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Ali Reza Pahlavi: Se SUICIDÓ para Reunirse… con su Hermana Leila

Es despertar cada día en un mundo donde todos los referentes que usabas para definirte han desaparecido. Para Ali Resa, de 12 años significó esto: de príncipe heredero de un imperio a refugiado en Marruecos, Egipto, Bahamas, México, Estados Unidos. Ningún lugar quería al Sha por mucho tiempo. Demasiado problemático, demasiado tóxico políticamente y su familia por extensión se convirtió en un problema ambulante.

¿Qué hace eso a la psicología de un niño? Los terapeutas tienen un término, trauma de discontinuidad. Cuando tu vida se parte en un antes y un después tan radical que el cerebro no puede integrarlo. Para Ali Resa, había un Ali rea de Irán, el que sabía quién era, qué se esperaba de él, cuál era su lugar en el universo.

Y luego estaba el Ali rea del exilio, el que no sabía absolutamente nada. Por fuera, un adolescente que aprendía a adaptarse, que estudiaba en escuelas estadounidenses, que intentaba hacer amigos, que sonreía en las pocas fotografías que se tomaban por dentro, un niño perpetuamente disociado, viviendo entre dos realidades que no podían coexistir.

La realidad del palacio que seguía siendo real en su memoria y la realidad del exilio que era innegable en su presente. La brecha entre ambas era un abismo. En 1980 algo peor, su padre murió. El Shah Mohamad reza Pahlavi, el hombre que había sido el eje de su universo, falleció en Egipto. Ali rea, tenía 14 años.

Trauma número uno, Edad 12, exilio. Pérdida de patria, identidad, propósito. Efecto: Fragmentación del yo. Inicio de disociación entre el self público y el self privado. Trauma número dos. Edad 14. Muerte del padre, pérdida de la figura de autoridad y del último vínculo con el Irán real. Efecto: orfandad psicológica. El Irán al que podría regresar ya no es solo un país, es un fantasma con el rostro de su padre muerto.

¿Ven el patrón? Cada herida no sanada se convierte en terreno fértil para la próxima. Pero Al era un palab y los palabi no se quiebran o al menos no públicamente. Entonces comenzó la construcción de algo que lo sostendría durante décadas, la máscara. La máscara de Ali Rea era particular, no era la máscara del playboy o del heredero arrogante que a veces usan los príncipes caídos.

Era algo más sutil, más insidioso. Era la máscara del hijo que está bien. En las entrevistas familiares raras que daban, Alir aparecía sereno, sonriente, hablando de sus estudios, de su amor por Irán, de su esperanza en el futuro. decía las cosas correctas, que algún día el pueblo iraní sería libre, que la monarquía podría restaurarse, que él estaba preparándose para servir a su país.

Por fuera, optimismo cauteloso, fe en el futuro, un joven culto, educado, comprometido con la causa monárquica, por dentro, un vacío creciente. Una voz que susurraba, “Nada de esto importa, nunca volveremos. Estás construyendo tu vida sobre una mentira. La brecha entre ambas realidades se ensanchaba cada año. Estudió en la Universidad de Columbia, luego en la Universidad de Princeton, donde obtuvo una licenciatura en estudios del Medio Oriente.

La ironía no se le escapó. estudiar académicamente la región de la que había sido expulsado, convertir tu trauma en tema de investigación, una forma de control quizás. Si no puedes vivir en Irán, al menos puedes estudiarlo. Si no puedes ser príncipe, al menos puedes ser experto. Los compañeros de universidad lo recuerdan como reservado, pero amable, inteligente, interesado en conversaciones profundas sobre política, historia, filosofía, pero también notaban algo, una tristeza de fondo, una manera de estar presente, pero no del

todo allí. como si una parte de él siempre estuviera en otra habitación, en otro tiempo, en otro país. Esto es disociación en su forma más funcional. Puedes ir a clase, tomar notas, mantener conversaciones, incluso destacar académicamente, pero tu verdadero yo está encapsulado, protegido, dormido, porque si realmente sintieras la magnitud de lo que has perdido, no podrías levantarte de la cama.

Durante sus ve 20es, Alt intentó construir algo parecido a una vida normal. Se mudó a Boston. Trabajó en organizaciones relacionadas con derechos humanos en Irán. Era su manera de mantener la conexión, de sentir que su existencia tenía propósito. Si no podía ser príncipe de un Irán real, al menos podía luchar por un Irán libre. Pero el activismo político desde el exilio tiene una cualidad particularmente cruel.

Es Síifo empujando la roca. Cada comunicado de prensa, cada petición, cada carta a legisladores occidentales, todo tiene la cualidad de performance. Estás haciendo algo, pero ese algo no cambia nada fundamental. El régimen sigue ahí, tú sigues aquí. Y la distancia entre ambos no es solo geográfica, es ontológica por fuera.

un activista comprometido, un defensor de los derechos humanos, un hombre con propósito. Por dentro, la pregunta que nunca se va. ¿Para qué? ¿A quién le importa realmente lo que yo opine sobre Irán? Soy un príncipe sin reino. Mis palabras no tienen peso. Mi nombre es solo un recordatorio de lo que fracasó. La máscara empezaba a pesar. Cabemos más profundo.

¿Por qué Ali Reza a pesar de su educación, sus recursos, su familia amorosa, comenzó a hundirse en una depresión que eventualmente lo consumiría? Oh, primera capa. La explicación superficial. La depresión es una enfermedad, química cerebral, desbalance de serotonina, algo que puede pasarle a cualquiera independientemente de sus circunstancias.

Segunda capa, el trauma acumulado, el exilio, la pérdida del padre, la imposibilidad de regresar a casa, el peso de las expectativas, la soledad de ser especial de una manera que te aísla. Tercera capa, la verdad del trauma original. Ali Rea nunca tuvo permiso para desarrollar un yo coherente separado de su rol como Palabi.

Toda su identidad estaba construida sobre ser príncipe de Irán. Cuando Irán se volvió inalcanzable, no quedó un alir sustantivo debajo, solo un vacío con forma de hombre. Ahí ahí está la raíz. En términos de salud mental, esto se llama difusión de identidad. Cuando tu sentido de quién eres está tan entrelazado con roles externos que si esos roles desaparecen, tú también desapareces.

Los terapeutas ven esto en atletas que se lesionan permanentemente, en ejecutivos que pierden sus empresas, en padres cuyos hijos se van. Pero pocos casos son tan extremos como el de Ali Reza, príncipe de un país que ya no lo quiere, heredero de un trono que ya no existe, depositario de esperanzas que se hacen más absurdas con cada año que pasa.

La depresión de Ali Rea no apareció de la nada. Se había estado gestando durante décadas, pero hay momentos donde el equilibrio precario se rompe. Para Ali Reza ese momento llegó en 2001. El 10 de junio de 2001, su hermana Leila murió en un hotel de Londres, overdos de barbitúricos, oficial, accidental, real, ambigua, probable suicidio.

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