Hay una anécdota que cuentan sus biógrafos y que dice mucho de quién era ya Alicia desde niña. Un día, durante una comida familiar, los adultos hablaban de algo importante en voz baja, creyendo que la pequeña no se enteraba. Alicia los miraba uno por uno, leyéndoles los labios sin que se dieran cuenta. Cuando terminaron, intervino con una observación que detuvo la conversación entera.
Había entendido cada palabra. Aquella niña silenciosa lo veía todo. Su infancia fue itinerante. Su padre, el príncipe Luis de Buttenberg, era oficial de la Marina Real Británica. La familia se desplazaba constantemente entre Inglaterra, Alemania y Malta, donde el padre tenía su base naval. Alicia aprendió desde muy temprano que el hogar no era un lugar fijo, sino una sensación, una sensación que tendría que llevar dentro, porque fuera todo cambiaba siempre.
Los inviernos en el castillo de Heiligenberg, en Alemania eran fríos y silenciosos. Los pasillos olían a madera de pino quemada en las chimeneas. Alicia pasaba horas mirando los retratos de sus antepasados generales prusianos, princesas bárbaras, archiduques austriíacos, intentando descifrar quién había sido cada uno por la forma de su mirada en el lienzo.
Los veranos, en cambio, los pasaba en Malta, en una casa con balcones blancos sobre el Mediterráneo. Allí, según las cartas que su madre escribía a la reina Victoria, la pequeña pasaba horas en el jardín descalza, observando a los lagartos correr entre las piedras calientes. En cada uno de esos lugares observaba a los demás con esa mirada extraña, intensa, que la caracterizaba.
Cuando los adultos creían que la pequeña no podía entender, ella en realidad los descifraba. Aprendió pronto que el mundo está hecho de mentiras pequeñas, de cosas que se dicen en voz baja para que los demás no se enteren. Y aprendió que ella, la niña sorda, era la única que las veía todas. Esa lucidez salvaje, casi incómoda, la marcaría para toda la vida.
Hay otro episodio de su infancia que conviene recordar porque marcaría su carácter para siempre. Cuando tenía 12 años, Alicia visitó por primera vez Rusia. la acompañaba su madre. Iban a ver a su tía abuela, la gran duquesa Isabel Feodorovna, una mujer hermosa y profundamente religiosa que se había convertido del luteranismo al cristianismo ortodoxo después de su matrimonio con un gran duque ruso.
Aquella tía abuela le mostró iglesias con cúpulas doradas, iconos antiguos, monasterios escondidos en el campo, le explicó con paciencia. lo que cada imagen significaba. La pequeña Alicia, que solo entendía lo que le leía en los labios, captó algo más profundo aquellos días.
Captó la idea de que la fe podía ser un refugio, que las personas, incluso las princesas, incluso las mujeres más privilegiadas, a veces necesitaban un lugar interior donde meterse cuando el mundo exterior se volvía insoportable. Aquella visita a Rusia, según escribió ella misma muchos años después, fue el primer momento en que pensó que tal vez algún día querría vivir como su tía abuela.
Una mujer dedicada al silencio, a la oración, a los pobres, una mujer útil de una manera que no requería palabras. En aquel momento solo era un sueño infantil, pero los sueños infantiles a veces esperan toda una vida para cumplirse. En 1902, con 17 años, Alicia viaja a Londres para asistir a un acontecimiento histórico.
La coronación del rey Eduardo VI, hijo de la reina Victoria, que ha muerto el año anterior. Acuden cabezas coronadas de toda Europa. Los pasillos del palacio están llenos de príncipes, princesas, dignatarios, embajadores. Y en uno de esos pasillos, Alicia se cruza con un joven moreno de ojos profundos, vestido de uniforme blanco con condecoraciones griegas.
Es alto, camina como si el mundo le perteneciera, pero al mismo tiempo hay algo melancólico en su mirada. Se llama Andrés. Andrés de Grecia. Es hijo del rey Jorge I de Grecia. príncipe porcimiento. Tiene apenas 21 años. Y según relatan de aquel encuentro, en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Alicia, ya nada volvió a ser igual para ninguno de los dos.
Lo que ninguno de los dos podía imaginar es que aquel encuentro casual en un pasillo de palacio sellaría también una de las tragedias más extrañas del siglo XX. Antes de continuar con esta historia que apenas comienza, déjame pedirte algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.
Cada comentario nos ayuda a llegar a más personas que merecen conocer estas vidas olvidadas. Y ahora sigamos. 6 de octubre de 1903, Darmstad, Alemania. Es un día gris, frío, ventoso. En el palacio de los grandes duques de Ges se celebra una boda doble que reúne a casi toda la realeza europea. Está el Sar de Rusia, Nicolás II, primo de la novia, con su esposa Alejandra.
Está el rey Eduardo de Inglaterra. Están los reyes de Grecia, están los Joholern de Alemania, están los emperadores, los reyes, los archiduques. Hay tantas coronas reunidas en una misma sala que un periodista francés sentado entre la prensa escribirá días después. En aquella iglesia parecía haberse reunido toda Europa antes de que Europa se autodestruyera.
En el centro de aquella escena hay una novia rubia vestida de blanco con el velo cubriéndole los hombros. No oye los cánticos del coro. No oye las lágrimas de su madre. No oye los suspiros de admiración del público. Pero ve a Andrés acercarse a ella por el pasillo sonriéndole con esa sonrisa que solo le dedica a ella.
ve los rostros de todos los invitados girarse hacia su paso. Hilob ve sobre todo una mirada que la persigue desde un rincón, la del Kaiser Guillermo de Alemania, primo de su madre, un hombre que ya entonces inquietaba a media Europa. Pero esa mirada se diluye pronto entre la felicidad del momento. Alicia se casa. Es una de las princesas más hermosas del continente.
Tiene 18 años y acaba de unir su vida a la de un hombre que la llevará, a un país que no conoce, a una corte que no la espera y a un destino que ninguno de los dos podría imaginar. La pareja se instala en Atenas. Andrés príncipe, sí, pero tercero en la línea de sucesión, sin grandes responsabilidades oficiales. Sirve en el ejército griego, tiene tiempo libre.
Tiene rentas modestas comparadas con las de otras casas reales, pero hay un lugar que él adora por encima de todo, un refugio personal donde se siente verdaderamente él mismo. Monrepos, una casa señorial de estilo neoclásico sobre la isla de Corfu. Mirando al mar Jónico, construida en el siglo XIX, con jardines de cipreses, terrazas con vista al agua, suelos de mármol blanco, un lugar donde el viento huele a sal y a flores de naranjo.
Allí, en aquella casa, los recién casados pasarán los meses más felices de toda su vida juntos y allí también nacerán todos sus hijos. Margarita, la primera, llega en 1905. Una niña tranquila, observadora, parecida a su madre, Teodora, en 1906, más extrovertida con la sonrisa fácil. Cecilia, en 1911, considerada la más bella de las cuatro hermanas y Sofía, la última de las hijas, en 1914, semanas antes de que estallara la Primera Guerra Mundial.
cuatro hijas en menos de 10 años. Una familia ruidosa, alegre, con criadas griegas, niñeras inglesas, gobernantas alemanas. Y en el centro de todo aquello, Alicia, leyendo los labios de cada uno, comprendiéndolo todo, organizándolo todo. Monrepos era en aquellos años un lugar de luz. Las paredes blancas reflejaban el sol del ejeo.
Los pasillos se llenaban del aroma aar que entraba por las ventanas abiertas. Los criados griegos servían el desayuno en el jardín bajo una pérgola cubierta de bugambillas. Por las tardes, las niñas tomaban clases de piano con una profesora Vionesa, mientras Alicia, en una silla cercana, miraba sus manos sobre las teclas y, leyendo en sus rostros la concentración o el aburrimiento, sabía exactamente qué hija necesitaba un abrazo y cuál necesitaba una lección extra.
Por las noches, Andrés llegaba de Atenas en automóvil, cenaban en familia, las niñas hablaban entre ellas en francés y en griego, y Alicia las miraba con esa mirada suya que parecía abarcarlo todo. A veces, cuando algún familiar visitaba la isla, se organizaban excursiones en barca a las pequeñas calas escondidas. Alicia, vestida de blanco, parecía entonces una de aquellas mujeres mediterráneas pintadas por sergent, hermosa, misteriosa, distante y cercana a la vez.
Pero el siglo XX estaba a punto de comenzar de verdad y a Alicia no la dejaría tranquila. En 1912, Grecia entró en las llamadas guerras balcánicas, un conflicto sangriento, sucio, que muchos historiadores consideran el ensayo general de la Primera Guerra Mundial. Los hospitales de Atenas se llenaron de heridos.
Faltaba personal, faltaban camas, faltaba todo. Y Alicia, princesa de sangre, hizo algo que escandalizó aparte de la corte. se ofreció como enfermera voluntaria. No se quedó en visitas protocolarias. Se metió en los hospitales militares. Asistió en operaciones quirúrgicas. Vio amputaciones. Limpió heridas infectadas. Aprendió a coser piel humana.
Una princesa que no oía, pero que veía cosas que ninguna princesa europea de su rango había visto jamás. Hay un testimonio escrito que ha sobrevivido de aquellos días. Una enfermera griega mucho más joven, dejó por escrito muchos años después una escena que la había marcado para siempre.
Cuenta que una mañana en un hospital improvisado en Larisa llegó un soldado mortalmente herido en el abdomen. Tenía 18 años. pedía a su madre, lloraba, estaba aterrorizado. Alicia, según el testimonio, se acercó, se sentó al borde de la cama, le tomó la mano y permaneció allí con él hasta que murió. No le habló, no podía oír sus palabras, pero le sostuvo la mirada todo el tiempo.
Cuando el muchacho cerró los ojos, Alicia, sin soltarle la mano, miró a la enfermera y le dijo en voz muy baja, “Avísale a su madre con dulzura, que sepa que no estuvo solo. Aquellos años marcaron algo profundo en ella, algo que tardaría décadas en explotar, pero que ya estaba allí. La convicción de que el mundo estaba lleno de sufrimiento y de que ella de alguna manera había nacido para responder a ese sufrimiento.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, Grecia se dividió. El rey Constantino, cuñado de Alicia, quería mantener al país neutral. El primer ministro, elfesterios Venicelos, quería que Grecia entrara en la guerra del lado de los aliados. La tensión interna fue aumentando hasta volverse insoportable. En 1917, las potencias aliadas forzaron la abdicación de Constantino.
La familia real entera se vio expulsada. Esito Laurrado. Andrés, hermano del rey de puesto, se fue al exilio con su esposa y sus hijas. vivieron en Suiza, en una pequeña casa donde el dinero empezó a faltar de verdad por primera vez. 3 años después, en 1920, la situación política griega volvió a darse vuelta.
La familia real fue llamada a regresar. Triunfo, aplausos, bodas, banquetes, condecoraciones. Andrés volvió al ejército. Alicia volvió a Monre Repos. Y allí, en aquella casa de la isla de Corfú, en una mañana caliente de junio de 1921, Alicia dio a luz sobre la mesa de la cocina a su quinto hijo. Un varón, por fin, un varón. Lo bautizaron Felipe.
El parto, según contaron después varias personas presentes, fue rápido y sin complicaciones. Alicia, como había hecho con sus cuatro hijas, se mostró tranquila, casi fría. Cuando le pusieron al recién nacido en los brazos, lo miró a los ojos con esa intensidad que la caracterizaba. Aquel bebé que estaba sosteniendo iba a tener una vida tan extraordinaria que casi nadie lograría creerla.
Pero antes de nada, en cuestión de meses, ese bebé y su familia entera estarían huyendo en plena noche, perseguidos, condenados a muerte dentro de un barco británico, escondido el pequeño Felipe en una caja de naranjas vacía como si fuera un fugitivo cualquiera. Septiembre de 1922, Esmirna, Asia Menor. El ejército griego acaba de sufrir una de las derrotas militares más humillantes de su historia.
Más de 100,000 soldados griegos han muerto, han huido o han sido capturados. La ciudad de Esmirna, llena de población griega y armenia, arde durante días devorada por incendios provocados por las tropas turcas. Centenares de miles de personas son masacradas o expulsadas al mar. Y en Atenas alguien tiene que pagar. Andrés, el esposo de Alicia, es uno de los oficiales superiores del ejército.
No estuvo en Esmirna, pero estuvo en otras batallas anteriores, donde según el nuevo régimen militar que ha tomado el poder en Grecia, desobedeció una orden directa. Lo arrestan, lo juzgan en un tribunal militar improvisado y lo condenan. La sentencia es clara, degradación, exilio perpetuo, pero las voces más radicales del régimen quieren más.
Quieren que sea fusilado, como han sido fusilados ya seis altos cargos del antiguo gobierno y del antiguo ejército, quieren que un príncipe pague el precio de la sangre. Hay que entender el contexto. Atenas vivía aquellos días una atmósfera de terror revolucionario. Las calles estaban llenas de soldados desertores, de refugiados de Asia Menor, de viudas vestidas de negro que caminaban en silencio.
Los seis ministros y militares que ya habían sido fusilados el llamado juicio de los seis, habían sido ejecutados en una colina en las afueras de la ciudad, en un acto público que había estremecido a Europa entera. La sangre estaba pedida y los nombres reales, los Romanov griegos, eran candidatos perfectos para ser los siguientes.
Alicia recibe la noticia en Atenas. En su casa, aquel otoño tiene 37 años, cuatro hijas adolescentes, un bebé de poco más de un año en los brazos. Y según los testimonios familiares posteriores, en ese momento Alicia no llora, no grita, no se hunde, hace algo más útil. empieza a escribir cartas, cartas a su tía la reina madre, cartas a su primo, el rey Jorge V de Inglaterra, cartas a cualquiera que pudiera tener influencia sobre el destino de su esposo.
Las cartas escritas con tinta a mano en aquellas noches de septiembre y octubre de 1922 son ejemplos asombrosos de claridad bajo presión. Alicia no suplica. Alicia argumenta, explica el contexto militar. defiende a su esposo con datos precisos, recuerda lazos familiares con voz firme y termina cada carta con una frase parecida a esta: “Si no actúan ustedes ahora, Andrés morirá esta semana.
” La respuesta llega rápido. El rey Jorge V, alarmado, envía un emisario a Atenas. Su nombre es Gerald Talbot, agente de inteligencia británico. Su misión salvar al príncipe Andrés a cualquier precio. Talbot negocia, presiona, amenaza. Detrás de él hay un buque de guerra británico anclado en el puerto de Faliro, listo para partir.
El gobierno griego que no quiere problemas con el imperio británico, cede una noche, en plena oscuridad, Andrés es liberado. Lo embarcan junto con Alicia y sus cinco hijos en el HMS Calipso, un crucero de la Marina Real Británica. La familia entera abandona Grecia para no volver nunca más como familia entera. Y aquí ocurre la escena que se ha vuelto leyenda.
El pequeño Felipe de apenas 18 meses, es transportado a bordo dentro de una caja de naranjas vacía que sirve de cuna improvisada. Una imagen extraña, casi cómica. El futuro consorte de la reina de Inglaterra, padre del rey Carlos Io, abuelo del príncipe Guillermo, durmiendo en una caja de fruta mientras su familia huye de un pelotón de fusilamiento.
El crucero zarpa antes del amanecer. Atrás queda Mon Repos. Atrás quedan los limoneros. Atrás queda un país. Atrás queda toda una vida. La travesía duró varios días. Alicia, encubierta, miraba el mar Ejeo deslizarse hacia atrás. Sus cuatro hijas dormían en camarotes prestados por oficiales británicos. Andrés, todavía conmocionado por su rose con la muerte, apenas hablaba y el bebé en su caja dormía como solo duermen los bebés que aún no saben que están huyendo.
Hay un detalle que pocos cuentan, pero que merece ser conocido. Cuando llegaron a Brindisi en Italia, antes de continuar viaje hacia Francia, Alicia bajó al puerto sola, dejó a su familia en el barco y entró en una iglesia católica de la ciudad. Permaneció allí varios minutos en silencio. Cuando un sacerdote se le acercó para preguntarle si necesitaba algo, Alicia, leyéndole los labios, le respondió en italiano, “He venido a dar las gracias.
Mi esposo está vivo.” Y se fue. La familia se instala en San Cloud, a las afueras de París, una pequeña casa prestada por una pariente rica. Los Batten ya no tienen rentas griegas, no tienen tierras. No tienen casi nada. Andrés, hundido por la humillación, empieza a beber cada vez más, empieza a alejarse cada vez más. Las niñas crecen entre tutores, idiomas, sin patria.
Felipe, el menor va a un colegio francés y empieza a aparecer ya con cinco o 6 años. Un niño excepcionalmente despierto, físicamente fuerte, con una mirada azul intensa que recuerda a su madre. Y Alicia en medio de todo aquello empieza a cambiar. Al principio fue algo casi imperceptible. Pasaba más tiempo sola, leía libros religiosos, visitaba iglesias ortodoxas, católicas, protestantes sin distinción.
Hablaba con sacerdotes, con monjes, con místicos. Empezó a ayunar largos periodos. empezó a decir cosas que, según los testimonios familiares, sonaban extrañas. Frases sobre revelaciones espirituales, sobre voces que oía dentro de sí, aunque sus oídos físicos siguieran cerrados al mundo. La familia, al principio, lo atribuyó a la conmoción del exilio, a la pérdida de Mon Repos, a la pena de ver a su esposo derrumbarse en el alcohol y empezar a tener amantes que nadie escondía ya.
Pero los testigos más cercanos sospechaban algo más profundo. Y aquí es donde la historia entra en su capítulo más oscuro. Aquí es donde una mujer brillante, valiente, multilingüe, madre de cinco hijos, sobreviviente del exilio, va a ser literalmente arrancada de su vida, va a ser declarada loca, va a ser internada por la fuerza.
Y el médico más famoso del mundo en aquel momento va a tener algo que decir sobre lo que hay que hacerle. 1930, París. Alicia tiene 45 años. Sus hijas mayores, Margarita y Teodora, ya están casadas. Cecilia y Sofía siguen estudiando en Alemania. Felipe, el más pequeño, tiene 9 años y vive a caballo entre tutores y la casa de unos primos ingleses, los Mount Button.
Andrés, su esposo, vive ya casi todo el año en Montecarlo con su amante de turno jugándose en los casinos lo poco que les queda. Alicia está sola y empieza a tener visiones. Según los testimonios reunidos por sus biógrafos posteriores, cuenta a sus hermanas en cartas que ha tenido encuentros directos con Cristo, que ha recibido el don de sanar enfermos por imposición de manos, que es la novia mística de Cristo.
Empieza a regalar sus joyas, sus vestidos, sus pertenencias. Vive en un piso prácticamente vacío. Reza durante horas seguidas, no come. Su familia alarmada organiza una reunión secreta. La encabeza su madre, la princesa Victoria de Jesse. Ya anciana, pero todavía aguda, todavía firme. Asisten su hermano Luis, sus cuñados, sus hijas mayores y la conclusión es brutal en su simpleza. Alicia ha perdido la cabeza.
Hay que hacer algo y hay que hacerlo rápido antes de que el escándalo destruya la imagen pública de la familia entera. Lo que ocurre a continuación es una de las páginas más dolorosas de toda esta historia. El 22 de mayo de 1930, dos médicos llegan a la casa de Alicia en París con una orden de internamiento.
La sacan contra su voluntad, sin que pueda despedirse de Felipe, sin que pueda llevarse apenas nada. La meten en un automóvil, la llevan a Suiza, la internan en el sanatorio Belvue, en la pequeña ciudad de Croislingen, a orillas del lago Constanza. El director del sanatorio se llama Ludwiig Vinwanger. Es uno de los psiquiatras más famosos de Europa.
Discípulo, amigo y corresponsal directo de Sigmund Freud. Tiene el respeto de toda la profesión, pero sobre todo tiene una clientela elegida, princesas. duquesas, herederas, escritoras famosas, esposas de magnates. Belvue es el lugar donde la alta sociedad europea esconde a sus enfermos mentales. El diagnóstico llega rápido, esquizofrenia paranoide.
Y aquí, en este punto exacto, entra en escena una figura que no debería estar en la historia de Alicia, pero que la marcará para siempre. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el médico más famoso del momento. Vince Wanger, durante el tratamiento de Alicia, le escribe a Freud para pedirle consejo, le describe el caso, le explica los síntomas y Freud, según consta en los documentos médicos posteriormente publicados, sugiere algo que hoy nos parece inconcebible.
Sugiere irradiar los ovarios de Alicia con rayos X. El razonamiento de Freud en aquella época era el siguiente. Muchas crisis psicológicas femeninas, según su teoría, estaban vinculadas a un alivido sexual desordenada. Irradiar los ovarios, escribió, podría calmarla libido y con ella los síntomas. Es un episodio que muchos defensores de Freud han intentado minimizar después, pero que está documentado en la correspondencia entre los dos médicos.
Alicia, una mujer adulta, fue sometida a ese tratamiento sin su consentimiento real, sin posibilidad de negarse. Detengámonos un momento aquí, porque esta es una de esas escenas de la historia que el tiempo tiende a suavizar. Una mujer de 45 años, madre de cinco hijos, bisnieta de la reina Victoria, multilingüe, profundamente devota, fue acostada sobre una camilla en un sanatorio extranjero y sometida a una sesión de rayos X, dirigida a sus órganos reproductores.
La habían encerrado, la habían separado de su hijo de 9 años, la habían diagnosticado con etiquetas que ella misma no podía discutir y ahora, además, habían decidido que su problema estaba localizado en su cuerpo de mujer, en sus ovarios, como si su sufrimiento espiritual, su seda, su búsqueda de sentido fueran un desorden hormonal que un as de radiación podía corregir.

Y eso era solo el principio. Durante los dos años siguientes, Alicia permanecerá encerrada en aquel sanatorio suizo, aislada de su esposo, aislada de sus hijas, aislada sobre todo de su pequeño Felipe. Si esta historia te está estremeciendo tanto como a nosotros al contarla, deja tu like ahora mismo. Cada like es una vida olvidada que vuelve a la luz.
Y la de Alicia llevaba demasiado tiempo en la sombra. Hay un detalle que rompe el corazón de cualquiera que se acerque a esta parte de la historia. Mientras Alicia está encerrada en Belebüé, sus hijas mayores se casan una tras otra con príncipes alemanes y ella no asiste a ninguna boda, ni a la de Margarita, ni a la de Teodora, ni a la de Cecilia, ni a la de Sofía.
Tampoco fue informada con tiempo. Le contaron las bodas después, por carta, con el tono frío de quien le anuncia un trámite administrativo a una persona considerada, ya incapaz de comprender. Sus hijas, que la adoraban, fueron empujadas por el resto de la familia a aceptar aquella distancia como la única solución posible, y aceptaron casi todas, sin demasiada resistencia.
Felipe, mientras tanto, se quedaba sin nadie. Su padre en Montecarlo casi no aparecía. Su madre encerrada en Suiza no podía verlo. Sus hermanas, recién casadas vivían en castillos alemanes con sus nuevos esposos. Lo enviaron a Inglaterra, primero a un internado, después a otro. Durmió en muchas casas distintas durante años.
Cuando alguien le preguntó ya adulto cuál era su lengua materna, respondió, “El inglés.” Cuando le preguntaron cuál era su país, respondió, “Ninguno.” El niño que un día sería el príncipe consorte de Inglaterra creció prácticamente huérfano, de hecho. Y todo eso, mientras su madre, en una habitación blanca de un sanatorio suizo, miraba el lago a través de una ventana cerrada y trataba de entender qué le había ocurrido a su vida.
Las habitaciones de Bevue, según los testimonios de antiguos pacientes y de personal médico publicados décadas después, eran espacios deliberadamente austeros, paredes blancas, mobiliario mínimo, una cama, una mesa, una ventana grande con barrotes finos pero presentes, que daba al lago Constanza. Las pacientes podían pasear por el jardín en horarios estrictos.
Tenían prohibido recibir visitas que no fueran autorizadas previamente por el Dr. Vince Wanger. Alicia, durante meses, recibió pocas visitas. Su madre, que vivía en Inglaterra, hacía el esfuerzo de viajar a Suiza una o dos veces al año. Una de sus hermanas, Luisa, Futura reina de Suecia, casada con el rey Gustavo VI Adolfo, también la visitó algunas veces, pero su esposo Andrés no fue ni una sola vez en los dos años que Alicia estuvo internada.
Ni una sola, la excusa oficial estaba en Montecarlo. No podía moverse. Su salud era frágil, la verdad probable. Ya tenía otra vida. Y aquella mujer encerrada al otro lado de los Alpes era simplemente un peso que él ya no quería llevar. Hay un detalle que pocos biógrafos han contado y que merece ser conocido.
En las cartas que Alicia escribe desde Belwe durante esos dos años, cartas que han sido recuperadas y publicadas por su biógrafo Hugo Vickers, no se queja del encierro, no se queja del tratamiento, apenas habla de sí misma. Lo único que repite una y otra vez en cartas de tres líneas escritas con letra cada vez más firme es, ¿cómo está Felipe? ¿Quién está cuidando a Felipe? ¿Pueden ustedes asegurarme que Felipe come bien y va a la escuela? Una madre que ha sido apartada de su hijo de 9 años, encerrada por la fuerza, sometida a tratamientos que hoy
consideraríamos abusivos, sigue pensando en cada carta, en cada palabra que escribe, en su pequeño. Hubo, según los registros médicos, dos intentos de fuga. El primero en 1930. Apenas seis semanas después de su internamiento, Alicia consiguió saltar la verja del jardín y caminar varios kilómetros por la carretera antes de que la atraparan.
El segundo, en 1931, fue más planeado. Logró llegar hasta una estación de tren en Constanza. pretendía volver a Francia para ver a Felipe. Fue interceptada por la policía suiza y de vuelta al sanatorio. Después de aquel segundo intento, los tratamientos se endurecieron. Hay constancia en algunos archivos de sesiones de hidroterapia, un método que consistía en envolver al paciente en sábanas mojadas durante horas y de sesiones de aislamiento prolongado en habitaciones acolchadas.
La medicina psiquiátrica de la época era, lo sabemos hoy, profundamente brutal con las mujeres que no encajaban, pero ella resistió. Hay una frase que escribió en una de sus últimas cartas desde Belwe, una frase que define todo lo que vendría después en su vida. decía así, “No me han roto.” Han intentado, pero no me han roto.
Pensemos por un momento en lo que significa esa frase escrita por una mujer de 45 años, encerrada contra su voluntad, separada de su único hijo varón, abandonada por su esposo, traicionada por sus médicos, considerada peligrosa por su propia familia. Pensemos en lo que hace falta para escribir esas siete palabras en un papel y pasárselas a alguien por debajo de una puerta.
No están escritas con rabia, no están escritas con autocompasión, están escritas, según los testimonios de quienes las leyeron, con una caligrafía pequeña, cuidadosa, casi infantil, como si Alicia hubiera querido dejar constancia, sin levantar la voz de algo que ella misma necesitaba recordarse cada mañana al despertar. Algunos historiadores han sugerido con cautela que Belue probablemente salvó a Alicia de algo peor.
En la Alemania de aquellos años empezaba a tomar forma la doctrina que pocos años después llevaría al programa de eutanasia nazi conocido como Action T4, en el que decenas de miles de pacientes psiquiátricos serían asesinados por orden del estado. Si Alicia hubiera sido internada en una institución alemana en lugar de una Suiza, su destino habría sido, casi con seguridad otro.
Es uno de esos detalles oscuros que solo se vuelven visibles décadas después, cuando los archivos se abren y los nombres se cruzan. En 1932, después de 2 años de internamiento, Alicia es finalmente liberada, pero no como antes. No es la mujer brillante, multilingüe, valiente, que había recibido a tantas reinas en Monrepos. Es una mujer marcada, quebrada y, sobre todo, desconfiada de un mundo que le había mostrado hasta dónde podía llegar el poder de los que la rodeaban sobre su propia vida.
Cuando salió de Belbu no sabía a dónde ir. Su esposo oficialmente seguía en Montecarlo. Sus hijas vivían en Alemania, su hijo en Inglaterra, su madre en Inglaterra también. Y ella, sin patria, sin marido funcional, sin hogar fijo, empezó a deambular por Europa. Pasaría los siguientes 5 años casi invisible. una sombra.
Una mujer que aparecía a veces en una casa de campo en Alemania, a veces en un convento en Italia, a veces en una pensión modesta en Atenas, sin teléfono, sin dirección estable, sin familia que la esperara cada noche. Hay un episodio de aquellos años de errancia que ilustra mejor que ningún otro lo que era su vida.
Un primo suyo, ya anciano, contó décadas más tarde que se la encontró por casualidad en 1935, en una pequeña pensión cerca de Florencia. Alicia llevaba un sencillo vestido oscuro, sin joyas. Tomaba el desayuno sola en una mesa del rincón. El primo, sorprendido de verla así, se acercó y le preguntó qué hacía allí. Ella le respondió después de un silencio largo, una sola frase.
Aprendo a estar sola. Aprendía como si fuera una disciplina, como si fuera una práctica espiritual. Visitó monasterios ortodoxos en Grecia, visitó conventos católicos en Italia. Conoció a sacerdotes, a monjes, a místicos. Leyó a los padres del desierto, a Teresa de Ávila, a San Juan de la Cruz. Aprendió a meditar largas horas en silencio y poco a poco, sin que nadie de su familia lo notara, empezó a reconstruirse.
No volvió a tener visiones, no volvió a hablar con Cristo cara a cara, pero algo de aquella experiencia quedó dentro de ella la certeza cada vez más profunda, de que estaba destinada a algo distinto que la vida que se le había impuesto. Pero lo peor en su vida todavía no había llegado. 1937, aeropuerto de Stín, cerca de Ostende, Bélgica. Es una mañana lluviosa.
Hay viento, niebla baja sobre el Mar del Norte. Las condiciones de vuelo son malas, pero no excepcionales. En el avión que se prepara para despegar viajan cuatro miembros de la realeza europea. El príncipe Jorge Donato de Gese, Cecilia, la tercera hija de Alicia, y los dos hijos pequeños de la pareja, Luis y Alejandro.
Cecilia, además está embarazada de su cuarto hijo. Tiene 26 años. Va camino de la boda de un cuñado en Londres. El avión despega, apenas alcanza altitud y se estrella. No hay supervivientes. Cuando rescatan los restos del fuselaje, encuentran entre los cadáveres de Cecilia y de su esposo a un bebé recién nacido.
Cecilia había dado a luz prematuramente durante el vuelo, en plena turbulencia, antes del impacto, el bebé también había muerto. Cuando le dan la noticia a Alicia, la mujer recibe el golpe entera y de pie. Sus biógrafos describen ese momento con un detalle escalofriante. Alicia, según testimonios de quienes estaban con ella, no se desploma, no grita, no llora visiblemente, solo dice en voz baja una sola frase: “Cecilia siempre fue la más bella.
” Y entonces se va a su habitación y permanece ahí, según una persona presente, durante muchas horas en silencio, sentada, sin moverse. Ese día algo acabó de quebrarse en ella, pero también según los biógrafos que conocieron a fondo su correspondencia posterior, ese día algo nuevo nació, una decisión, una determinación, algo que la sacaría por fin de su limbo de 5 años.
El funeral de Cecilia y de su familia tuvo lugar en Darmstad. asistió media Europa y allí, en aquellas calles alemanas, Alicia presenció algo que la dejó sin palabras. Las calles estaban llenas de banderas con esbásticas. Había uniformes negros de las SS por todas partes. Soldados nazis caminaban junto al cortejo fúnebre. Ahí sí.
Algunos miembros de su propia familia política iban vestidos con uniforme de las SS. Su yerno Christoph de Gesse, esposo de Sofía. Su hija menor era oficial de la CSS y trabajaba directamente para Herman Ging. Su yerno Bert de Baden, esposo de Teodora, mantenía relaciones cordiales con el régimen.
Su yerno, Godfried de Hoen Loe Langenburg, esposo de Margarita, también vivía bajo la sombra alargada del nazismo, aunque era considerado más distante. Cuatro de sus hijas habían terminado por matrimonios concertados muchos años antes de que el nazismo existiera en familias que ahora portaban el uniforme negro. Cuatro de cuatro.
Y Alicia allí en aquel funeral, aplastada por el dolor de haber perdido a Cecilia, se daba cuenta de que también había perdido simbólicamente a las otras tres. Hay una fotografía que ha sobrevivido de aquel funeral. Se ve a Alicia caminando detrás del féretro de Cecilia. Va vestida de negro con un velo bajado sobre la cara.
A su lado camina su pequeño Felipe, que tiene entonces 16 años. Detrás de ellos, una formación de hombres uniformados de gris y negro. La fotografía es escalofriante por su composición. una madre de luto, un adolescente que perderá pronto a otra hermana y una marea de uniformes nazis cerrando el paso al fondo de la imagen. Si miramos esa fotografía hoy, casi 90 años después, sabiendo lo que vendría, sabiendo que aquellos mismos uniformes que rodean a Alicia en su día más triste serían los responsables, pocos años más tarde del asesinato sistemático de 6
millones de judíos en Europa, comprendemos algo importante. Comprendemos que cuando Alicia decidió en 1944 abrir la puerta de su casa en Atenas a la familia Cohen, no lo hizo desde la abstracción. Lo hizo después de haber caminado en persona entre aquellos uniformes, después de haberlos visto rodear el ataúdia hija, después de haber sentido sobre su piel el frío de una Europa que ya estaba decidiendo a quién consideraba humano y a quién no, Felipe mucho más tarde comentaría sobre aquella escena que fue uno de los momentos más
extraños de toda su adolescencia. Él, británico de adopción, criado en colegios ingleses, caminando entre uniformes alemanes en pleno auge del tercer Reich, junto a una madre que él apenas conocía y a la que solo había visto unas pocas veces en los últimos años. Una experiencia que lo marcaría para siempre y que explicaría en parte su determinación posterior de servir en la Marina Real Británica contra Alemania.
Ese día, según una carta privada que escribió semanas después, Alicia decidió que jamás aceptaría el nazismo, que jamás se quedaría a vivir en una Alemania que adoraba esa cruz negra, que volvería a Grecia y que pasara lo que pasara, no permitiría que su nombre fuera asociado con aquella ideología. Volvió a Atenas en 1938, sola, casi sin equipaje.
Su esposo Andrés permaneció en el sur de Francia, donde moriría en 1944, de un ataque al corazón, sin que ella pudiera asistir a su funeral debido a la guerra que estaba en curso. Pero antes de eso, antes de su muerte, antes de cualquier otra cosa, llegó algo que cambiaría toda la historia. 1941. Las tropas alemanas invaden Grecia.
Lo que ocurrió en Atenas durante la ocupación es una de las páginas menos conocidas y más oscuras de toda la Segunda Guerra Mundial. La ciudad fue sometida a una hambruna que mató a más de 40,000 civiles. La gente caía muerta en plena calle. Los carros del municipio recogían cadáveres todos los días a primera hora antes de que se despertara la población.
Hay testimonios escalofriantes de aquella época, madres que escondían el cuerpo de sus hijos muertos para seguir cobrando la ración de pan. Niños abandonados en las puertas de los hospitales porque las familias ya no podían alimentarlos. Calles enteras de Atenas, en el invierno de 1941 a 1942, donde los cadáveres se acumulaban congelados en las aceras.
Y allí, en aquella ciudad agonizante, Alicia decidió quedarse. Cuando le ofrecieron evacuarla porque era prima del Kaiser, prima de medio mundo, miembro de la nobleza europea, dijo simplemente que no, que su lugar estaba allí, que iba a quedarse en Atenas hasta el final, fuera cual fuera ese final. Empezó a colaborar con la Cruz Roja Griega.
Repartía sopa caliente en los barrios más pobres. Visitaba orfanatos improvisados. Cosía ropa con sus propias manos. Una mujer que había nacido en el castillo de Winer, que había vivido en Palacios de mármol, ahora caminaba cada mañana vestida casi como una campesina por las calles más miserables de una capital ocupada.
Hay un detalle que conviene subrayar porque cambia por completo la dimensión de lo que Alicia hizo en aquellos años. Para conseguir alimentos, ella misma viajó en avión hasta Suecia en plena guerra con la complicidad de la embajada sueca en Atenas. Aterrizó en Estocolmo. Reunió allí a parientes, contactos, comerciantes dispuestos a ayudar.
Volvió a Grecia con cargamentos de medicamentos y de alimentos que ella misma supervisó hasta su distribución en los barrios pobres de Atenas. Una mujer de 57 años, sorda, sin pasaporte estable, sin esposo, sin recursos propios, atravesando una Europa en llamas para conseguir comida para los niños de un país que no era el suyo. Hay un testimonio que ha sobrevivido de aquellos meses.
Una niña griega, ya muy mayor cuando lo contó por primera vez en los años 90, recordaba el día en que una mujer extranjera vestida de gris había entrado en su casa. donde toda la familia se moría de hambre. La mujer no hablaba apenas, pero traía pan, traía mantas y se quedó un rato sentada junto a la madre de la niña, sosteniéndole la mano. Este, este. Ah.
La niña no supo nunca quién era aquella mujer hasta 50 años después, cuando vio una fotografía de Alicia en un periódico y la reconoció. Pero lo que ninguno de los oficiales alemanes que llevaban su caso podía sospechar es lo que Alicia ya había empezado a planear en silencio, en la sombra, con la única ayuda de su confesor ortodoxo y de un puñado de personas absolutamente leales.
Para entender lo que viene, hay que saber quiénes eran los Cohen. Haimaki Cohen había sido diputado del parlamento griego durante años. Un hombre apreciado, querido, conocido como un patriota griego antes que como judío. Murió poco antes de la guerra, dejando a su viuda Rachel y a sus cinco hijos. Cuando Grecia fue invadida, los Cohen, como todos los judíos del país, supieron que sus vidas estaban en peligro inmediato.
Algunos miembros de la familia consiguieron huir al extranjero, otros más pequeños o más enfermos, ¿no? Rachel Cohen y dos de sus hijos, Tilell quedaron atrapados en Atenas. Décadas antes, en una visita oficial a Atenas, el rey Jorge I de Grecia, abuelo del esposo de Alicia, había ofrecido públicamente a Jaimaki Cohen su ayuda eterna en cualquier momento difícil.
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Era una promesa formal, casi diplomática, una de esas frases que se dicen en los discursos, pero Rachel Cohen la recordaba. Y cuando ya no le quedaba nadie a quien pedir ayuda, en una Atenas donde los nazis ofrecían recompensas por cada judío denunciado, Rachel Cohen se acordó de aquella promesa y se acordó de que la nuera del rey que la había hecho la mujer, que aún vivía en Atenas, se llamaba Alicia, mandó a un emisario discreto una pregunta cuidadosa, una respuesta inmediata.
Sí, vengan, yo las escondo. Y así, en enero de 1944, en el momento más peligroso de toda la ocupación, cuando la maquinaria nazi de deportación funcionaba a pleno rendimiento, Rachel Cohen y dos de sus hijos cruzaron la ciudad de noche, llegaron al tercer piso de la residencia de Alicia y se escondieron allí. Vivieron en aquella habitación interior durante más de un año.
Alicia compartió con ellos lo poco que tenía. salía cada día a buscar pan, queso, lo que fuera, en una ciudad donde el racionamiento era brutal. Algunos días, ella misma no comía para que ellos comieran. Hablaban en voz baja, se entendían otra vez por gestos. Cuando llegaba alguna visita oficial, los Cohen se metían en lo más profundo del piso y permanecían en silencio absoluto.
Las rutinas de aquellos meses, según relataría la propia Til de Cohen muchos años después, fueron una mezcla extraña de miedo y de ternura. Por las noches, antes de acostarse, Alicia se sentaba con ellos un rato, les leía pasajes del evangelio en griego despacio, vocalizando para que ellos pudieran seguirla, aunque no compartieran su fe.
Tilde recordaba que Alicia siempre les decía la misma frase antes de retirarse. Mientras yo respire, ustedes están seguros. Una frase que parecía sencilla, pero que en el invierno de 1944, en una Atenas donde la denuncia de un judío valía un saco de harina, era casi un voto sagrado. Pero hubo una visita que estuvo a punto de hacerlo descubrir todo.
Un día los biógrafos han dudado durante años sobre la fecha exacta, pero la mayoría sitúa el episodio a finales de 1944. Un alto oficial alemán se presenta en casa de Alicia, muy probablemente un emisario directo del Estado Mayor en Atenas, posiblemente vinculado al entorno de Heinrich Himler. La información sigue fragmentada, pero la escena contada por la propia Alicia a sus allegados después de la guerra ha pasado a la historia.
El oficial le pregunta en alemán perfecto si necesita algo. Si las autoridades alemanas del Reich pueden hacer algo por una princesa de su rango, comida, protección, trasladarla a Alemania, donde estaría más cómoda. Alicia, que entiende cada palabra leyendo los labios, lo mira fijamente y según los testimonios posteriores da una respuesta que ha quedado para siempre asociada a su nombre.
Una versión transmitida por su biógrafa Hugo Vickers dice así: “No necesito nada. Soy demasiado vieja, soy demasiado sorda y yo aquí estoy bien.” Otras versiones más teatrales atribuyen a Alicia respuestas más enérgicas, más desafiantes, pero la versión documentada por sus biógrafos más serios apunta a algo aún más impresionante por su simplicidad.
Alicia, frente a un oficial nazi, fingió ser exactamente lo que el nazismo despreciaba a una mujer vieja, sorda, inútil, para que la dejaran tranquila y los dejara tranquilos a los Cohen. Funcionó. El oficial se fue. Nunca volvió. Los Cohen sobrevivieron escondidos durante toda la ocupación. Cuando Atenas fue liberada en octubre de 1944, salieron por primera vez a la luz del sol después de meses encerrados.
Rachel abrazó a Alicia. Las dos mujeres lloraron en silencio y se separaron, sin saber todavía que aquel acto pequeño y heroico, sería contado al mundo entero 50 años después. Y aquí viene la revelación que casi nadie conoce. Alicia jamás habló de aquello, ni una vez en toda su vida posterior, ni a sus hijas, ni a Felipe, ni siquiera al rey Jorge VI de Inglaterra, padre de la futura reina Isabel, cuando este la recibió después de la guerra.
Cuando alguien ocasionalmente le preguntaba qué había hecho durante la guerra, ella simplemente contestaba, “Me quedé en Atenas. Hice lo que podía nada más. La historia de los Cohen permaneció enterrada bajo el silencio de Alicia durante casi 50 años. Su propio hijo Felipe, según una entrevista que dio mucho más tarde, no supo de aquello hasta poco antes del reconocimiento oficial de su madre por Jad Bashem.
El silencio era su elección, su forma final de coherencia. Una mujer que había sido encerrada por hablar de visiones, que había sido humillada por un diagnóstico, que había visto a sus hijas casarse con oficiales nazis sin que ella lo aprobara, terminó por refugiarse en el silencio absoluto sobre el único acto verdaderamente heroico de su vida.
como si pensara, “Si me ven hablar de eso, lo arruinarán, lo medirán, lo politizarán, lo convertirán en otra cosa. Mejor que se quede entre Dios, los Cohen y yo.” Después de la guerra, Alicia hizo algo que terminó de desconcertar a su propia familia. En 1949 fundó una orden religiosa propia, la Hermandad cristiana ortodoxa de Marta y María.
Una pequeña comunidad de hermanas dedicadas al cuidado de los pobres, los enfermos, los moribundos. Adoptó para sí misma el hábito gris de las monjas ortodoxas. lo llevaría hasta el último día de su vida, hasta en la boda de su hijo Felipe. Su familia política en Inglaterra no entendió aquello. La reina madre, suegra de Felipe, trató con discreción de convencerla de que se vistiera de manera más convencional cuando viajaba a Londres.
Alicia se negó. Cortésmente, pero firmemente, llevaba aquel hábito porque después de tantos años de búsqueda, era la primera vez en su vida que se sentía exactamente en el sitio que le correspondía. Hay una anécdota que cuentan sus biógrafos. Un día, en una visita a Buckingham, alguien le preguntó si no le parecía un poco extremo aquel atuendo.
Alicia, leyéndole los labios, respondió con dulzura. No es extremo, es simplemente lo que soy. Vestir cualquier otra cosa sería el verdadero disfraz. Porque sí, Felipe se casó. El 20 de noviembre de 1947 en la abadía de Westminster, el príncipe Felipe, hijo de Alicia, antiguo refugiado en una caja de naranjas, antiguo niño sin patria, se casó con la princesa Isabel, futura reina de Inglaterra. Asistieron 2000 invitados.
Fue uno de los acontecimientos más fotografiados del siglo XX. Y allí, en primera fila, vestida íntegramente de gris monástico, estaba ella, Alicia, la madre del novio, la mujer que había sido encerrada, abandonada, dada por loca, la heroína silenciosa que nadie sabía aún qué era. Cuatro de sus hijas, sin embargo, no fueron invitadas a aquella boda.
La razón era política, no afectiva. Tres de los maridos de aquellas hijas eran alemanes con pasados ligados al nazismo. La opinión pública británica, dos años después del fin de la guerra, no habría aceptado verlos en la abadía. La familia tomó la decisión de excluirlos. Alicia, según las cartas que se conservan, sufrió por aquella decisión, pero la aceptó.
Comprendía las heridas que aún sangraban en Inglaterra. Vivía en aquella época en una pequeña casa en Atenas. Casi sin recursos, había regalado prácticamente todas sus pertenencias personales. Cuando Isabel ascendió al trono en 1952 y se convirtió en la reina, le ofreció a Alicia trasladarse a Inglaterra. Alicia rechazó la oferta durante 15 años.
Solo en 1967, cuando ya estaba muy enferma, aceptó por fin instalarse en una habitación del palacio de Buckingham, ofrecida por su hijo Felipe y por su nuera, la reina. Y allí, en una habitación discreta del palacio más famoso del mundo, terminó sus últimos años. Los testimonios de quienes la vieron en aquellos meses finales coinciden todos en una imagen.
Una mujer pequeña, enjuta, vestida siempre de gris, fumando un cigarrillo tras otro un vicio que mantuvo hasta el final, leyendo en silencio o conversando con quien la visitara, leyendo los labios con la misma precisión que 60 años antes. Sus nietos Carlos, Ana, Andrés y Eduardo la visitaban a menudo, la adoraban.
Carlos, ya adulto, escribiría décadas después que su abuela paterna había sido una de las personas más extraordinarias que había conocido jamás. 5 de diciembre de 1969. Alicia muere en su cama. Tiene 84 años. La acompañan en sus últimas horas su hijo Felipe y su nuera Isabel. Su testamento es uno de los documentos más cortos jamás registrados en la familia real británica.
una sola línea prácticamente. Dice así: “He dado todo lo que tenía a quienes lo necesitaban más que yo. No quedaba nada que repartir. Ni joyas, ni dinero, ni propiedades. Lo había regalado todo en vida. La enterraron primero en el castillo de Winsor. Pero ese no era el lugar donde ella había pedido descansar. Alicia había escrito años antes una petición clara.
Quería ser enterrada en el monte de los Olivos, en Jerusalén, junto a su tía abuela Isabel Feodorovna, una santa de la Iglesia ortodoxa rusa, asesinada por los bolcheviques en 1918. En 1988, casi 20 años después de su muerte, su deseo se cumplió. Su cuerpo fue trasladado a Jerusalén. Allí descansa hoy.
Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba. En 1993, casi un cuarto de siglo después de su muerte, el estado de Israel reconoció oficialmente a Alicia de Battenberg como justa entre las naciones, el más alto honor que Yad Bashem otorga a las personas no judías que arriesgaron su vida para salvar judíos durante el holocausto.
Su hijo Felipe viajó a Jerusalén para recibir el homenaje en su nombre. En su discurso, según relataron los presentes, Felipe pronunció una frase que muchos juzgaron sorprendente en un hombre conocido por su sequedad emocional. Dijo que él mismo no había sabido casi nada de lo que su madre había hecho hasta poco antes del reconocimiento oficial y dijo, según los testigos, una segunda frase más simple, más honesta, era la mejor de nosotros.
Un año después, el gobierno británico la reconoció a su vez como heroína del holocausto. Su nombre apareció en placas conmemorativas. Se publicaron las primeras biografías serias sobre ella. Los Cohen, los hijos de Rachel, ya muy ancianos, fueron entrevistados para televisión. Til de Cohen, en una de aquellas entrevistas dijo una frase que resume mejor que ninguna otra lo que Alicia había sido para ellos.
dijo, “Cuando no teníamos nada, ella fue todo. Cuando éramos invisibles, ella nos vio. Cuando estábamos condenados, ella nos eligió. Y aquí, finalmente, está la pregunta que esta vida deja flotando en el aire para todos los que llegamos hasta aquí. Cuántas vidas como la de Alicia han pasado por la Tierra sin que nadie las cuente.
Cuántas mujeres juzgadas locas eran en realidad demasiado lúcidas para su época. Cuántos actos de valor permanecen enterrados bajo capas de silencio elegido, de pudor real, de voluntad de no ser vistos. Alicia no pidió monumentos, no pidió premios, no pidió que su nombre fuera escrito en libros. Cuando su nuera, la reina, le ofreció con decoraciones, ella las rechazó.
Cuando su hijo le ofreció una habitación más grande en el palacio, ella eligió la más pequeña. Cuando le preguntaron qué hacía con los Cohen, ella dijo, “Nada especial.” Pero hizo algo especial. Hizo lo único especial, lo único que realmente importa cuando todo el resto se derrumba. eligió en el momento en que tantos otros eligieron mirar para otro lado, abrir su puerta y mantenerla abierta.
A pesar del miedo, a pesar de la sordera, a pesar del raik, a pesar del silencio del mundo, hay vidas que parecen pequeñas vistas desde fuera, pero que vistas por dentro son enormes. La vida de Alicia de Battenberg fue una de esas. Pensemos por un momento en cómo empezó esta historia. Una niña sorda en el castillo de Winsor en 1885.
Una bisnieta de la reina Victoria, una pequeña a la que el siglo XIX consideraba defectuosa. Y pensemos en cómo terminó. Una anciana en hábito gris en Buckingham en 1969. madre del consorte de la reina, salvadora de una familia judía, justa entre las naciones, enterrada en el monte de los Olivos.
Entre esos dos puntos hay 84 años. 84 años de exilios, de sanatorios, de hambre, de pérdidas, de silencio. Y en medio de todo eso, un solo gesto que la salvó a ella misma de ser olvidada, abrir una puerta a unos desconocidos en una noche de invierno. A veces una vida entera se resume en un solo gesto.
El de Alicia se resume en este. Mientras yo respire, ustedes están seguros. Si llegaste hasta aquí, suscríbete y activa la campanita para no perderte la próxima historia. Y cuéntanos en los comentarios, ¿conocías toda esta historia? ¿Qué es lo que más te ha sorprendido? La mujer que escondió a los Cohen sin contárselo nunca a nadie o la madre encerrada por orden de Sigmund Freud. Léeme, te respondo.
Y antes de despedirnos, una última cosa. Hay otra mujer de la realeza europea, prima cercana de Alicia, que vivió una historia todavía más oscura. Una princesa rusa, convertida en santa, asesinada por los bolcheviques, arrojándola viva a un pozo en 1918. Su nombre es Isabel Feodorovna y su cuerpo increíblemente descansa hoy a pocos metros del de Alicia en el mismo monasterio del Monte de los Olivos.
¿Por qué quisieron acabar con ella de esa manera? La respuesta en la próxima historia. Hasta entonces. Gracias por haber estado aquí. Hasta la próxima vida olvidada que volveremos a sacar a la luz. Yeah.