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AMPARO Muñoz: la MISS Universo que terminó en el LODO… Drogas, CÁRCEL y la CORONA que la DESTRUYÓ

Los niños que aprenden desde muy jóvenes que su presencia puede ser un inconveniente, que hay situaciones donde es mejor que no estén, desarrollan una relación particular con el espacio que ocupan en el mundo. Una relación que oscila entre la necesidad de ser vistos y la sospecha de que el mundo funciona mejor sin  ellos.

Hay una cosa que sí tenía el barrio de amparo en Véz Málaga, que era el cine, un cine llamado Astoria, donde ella se coló una vez saltándose clase para ver una película que se llamaba un hombre llamado Caballo. Ese día decidió que quería ser actriz, no Miss Universo, no modelo, actriz, la persona que aparece en la pantalla grande y que hace que la gente sienta cosas que  no sabía que podía sentir.

era la ambición de Amparo Muñoz desde pequeña. No la belleza como objetivo, sino la interpretación como vocación. Ese detalle importa para entender todo lo que viene después,  que cuando Amparo Muñoz eligió el cine sobre la corona, no estaba abandonando un sueño, sino persiguiendo el que siempre había tenido, mucho antes de que ningún concurso la eligiera.

No estudió más allá de lo básico. La educación en el España rural de los años 60 no era una prioridad para las familias que necesitaban que sus hijos contribuyeran a la economía doméstica lo antes posible.  Lo que Amparo sí aprendió con la seriedad de quien sabe que el conocimiento es la única puerta que puede abrirse por sí sola.

Fue mecanografía y taquigrafía una vez cumplida la mayoría de edad. Su plan era trabajar como secretaria.  Un trabajo estable, modesto, que le permitiera vivir con independencia y sin tener que depender de nadie. un plan completamente razonable para una joven de su origen en el contexto de su tiempo.

Lo que cambió ese plan fue la belleza. No la belleza como decisión, sino la belleza como hecho físico, como dato biográfico que existe independientemente de la voluntad de quien lo lleva. Desde pequeña los concursos locales la eligieron. Miss Arroyo de los Ángeles en su barrio malagueño en 1970, cuando era todavía un adolescente, mis curcurso, elegida por sus compañeros de segundo de bachillerato.

No era que Amparo buscara esos reconocimientos con una ambición de reina. era que la belleza tiene una gravedad propia que atrae la mirada de los demás antes de que la persona que la porta pueda opinar al respecto. Y una vez que la belleza ha empezado a atraer miradas, resulta muy difícil convencer a esas miradas de que miren hacia otro lado.

La España de los primeros años 70 era todavía un país donde los concursos de belleza locales tenían una presencia cultural que hoy parece desproporcionada, pero que  en ese contexto tenía sentido. eran uno de los pocos espacios públicos donde una mujer joven sin apellidos ni contactos podía ganar algo, donde la meritocracia de los ojos de los demás operaba de una manera que otros sectores sociales no permitían.

El deporte, la política, los negocios, todos tenían barreras de clase y de género que la belleza en apariencia no tenía de la misma manera. Por eso las familias de origen humilde a veces empujaban a sus hijas hacia los concursos porque eran uno de los pocos caminos disponibles. En el caso de Amparo, el empuje no venía de su familia, sino del sistema mismo, que la fue capturando de concurso en concurso sin que ella hubiera elegido ese camino como destino.

Y entonces llegó Miss  Costa del Sol y ahí hay una historia que dice todo sobre quién era Amparo Muñoz de verdad, que es la historia de una mujer que rechazó participar en el certamen, que renunció al título de Misa Arrollo de Los Ángeles expresamente para no tener que ir y que terminó presentándose únicamente porque la organización la engañó con la promesa de un viaje a Lanzarote.

Ganó Miss Costa del Sol. fue a reclamar su viaje. Le dijeron que para recibir el premio tenía que participar en el certamen de Miss España.  Amparo Muñoz no era ambiciosa, era una mujer que quería lo que le habían prometido y a quien el sistema fue atrapando en sus propias reglas sin que ella lo hubiera elegido así.

En 1973 con 19 años ganó Miss España en Tenerife. La competencia incluía a una joven llamada Norma Duval, que años después sería una figura notable del humor y el espectáculo  español. Amparo ganó con la contundencia de alguien que no va a competir sino a ser elegida. Ese mismo año y casi de manera simultánea  se puso ante las cámaras por primera vez en vida conyugal sana, dirigida por Roberto Bodegas y protagonizada por Ana Belén y José Cristán.

El cine ya estaba ahí como una posibilidad paralela que existía en su horizonte con más atractivo que ningún concurso. Quería actuar, no desfilar. Quería personajes, no coronas, pero el sistema que la había ido capturando de concurso en concurso todavía no había terminado con ella. Pero el contrato de Miss España la obligaba a ir a Manila.

El contrato la obligaba a representar a España en el Missuniverso de 1974.  Y Amparo fue a Manila con las piernas temblando, como ella misma recordó porque nunca había salido sola de su casa.  Manila, 1974. El certamen Miss Universo de ese año tenía una dimensión política que los reportes de la época de entretenimiento rara vez mencionaban con claridad, pero que estaba ahí.

Debajo de cada sonrisa y cada pasarela, Filipinas estaba bajo la dictadura de Ferdinand Marcos y su esposa Imelda,  la primera dama cuya colección de zapatos se convertiría en símbolo universal del exceso y cuya obsesión con organizar eventos internacionales de alto perfil en Manila era para los observadores con ojos abiertos una estrategia de lavado de imagen del régimen.

Para los marcos, organizar el Miss Universo en Manila era un gesto de poder y de imagen. Le decía al mundo que Filipinas era un país capaz de albergar eventos de  ese calibre, desplazando la atención mediática de la represión política que el régimen ejercía sobre su propia población. Amparo Muñoz llegó a ese escenario específico  y ganó con 20 años con las piernas todavía temblando, representando a un país que en ese momento también estaba en los años finales de su propia dictadura,  la de Franco. Dos mujeres jóvenes

representando a dos países con dictaduras,  compitiendo por una corona organizada por una tercera dictadura. El mundo de la belleza como escenario donde la política siempre está presente, aunque se llame de otra manera. ganó con una claridad que los jurados raramente tienen en certámenes de esa magnitud.

No fue una decisión dividida ni una victoria apretada. Amparo Muñoz fue la Miss Universo de 1974 con una contundencia que los propios organizadores del certamen describieron como una de las elecciones más unánimes de la historia  reciente del certamen. Eso dice algo sobre la naturaleza de su presencia, que  había algo en ella que no dejaba margen para la duda, que cuando la veías sabías,  no necesariamente que era la más técnicamente perfecta según los criterios del certamen, sino que era la más real, la que proyectaba algo que

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