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Antonio Aguilar: El ASQUEROSO Favor que le Pidieron una Sola Vez… y por qué No Pudo Negarse

Y el mundo de Antonio Barraza Aguilar cabe entero dentro de un radio de unos pocos kilómetros de tierra seca. 17 de mayo de 1919, Villanueva, Zacatecas. Nació en una casa de adobe con piso de tierra apisonada, el segundo de los hijos de Apolinar Aguilar y Leonor Barraza. El norte de Zacatecas en 1919 era, para quien no tuviera tierras propias ni conexiones con los caciques locales, una trampa sin salida fácil.

Mucho cielo, mucha distancia entre un pueblo y el siguiente, mucha aridez y muy pocas opciones que no fueran repetir lo que habían hecho los padres. La revolución había terminado en el papel unos años antes, pero en Villanueva las vidas de la gente seguían siendo las mismas que antes de la revolución. Los ricos eran los mismos, los pobres también.

El polvo de Zacatecas tiene un color que no se olvida si se crece en él. anaranjado, casi ocre, con una tendencia a volverse rojo cuando el sol pega de cierta manera en agosto. Ese polvo entraba en todo, en la ropa tendida afuera, en la comida que se dejaba destapada un segundo de más, en los ojos de los niños jugando en la calle sin pavimento.

Antonio creció con ese polvo en la nariz, en la boca, en el pelo. Lo respiró antes que cualquier otra cosa y lo que se respira en la infancia se pega de una manera que ningún éxito posterior termina de quitar. El padre de Antonio trabajaba la tierra que podía trabajar. No tenía ganado propio, no tenía crédito bancario porque los bancos en Villanueva eran una idea de otro mundo.

No tenía más respaldo que el de sus propios brazos y la disposición de usarlos todos los días sin excepción. Las mañanas en esa casa empezaban antes del amanecer, cuando el cielo todavía estaba morado y el frío del desierto todavía picaba sin anunciarse. Ya a esa hora había que estar de pie. Ya había que estar haciendo algo.

Antonio aprendió eso antes de aprender a leer, que el tiempo no esperaba, que la pobreza requería trabajo constante solo para mantenerse donde estaba y que quejarse no cambiaba ninguna de las dos cosas. La escuela en Villanueva era irregular de una manera que hoy sería escándalo, pero que entonces era simplemente la realidad de los pueblos pequeños en el norte de México.

Los maestros llegaban cuando podían y a veces no llegaban. Los libros se compartían entre varios alumnos porque no alcanzaba para uno por cabeza. Antonio aprendió a leer, aprendió a sumar, aprendió lo básico. Pero el sistema educativo rural de los años 20 en Zacatecas no estaba diseñado para sacar a nadie de Villanueva. Estaba diseñado con una eficiencia pasiva para que la gente se quedara.

Guarda esta imagen también. Un niño de 10 u 11 años parado en el borde del camino que salía del pueblo hacia el norte, mirando el horizonte con una expresión que su madre describió alguna vez, según cuentan quienes la conocieron, como esa cara que ponía cuando ya estaba pensando en irse. El norte de México siempre jaló.

Jaló a los jóvenes de los pueblos sin futuro visible con la promesa de trabajo, de dólares, de algo diferente. Antonio sintió ese jalón desde antes de tener edad para actuar en consecuencia. Lo que sí encontró en Villanueva y que con el tiempo se volvería su identidad más reconocible fue el caballo. No hubo academia ni instructor.

Hubo ranchos de vecinos, animales prestados, caídas y el tipo de aprendizaje que se hace con el cuerpo y que el cuerpo no olvida. A los 12 años ya se manejaba sobre una montura con una soltura que llamaba la atención de los hombres mayores. A los 14 lo dejaban montar en los rodeos locales y en esos rodeos, parados sobre las estriberas, con la tierra de Zacatecas debajo y el cielo enorme arriba, Antonio Aguilar encontró el único lugar del mundo donde se sentía exactamente donde tenía que estar.

A los 16 años, en algún momento de los primeros años de la década de los 30, se fue, no con despedida larga ni con maleta preparada con tiempo. Se fue con lo que traía puesto, con el nombre de alguien que conocía alguien al norte y con la dirección vaga de una ciudad al otro lado de la frontera. Cruzó a los Estados Unidos sin documentos, como lo hacían entonces decenas de miles de mexicanos que no tenían otra opción y que la agricultura angloana necesitaba para funcionar. fue brasero.

Cortó algodón en California, levantó cosechas que no eran suyas. Vivió en barracas colectivas donde el espacio personal era una abstracción. Piensa en eso un momento. Un muchacho de 16 años sin hablar inglés en campos de California que no conocía, haciendo el trabajo que los americanos no querían hacer con el riesgo permanente de que la migra apareciera cualquier mañana y lo mandara de regreso sin más.

Así vivió Antonio Aguilar durante varios años, yendo y viniendo, siendo deportado, regresando, cruzando otra vez esa experiencia, la del cuerpo doblado bajo el sol ajeno, la de la humillación administrada con eficiencia institucional, la de aprender que la dignidad es algo que hay que defender todos los días porque nadie te la guarda.

fue la que formó al hombre que décadas después se pararía frente a alguien con poder real y tendría que decidir cuánto se día, porque el poder tolera al hombre humilde mientras el hombre humilde no tiene voz. Cambia de actitud cuando ese hombre empieza a llenar estadios. Fue en esos años de ida y vuelta, en algún punto de la segunda mitad de los años 30, cuando la música pasó de ser un alivio casual a ser una necesidad.

ya cantaba antes de cruzar la frontera, como cantaban todos en los pueblos donde la radio era escasa y el entretenimiento lo producía la propia gente. Pero en las barracas de California y en los pueblos fronterizos donde se instalaba entre deportación y deportación, la voz de Antonio Aguilar empezó a hacer algo específico, detener a la gente.

La gente se quedaba quieta y escuchaba. Y eso, para alguien que había pasado años siendo invisible, era algo que no tenía precio. Regresó a México con más de lo que había salido a buscar. Se instaló en Guadalajara, que en los años 40 empezaba a moverse con una energía nueva, y de ahí dio el salto a la Ciudad de México, donde el cine mexicano vivía su época de oro.

Los estudios producían películas a un ritmo que el mundo miraba con respeto genuino. Jorge Negrete era una estrella. Pedro Infante era una estrella. Y Antonio Aguilar, con su físico, con su manera de montar a caballo como nadie más en el gremio artístico, con esa voz que venía de adentro y no de ningún conservatorio, encajaba en algo que el cine todavía estaba terminando de construir.

Su entrada al cine no fue inmediata. Tocó puertas que no se abrieron al primer intento. Tuvo que demostrar varias veces que podía hacer lo que aseguraba que podía hacer. Pero cuando empezó a filmar en la segunda mitad de los años 40, algo se aceleró que ya no se detendría. La primera película, luego la segunda, luego 10, luego 20.

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