Grabó su primer disco en 1926, dos temas, Chilenito y Gaucho Sol, para el sello RCA Víctor. Tenía 17 años y ya estaba grabando. Ya tenía un disco con su nombre. Ya estaba empezando a construir lo que se convertiría en una discografía de más de 800 canciones. Pero a esa misma edad, a los 17 años, Libertad cometió lo que ella misma llamaría después un error de juventud y un infierno. Se casó.
Su primer marido se llamaba Emilio Romero. Era apuntador de teatro. La conoció en los escenarios. Se enamoró de la joven cantante. La cortejó con la intensidad de un hombre que sabe lo que quiere. Y Libertad, que venía de una infancia dura, que no había conocido la ternura, que no tenía experiencia en el amor, cayó.
Se casaron y casi inmediatamente el infierno comenzó. Emilio Romero era alco, era ludo y era violento. Libertad pasó de los castigos de su madre a los golpes, su marido sin escalas. La mujer que en los escenarios era aplaudida, admirada, celebrada. En su casa, era maltratada por un hombre que no soportaba ver a su esposa más exitosa que él.
De ese matrimonio nació una hija, Libertad Mirta. La niña se convirtió en el centro de la vida de libertad en su razón para seguir adelante, en lo único bueno que ese matrimonio le había dado. Pero también se convirtió en el arma que Emilio usaría para destruirla. Porque cuando Libertad ya no pudo soportar más y decidió separarse, Emilio contraatacó de la manera más cruel posible.
Se llevó a la niña, la secuestró, la escondió en Montevideo, Uruguay. y Libertad. La mujer que llenaba teatros, que vendía discos, que era amada por miles, se quedó sola, sin su hija, sin saber dónde estaba, sin poder hacer nada, porque en esa época una mujer no tenía las herramientas legales que tiene hoy para enfrentar a un marido abusivo.
Y entonces llegó el momento más oscuro de su vida. Libertad estaba de gira en Chile. Tenía compromisos profesionales que cumplir, contratos firmados, presentaciones que no podía cancelar, pero por dentro estaba destruida. La presión de Emilio para quedarse con la tenencia definitiva de su hija, la violencia emocional, el aislamiento, la sensación de que no había salida, todo se acumuló hasta que la mente dejó de funcionar con claridad.
En un hotel de Chile, Libertad la Marque se tiró por el balcón. No fue un accidente, no fue un tropiezo, fue un intento de su La mujer que medio continente adoraba decidió que ya no podía más y saltó al vacío. Un toldo amortiguó su caída. Un simple toldo de tela fue la diferencia entre la vida y la muerte.
Libertad sobrevivió golpeada, herida, pero viva. Y según algunas versiones no confirmadas del todo, Alfredo Malerba, el músico que la acompañaba en sus giras y que más adelante se convertiría en su segundo esposo, se interpusó accidentalmente en su camino durante la caída, ayudando a frenar el impacto. Ese episodio fue la bisagra.
A partir de ahí, Libertad dejó de ser víctima, contrató abogados. inició una batalla legal feroz por la custodia de su hija. Logró localizarla en Montevideo, la recuperó y comenzó a pelear por el divorcio con una determinación que nadie le había visto antes. Pero el divorcio nunca llegó por vía legal. En 1945, Emilio Romero murió antes de que saliera la sentencia y Libertad quedó libre.
Libre del hombre que la había torturado durante años. Libre para criar a su hija, libre para rehacer su vida. Y ese mismo año 1945 se casó de nuevo con Alfredo Malerba, el compositor rosarino que la había acompañado durante sus giras musicales. El hombre que según ella fue el amor de su vida.
Lo conocía desde 1934, más de una década antes. La amistad se había convertido en amor lentamente, casi sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Se casaron el 23 de diciembre de 1945 y esta vez Libertad creyó que el infierno había quedado atrás. Pero guarda algo en tu memoria, porque lo que parecía un final feliz tendría su propio capítulo amargo décadas después.
Alfredo Malerba fue su compañero durante casi 50 años. Sí, fue su colaborador musical, su sostén emocional, su compañero de exilio. Pero al final la relación se desgastó. Se separaron a finales de los años 80 cuando él decidió retirarse de los escenarios. Y Alfredo murió en 1994 en la ciudad de México, lejos del brillo que alguna vez compartieron.
Libertad, ya de grande, se lamentaba públicamente de no haberse quedado soltera toda la vida. Esa frase, viniendo de una mujer que se casó dos veces, que dijo que Malerba era el amor de su vida, que lo acompañó por medio siglo, es devastadora, porque revela que incluso el amor que ella consideró verdadero terminó dejándole un sabor amargo.
Pero eso viene después. Ahora necesitas entender lo que estaba pasando en la carrera de libertad mientras su vida personal se desmoronaba. Porque ahí es donde la historia se vuelve verdaderamente extraordinaria. Mientras soportaba a un marido violento, mientras peleaba por su hija, mientras caía por un balcón en Chile, Libertad la Márquez se estaba convirtiendo en la estrella más grande del cine argentino.
En 1930 protagonizó su primera película Adiós Argentina, un filme mudo dirigido por Mario Parpagnoli. No era cine sonoro todavía. Libertad actuaba, pero no cantaba en pantalla, pero fue su carta de presentación para la industria. Y en 1933 llegó El golpe que lo cambió todo. Tango, la primera película sonora de Argentina.
Libertad compartió cartel con Tita Mereo, a Susena Pepe Arias y Luis Sandrini. Era un elenco descomunal y ahí por primera vez el público argentino escuchó la voz de libertad la marquez saliendo de una pantalla de cine. El impacto fue sísmico. Una voz que ya conocían por la radio y por los discos. Ahora tenía imagen, tenía rostro, tenía cuerpo.
Libertad dejó de ser una voz y se convirtió en una presencia. De ahí en adelante las películas se sucedieron como una avalancha. El alma del bandoón en 1935 con Mario Sofice, Ayúdame a vivir en 1936, donde Libertad no solo actuó, sino que escribió el argumento basándose en sus propias experiencias personales. Esa película fue tan intensa emocionalmente que durante el rodaje Libertad perdió la voz por una crisis personal y tuvo que parar un mes para recuperarse en las sierras de Córdoba.
Besos brujos en 1937. La ley que olvidaron en 1938. Una película que causó revuelo porque hablaba de empleadas domésticas abusadas por sus patrones. Madre selva en 1938. Puerta cerrada en 1939. Película tras película, éxito tras éxito, Libertad se convirtió en la actriz más taquillera del cine de habla hispana.
No de Argentina, del mundo hispanohablante. Sus películas se exportaban a toda América Latina. Su nombre se conocía desde México hasta Chile. Le pusieron un apodo que se quedaría para siempre, la novia de América. Y todo eso lo construyó mientras vivía un infierno doméstico, mientras su primer marido laaba, mientras le arrebataban a su hija, mientras se tiraba de un balcón.
Eso es lo que hace la historia de libertad, la marca tan insoportablemente humana, que detrás de cada sonrisa en pantalla, detrás de cada tango perfecto, detrás de cada aplauso, había una mujer que estaba rota por dentro, pero que se negaba a dejar que el dolor la definiera. Para mediados de los años 40, Libertad era intocable.
Era la estrella más brillante del cine argentino. Había ganado fortunas con sus películas. Según algunos registros, sus ganancias salariales equivalían al valor de 19 automóviles Forth. Era rica, era famosa, era respetada, nadie podía tocarla, o eso creía. Porque en 1945, en un estudio de filmación en Buenos Aires, Libertad la Marquez se encontró frente a frente con una mujer que todavía no era nadie importante, pero que muy pronto se convertiría en la persona más poderosa de Argentina.
Una mujer que cambiaría su destino para siempre. Esa mujer se llamaba Eva Duarte y lo que ocurrió entre ellas en el set de la cabalgata del circo se convirtió en una de las leyendas más persistentes, más debatidas y más explosivas de la historia del espectáculo latinoamericano. La película era dirigida por Mario Sofici, el elenco incluía a Hugo del Carril y a otros actores de primer nivel.
Libertad era la protagonista absoluta, la estrella del filme. Eva Duarte tenía un papel secundario, menor, casi decorativo, pero Eva no era cualquier actriz de reparto. Era la novia del coronel Juan Domingo Perón, el hombre que estaba acumulando poder a una velocidad vertiginosa y que en poco tiempo se convertiría en presidente de Argentina.
Y ahí empezaron los problemas. Según múltiples testimonios, Eva llegaba tarde al rodaje sistemáticamente, no una vez, no dos, cada día. Libertad, que era disciplinada hasta la obsesión, que llegaba temprano, que se maquillaba, que se vestía, que ensayaba, que estaba lista para filmar a la hora acordada. Tenía que esperar horas.
Sentada en su camarín, vestida y encoretada, sin atreverse a comer por si Eva aparecía de pronto y tenían que filmar. Eva llegaba en un automóvil negro del Ministerio de Guerra con chóer, con privilegios que ninguna actriz de reparto tenía derecho a tener. Recibía llamadas telefónicas del coronel Perón durante el rodaje, interrumpiendo escenas, deteniendo la producción.
La producción, aterrorizada por el poder que representaba esa mujer, acomodó los horarios al calendario de Eva. Ya no filmaban cuando la protagonista estaba lista, filmaban cuando la actriz secundaria decidía aparecer. Y un día libertad explotó. ¿Qué pasó exactamente? Esa es la pregunta que Argentina lleva más de 80 años intentando responder.
La leyenda dice que Libertad le dio una cachetada a Eva, un golpe en la cara delante de todo el equipo, delante de las cámaras, delante de los testigos. La versión más colorida cuenta que Libertad cruzó el set, se acercó a Eva y le plantó una bofetada que dejó a todos en silencio. Pero Libertad siempre lo negó. En la página 216 de su autobiografía, publicada en 1986, escribió con claridad: “No hubo tal cachetada” y en entrevistas posteriores lo repitió una y otra vez.
No hubo ni cachetadas ni palabras fuertes, pero mi disgusto fue evidente. Ella no cumplía con su trabajo y eso a mí me molestaba. Sin embargo, en esa misma autobiografía escribió algo que complica la versión limpia, “Yo ofendí a Eva Duarte”. Esas cuatro palabras cambian todo. Porque si no hubo cachetada, si no hubo palabras fuertes, entonces, ¿cómo la ofendió? ¿Con gesto, con una mirada? ¿Con el simple hecho de reclamarle puntualidad como quien le habla a una empleada que no cumple? Víctor B.
Hijo de Armando Bo, el productor de los estudios San Miguel, donde se filmaba la película, contó años después que su padre fue el único testigo presencial del enfrentamiento. Según Víctor, su padre le dijo que no hubo cachetada. que Libertad la frenó y le dijo que era la protagonista de la película y que tenía que respetarla y que Eva, humillada respondió invitándola a ir a la casa rosada a las 4 de la mañana para recibir y ayudar a la gente diciéndole que así sería mejor actriz.
Sea lo que sea que ocurrió ese día, las consecuencias fueron devastadoras, porque poco después Juan Domingo Perón llegó a la presidencia en 1946 y a partir de ese momento las puertas para libertad la marque en Argentina se cerraron una por una. No fue un decreto oficial, no fue una orden firmada, fue algo peor, fue un susurro.
Le pusieron la tapa, se decía en la jerga de la época. Esa expresión hacía referencia a la tapa de un ataú. Significaba que tu carrera estaba muerta, que nadie iba a contratarte, que tu nombre no iba a aparecer en ningún periódico, en ninguna revista, en ningún programa de radio. Que eras invisible.
Una revista llamada que publicó en su portada una fotografía de libertad contando su versión del altercado con Eva. La revista fue inmediatamente clausurada. Todos los ejemplares fueron destruidos. Eso no era censura sutil, eso era destrucción. Miguel Machinan de Arena, el productor de la película, le informó a Libertad que le habían puesto la tapa.
Libertad tenía contrato para filmar dos películas más con los estudios San Miguel. No se pudieron hacer. Los empresarios no se atrevían a contratarla. No necesitaban una orden directa del gobierno. Bastaba con el rumor de que Eva la había vetado para que todos se alejaran. En un clima de miedo donde hasta la obtención de celulo para filmar dependía de la buena voluntad del gobierno, nadie iba a arriesgarse por una actriz, por más estrella que fuera.
Libertad siempre fue cuidadosa con las palabras. Nunca dijo que estuviera exiliada. “Jamás utilicé ese término”, declaró. Pero también dijo algo que revelaba la verdad sin nombrarla. “Hay muchas maneras de apagar un farol.” Y añadió, “No me nombraban en ningún periódico, en ninguna revista. Era prohibido que alguien se arrimara.
La decisión fue clara. Si Argentina no la quería, ella iría a donde si la quisieran. Primero aceptó un contrato en Cuba, después recibió ofertas de otros países y finalmente en 1946 llegó a México. Su primera película en Tierra Azteca fue Gran Casino, dirigida nada menos que por Luis Buñuel, el genio del cine español exiliado en México.
Compartió cartel con Jorge Negrete, el galán más grande del cine mexicano. Era una carta de presentación brutal. La recién llegada no empezaba desde abajo, empezaba desde la cima y México la recibió como si siempre hubiera sido suya. Años después, Libertad resumiría su vida entre dos países con una frase que se volvió célebre: “La Argentina es mi tierra y México es mi cielo.
” Y esa frase que suena a gratitud también esconde una herida que nunca terminó de cicatrizar. Porque nadie elige abandonar su tierra, nadie se va de su país con alegría. se va porque no tiene opción y libertad se fue porque una mujer que todavía no era primera dama decidió que la estrella más grande del cine argentino debía dejar de brillar.
Pero lo que Eva Perón no calculó, lo que ningún poder puede calcular cuando intenta silenciar a alguien con verdadero talento, es que el silencio en un lugar se convierte en grito en otro y libertad la marque no fue silenciada, fue amplificada. El exilio no la destruyó, la convirtió en algo más grande de lo que habría sido si se hubiera quedado en Argentina.
Y mientras tanto, en una frase que parece sacada de una de sus propias películas, Libertad dijo algo que resume toda su filosofía de vida. De alguna manera, gracias a mi pelea con Evita conquisté a América. De no haber sido así, libertad la mar que hubiera quedado en el anonimato. Eso es lo que hace única a esta mujer, que tomó cada golpe, cada humillación, cada pérdida y lo convirtió en combustible, que transformó el destierro en triunfo, que hizo del exilio una coronación.
Pero México no fue solo un escenario, fue un hogar, una segunda vida, un lugar donde Libertad construyó algo que en Argentina le habían arrebatado, estabilidad. Y lo que construyó ahí durante más de 50 años es la parte de la historia que todavía falta por contar. México no recibió a Libertad la Marque con los brazos abiertos por caridad.
La recibió porque la necesitaba. A mediados de los años 40, el cine mexicano estaba viviendo su propia época de oro. Las pantallas pedían rostros nuevos, voces nuevas, historias que conectaran con un público latinoamericano que devoraba melodramas como si fueran pan. Y Libertad traía exactamente lo que México buscaba, una voz que hacía llorar, un rostro que transmitía sufrimiento con una elegancia que ninguna otra actriz podía replicar y una historia personal tan dramática que ni el mejor guionista habría podido inventarla. Su debut mexicano fue con
Luis Buñuel. Piensa en eso un momento. No empezó con un director cualquiera. Empezó con uno de los genios más importantes de la historia del cine mundial. Gran Casino. En 1947 no fue la mejor película de Buñuel ni la más recordada, pero cumplió un propósito fundamental. Le presentó a libertad ante el público mexicano de la mano de Jorge Negrete, el ídolo máximo del cine azteca.
Era como si alguien hubiera diseñado la entrada perfecta. La Argentina llegaba escoltada por el charro más querido de México y bajo la dirección de un genio europeo. Nadie podía ignorarla y nadie la ignoró. Lo que siguió fue una avalancha de películas que convirtieron a libertad en una de las actrices más importantes del cine mexicano.
No del cine argentino en México, del cine mexicano a Secas. Porque Libertad no llegó como visitante, llegó como habitante. Se instaló, echó raíces, aprendió los códigos del melodrama mexicano y los dominó con una naturalidad que hacía olvidar que había nacido a miles de kilómetros de distancia. Otra primavera en 1949 con Alfredo B.
Crevenna, la marquesa del barrio en 1950 con Miguel Zacarías. Huellas del pasado en 1950, donde cantó Una lágrima tuya y me cansé de vivir. Dos canciones que se volvieron clásicos instantáneos. La mujer sin lágrimas en 1951 que le valió una nominación al premio Ariel como mejor actriz. La loca en 1951 con Zacarías, considerada en su momento una de sus mejores actuaciones porque rompía con la imagen de comedias musicales alegres y la mostraba en un registro dramático profundo.
Rostros Olvidados en 1952 con Julio Bracho y Julián Soler. Ansiedad en 1952 junto a Pedro Infante, el otro gigante del cine mexicano. Guarda ese nombre, Pedro Infante. Porque compartir pantalla con Pedro Infante no era cualquier cosa, era la consagración definitiva. Infante era el actor más amado de México, era intocable.
Y cuando Libertad apareció junto a él en ansiedad y después en escuela de música en 1955, el público mexicano la adoptó como suya. Ya no era la Argentina que había llegado huyendo de Perón, era una de ellos. Era parte de la familia. También trabajó con Arturo de Córdoba, otro coloso del cine mexicano en varias películas. Te sigo esperando en 1951.
Bodas de oro en 1955. Mis padres se divorcian en 1957. La cigüeña dijo sí en 1958. Con Jorge Mistral en esposa o amante en 1959. Con Pedro Armendaris, con Ricardo Montalbán, con Miguel Acéz Mejía. Libertad compartió pantalla con todos los grandes del cine mexicano sin excepción y en cada película era la misma.
La mujer que sufría con dignidad, la que lloraba sin perder la compostura, la que cantaba tangos que le arrancaban el alma al público mientras en la pantalla su personaje se desmoronaba. Fue nominada tres veces al premio Ariel como mejor actriz en 1951, 1953 y 1955. era la cuarta actriz en lograr tres nominaciones después de María Félix, Dolores del Río y Marga López.
Y en el año 2000, meses antes de morir, recibió el Ariel de oro honorífico en una ceremonia en el Palacio de Bellas Artes. El reconocimiento más alto que el cine mexicano podía otorgarle a los 92 años, después de más de seis décadas de carrera. El aplauso esa noche fue largo, doloroso, cargado de la certeza de que estaban aplaudiendo a alguien que no iba a estar mucho más tiempo.
Pero la carrera en México no fue solo cine, fue mucho más, porque Libertad la Marque nunca fue solo actriz, fue cantante, fue compositora, fue mujer de teatro, fue figura de televisión, fue todo al mismo tiempo y todo lo hacía bien. En la música, su producción fue monstruosa. Más de 800 canciones grabadas a lo largo de ocho décadas.
800 es una cifra que parece imposible. Significa que si pusieras todas sus grabaciones una detrás de otra, podrías escucharla durante días enteros sin repetir una sola canción. Tangos, boleros, rancheras, canciones populares de todo el continente. Libertad cantaba lo que le pusieran enfrente y lo convertía en algo propio.
Madre selva, caminito, mi Buenos Aires querido, Bandone Rabalero, adiós pampa mía. Los tangos más famosos de la historia pasaron por su voz, pero también cantó música mexicana, Guadalajara, estrellita y música cubana y brasileña y puertorriqueña. La novia de América no era la novia de un solo país, era la novia de todos y cada país sentía que le cantaba solo a él.
En el teatro Libertad hizo historia cuando protagonizó el estreno mundial en español de Hello Dolly en 1967 en el Teatro Nacional de Buenos Aires. Fue un acontecimiento. La obra que había triunfado en Broadway con Carol Channing ahora tenía una versión latinoamericana con libertad la marque. Al año siguiente la llevó a México y funcionó en ambos países porque Libertad tenía esa capacidad única de pertenecer a dos mundos al mismo tiempo.
Pero mientras la carrera se expandía como un imperio que no conocía fronteras, la vida privada de libertad seguía siendo territorio minado. Su matrimonio con Alfredo Malerba, que había empezado como la salvación después del infierno con Emilio Romero, se fue desgastando con los años. No hubo escándalos públicos, no hubo golpes, ni gritos, ni denuncias, hubo algo peor. Hubo lentitud.
El amor que parecía inquebrantable se fue enfriando día a día, año a año, década a década, hasta que ya no quedó nada que sostener. Malerva era compositor, era músico, era el hombre que la acompañaba en las giras, el que le escribía canciones, el que se sentaba al piano mientras ella ensayaba. Eran compañeros de trabajo y de vida.
Pero el mundo del espectáculo tiene una crueldad con las parejas donde uno brilla más que el otro. y libertad brillaba con una intensidad que no dejaba espacio para que nadie más existiera a su lado. Se separaron a finales de los años 80, después de más de cuatro décadas juntos. No hubo divorcio oficial que se conozca, no hubo declaraciones públicas, no hubo guerra mediática, simplemente dejaron de estar juntos.
Malerva se retiró de los escenarios y en 1994 murió en la ciudad de México. Libertad tenía 86 años cuando Malerva murió. Llevaban separados varios años, pero la muerte del hombre que ella había llamado el amor de su vida dejó una marca. Porque una cosa es separarte de alguien y otra muy distinta es saber que ya no existe.
Que la persona con la que compartiste medio siglo, con la que huiste de Argentina, con la que construiste una vida en un país que no era el tuyo, ya no está en ningún lugar del mundo. Y entonces, ya sola, ya viuda de su segundo marido, aunque llevaban años separados, ya sin Emilio Romero, que había muerto en 1945, ya sin los hombres que habían marcado su vida, libertad dijo algo que revela una herida que nunca sanó.
dijo que se arrepentía de no haberse quedado soltera toda la vida. Piensa en el peso de esa declaración. Una mujer que se casó dos veces, que tuvo una hija, que compartió su vida con dos hombres durante décadas, diciendo al final que habría preferido no haberse casado nunca. No era rencor, no era amargura, era la confesión de alguien que entendió demasiado tarde que su verdadera pareja siempre fue el escenario, que los hombres habían pasado, pero la música, el cine, el teatro, el aplauso, eso se había quedado para siempre. Su hija Libertad Mirta, la
niña que Emilio Romero había secuestrado décadas atrás, creció y le dio seis nietos: Leonardo, Claudia, Alexandra, Hernán, Fabiana y Fernanda. Leonardo murió joven en un accidente automovilístico. Otra pérdida, otra herida, otra grieta en una vida que parecía acumular dolor con la misma velocidad con la que acumulaba aplausos.
Los nietos a su vez le dieron 10 bisnietos. La familia crecía mientras libertad envejecía y la distancia entre la diva y la abuela se iba acortando con cada año que pasaba. Pero Libertad no se retiró, no se sentó en una mecedora a ver pasar los años. siguió trabajando a los 70, a los 80, a los 90. Cuando cualquier otra persona habría aceptado que la carrera había terminado, ella seguía buscando proyectos, seguía diciendo que sí a cada oferta, seguía subiéndose a escenarios y a sets de grabación como si tuviera 30 años. En
1986, a los 78 años, publicó su autobiografía Libertad la Marque, autobiografía con la editorial Vergara. la escribió a mano porque según ella a máquina no se podía inspirar y en ese libro puso todo. Las cosas buenas y las que habría preferido no recordar nunca, lo de Eva Duarte, lo de Emilio Romero, lo del balcón en Chile, lo del exilio, lo del dolor, lo de la soledad, todo.
Dijo en una conferencia que quería que no quedaran dudas sobre su verdad. Esa frase es importante. Su verdad, no la verdad. Su verdad. Como diciendo, esta es mi versión y es la única que importa. En 1985 recibió el premio con ex de platino como mejor cantante de tango. Era un reconocimiento de Argentina, el país que la había expulsado décadas antes.
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La ironía era demoledora, el mismo país que le había puesto la tapa, que había destruido los ejemplares de la revista que publicó su foto, que le había cerrado las puertas del cine, la radio y el teatro, ahora la premiaba como la mejor. Libertad aceptó el premio sin rencor público, pero uno se pregunta qué habrá sentido por dentro.
Si habrá pensado en Eva Perón, muerta desde 1952. Si habrá pensado en Perón, muerto desde 1974. Si habrá pensado en todos los que la silenciaron y que ahora estaban bajo tierra mientras ella seguía de pie cantando, actuando, viviendo. Y entonces llegaron las telenovelas. En los años 90, cuando el cine latinoamericano ya no producía las mismas oportunidades que antes, Libertad encontró una segunda vida artística en la televisión y no en cualquier televisión.
En las telenovelas mexicanas, El género que dominaba las pantallas de todo el continente. Su primera experiencia con telenovelas había sido en los años 70. Esmeralda en 1971 en Venezuela, donde interpretó a Soredad. Mamá en 1975, también en Venezuela. Soledad en 1981 en México. Amada en 1985 en Argentina. Pero fueron las telenovelas de finales de los 90 las que la devolvieron al centro de la conversación.
En 1998, a los 90 años de edad, Libertad la Marque fue convocada para la usurpadora, una de las telenovelas más exitosas de la historia de la televisión mexicana. Protagonizada por Gabriela Spanic, la historia de dos gemelas idénticas que intercambian identidades se convirtió en un fenómeno continental.
Se transmitió en decenas de países en Estados Unidos, en Grecia, en Croacia, en toda América Latina y ahí estaba Libertad interpretando a Piedad Bracho, la abuela alcohólica de la familia, un papel complejo, oscuro, lleno de matices. A los 90 años, cuando la mayoría de las personas de esa edad apenas pueden caminar sin ayuda, ella estaba memorizando libretos, cumpliendo horarios de grabación, sosteniendo escenas dramáticas con actrices 60 años más jóvenes.
Una nueva generación descubrió a libertad la marque gracias a la usurpadora. Millones de jóvenes que no sabían quién era, que nunca habían escuchado un tango suyo, que no conocían la leyenda de la cachetada a Eva Perón, de pronto la vieron en pantalla y entendieron porque la llamaban la novia de América. Porque a los 90 años Libertad la Marquez seguía teniendo algo que las demás no tenían.
Presencia, una autoridad natural frente a la cámara que no se podía fingir ni aprender se tenía o no se tenía y ella la tenía intacta. Después de la usurpadora vino más allá de la usurpadora, una secuela que aprovechó el éxito del original. Y después, en el año 2000, llegó la última convocatoria, Carita de Ángel, una telenovela infantil producida por Televisa.
Libertad interpretaría a la madre superior a Piedad de la Luz, la directora de un colegio religioso de niñas. Era un papel dulce, sereno, completamente opuesto a la abuela alcohólica de la usurpadora. Era libertad la marca interpretando la bondad pura. A los 92 años la grabación comenzó normalmente. Libertad llegaba al set, cumplía sus escenas, se iba.
Los compañeros de elenco la trataban con una reverencia casi religiosa. Sabían que estaban trabajando con una leyenda viviente. Sabían que cada escena con ella podía ser la última y actuaban en consecuencia. Pero el cuerpo tiene límites que la voluntad no puede superar. Y el 30 de noviembre de 2000, 6 días después de cumplir 92 años, Libertad empezó a sentir dolores fuertes en la espalda durante una grabación.
No era un dolor normal, no era cansancio, era algo que crecía por dentro, que le quitaba el aire, que la hacía sentir que el cuerpo ya no le respondía. La sacaron del set y la llevaron directamente al Hospital Santa Elena de la Ciudad de México. Los médicos la examinaron. El diagnóstico fue demoledor, neumonía.
A los 92 años, una neumonía no es una gripe fuerte, es una sentencia. Los pulmones de una persona de esa edad no tienen la capacidad de luchar contra una infección así. Los antibióticos ayudan, pero el cuerpo necesita fuerza para responder y a los 92 años la fuerza se agota rápido. Libertad quedó internada, rodeada de su familia.
Su hija Libertad Mirta estaba ahí. Sus nietos estaban ahí. Amigos y colegas llegaban al hospital a preguntar por ella, a dejar flores, a rezar. La noticia corrió por todo México y después por toda América Latina. Libertad, la marque estaba grave. La novia de América se estaba yendo. Los días pasaron. La neumonía avanzaba.
Los médicos hacían lo que podían, pero el pronóstico era claro. El cuerpo de 92 años no iba a ganar esta batalla. Y mientras Libertad luchaba por respirar en una cama de hospital, la telenovela Carita de Ángel seguía al aire. Los capítulos que ya había grabado se transmitían normalmente. El público veía a la madre superior a Piedad de la luz en pantalla, sin saber que la mujer que la interpretaba estaba muriendo en ese preciso instante.
Era una ironía terrible. La actriz seguía viva en la ficción mientras en la realidad se apagaba. El 12 de diciembre de 2000 a las 5 de la mañana, hora de la Ciudad de México, Libertad la Mar que murió. Tenía 92 años. Había actuado en 65 películas. Había grabado más de 800 canciones, había protagonizado seis telenovelas, había llenado teatros en tres continentes, había sobrevivido a un marido violento, a un intento de su al secuestro de su hija, al exilio forzado, a la muerte de su segundo esposo, a la pérdida de un nieto en un accidente.
Había cruzado un siglo entero trabajando sin parar y se fue como había dicho que se iría como artista. Yo nací artista y artista me voy a morir, de eso estoy segura. Esa frase dicha en una de sus últimas entrevistas resultó ser exacta. Porque Libertad no murió retirada. No murió en una residencia de ancianos.
No murió olvidada. Murió con una telenovela en el aire, con un contrato vigente, con escenas pendientes de grabar. Murió trabajando. Murió siendo libertad la marque hasta el último respiro. La noticia sacudió a América Latina. Los titulares fueron enormes. El diario Clarín de Argentina tituló su obituario como el final de un sueño.
Mirta Lrán, la actriz y conductora argentina que había sido contemporánea de libertad durante décadas, dijo al día siguiente que Libertad la Marque fue la gran estrella que tuvo América. No dijo Argentina, dijo América. Porque a esas alturas Libertad ya no pertenecía a un solo país, pertenecía al continente entero.
En Carita de Ángel, la telenovela que quedó inconclusa, la producción tuvo que resolver el problema de la ausencia de la madre superiora. Silvia Pinal, otra leyenda del cine mexicano, fue llamada para reemplazarla, pero todos sabían que nadie podía reemplazar a Libertad la Marque. Nadie podía ocupar ese espacio, nadie tenía esa voz, esa mirada, esa manera de estar en pantalla, como si el mundo entero dependiera de cada palabra que pronunciaba.
Y entonces vino la última voluntad, la instrucción que Libertad dejó para después de su muerte. Y como todo en su vida, fue una declaración de independencia. Libertad pidió ser cremada. No quería un cuerpo en un ataú. No quería una tumba que se llenara de polvo. Según su hija Mirta, Libertad decía que en la tumba pasan los años y nadie te trae una flor.
Esa frase es desgarradora en su simplicidad, porque revela que Libertad, la mujer más amada del continente, tenía miedo al olvido. Tenía miedo de que el cariño del público se evaporara después de su muerte. Tenía miedo de terminar como tantos artistas que en vida llenaban estadios y en muerte yacen en tumbas que nadie visita.
Sus cenizas fueron esparcidas en el océano Atlántico, en las costas de Miami. Esa fue su voluntad. Quería que sus cenizas recorrieran todos los países donde había triunfado, que el agua las llevara de Miami a Cuba, de Cuba a México, de México a Venezuela, de Venezuela a Argentina, que flotaran por todo el continente que ella había conquistado con su voz.
No hay tumba de libertad la marque. No hay lápida con su nombre. No hay un lugar donde ir a dejarle flores. Solo el océano. Solo el agua que se mueve sin parar, como ella se movió durante 92 años sin detenerse jamás. Pero la muerte de libertad, la marque no cerró su historia, la abrió de otra manera, porque cuando una figura de ese tamaño desaparece, lo que queda no es solo el legado artístico, quedan las preguntas, quedan las versiones que nunca se confirmaron, quedan los silencios que en vida parecían discreción y que después de la muerte
empiezan a parecer ocultamiento. Y en el caso de libertad, los silencios eran muchos. El primero y el más grande siempre fue Eva Perón. Libertad murió en el año 2000. Eva Perón había muerto en 1952, casi medio siglo antes, pero la sombra de ese enfrentamiento en el set de la cabalgata del circo persiguió a libertad hasta su último día.
En cada entrevista, en cada homenaje, en cada aparición pública, la pregunta era la misma. ¿Qué pasó con Eva? ¿Hubo cachetada? ¿La exiliaron? ¿Fue venganza personal o fue política? y libertad respondía siempre con la misma mezcla de honestidad y evasión que la caracterizaba. Negaba la cachetada, pero admitía la ofensa. Negaba el exilio, pero reconocía que le habían cerrado todas las puertas.
Decía que no fue desterrada, pero al mismo tiempo decía que no se fue por voluntad propia. Era un juego de palabras que protegía su dignidad sin revelar toda la verdad. Hay algo que casi nunca se menciona sobre este episodio y que cambia la lectura de todo. Libertad no fue la única artista silenciada durante el peronismo.
Nini Marsal, una de las comediantes más importantes de Argentina, también fue censurada. Luisa Beil, otra actriz reconocida, sufrió consecuencias similares. El régimen peronista tenía una lista de artistas que habían caído en desgracia, nombres que los empresarios sabían que no debían contratar si querían mantener buena relación con el gobierno.
No era un fenómeno aislado contra libertad, era un sistema, pero la diferencia con libertad fue la leyenda. Fue la cachetada, real o inventada, la que convirtió su caso en algo más grande que la censura política. la convirtió en un mito, en una historia que Argentina necesitaba contar y recontar porque representaba algo que iba más allá de dos mujeres peleando en un set de filmación.
representaba el choque entre el talento y el poder, entre la artista que se había ganado su lugar con trabajo y la mujer que llegaba con el respaldo de un coronel que pronto sería presidente. Y lo más interesante es que con el paso de los años Libertad dejó de ver el exilio como castigo y empezó a verlo como destino.
Aquella frase que pronunció de alguna manera, gracias a mi pelea con Evita conquisté América no era solo resignación, era una lectura inteligente de su propia vida. Si se hubiera quedado en Argentina, habría sido una estrella argentina. Al irse, se convirtió en una estrella continental. El exilio la obligó a reinventarse, a expandirse, a ser más grande de lo que Buenos Aires le habría permitido ser.
Eva Perón murió de cáncer en 1952 a los 33 años. Según algunas versiones nunca confirmadas, antes de morir habría intentado un acercamiento con libertad. Habría mandado un mensaje, una señal. Algo que pudiera interpretarse como una disculpa o al menos como un reconocimiento de que la situación se había salido de control. Libertad nunca confirmó ni desmintió esa versión.
Otra vez el silencio, otra vez la ambigüedad, otra vez la frontera borrosa entre lo que pasó y lo que se dice que pasó. Lo que sí es un hecho es que después de la caída de Perón en 1955, Libertad pudo volver a Argentina y volvió, pero ya no era la misma relación. Argentina era su tierra, pero México era su cielo. Y Libertad había aprendido que el cielo es donde te dejan volar.
Pero más allá de Eva Perón, más allá de la cachetada mitológica, más allá del exidio, hay otras dimensiones de la vida de libertad, la marca que merecen ser exploradas. Dimensiones que tienen que ver con lo que significó como mujer en una industria que no estaba hecha para mujeres. Porque Libertad la Marque no fue solo actriz y cantante, fue argumentista.
escribió el guion de Ayúdame a vivir en 1936 basándose en sus propias experiencias personales cuando los autores de la época se negaban a arriesgarse a escribir para el cine sonoro. Ella asumió el riesgo. Ella puso su historia en la pantalla. Ella demostró que una actriz podía ser también la creadora de su propio material.
Eso en 1936, cuando las mujeres en Argentina no podían votar, cuando el cine era un club de hombres donde las mujeres servían de decoración. Libertad se plantó y dijo, “Yo escribo mi propia historia.” Y el director de la SID, Alfredo Murua, estuvo de acuerdo. Y la película fue un éxito y se fundó lo que la historiadora Estela Dos Santos llamó la ópera tanguera cinematográfica.
Todo porque una mujer de 28 años decidió que nadie iba a contar su historia mejor que ella misma. Esa actitud la acompañó durante toda su vida. No era una mujer pasiva que esperaba a que le ofrecieran papeles. Era una mujer que buscaba, que negociaba, que imponía condiciones, que elegía con quién trabajar y con quién no.
En una industria donde las actrices eran tratadas como piezas intercambiables, Libertad se comportaba como lo que era, una empresaria de su propio talento y pagó un precio por eso, porque las mujeres que no se someten en industrias dominadas por hombres siempre pagan un precio. No siempre es visible. A veces es un papel que no te dan. A veces es un comentario venenoso en una columna de chismes.
A veces es la soledad que viene de ser demasiado fuerte para que los hombres a tu alrededor se sientan cómodos. Libertad conocía esa soledad. La vivió durante décadas. la transformó en arte cada vez que se paraba frente a una cámara y cantaba un tango sobre el desamor que hacía temblar al público. Hay otro aspecto de su vida que merece atención, su relación con Argentina después del exilio.
Porque Libertad nunca cortó el vínculo. Volvía constantemente, daba conciertos, hacía presentaciones en televisión, visitaba a su familia. En los años 60 se la podía ver en sábados circulares con Nicolás Mancera. En los 80 hizo temporadas de teatro en Buenos Aires y en Mar del Plata. En 1985 dejó las huellas de sus manos en la vereda de la fama del hotel Hermitaje.
Argentina la reclamaba como suya cada vez que ella pisaba suelo argentino y la olvidaba cada vez que se iba. Esa dualidad era dolorosa, ser amada y ser olvidada al mismo tiempo, ser recibida con aplausos y después no aparecer en ningún medio durante meses. Ser la hija pródiga que vuelve y la exiliada que se va.

Libertad manejó esa contradicción con una elegancia que ocultaba heridas profundas, porque nunca dejó de sentirse Argentina, pero tampoco dejó de sentirse rechazada por Argentina. México, en cambio, nunca la rechazó. México fue constante. México la adoptó cuando tenía 38 años y no la soltó hasta que murió a los 92.
Más de medio siglo de amor incondicional. Las telenovelas mexicanas de los 90 la convirtieron en un fenómeno para una generación que no la había conocido en el cine. La usurpadora en 1998 fue vista por cientos de millones de personas en todo el mundo y ahí estaba Libertad a los 90 años robándose escenas con una naturalidad que dejaba en evidencia a actrices 40 años más jóvenes.
Hay algo casi sobrenatural en la longevidad artística de Libertad. La Marque. Debutó profesionalmente en 1922 en una obra de teatro de su padre. Murió trabajando en 2000. Son 78 años de carrera ininterrumpida. 78 años. Atravesó el cine mudo, el cine sonoro, la radio, el teatro de revista, el teatro musical, la televisión en blanco y negro, la televisión a color, las telenovelas, el video.
Cada cambio tecnológico que transformó en entretenimiento, libertad lo cruzó. sin tropezar, se adaptó a cada formato, a cada época, a cada público nuevo, como si el tiempo no pudiera con ella, como si envejecer fuera un detalle menor que no merecía atención. Y hay otro dato que dimensiona su impacto. 65 películas, 21 filmadas en Argentina, 44 en México, una en España, más de 800 canciones grabadas, seis telenovelas, incontables apariciones teatrales, una autobiografía, premios en dos países, reconocimientos en tres continentes. Fue
llamada la Carlos Gardel femenina por su contribución al tango. Fue llamada a la novia de América por su alcance continental. Fue llamada a la reina del melodrama por su dominio del género. Cada apodo era un territorio conquistado. Pero también dejó sombras, sombras que no se borran con premios ni con aplausos.
Dejó la sombra de una infancia marcada por la violencia de una madre que la hacía arrodillar sobre maíz. dejó la sombra de un primer matrimonio con un alcohólico que la golpeaba y que le robó a su hija. Dejó la sombra de un intento de suicidio que solo un toldo impidió que fuera definitivo. Dejó la sombra de un exidio que ella nunca llamó exidio, pero que todos sabían que lo era.
Dejó la sombra de un segundo matrimonio que empezó como salvación y terminó en separación silenciosa. Dejó la sombra de un nieto muerto en un accidente de auto. dejó la sombra de una mujer que al final de su vida dijo que se arrepentía de haberse casado, que habría preferido estar sola, que los hombres no le habían dado lo que esperaba.
Esas sombras coexisten con la luz y es coexistencia la que hace a libertad la marque una figura fascinante. Porque no fue una santa, no fue una víctima perpetua, no fue una heroína sin fisuras, fue una mujer compleja, contradictoria, brillante en lo profesional y desastrosa en lo sentimental. Fue una mujer que podía hacer llorar a millones con un tango y que lloraba sola en su camarín cuando nadie la veía.
Fue una mujer que conquistó un continente, pero que no pudo conquistar la paz interior que siempre buscó. En sus últimos años vivía en Coral Gabels, Miami, la casa grande con piscina y jardín, los ocho gatos que le hacían compañía, la soledad elegante de una mujer que había sido amada por multitudes, pero que al final del día cerraba la puerta y se quedaba con el silencio.
Viajaba constantemente a México para grabar telenovelas, a Argentina para recibir homenajes, a otros países para presentaciones especiales. A los 90 años seguía subiéndose a aviones como si tuviera 40. La energía era inexplicable. Los médicos no entendían como una mujer de esa edad mantenía ese ritmo. Pero libertad sí lo entendía. El trabajo era su oxígeno.
Si dejaba de trabajar, dejaba de respirar. Era así de simple. El escenario la mantenía viva, la cámara la mantenía joven, el aplauso la mantenía de pie. Sin eso no había nada. Por eso, cuando le preguntaban sobre la muerte, respondía con esa frase que ahora suena a profecía cumplida. Jamás pienso en ella. Es más, no le tengo temor.
Tal vez sea porque me siento muy bien. A esta altura de mi vida, todas las cosas feas ya las borré de mi mente. Yo nací artista y artista me voy a morir, de eso estoy segura. Todas las cosas feas ya las borré de mi mente. Esa parte es la más reveladora porque significa que hubo cosas feas, muchas, suficientes como para que una mujer de 92 años tuviera que hacer un esfuerzo consciente por borrarlas.
El matrimonio con Romero, el balcón en Chile, el secuestro de su hija, la pelea con Eva, el exilio, la separación de Malerba, la muerte del nieto. Todas esas heridas estaban ahí acumuladas. apiladas en algún rincón de su memoria y libertad las barrió debajo de la alfombra con la misma determinación con la que barría todo lo que le estorbaba, porque esa era su filosofía: no mirar atrás, no detenerse en el dolor, no permitir que las tragedias definieran su identidad, seguir adelante, siempre adelante, hasta que el cuerpo dijera basta. Y el cuerpo
dijo basta el 12 de diciembre de 2000. Los números finales de su vida son fríos, pero necesarios para dimensionar lo que fue. 92 años de vida, 78 años de carrera, 65 películas, más de 800 canciones, seis telenovelas, un exilio que duró más de medio siglo, dos matrimonios, una hija, seis nietos, 10 bisnietos, un intento de suicidio, una cachetada que probablemente nunca ocurrió, pero que se convirtió en la leyenda más famosa del espectáculo argentino.
Un premio Ariel de Oro, un premio con ex de platino, tres nominaciones al Ariel como mejor actriz, innumerables reconocimientos en dos países y tres continentes, y unas cenizas esparcidas en el Atlántico, flotando entre Miami y Buenos Aires, entre México y Argentina, entre las dos patrias que la reclamaron como suya. Pero los números no cuentan lo que importa. Lo que importa es otra cosa.
Lo que importa es que una niña nacida en la pobreza de Rosario, hija de un anarquista uruguayo y una madre que la castigaba con granos de maíz, se convirtió en la artista más querida de un continente entero, que lo hizo sin contactos, sin padrinos, sin dinero heredado, sin más herramienta que una voz que parecía contener todo el dolor y toda la belleza del mundo al mismo tiempo.
Lo que importa es que cuando la mujer más poderosa de Argentina le cerró las puertas, ella no se quedó llorando detrás de esas puertas. se fue a buscar otras puertas y las encontró y las abrió de par en par y entró por ellas con la misma dignidad con la que había entrado a los escenarios de Buenos Aires décadas antes.
Lo que importa es que sobrevivió a un marido que la golpeaba, a un intento de suicidió, al secuestro de su hija, al exilio, a la soledad, a la pérdida, a la enfermedad. Y que después de todo eso siguió cantando, siguió actuando, siguió siendo libertad la marque como si nada pudiera romperla del todo, como si cada golpe solo le diera más material para interpretar tangos con una verdad que ninguna otra cantante podía alcanzar.
Lo que importa es que a los 90 años estaba protagonizando telenovelas que veían cientos de millones de personas, que a los 92 estaba en un set de grabación cumpliendo un contrato, que murió trabajando, que su última aparición ante el público fue interpretando a una monja bondadosa en una telenovela infantil, que la última imagen que el mundo tuvo de ella fue la de una mujer serena, cálida, luminosa, no la de una anciana derrotada, la de una artista en ejercicio.
Y lo que importa, quizá más que todo lo demás, es lo que dijo sobre sus cenizas, que no quería una tumba, porque en las tumbas pasan los años y nadie te trae una flor. Esa frase revela el miedo más profundo de libertad, la marque. No, el miedo a la muerte, el miedo al olvido. El miedo a que después de 78 años de carrera, después de haber dado todo, después de haber cantado para millones, el mundo siguiera adelante sin ella y nadie se acordara de llevarle una flor.
Por eso pidió el océano, porque el océano no olvida, el océano no se seca, el océano no cierra. El océano siempre está ahí moviéndose, llevando las cenizas de un lugar a otro, de una costa a otra, de un país a otro. Libertad la Marque no quiso quedarse quieta ni en la muerte. Quiso seguir viajando. Quiso seguir recorriendo el continente que la había amado.
Quiso que sus cenizas tocaran las playas de Cuba, donde la recibieron cuando Argentina la echó. que rozaran las costas de México, donde fue más feliz que en ningún otro lugar, que llegaran algún día, tal vez hasta la desembocadura del Río de la Plata, hasta Rosario, hasta el barrio pobre donde todo empezó. Hay personas que caben en una tumba y hay otras que necesitan un océano.
Libertad, la marque necesitó un océano y aún así probablemente se le quedó chico, porque más de dos décadas después de su muerte, su nombre sigue provocando lo mismo que provocó en vida. Admiración, controversia, emoción, debate. En Argentina siguen peleando por la cachetada. En México siguen pasando sus telenovelas.
En todo el continente siguen sonando sus tangos en las radios, en las rocolas, en las fiestas, en los momentos en que alguien necesita escuchar una voz que entienda el dolor sin pedirte que lo expliques. Libertad La Marque nació el 24 de noviembre de 1908 en Rosario, Argentina. murió el 12 de diciembre de 2000 en la ciudad de México.
Fue hija de un anarquista, fue esposa de un maltratador, fue madre de una niña secuestrada. Fue la mujer que supunamente le pegó a Eva Perón. Fue la exiliada que conquistó un continente. Fue la novia de América. Fue la voz del tango que hizo llorar a generaciones enteras. Fue actriz, cantante, escritora, luchadora. Fue todo eso y fue algo más que no se puede definir con palabras.
Fue esa cosa invisible que tienen los artistas verdaderos, esa capacidad de hacerte sentir que te conocen, que te entienden, que cantan para ti y solo para ti, aunque estén cantando para millones. Sus cenizas flotan en el Atlántico. No hay lápida, no hay tumba, no hay un lugar donde dejarle flores, pero hay canciones, más de 800.
Y cada vez que alguien pone madre selva en una rocola, cada vez que alguien ve la usurpadora en una repetición de madrugada, cada vez que alguien en Buenos Aires discute si la cachetada fue real o inventada, Libertad la Márquez sigue viva. No en un panteón, no en un monumento, en el único lugar donde ella siempre quiso estar, en la memoria de un continente que aprendió a llorar con su voz.
Y si esta historia te hizo entender algo que no sabías sobre la mujer detrás de mito, si te hizo ver que detrás de cada tango perfecto había una vida imperfecta, si te hizo sentir que Libertad la Marque fue mucho más que una actriz de telenovelas o una cantante de otra época, entonces ella hizo contigo lo que hizo con América durante ocho décadas, te hizo sentir y eso al final es lo único que importa, porque los premios se oxidan, las películas se deterioran, los discos se rayan, Los aplausos se apagan, pero lo que sientes cuando escuchas esa voz cantando,
“¡Ayúdame a vivir!” No se apaga nunca. Eso es eterno. Eso es libertad. La marque, la niña de Rosario que el mundo llamó América. M.