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Australiano se Burló de México y Márquez lo hizo Vomitar en el Ring

Boom, una derecha recta que llegaba justo en el hueco que el otro había dejado al lanzar un jab. Dinamita quieto, silencioso y después explosión. Pero la dinamita no sirve de nada si nadie enciende la mecha. Y en 2001 la mecha parecía apagada para siempre. Márquez había cumplido 28 años. En el boxeo 28 años no es viejo, pero tampoco es joven.

Y para un peleador que había estado esperando 2 años una oportunidad que nunca llegó. Cada mes que pasaba era una gota de ácido cayendo sobre su carrera. Hamed nunca iba a pelear con él, eso estaba claro. La OMB le había dado la obligatoriedad, pero la política del boxeo, el dinero, las conexiones, todo conspiraba para que Dinamita nunca obtuviera lo que le correspondía.

Y entonces, cuando todo parecía acabado, apareció la Federación Internacional de Boxeo. La IBF anunció una eliminatoria, un combate del que saldría el retador obligatorio al campeón IBF de peso pluma. Una última puerta para volver al camino de un título mundial. Y el rival que le asignaron no era cualquiera. Era un hombre con pedigrío olímpico, con credenciales amateur impecables, con una cadena de preparación que incluía a campeones del mundo.

Era un australiano al que los americanos amaban, al que la prensa trataba con respeto reverencial, al que los expertos ponían como favorito incluso antes de sonar la campana. Se llamaba Roby Bomber Peden. Y este es el momento en que la historia se vuelve interesante, porque para entender el tamaño de lo que Márquez estaba a punto de hacer, tienes que entender exactamente a quién estaba enfrentando y sobre todo, tienes que entender cómo el mundo entero fuera de México veía esta pelea, porque la respuesta te va a sorprender, te va a indignar y va a

hacer que el vómito de ese balde tenga el sabor exacto de la justicia. Roby Peden no era un boxeador cualquiera. Que esto quede claro desde el inicio, porque lo fácil sería vender esta historia diciendo que Márquez le pegó a un don nadie. Sería mentira. Y la mentira no sirve cuando la verdad es mucho más poderosa.

Peden había nacido en Australia, hijo de madre aborigen australiana con raíces profundas en la cultura indígena de su país. Campeón nacional amateur cinco veces. Cinco. Medalla de oro en los juegos de la Commonwealth. de 1994, representante olímpico de Australia en Barcelona 1992 y Atlanta 1996, es decir, dos veces olímpico, algo que muy pocos boxeadores profesionales pueden presumir en toda la historia del deporte.

Pero lo más impresionante, lo que hacía que Peden fuera un rival peligrosísimo, no era su pasado Amateur, era su presente. Cuando llegó la pelea con Márquez, Peden había emigrado a Estados Unidos y vivía, entrenaba y trabajaba en un gimnasio en Virginia. Y ahí, en ese gimnasio, había estado compartiendo guantes, sparring y sudor con algunos de los mejores boxeadores del mundo en ese momento.

¿Con quién entrenaba Peden? Sostente, porque la lista es para temblar. Pernel Sweet Pehter, considerado por muchos el mejor boxeador libra por libra de toda la década de los 90. Arturo Gati, el guerrero canadiense de los combates más brutales de la historia moderna. Sab Juda, campeón mundial en múltiples divisiones.

Vernon Forest, campeón del mundo de peso welter. Peden no era un sparring de relleno. Peden les aguantaba los asaltos. Peden les ponía problemas. Peden era el hombre que los campeones del mundo llamaban cuando querían prepararse contra boxeadores técnicos y difíciles. Y por si esto fuera poco, Peden llegaba a la pelea con Márquez defendiendo el campeonato regional de la Federación Norteamericana de Boxeo.

La NAVF F era su tercera defensa del cinturón. tenía récord profesional de 20 victorias por una sola derrota con 10 knockouts. Su única caída había sido una decisión dividida, controvertida contra Augi Sánchez apenas unos meses antes. Muchos expertos americanos consideraban que Peden ya había merecido el título mundial.

Para ellos, el mexicano que le pusieron enfrente era simplemente el último obstáculo antes de una coronación que parecía inevitable. La prensa americana lo trataba como el favorito. No había debate, no había análisis neutral. Los expertos de la época en HB o en The Ring Magazine, en los diarios de Pittsburg, donde se celebraría el combate, hablaban de Peden como el boxeador del futuro, el próximo campeón del mundo, la nueva estrella del peso pluma.

Y a Márquez, cuando lo mencionaban, lo mencionaban como el retador mexicano de nombre difícil que viene de perder con Norwood, así de costado, casi como un pie de página. Las casas de apuestas reflejaban exactamente esa percepción. Peden era favorito. No solo eso, Peden era el dueño del cartel, aunque la pelea sería una coestelar de la función principal entre Paul Espadafora y Ángel Manfredy, todos en el ambiente boxístico de Pittsburg.

¿Sabían que el australiano era la joya que HB o venía a promocionar esa noche? El AJ Palumbo Center no era la arena de Márquez, era la arena de Peden. Y así lo sentían los miles de aficionados que llenarían las gradas. Imagínate la escena. Imagínate por un momento lo que significaba eso. Un mexicano viajando al corazón de Pennsylvania, en una ciudad donde casi nadie lo conocía, en un evento transmitido por una cadena americana, subiendo a un ring donde el público favorecía a su rival, donde los comentaristas lo habían subestimado,

donde los jueces eran americanos. Todo estaba en su contra, todo. Y aún así, Márquez aceptó porque para Dinamita no había otra opción. Era esta pelea o era esperar otros dos años más en el limbo. Era Peden o era el retiro lento y silencioso de un campeón sin corona. Y aquí es donde entra la parte que a todo mexicano le tiene que doler y al mismo tiempo llenar de orgullo, porque muy poca gente en México sabe lo que hablaban en los medios americanos antes de esa pelea.

Muy poca gente sabe cómo lo veían, pero los archivos de la época son claros. Los análisis previos en los blogs especializados, las revistas, los programas de televisión por cable, todos seguían el mismo guion. El australiano era un técnico superior. El australiano tenía mejor escuela amater. El australiano había sparring con los mejores.

El australiano estaba a un paso del cinturón del mundo y el mexicano era, bueno, un mexicano más peligroso, sí, veterano, sí, pero no al nivel. Esa subestimación, ese desprecio fino, ese no es que sea malo, pero no es especial. Es el combustible exacto del que se alimentaron generaciones enteras de campeones mexicanos del boxeo. Es el combustible de Julio César Chávez, a quien los gringos decían que era demasiado lento para pelear con Meldrick Taylor.

Es el combustible de Eric Morales al que le dijeron que Marco Antonio Barrera lo iba a destrozar. Es el combustible de Canelo Álvarez décadas después, a quien le dijeron que no tenía poder para nadie arriba de 154 libras. Y en marzo de 2002, en un gimnasio de la Ciudad de México, mientras Nacho Berstein le cerraba los guantes antes de su último día de entrenamiento, ese combustible corría caliente por las venas de Juan Manuel Márquez.

Dinamita no necesitaba que nadie lo motivara con discursos. Él ya sabía. Él había leído los recortes. Él había escuchado los comentarios. Él sabía que iba a Pittsburg como el cordero al que le tocaba el sacrificio para coronar al nuevo favorito. Y eso, lejos de asustarlo, lo llenó de una calma helada. Porque lo que esos expertos americanos no sabían, lo que ningún sparring con Pernel Whitacker le podía enseñar a Peden, lo que ninguna medalla de los juegos de la Commonwealth te preparaba para enfrentar, era algo que Juan Manuel

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