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Amor, Sombras y Estrellato: La Fascinante y Turbulenta Vida Sentimental de Barbra Streisand

Desde el momento en que su voz incomparable resonó por primera vez y cautivó al mundo, la vida de Barbra Streisand ha sido un tapiz tejido con hilos de genialidad artística, ambición desmesurada y una vida amorosa que rivaliza con el mejor de los guiones cinematográficos. Su trayectoria no solo está definida por sus incontables premios Grammy, Oscar o Tony, sino también por las historias entrelazadas con los hombres que compartieron su luz y, en ocasiones, su sombra. Streisand, una mujer que nunca se conformó con lo ordinario, vivió romances que la llevaron desde las entrañas del teatro neoyorquino hasta los pasillos del poder político internacional.

A sus 83 años, la icónica artista ha reflexionado sobre aquellos que dejaron una marca indeleble en su corazón. No se trata simplemente de una lista de amantes; es una radiografía de su propia evolución como mujer y como artista. A través de la lente de sus relaciones más significativas —con Elliott Gould, Jon Peters, Don Johnson, Pierre Trudeau, Andre Agassi y finalmente James Brolin— podemos vislumbrar las complejidades, los dolores, la rebeldía y la búsqueda incesante de un amor que pudiera estar a la altura de su propia inmensidad. Esta es la crónica profunda de los hombres inolvidables en la vida de Barbra Streisand.

El Primer Amor y la Sombra del Éxito: Elliott Gould

Si hay un capítulo fundacional en la vida romántica de Barbra Streisand que nunca ha logrado (ni querido) borrar de su corazón, es su matrimonio con Elliott Gould. La historia se remonta a 1961, una época en la que Streisand aún no era la leyenda global que conocemos hoy, sino una joven de Brooklyn con una voz portentosa y un nerviosismo paralizante ante su audición para el musical de Broadway “I Can Get It for You Wholesale”. Gould, ya seleccionado como el protagonista masculino, observó a esa muchacha insegura que, presa del pánico, repartía su número de teléfono a casi todos los presentes tras la audición. De todos ellos, solo Gould tuvo la perspicacia y el interés de llamarla. Esa llamada no solo le aseguró el papel a Barbra, sino que trazó el inicio de su primer gran romance.

Se casaron en 1963, tuvieron a su hijo Jason y, durante un breve y dulce periodo, encarnaron el ideal del amor juvenil. “Fue una experiencia fantástica llena de dulzura, mucho chocolate”, recordaría Gould años más tarde. Pero Hollywood es un ecosistema cruel donde la realidad rara vez soporta la presión del éxito. A medida que la década de los 60 avanzaba, la carrera de Streisand explotó con una fuerza meteórica. Ganó dos Grammys por “The Barbra Streisand Album”, conquistó Broadway con “Funny Girl” y, al llevar ese mismo papel al cine en 1968, se alzó con un Oscar. Se volvió imparable.

Mientras Barbra se convertía en un icono mundial, Gould luchaba por mantener el paso. La dinámica de poder se invirtió brutalmente. Gould pasó a ser conocido por la prensa y la industria como “el señor Streisand”, una etiqueta emasculante y destructiva. El matrimonio se convirtió, en palabras de ambos, en un “peligroso acto de equilibrio”. Gould confesó que no crecieron juntos y que, irremediablemente, Barbra se volvió más importante que la pareja misma. A esto se sumaron los rumores sobre el comportamiento errático de Gould y las especulaciones de breves romances de Streisand con compañeros como Sydney Chaplin y Omar Sharif.

En 1969 se separaron, finalizando su divorcio en 1971. No estaba destinado a durar, fue un amor construido sobre la inexperiencia y erosionado por la fama desigual. Sin embargo, criaron a su hijo con afecto y transformaron el resentimiento en un profundo respeto mutuo. Elliott Gould fue su primer amor, el hombre que la conoció antes de que el mundo se rindiera a sus pies, y por esa razón, su lugar en la memoria de Streisand es verdaderamente inolvidable.

El Caos Creativo y la Pasión Devoradora: Jon Peters

Si Gould fue el amor juvenil truncado, Jon Peters fue el comodín absoluto, un torbellino que puso el mundo de Barbra patas arriba. A simple vista, la unión era incomprensible: ella era una superestrella de élite; él, un peluquero carismático, impulsivo y con un aire de estafador encantador. Pero el destino intervino en 1974 cuando Streisand, buscando un peinado específico para su película “For Pete’s Sake”, lo contrató. Ella llegó con una hora de retraso, y Peters, irascible, estuvo a punto de marcharse. Cuando finalmente apareció, la química fue cósmica, casi violenta en su intensidad.

Peters no se conformó con ser un amante de paso; se convirtió en su socio absoluto. Pasó de las tijeras a la producción cinematográfica. Juntos no solo compartieron camas y construyeron casas (llegaron a edificar cinco viviendas distintas en su rancho porque sus fuertes temperamentos les impedían ponerse de acuerdo en una sola visión), sino que forjaron proyectos colosales. Su colaboración cumbre fue el remake de “Ha nacido una estrella” (1976), un fenómeno cultural que consolidó a Barbra y catapultó a Peters en la industria.

La suya fue una relación de sinergia explosiva. Se inspiraban y se agotaban a partes iguales. Eran dos fuerzas de la naturaleza compitiendo constantemente. Pero la dependencia mutua y la intensidad de la convivencia comenzaron a generar resentimiento. El punto de quiebre definitivo llegó a principios de los 80 con “Yentl”. Streisand se obsesionó con el proyecto, entregándose en cuerpo y alma a su dirección y protagonismo, marginando a Peters en el proceso. La pasión por el cine eclipsó la pasión de la pareja.

La ruptura, sorpresivamente, no fue amarga. Ambos comprendieron que eran incapaces de controlarse el uno al otro. Peters siempre reconoció que Barbra transformó su visión del mundo machista, enseñándole sobre el verdadero poder y la igualdad. Aunque casi se destruyen en el proceso creativo, forjaron un respeto mutuo que sobrevivió mucho después de que el romance ardiera hasta consumirse.

El Espejismo de la Ligereza: Don Johnson

Tras relaciones densas y complejas, la llegada de Don Johnson a la vida de Streisand fue como abrir una ventana para dejar entrar aire fresco. Johnson era el galán definitivo de los 80, la estrella de “Miami Vice”, bronceado, arrogante en su medida justa y poseedor de una seguridad magnética. Se conocieron en Aspen durante unas navidades y la chispa fue inmediata. Barbra, que nunca ocultó su debilidad por los hombres apuestos (comparándolos con las finas obras de arte que coleccionaba), se dejó seducir.

El romance con Johnson fue, en sus propias palabras, “pura diversión”. Él la arrastró a un mundo que le era ajeno: peleas de boxeo de Mike Tyson en Atlantic City, carreras de lanchas, helicópteros y testosterona. Durante un breve periodo, él logró aligerar la pesada carga de ser Barbra Streisand.

Pero los romances construidos sobre la superficialidad de la diversión rara vez soportan las primeras pruebas serias. La magia se desvaneció rápidamente cuando las ausencias de Johnson y su actitud distante se hicieron evidentes. El punto de inflexión ocurrió en torno a la música. Barbra, entusiasmada, quiso mostrarle la maqueta del dueto que habían grabado juntos, “Till I Loved You”. En lugar de compartir su alegría, Johnson la ignoró. Cantar junto a la voz más poderosa del mundo había despertado en él una profunda inseguridad que canalizó a través de la frialdad y el enojo.

El golpe final llegó cuando Barbra llamó por teléfono a Johnson y fue su exesposa, Melanie Griffith (quien estaba lidiando con adicciones), quien contestó. Barbra no condenó que él apoyara a su expareja en momentos de crisis; condenó la cobardía de la mentira. Para una mujer de la magnitud de Streisand, un hombre incapaz de ser honesto carecía de valor. Se marchó sin dramas, llevándose consigo la certeza de que fue un romance efímero pero necesario, un respiro antes de volver a su incesante búsqueda.

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