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“¿Alguien Toca Guitarra?” Preguntó la Banda Cuando su Guitarrista Enfermó —Pedro Infante Se Adelantó

Atención, el tipo de atención que solo tienen quienes conocen muy bien lo que están mirando. La guitarra de Fernando estaba apoyada contra el amplificador. [música] El hombre la tomó, la sostuvo un momento calibrando el peso, afinó las seis cuerdas de oído con una velocidad que hizo que Fernando frunciera el ceño sin darse cuenta.

No fue la velocidad lo que llamó la atención, fue la precisión. Sin dudar, sin corregir, sin volver atrás. Seis cuerdas, seis ajustes. [música] Terminado. Rosario lo miró. Nos llaman los norteños del alba. ¿Conoce algo de corrido norteño? El hombre esbozó algo que podría haber sido una sonrisa, pero que se quedó a mitad del camino.

“Algo conozco”, dijo. Beto le pasó el cuaderno de Fernando abierto en la primera canción. El hombre lo leyó con calma. Repasó los acordes dos veces en silencio, los dedos moviéndose sobre las cuerdas sin producir sonido, memorizando. Luego asintió. Cuando quieran. La primera canción fue una prueba.

Nadie lo dijo, pero todos lo entendieron. Rosario entró con la voz con esa cautela de quien sabe que el suelo puede ceder. El hombre la siguió desde el primer compás con una limpieza que no era lo que nadie esperaba. No era que tocara bien, era que tocaba exactamente [música] bien, con la medida justa, sin adornos innecesarios, sin esa urgencia de los guitarristas inseguros [música] que llenan cada hueco con notas de más porque temen que el silencio los delate. Dejaba respirar la melodía.

Escuchaba la voz de Rosario y [música] la sostenía desde abajo como se sostiene algo que puede romperse con cuidado pero sin miedo. Y entonces ocurrió algo que Rosario no esperaba. Su voz encontró una capa que no siempre encontraba. No fue una decisión, fue una respuesta. El hombre detrás de ella tocaba con tanta atención, con tanta presencia, que Rosario sintió por primera vez en mucho tiempo que no estaba sola en el escenario, que alguien la escuchaba de verdad y respondía a cada matiz.

A cada pequeño giro que ella metía sin pensar, [música] su voz se abrió, no mucho, no de golpe, pero lo suficiente para que Beto levantara la cara del bajo y la mirara con una expresión que no le había visto antes. Cuando terminó la primera canción, Fernando, desde su silla junto a la barra tenía los ojos abiertos.

La segunda canción era la más difícil del repertorio. Tenía un puente donde la guitarra debía sostener sola durante ocho compases, sin voz, sin bajo, sin nada que la cubriera. Ocho compases donde el guitarrista quedaba completamente expuesto. Y la exposición siempre cobra lo que uno vale. Los que habían intentado esa canción antes dejaban los ocho compases planos [música] como quien atraviesa un terreno peligroso sin levantar los pies.

El hombre no hizo eso. Tomó los ocho compases y los convirtió en algo que no estaba escrito en el cuaderno, algo que fluía de las cuerdas con la naturalidad de quien no improvisa, sino que recuerda, como si esa melodía existiera desde antes y él solo la estuviera encontrando. Dos hombres en la mesa del frente dejaron de hablar entre ellos.

Una mujer que estaba sola en la mesa de la izquierda se giró completamente hacia el escenario y no volvió a girarse. Cisneros detrás de la barra apoyó los dos codos en la madera y ya no los movió. La tercera canción fue donde Rosario se quebró. No de tristeza, de algo más complicado. Había una estrofa en esa canción que Fernando había escrito pensando en su padre, en un hombre que trabajó toda su vida sin que nadie le dijera que valía la pena.

Rosario la había cantado decenas de veces sin que le hiciera nada especial, pero esa noche, con ese hombre detrás de ella tocando como tocaba, algo en esa estrofa la golpeó diferente. La voz le tembló en la segunda frase, no mucho, apenas un hilo de temblor que podría haber pasado desapercibido.

El hombre lo sintió antes de que terminara la frase. No paró, no cambió de compás, pero hizo algo con la guitarra en ese instante, algo tan sutil que después nadie pudo describirlo con exactitud, [música] una variación tan pequeña que duró menos de 2 segundos, como si pusiera la mano en el hombro de alguien sin tocarlo.

La voz de Rosario encontró el hilo de vuelta. [música] Lo encontró más firme que antes, como si el temblor hubiera costado algo y ahora ella supiera que ese algo ya estaba apagado. Fernando, desde la silla se limpió la cara con el dorso de la mano. La cuarta canción fue donde los nervios de los hombres del fondo se convirtieron en otra cosa.

El hombre tocaba con los ojos entrecerrados. Cuando los abría, había algo en su mirada que no pertenecía a ningún músico de salón. No tocaba para impresionar, tocaba con esa entrega total que solo tienen quienes llevan tanto tiempo haciéndolo que ya no existe separación entre el músico y la música. Fernando miraba las manos moverse sobre las cuerdas desde su silla y pensaba en algo que no conseguía nombrar, algo que le rozaba la memoria como una palabra que uno conoce pero no logra decir.

Fue entonces cuando el hombre de la mesa del centro dejó de beber, puso el vaso sobre la mesa con lentitud, miró al escenario, giró hacia su compañero y le dijo algo en voz baja. El compañero frunció el ceño y miró también. Luego los dos se miraron. El primero sacudió la cabeza como negando algo que todavía no se atrevía a afirmar.

Cisneros llevaba 15 minutos mirando desde la barra con una molestia creciente. Había algo que no terminaba de ubicar, una familiaridad que se escapaba cada vez que intentaba agarrarla. Miraba las manos, miraba la postura, miraba como la cabeza se inclinaba levemente hacia la guitarra en los pasajes difíciles. Y entonces, sin aviso, algo en su interior cayó en su lugar con el peso de una piedra.

Bajó las manos de la barra de espacio, volvió a mirar, entrecerró los ojos. No podía ser, pero era don Aurelio Montemayor. Entró al salón colonial exactamente en ese momento. Llegó tarde como siempre con el sombrero Stedson y su traje de los jueves. Traía a un asistente detrás cargando un portafolio.

Entró buscando con los ojos la barra o la salida. Luego la música lo detuvo. Se quedó parado junto a la puerta. El asistente chocó contra su espalda sin que don Aurelio se moviera un centímetro. La quinta canción era la que mejor mostraba la voz de Rosario. Tenía un registro alto en el estribillo que muy pocos acompañantes sabían sostener sin aplastarla.

La tendencia natural era subir el volumen de la guitarra cuando la voz subía. El hombre hizo exactamente lo contrario. Cuando la voz de Rosario subía, él bajaba, le abría espacio, le cedía el aire del salón entero. Y en ese espacio, la voz de Rosario se expandió de una manera que ni ella misma esperaba, como cuando uno abre una ventana que ha estado cerrada demasiado tiempo y descubre que la habitación era mucho más grande.

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