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Alicia de Battenberg: La Declararon Loca… y Salvó a una Familia Judía del Holocausto

Cada nacimiento real es un asunto político. Cada bebé que llega al mundo es una pieza más en un tablero diplomático que abarca toda Europa. La niña que nace esa noche se llama Victoria Alicia Isabel Julia María de Battenberg, pero todos la llamarán siempre por el segundo nombre. Alicia pesa lo que tiene que pesar, llora con la fuerza que se espera y la reina Victoria, una mujer dura, severa, que ha enterrado a su esposo y a su mejor amiga.

Sostiene a la bebé en sus brazos arrugados y la besa en la frente. Nadie sospecha aún la verdad. Pasan los meses. Alicia crece. Es una niña hermosa, rubia, de ojos enormes y mirada despierta. Su madre, sin embargo, empieza a notar algo extraño. La pequeña no responde cuando la llaman desde la otra habitación. No gira la cabeza al oír un ruido fuerte.

No reacciona ante la música de las cajas que su abuela le envía desde Londres. No se asusta con los ladridos de los perros de casa, ni con los gritos de los criados que corren por los pasillos. Le hacen pruebas, le acercan campanas, panderetas, instrumentos diversos. Nada. El diagnóstico llega cuando Alicia tiene 4 años y es tan claro como devastador.

La niña es completamente sorda. Sorda de nacimiento, sin posibilidad alguna de oír. En aquella época, en 1889, ser sordo en una familia real era casi una condena. La sordera estaba asociada al estigma, a la deficiencia, al ocultamiento. Muchos niños sordos de buenas familias eran enviados a instituciones lejanas, olvidados, apartados de la vida pública.

Pero la madre de Alicia decidió desde el primer día que su hija sería distinta. Le contrató a los mejores especialistas de Europa. Le enseñó a leer los labios, no solo en inglés, en alemán también. y más tarde en francés. Y cuando Alicia, años después fuera a vivir a Grecia, aprendería a leer los labios también en griego, cuatro idiomas leídos en los labios de los demás, por una niña a la que el mundo había considerado defectuosa.

Hay una anécdota que cuentan sus biógrafos y que dice mucho de quién era ya Alicia desde niña. Un día, durante una comida familiar, los adultos hablaban de algo importante en voz baja, creyendo que la pequeña no se enteraba. Alicia los miraba uno por uno, leyéndoles los labios sin que se dieran cuenta. Cuando terminaron, intervino con una observación que detuvo la conversación entera.

Había entendido cada palabra. Aquella niña silenciosa lo veía todo. Su infancia fue itinerante. Su padre, el príncipe Luis de Buttenberg, era oficial de la Marina Real Británica. La familia se desplazaba constantemente entre Inglaterra, Alemania y Malta, donde el padre tenía su base naval. Alicia aprendió desde muy temprano que el hogar no era un lugar fijo, sino una sensación, una sensación que tendría que llevar dentro, porque fuera todo cambiaba siempre.

Los inviernos en el castillo de Heiligenberg, en Alemania eran fríos y silenciosos. Los pasillos olían a madera de pino quemada en las chimeneas. Alicia pasaba horas mirando los retratos de sus antepasados generales prusianos, princesas bárbaras, archiduques austriíacos, intentando descifrar quién había sido cada uno por la forma de su mirada en el lienzo.

Los veranos, en cambio, los pasaba en Malta, en una casa con balcones blancos sobre el Mediterráneo. Allí, según las cartas que su madre escribía a la reina Victoria, la pequeña pasaba horas en el jardín descalza, observando a los lagartos correr entre las piedras calientes. En cada uno de esos lugares observaba a los demás con esa mirada extraña, intensa, que la caracterizaba.

Cuando los adultos creían que la pequeña no podía entender, ella en realidad los descifraba. Aprendió pronto que el mundo está hecho de mentiras pequeñas, de cosas que se dicen en voz baja para que los demás no se enteren. Y aprendió que ella, la niña sorda, era la única que las veía todas. Esa lucidez salvaje, casi incómoda, la marcaría para toda la vida.

Hay otro episodio de su infancia que conviene recordar porque marcaría su carácter para siempre. Cuando tenía 12 años, Alicia visitó por primera vez Rusia. la acompañaba su madre. Iban a ver a su tía abuela, la gran duquesa Isabel Feodorovna, una mujer hermosa y profundamente religiosa que se había convertido del luteranismo al cristianismo ortodoxo después de su matrimonio con un gran duque ruso.

Aquella tía abuela le mostró iglesias con cúpulas doradas, iconos antiguos, monasterios escondidos en el campo, le explicó con paciencia. lo que cada imagen significaba. La pequeña Alicia, que solo entendía lo que le leía en los labios, captó algo más profundo aquellos días.

Captó la idea de que la fe podía ser un refugio, que las personas, incluso las princesas, incluso las mujeres más privilegiadas, a veces necesitaban un lugar interior donde meterse cuando el mundo exterior se volvía insoportable. Aquella visita a Rusia, según escribió ella misma muchos años después, fue el primer momento en que pensó que tal vez algún día querría vivir como su tía abuela.

Una mujer dedicada al silencio, a la oración, a los pobres, una mujer útil de una manera que no requería palabras. En aquel momento solo era un sueño infantil, pero los sueños infantiles a veces esperan toda una vida para cumplirse. En 1902, con 17 años, Alicia viaja a Londres para asistir a un acontecimiento histórico.

La coronación del rey Eduardo VI, hijo de la reina Victoria, que ha muerto el año anterior. Acuden cabezas coronadas de toda Europa. Los pasillos del palacio están llenos de príncipes, princesas, dignatarios, embajadores. Y en uno de esos pasillos, Alicia se cruza con un joven moreno de ojos profundos, vestido de uniforme blanco con condecoraciones griegas.

Es alto, camina como si el mundo le perteneciera, pero al mismo tiempo hay algo melancólico en su mirada. Se llama Andrés. Andrés de Grecia. Es hijo del rey Jorge I de Grecia. príncipe porcimiento. Tiene apenas 21 años. Y según relatan de aquel encuentro, en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Alicia, ya nada volvió a ser igual para ninguno de los dos.

Lo que ninguno de los dos podía imaginar es que aquel encuentro casual en un pasillo de palacio sellaría también una de las tragedias más extrañas del siglo XX. Antes de continuar con esta historia que apenas comienza, déjame pedirte algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Cada comentario nos ayuda a llegar a más personas que merecen conocer estas vidas olvidadas. Y ahora sigamos. 6 de octubre de 1903, Darmstad, Alemania. Es un día gris, frío, ventoso. En el palacio de los grandes duques de Ges se celebra una boda doble que reúne a casi toda la realeza europea. Está el Sar de Rusia, Nicolás II, primo de la novia, con su esposa Alejandra.

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