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Alexandra de Dinamarca: hermosa… pero traicionada toda su vida

El primer gran escándalo llegó apenas dos años después de la boda. En 1865, mientras Alexandra se recuperaba del nacimiento de su segundo hijo, Berty se encontraba en París disfrutando de la vida nocturna con una desenvoltura que habría escandalizado incluso a los estándares más liberales de la época. Su nombre empezó a aparecer vinculado al de diversas mujeres de la alta sociedad, actrices, aristócratas y damas de reputación cuestionable que encontraban en el heredero británico un compañero de entretenimiento generoso y sin

complicaciones. Alexandra lo sabía. Sería ingenuo pensar que no. Las cortes europeas del siglo XIX eran ecosistemas cerrados donde la información circulaba con una velocidad asombrosa. Los criados hablaban con otros criados. Las damas de honor compartían lo que veían. Las cartas llegaban desde el continente con detalles que nadie pedía, pero que todo el mundo leía.

Alexandra no era una mujer ingenua, era una mujer atrapada. Porque hay que entender el contexto en que vivía. Una princesa de Gales en la Inglaterra victoriana no tenía las mismas opciones que una mujer corriente. No podía simplemente levantarse un día y decidir que se marchaba. No podía expresar públicamente su dolor sin provocar una crisis diplomática.

 no podía confrontar a su esposo sin que la confrontación misma se convirtiera en escándalo. Sus únicas herramientas eran el silencio, la dignidad y una sonrisa que con los años fue aprendiendo a construir como quien construye un muro, ladrillo a ladrillo, sin mostrar el esfuerzo que costaba cada uno.

 Lo que resulta verdaderamente revelador es como Berty justificaba su comportamiento incluso ante sí mismo. No sentía que estuviera haciendo nada particularmente malo. En los círculos aristocráticos de su tiempo, la infidelidad masculina era casi una convención social. Los hombres de su clase tenían amantes con la misma naturalidad con que tenían caballos de carreras o membresías en clubes privados.

 La esposa era para la familia, para la apariencia. para la continuación del linaje. Las demás mujeres eran para el placer. Era un sistema brutal, pero era el sistema. Y Bertin nunca sintió la necesidad de cuestionarlo. Lo que lo distinguía de muchos otros aristócratas de su época no era el hecho de tener aventuras, sino la escala de esas aventuras y la absoluta falta de discreción con que la llevaba.

Berty ocultaba sus relaciones, las exhibía. Se paseaba por teatros y restaurantes con sus amantes del brazo, viajaba con ellas, las instalaba en casas cercanas a sus residencias y, en algunos casos, les hacía regalos de tal valor que resultaba imposible ignorar la naturaleza de la relación. El segundo gran escándalo, el que realmente sacudió a la opinión pública británica, llegó en 1870, cuando el nombre del príncipe de Gales apareció en un juicio por adulterio.

Sir Charles Mordown demandaba a su esposa Harriet por infidelidad y entre los nombres que Harriet mencionó como amantes estaba el de Berty. El príncipe tuvo que comparecer ante un tribunal como testigo, algo sin precedentes en la historia de la monarquía británica. Negó tenido relaciones íntimas con Harriet Mordunt, pero el daño a su reputación fue considerable.

La multitud que antes lo vitoreaba, empezó a abuchearlo en algunas ocasiones públicas. Alexandra, con una maestría que con el tiempo se convertiría en su marca personal, apareció junto a su esposo en cada evento público durante aquellas semanas. sonreía, saludaba, se mostraba serena y unida a él, no porque lo perdonara sin más, sino porque entendía algo que muchos no comprenden hasta que les toca vivirlo.

 A veces la única forma de mantener la dignidad en una situación indigna es actuar como si la dignidad fuera inquebrantable. Pero detrás de esa fachada impecable, algo en Alexandra estaba cambiando. La mujer que había llegado a Inglaterra llena de ilusiones y con una confianza natural en la bondad de las personas, empezaba a construir alrededor de sí misma un espacio propio, una vida interior a la que Berty no tenía acceso.

Se volcó en sus hijos con una intensidad que a veces bordeaba la sobreprotección. Se rodeó de un círculo de amistades íntimas, en su mayoría mujeres, que le ofrecían la lealtad y el afecto que su matrimonio no podía darle, y empezó a cultivar una especie de distancia emocional hacia su marido, que paradójicamente haría que su matrimonio funcionara mejor en la superficie durante los años siguientes, porque ese es uno de los aspectos más complejos de esta historia.

Alexandra y Berty nunca se separaron. Siguieron siendo, en apariencia una pareja funcional. Compartían obligaciones, eventos, viajes oficiales y durante años también momentos genuinos de compañía que no eran completamente vacíos. Berty, a su manera desordenada e irresponsable, la respetaba, la admiraba.

 Incluso sabía perfectamente que Alexandra era muy superior a él en carácter, en integridad y en la manera de ganarse el afecto genuino de la gente. Y esa conciencia lo hacía a veces casi humilde ante ella. Pero la humildad de Berty duraba exactamente hasta que llegaba la siguiente tentación. Y las tentaciones en su vida nunca tardaban mucho en llegar.

Existe una trampa curiosa en la manera en que la historia recuerda a las mujeres que sufrieron con elegancia. Con el tiempo, esa elegancia se convierte en su única característica. Se las recuerda como figuras de mármol, perfectas e inmóviles. Y en ese proceso de idealización se borra todo lo que las hacía humanas.

 Con Alexandra ocurrió exactamente eso. Y sin embargo, si uno se acerca a los testimonios de quienes la conocieron de verdad, lo que encuentra no es una estatua, sino una mujer de una vitalidad extraordinaria, con sentido del humor, con opiniones firmes, con miedos muy concretos y con una capacidad de amar que la vida se empeñó en poner a prueba una y otra vez.

Alexandra era por encima de todo una madre ferozmente dedicada. Tuvo seis hijos con Berty, aunque el menor, el pequeño Alexander John, murió apenas un día después de nacer en 1871, dejando en ella una herida que nunca terminó de cerrar. Los cinco que sobrevivieron, Alberto Víctor, Jorge, Luisa, Victoria y Mod, crecieron en un ambiente materno que sus contemporáneos describían como inusualmente cálido para los estándares de la aristocracia victoriana.

 En una época en que los hijos de la realeza eran criados principalmente por institutrices y tutores, Alexandra insistía en estar presente. Los bañaba ella misma cuando eran pequeños. Les leía cuentos, jugaba con ellos en los jardines de Sandringham con una despreocupación que escandalizaba levemente a las damas más formales de la corte.

Esa relación tan estrecha con sus hijos tenía, como casi todo en la vida de Alexandra, dos caras. Por un lado, les dio una seguridad emocional real, un sentido del amor incondicional que ningún protocolo podía reemplazar. Por otro lado, la proximidad se volvió a veces sofocante. Alexandra tenía dificultades para dejar ir.

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