Gartner, eligiendo Madrid sobre Los Ángeles, era mejor propaganda que cualquier campaña oficial, así que le permitían excesos impensables para cualquier española. Aba era intocable.
La policía tenía órdenes de no molestarla nunca. Yo representaba todo lo que el régimen censuraba, escribió una mujer divorciada tres veces, que no era católica, que era actriz, que para los españoles era casi lo mismo que ser prostituta. Sin embargo, me recibían con los brazos abiertos. Tuvo romances con toreros.
Primero Mario Cabré, después Luis Miguel Dominguín, el padre de Miguel Bosé, el matador más famoso de España. Hay una anécdota famosa. Una noche, Aba retó a Dominguín a ver quién aguantaba más bebiendo burbon de la botella. Sin vasos, sin pausas. Él se bebió un cuarto. Ella se la bebió entera. Era alcohólica, confirmarían sus biógrafos.
murió alcohólica, pero las drogas no le gustaban. Era salvaje solo con el alcohol. Las fiestas en Madrid se volvieron legendarias. Carmen Sevilla, Lola Flores, Sofía Loren, Hemingway, Tennessee Williams. Todos pasaron por su casa. Su vecino era Juan Domingo Perón. Las fiestas de Aba no terminaban hasta el amanecer.
Perón llamaba a la policía. La policía llegaba, veía que era Aba Gartner y se marchaba sin hacer nada. Una noche, el hotel Ritz le negó la entrada porque llegaba borracha. No estaba presentable para un establecimiento de esa categoría. La respuesta de Aba fue orinarse en la alfombra del hall delante de todos. El show debe continuar.
En 1968 abandonó España, problemas con Hacienda, pero había algo más. Un cura llamado Justo Pérez de Urbel, abad del Valle de los Caídos, visitó su apartamento para corregir su estilo de vida. Según algunas versiones, el cura se le insinuó a cambio de interceder con las autoridades. Aba nunca perdonó esa hipocresía.
Hice las maletas y me trasladé a Londres, escribió, y nunca eché la vista atrás. Nunca volvió a pisar España. Pese a mis enfados con el país, allí pude disfrutar de la libertad hasta la saciedad. En Madrid se había exprimido tanto que en Londres apenas salía de su apartamento. La Ava fiestera murió cuando dejó España.
Solo quedó el fantasma. Y ahora sí, la tercera revelación. Esta es quizás la más sorprendente de todas, la conexión secreta entre Aba y Sinatra durante 30 años después del divorcio. Lo que nadie contó públicamente, lo que sus familias prefirieron mantener en silencio. Aunque se separaron legalmente en 1957, nunca dejaron de amarse, nunca pudieron dejarse ir del todo, nunca encontraron a nadie que los entendiera como se entendían entre ellos.
Cada relación posterior fue comparada con lo que habían tenido y todas quedaron cortas. Frank se casó otras veces con Mia Farrow, 30 años menor que él, con Bárbara Marx después. Pero ninguna de esas mujeres fue Aba. Ninguna lo entendía como ella. Ninguna lo hacía sentir tan vivo. Ninguna lo destruía y lo reconstruía con la misma intensidad.
Y Aba nunca volvió a casarse. Tuvo amantes, muchos toreros españoles, actores de Hollywood. Hombres guapos que la deseaban, pero que nunca llegaban a conocerla realmente. Ninguno fue Frank. Se cuenta, y hay testigos que lo confirman, que en su vejez, completamente sola en su apartamento de Londres, Aba escuchaba los discos de Frank todas las noches sin excepción, las mismas canciones que él había grabado pensando en ella, las mismas letras que hablaban de su amor imposible.

Las mismas melodías que habían bailado juntos 30 años antes era un ritual. Cada noche, antes de dormir, ponía un disco de Sinatra, cerraba los ojos y se dejaba llevar por esa voz que conocía mejor que la suya propia. Sinatra le había escrito canciones que destrozaron a toda una generación de románticos desesperados.
Canciones sobre el amor perdido, sobre la mujer que se fue, sobre las noches solitarias pensando en alguien que ya no está. Aba reconoció en sus memorias que esas letras eran muy personales, que Frank las había escrito para ella, sobre ella, por ella. Cuando supo que Sinatra se había casado con Mia Farrow, estalló de rabia y celos.
Siempre supe que Franca acabaría en la cama con un muchacho. Una frase cruel, despiadada, típica de Aba cuando estaba herida. Porque aunque llevaban décadas divorciados, los celos seguían vivos, el amor seguía vivo, el dolor seguía vivo. Los celos no mueren con el divorcio, el amor tampoco. En 1988, más de 30 años después de la separación, Aba sufrió una apoplejía severa, un derrame cerebral que la dejó parcialmente paralizada.
No podía caminar sin ayuda. Su brazo izquierdo quedó prácticamente inmóvil. Su rostro, aquel rostro que había paralizado a Hollywood, quedó ligeramente deformado. Apenas podía cuidar de sí misma. Estaba sola en Londres, sin dinero, sin familia cercana, sin nadie que la ayudara. Y entonces apareció Frank.
Sinatra pagó absolutamente todo, sin que nadie se lo pidiera, sin obligación legal de ningún tipo, sin esperar nada a cambio, simplemente porque era aba, simplemente porque siempre sería aba. Costeó de su bolsillo el traslado en avión privado desde Londres hasta Los Ángeles. Un vuelo que costó una fortuna. Pagó el tratamiento completo en los mejores hospitales de California.
Los mejores médicos, las mejores enfermeras, todo de primera clase. La instaló en una suit privada con atención las 24 horas del día. La visitó personalmente cada vez que su agenda se lo permitía. Se sentó junto a su cama sosteniéndole la mano, exactamente como ella se había sentado junto a la suya 40 años antes en aquel hospital de Nueva York.
Después de la sobredosis de pastillas, hablaban durante horas de los viejos tiempos, de las peleas, de las reconciliaciones, del amor que nunca habían podido matar por más que lo intentaran. Cuando Aba se recuperó lo suficiente para volver a su vida en Londres, Frank pagó el vuelo de regreso y siguió pagando las facturas médicas mensuales, el alquiler del apartamento, los gastos de manutención, las medicinas, todo.
30 años después del divorcio seguía siendo el hombre de su vida y ella claramente seguía siendo la mujer de la suya. Y ahora llegamos a la cuarta y última revelación, la que te prometí al principio. Las últimas palabras de Aba Gardner, el final de la mujer más bella del mundo. Si has llegado hasta aquí, esto es para ti.
Sus últimos años fueron de soledad absoluta. Una soledad que ella misma había elegido, pero que no por eso dolía menos. una soledad que la consumía día tras día en aquel apartamento oscuro de Londres, donde las cortinas permanecían siempre cerradas. Se había muerto casi todos sus amigos. La princesa Grace de Mónaco, que solía visitarla cuando pasaba por Londres, murió en un terrible accidente de coche en 1982.
Hemingway se había pegado un tiro años antes, uno por uno. Todos los que habían compartido aquellas noches locas de Madrid iban desapareciendo. Aba se quedaba sola, cada vez más sola. Quizás tú también conoces esa sensación. Ver como la gente que querías va desapareciendo. Sentir que el mundo sigue adelante mientras tú te quedas atrás.
Sinatra llamaba desde Los Ángeles, a veces varias veces por semana, le hablaba de los viejos tiempos, le contaba chismes de Hollywood, le recordaba que la amaba, que siempre la había amado, que nunca había dejado de amarla. le enviaba flores que llegaban marchitas después del largo viaje, regalos, recuerdos de tiempos mejores, pero no era lo mismo que tenerlo cerca, no era lo mismo que poder tocarlo, no era lo mismo que sentir su calor.
Aba caminaba con cada vez más dificultad por su apartamento vacío. Los muebles acumulaban polvo. Las ventanas no se abrían nunca, apenas comía. No tenía apetito, no tenía ganas de nada. Pasaba los días sentada junto a la ventana, mirando una calle gris de Londres, escuchando viejas canciones de Frank en un tocadiscos que sonaba cada vez peor.
Las mismas canciones una y otra vez, como un ritual, como una oración, como lo único que le quedaba de él. Ella sabía que el final estaba cerca, lo vislumbraba en el espejo cada mañana lo sentía en sus huesos cansados. Lo presentía en cada latido de su corazón agotado. El 25 de enero de 1990, una gran tormenta invernal se cernía sobre Londres.
El viento ahullaba contra las ventanas. La lluvia golpeaba los cristales con furia. Era una noche oscura y fría, perfecta para quedarse en casa, perfecta para morir. Hacia las 10 de la noche, Aba llamó a Carmen, su doncella española, la única persona que le quedaba, la única que seguía ahí después de tantos años. pidió un vaso de leche templada, un par de galletas, algo simple y reconfortante para terminar el día, como una niña pequeña, como si volviera a estar en Carolina del Norte pidiendo un vaso de leche a su madre antes de dormir.
Carmen se lo sirvió en una bandeja, la ayudó a acomodarse en la cama, le arregló las almohadas, le preguntó si necesitaba algo más. Aba la miró con esos ojos verdes que habían paralizado a Hollywood. Esos ojos que ahora estaban cansados, apagados, listos para cerrarse y pronunció sus últimas palabras. Estoy muy cansada.
Cuatro palabras, solo cuatro palabras, las mismas que podría haber dicho cualquier persona al final de un día largo. Pero en boca de Aba Gartner significaban mucho más. Estaba cansada de Hollywood, cansada de los hombres que la habían traicionado, cansada de los hijos que no tuvo, cansada de la soledad, cansada de vivir sin Frank, cansada de ser el animal más bello del mundo cuando lo único que quería era ser madre.
Cerró los ojos y no volvió a abrirlos. Murió esa noche mientras la tormenta rugía afuera. Neumonía complicada con enfisema pulmonar. 60 años fumando desde que tenía ocho. El alcohol había destruido su hígado décadas atrás. Su cuerpo simplemente se rindió. 67 años. Eso fue todo lo que vivió la mujer más bella del mundo.
Frank Sinatra no estuvo ahí cuando ella murió. estaba al otro lado del océano, en su mansión de Palm Springs, probablemente pensando en ella como pensaba todas las noches antes de dormir. Nadie importante estuvo ahí. Ninguna estrella de Hollywood, ningún viejo amante, ningún familiar cercano, solo Carmen, la doncella que le sirvió las galletas, la empleada que se convirtió en su única compañía, la mujer que cerró los ojos de la actriz más bella que el mundo había conocido.
El animal más bello del mundo murió completamente sola. El show finalmente no pudo continuar. Cuando Frank se enteró de la noticia, dicen que no habló durante días. Se encerró en su habitación, no quiso ver a nadie. El hombre que había cantado sobre el desamor durante toda su vida, finalmente entendió lo que significaba perder de verdad.
El cuerpo de Aba fue trasladado a Smithfield, Carolina del Norte, el mismo pueblo donde nació, el mismo del que escapó a los 18 años buscando una vida mejor, el mismo que la había despreciado por ser White Trash. Volvió al principio como si Hollywood nunca hubiera existido, como si todo hubiera sido un sueño.
Está enterrada en el Sunset Memorial Park. En una pequeña colina que mira hacia los campos que trabajó de niña junto a su padre Jonas, que murió de bronquitis sin dinero para médicos, junto a su madre Molly, que murió de cáncer mientras su hija viajaba hacia la fama. Dos piedras rectangulares toscas marcan el lugar. muy simples, muy austeras, sin adornos, sin pretensiones, sin ninguna mención a Hollywood, ni a los Ócar, ni a Frank Sinatra, como si toda la gloria nunca hubiera existido, como si nunca hubiera sido la mujer más fotografiada del planeta. Frank Sinatra
murió 8 años después, el 14 de mayo de 1998. Tenía 82 años. Sus últimas palabras, según los testigos que estaban junto a su cama, fueron estoy perdiendo dos palabras tan simples como las de Aba, y quizás igual de cargadas de significado. ¿Qué estaba perdiendo? ¿La vida, la conciencia? ¿O quizás pensaba en ella, en los hijos que nunca tuvieron, en el amor que los destruyó, en todo lo que pudieron ser? Y no fueron por culpa de sus demonios compartidos.
Nunca lo sabremos. Hay una foto en el museo Victoria Albert de Londres. Muestra a Aba en su esplendor ojos verdes brillantes. La sonrisa que paralizó a Hollywood. Pero la foto no muestra lo que había detrás. Las dos decisiones que la destrozaron, la histerectomía, la adopción negada. Los tres matrimonios fracasados, el alcoholismo, la soledad, el terror de convertirse en su madre.
Gregory Pecó mejor que nadie. No ha sido apreciada como actriz porque la gente quedaba prendada de su belleza y no esperaba más de ella. Aba Garner fue víctima de su propia cara. La belleza que la salvó de los campos de algodón fue la misma que le impidió ser tomada en serio, la que la convirtió en objeto de deseo en lugar de persona, la que hizo que todos los hombres la desearan, pero ninguno la entendiera, excepto quizás uno, el que nunca dejó de amarla, el que pagó sus facturas hasta el final, el que murió 8 años después,
susurrando que estaba perdiendo. Sinatra grabó un disco en 1955, inmediatamente después de su ruptura con AVA. Se llama In the We Small Hours, casi 50 minutos de canciones donde la voz desahoga todo su dolor. Los críticos dicen que es el primer disco conceptual de la historia de la música popular, un álbum entero dedicado a una sola mujer, a la que le rompió el corazón, a la que rechazó tener hijos con él sin pedirle permiso, a la que amó con locura hasta el último día de su vida.
Escucha ese disco alguna vez. Escucha la voz de Frank rompiéndose en cada canción. Escucha el dolor de un hombre que lo tuvo todo, excepto lo que realmente quería. Y entenderás un poco mejor esta historia. Aba Labinia Garner mereció amor verdadero, mereció protección, mereció una infancia sin pobreza extrema. Mereció una madre que no muriera de cáncer mientras ella viajaba hacia Hollywood.
mereció maridos que no la engañaran ni la humillaran constantemente. Mereció hijos que pudiera criar y abrazar y ver crecer. No tuvo nada de eso, absolutamente nada. Hollywood le dio fama mundial, le dio cantidades obscenas de dinero, le dio el título de El animal más bello del mundo, le dio portadas de revistas, le dio premios, le dio todo lo que se puede comprar con dólares, pero le quitó todo lo que realmente importa, todo lo que no tiene precio, todo lo que hace que la vida valga la pena vivirla.
Le quitó la posibilidad de ser madre, le quitó la paz. mental. Le quitó la capacidad de amar sin destruir. Le quitó la oportunidad de envejecer junto a alguien que la entendiera. Y al final, cuando ya no quedaba nada más que quitarle, le quitó la vida. Si esta historia te hizo sentir algo, si te hizo pensar en el precio real de la fama, si te hizo reflexionar sobre lo que realmente importa en esta vida, suscríbete a este canal.
Para que más personas conozcan la verdad detrás del glamur de Hollywood, para que las próximas Ava Garner tengan quien cuente sus historias. La próxima semana, Judy Garland, otra niña que Hollywood destruyó. Otra estrella a la que el sistema masticó y escupió. Otra mujer que pagó el precio de la fama con su salud mental y su vida.
Murió sola en un baño de Londres. A pocos kilómetros de donde Aba Gardner cerró los ojos por última vez en la misma ciudad gris con la misma soledad aplastante. Dos mujeres destruidas por la misma industria, dos talentos desperdiciados por la misma máquina de hacer dinero, dos finales solitarios que nadie debería olvidar. El show siempre debe continuar, pero a veces el show mata. Nos vemos ahí.