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Alicia de Battenberg: La Declararon Loca… y Salvó a una Familia Judía del Holocausto

Hay una anécdota que cuentan sus biógrafos y que dice mucho de quién era ya Alicia desde niña. Un día, durante una comida familiar, los adultos hablaban de algo importante en voz baja, creyendo que la pequeña no se enteraba. Alicia los miraba uno por uno, leyéndoles los labios sin que se dieran cuenta. Cuando terminaron, intervino con una observación que detuvo la conversación entera.

Había entendido cada palabra. Aquella niña silenciosa lo veía todo. Su infancia fue itinerante. Su padre, el príncipe Luis de Buttenberg, era oficial de la Marina Real Británica. La familia se desplazaba constantemente entre Inglaterra, Alemania y Malta, donde el padre tenía su base naval. Alicia aprendió desde muy temprano que el hogar no era un lugar fijo, sino una sensación, una sensación que tendría que llevar dentro, porque fuera todo cambiaba siempre.

Los inviernos en el castillo de Heiligenberg, en Alemania eran fríos y silenciosos. Los pasillos olían a madera de pino quemada en las chimeneas. Alicia pasaba horas mirando los retratos de sus antepasados generales prusianos, princesas bárbaras, archiduques austriíacos, intentando descifrar quién había sido cada uno por la forma de su mirada en el lienzo.

Los veranos, en cambio, los pasaba en Malta, en una casa con balcones blancos sobre el Mediterráneo. Allí, según las cartas que su madre escribía a la reina Victoria, la pequeña pasaba horas en el jardín descalza, observando a los lagartos correr entre las piedras calientes. En cada uno de esos lugares observaba a los demás con esa mirada extraña, intensa, que la caracterizaba.

Cuando los adultos creían que la pequeña no podía entender, ella en realidad los descifraba. Aprendió pronto que el mundo está hecho de mentiras pequeñas, de cosas que se dicen en voz baja para que los demás no se enteren. Y aprendió que ella, la niña sorda, era la única que las veía todas. Esa lucidez salvaje, casi incómoda, la marcaría para toda la vida.

Hay otro episodio de su infancia que conviene recordar porque marcaría su carácter para siempre. Cuando tenía 12 años, Alicia visitó por primera vez Rusia. la acompañaba su madre. Iban a ver a su tía abuela, la gran duquesa Isabel Feodorovna, una mujer hermosa y profundamente religiosa que se había convertido del luteranismo al cristianismo ortodoxo después de su matrimonio con un gran duque ruso.

Aquella tía abuela le mostró iglesias con cúpulas doradas, iconos antiguos, monasterios escondidos en el campo, le explicó con paciencia. lo que cada imagen significaba. La pequeña Alicia, que solo entendía lo que le leía en los labios, captó algo más profundo aquellos días.

Captó la idea de que la fe podía ser un refugio, que las personas, incluso las princesas, incluso las mujeres más privilegiadas, a veces necesitaban un lugar interior donde meterse cuando el mundo exterior se volvía insoportable. Aquella visita a Rusia, según escribió ella misma muchos años después, fue el primer momento en que pensó que tal vez algún día querría vivir como su tía abuela.

Una mujer dedicada al silencio, a la oración, a los pobres, una mujer útil de una manera que no requería palabras. En aquel momento solo era un sueño infantil, pero los sueños infantiles a veces esperan toda una vida para cumplirse. En 1902, con 17 años, Alicia viaja a Londres para asistir a un acontecimiento histórico.

La coronación del rey Eduardo VI, hijo de la reina Victoria, que ha muerto el año anterior. Acuden cabezas coronadas de toda Europa. Los pasillos del palacio están llenos de príncipes, princesas, dignatarios, embajadores. Y en uno de esos pasillos, Alicia se cruza con un joven moreno de ojos profundos, vestido de uniforme blanco con condecoraciones griegas.

Es alto, camina como si el mundo le perteneciera, pero al mismo tiempo hay algo melancólico en su mirada. Se llama Andrés. Andrés de Grecia. Es hijo del rey Jorge I de Grecia. príncipe porcimiento. Tiene apenas 21 años. Y según relatan de aquel encuentro, en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Alicia, ya nada volvió a ser igual para ninguno de los dos.

Lo que ninguno de los dos podía imaginar es que aquel encuentro casual en un pasillo de palacio sellaría también una de las tragedias más extrañas del siglo XX. Antes de continuar con esta historia que apenas comienza, déjame pedirte algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Cada comentario nos ayuda a llegar a más personas que merecen conocer estas vidas olvidadas. Y ahora sigamos. 6 de octubre de 1903, Darmstad, Alemania. Es un día gris, frío, ventoso. En el palacio de los grandes duques de Ges se celebra una boda doble que reúne a casi toda la realeza europea. Está el Sar de Rusia, Nicolás II, primo de la novia, con su esposa Alejandra.

Está el rey Eduardo de Inglaterra. Están los reyes de Grecia, están los Joholern de Alemania, están los emperadores, los reyes, los archiduques. Hay tantas coronas reunidas en una misma sala que un periodista francés sentado entre la prensa escribirá días después. En aquella iglesia parecía haberse reunido toda Europa antes de que Europa se autodestruyera.

En el centro de aquella escena hay una novia rubia vestida de blanco con el velo cubriéndole los hombros. No oye los cánticos del coro. No oye las lágrimas de su madre. No oye los suspiros de admiración del público. Pero ve a Andrés acercarse a ella por el pasillo sonriéndole con esa sonrisa que solo le dedica a ella.

ve los rostros de todos los invitados girarse hacia su paso. Hilob ve sobre todo una mirada que la persigue desde un rincón, la del Kaiser Guillermo de Alemania, primo de su madre, un hombre que ya entonces inquietaba a media Europa. Pero esa mirada se diluye pronto entre la felicidad del momento. Alicia se casa. Es una de las princesas más hermosas del continente.

Tiene 18 años y acaba de unir su vida a la de un hombre que la llevará, a un país que no conoce, a una corte que no la espera y a un destino que ninguno de los dos podría imaginar. La pareja se instala en Atenas. Andrés príncipe, sí, pero tercero en la línea de sucesión, sin grandes responsabilidades oficiales. Sirve en el ejército griego, tiene tiempo libre.

Tiene rentas modestas comparadas con las de otras casas reales, pero hay un lugar que él adora por encima de todo, un refugio personal donde se siente verdaderamente él mismo. Monrepos, una casa señorial de estilo neoclásico sobre la isla de Corfu. Mirando al mar Jónico, construida en el siglo XIX, con jardines de cipreses, terrazas con vista al agua, suelos de mármol blanco, un lugar donde el viento huele a sal y a flores de naranjo.

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