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ANDY ‘DESTROYER’ RUIZ JR Cumplió 36 AÑOS y NO CREERÁS CÓMO VIVE

Él peleaba en funciones pequeñas, en hoteles de paso, frente a públicos que apenas llenaban ciencillas. Y sin embargo, él no se quejaba, sonreía, entrenaba, regresaba a casa, le decía a su padre que todo iba a estar bien y seguía creyendo. Hubo una noche en uno de esos pueblos pequeños del desierto californiano en la que Andy peleó con una fiebre tan alta que sus esquineros pensaron que no iba a aguantar ni el primer asalto.

Le ofrecieron retirarse, le ofrecieron devolver la bolsa, le ofrecieron reprogramar y él, con la frente sudando y la voz temblando respondió lo mismo que respondería años después en el Madison, que no qué peleaba. Ganó aquella noche por knockout en el tercer round, regresó al hotel, se tomó un medicamento para la fiebre y se quedó dormido con los guantes todavía puestos sobre la maleta.

En esas son las historias que nadie cuenta cuando Andy Ruiz sale en la televisión. Esas son las historias que muchos años después explican por qué aquella noche del 1 de junio fue tan especial. Porque cada golpe que le conectó a Joshua cargaba en silencio todos esos días invisibles en los que nadie lo estaba mirando.

Durante años, Andy Ruiz fue lo que en el boxeo se conoce como una promesa incómoda. Los promotores no sabían qué hacer con él. Lo veían ganar, sí, pero también lo veían comer. Lo veían entrenar, pero también lo veían engordar. Llegó a pesar cerca de 130 kg entre pelea y pelea y eso para cualquier deportista de élite es una sentencia lenta.

Su propio promotor de entonces, el legendario Bob Arum, lo llamó a su oficina y le dijo sin adornos, “Si no bajas de peso, nunca vas a pelear por un título mundial.” Pues imagínate la escena, un muchacho humilde con sueños enormes, sentado frente a uno de los hombres más poderosos del boxeo mundial, escuchando que su cuerpo era su peor enemigo.

Ahí empezó una guerra silenciosa, una guerra que Andy libraría por el resto de su vida, la guerra contra la báscula. Y esa guerra, amigos míos, es una de las claves para entender lo que le está pasando hoy en este cumpleaños número 36. Porque lo que muchos ignoran es que el destructor nunca derrotó del todo a ese enemigo interno.

Lo escondió, lo maquilló, lo empujó debajo de la alfombra durante los momentos de gloria, pero el cuerpo tarde o temprano pasa la factura y la factura que hoy le están pasando a Wendy Ruiz es una de las más caras que se han visto en el boxeo contemporáneo. En 2016 tuvo su primera gran oportunidad. Ya viajó hasta Nueva Zelanda, literalmente al otro lado del mundo, para disputarle el título mundial de peso completo al local Joseph Parker.

Iba con todo. Había bajado kilos, había entrenado con Abel Sánchez en altura, lucía irreconocible y sin embargo, aquella noche perdió por decisión mayoritaria. Una decisión tan cerrada, tan discutible que muchos en México todavía dicen que le robaron. Andy se fue de Oceanía con el corazón partido, con el orgullo herido, con la duda sembrada.

Regresó a su casa y como tantas veces antes encontró consuelo en la comida. Los kilos volvieron, la disciplina se aflojó y durante 2 años nadie en la élite mundial se acordó realmente de él. Pero el destino, cuando quiere, toca la puerta de la manera más inesperada. En abril de 2019, un boxeador estadounidense llamado Jarrel Miller dio positivo en una prueba antidopaje justo antes de una pelea pactada contra el campeón mundial unificado Anthony Joshua en el Madison Square Garden de Nueva York.

Los promotores empezaron a buscar un reemplazo de urgencia. Nadie quería, nadie se animaba. Joshua era entonces el hombre más temido de la división, un atleta de casi 2 m con cuerpo de escultura, invicto, amado por Inglaterra. Y de pronto, en un rincón de California, sonó el teléfono de Andy Ruiz.

Al otro lado, una voz le preguntaba si estaba dispuesto a pelear con apenas 5co semanas de preparación. Andy, que ni siquiera estaba en su mejor forma, respondió sin pensarlo dos veces. Sí, lo que pasó la noche del 1 de junio de 2019 en Nueva York es algo que los mexicanos vamos a recordar mientras vivamos.

Andy Ruiz, aquel muchacho regordete al que nadie daba ni una sola oportunidad, subió al cuadrilátero del Madison Square Garden con el corazón apretado y la cara seria. Las apuestas lo daban por derrotado. Los comentaristas ingleses se reían en televisión abierta. Joshua entró con fuegos artificiales, con música, con la bandera británica hondeando y Andy entró con un traje de color azul rey, con la imagen de la Virgen de Guadalupe bordada en la cintura y con una mirada que quienes estaban cerca del ring describen como la mirada de un hombre que ya no

tenía nada que perder. En el tercer round ocurrió lo imposible. Joshua conectó una derecha limpia y envió a Andy a la lona. El Madison entero rugió. En las casas mexicanas, muchos apagaron la televisión pensando que todo estaba terminado, pero lo que no sabían, lo que nadie sabía, era que aquel golpe despertó hasta una bestia que llevaba dormida toda la vida.

Andy se levantó, caminó hacia el centro del cuadrilátero y segundos después conectó una combinación brutal que envió a Joshua a la lona, no una ni dos, sino tres veces en el mismo asalto. El árbitro detuvo el combate en el séptimo round y en ese instante Andrés Ponce Ruiz Junior, el hijo de Albañil nacido en Imperial, California, se convirtió en el primer campeón mundial de peso completo en la historia del boxeo mexicano.

Las cámaras lo captaron llorando, arrodillado, con los cinturones alrededor. Su padre subió al ring y lo abrazó. Andy gritó a la cámara que todo era por su familia, por sus hijos, por México, en Mexicali, en Tijuana, en la Ciudad de México, en Guadalajara. La gente salió a las calles. Se tocaron las bocinas, se prendieron las fiestas.

El destructor era oficialmente el hombre del momento. Al día siguiente estaba en todos los diarios del mundo. Fotografías, entrevistas, portadas, comerciales. Le llovieron los contratos, los patrocinios, las propuestas. Se habla de cheques de ocho cifras, se habla de regalos imposibles, se habla de casas nuevas, de coches nuevos, de cadenas de oro, de relojes que costaban más que la camioneta de su padre.

Y aquí, justo aquí, amigos míos, es donde la historia del destructor empezó a torcerse, porque lo que vino después de aquella noche mágica del Madison Square Garden no fue un reinado glorioso ni una carrera llena de defensas victoriosas. Lo que vino fue otra cosa, algo muy distinto, algo que años después eh sus allegados más cercanos describen con un suspiro largo antes de animarse a contarlo.

Andy ganó, sí, ganó como nunca en su vida, pero lo que pocas veces se cuenta es lo que realmente hace el dinero cuando llega de golpe. Sí, de un día para otro, a manos de un muchacho que creció contando cada moneda para comprar cinta adhesiva para sus guantes. En los próximos minutos vas a entender por qué aquella noche de gloria fue al mismo tiempo el principio de una caída silenciosa.

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