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Alain Delon — El hombre más bello y más oscuro del cine europeo

París, sin embargo, no era solo un escenario de dificultades para el joven Delón. Era también un mundo de posibilidades que él exploraba con una audacia que a veces rozaba la temeridad. Empigalimch frecuentó a personajes de AMPA parisino, individuos que se movían en los márgenes de la legalidad con una naturalidad que Adelón, lejos de escandalizarle, le resultaba familiar.

Uno de ellos, un hombre conocido como Carlos, le ofreció protección en los ambientes más turbios del barrio. El muchacho, que había crecido junto a una prisión no tenía miedo de la oscuridad. la conocía demasiado bien y aquí reside el nudo de esta primera etapa. ¿De dónde sacaba aquel chico sin estudios, sin contactos y sin un oficio reconocido la seguridad de que iba a llegar a algo? Sus compañeros de pensión le veían trabajar 12 horas, volver con los bolsillos casi vacíos y aún así comportarse como si el mundo le debiera algo. No era arrogancia

exactamente, era más bien una convicción silenciosa, una certeza íntima. que no necesitaba justificarse ante nadie. La respuesta llegó de manera fortuita, como suelen llegar las cosas que cambian una vida. En la primavera de 1957, el actor Jean-Claude Briali, que empezaba a abrirse camino en el cine francés, invitó a su amigo Alan a acompañarle al festival de KS.

Delon no tenía nada que perder y aceptó lo que encontró allí. No era exactamente el mundo del cine tal como él lo había imaginado. Era un escaparate de vanidades, de ambiciones cruzadas y de miradas que calculaban en décimas de segundo el valor comercial de cada persona que se cruzaba en el camino. Pero Alan Delón tenía algo que el dinero no puede comprar, una presencia física que detenía las conversaciones.

El director Ibs Alegret y su esposa, la actriz Michelle Cordu, de quien Delón se convirtió en amante, fueron los primeros en reconocer ese potencial. Alegret le ofreció un papel secundario en su película. Paralelamente, un cazatalentos de la productora norteamericana de David Orelsnick le hizo una prueba en Roma y le propuso un contrato de 7 años en Hollywood.

Delon lo rechazó. Prefirió quedarse en Europa, donde Alegret le había dicho algo que no olvidaría. No actúes, vive, no interpretes, sé. Aquel consejo, tan simple en apariencia era exactamente lo que necesitaba escuchar. Delón no tenía formación teatral, no había pisado una escuela de interpretación, no sabía nada de técnica, pero sabía cómo mirar, sabía cómo estar en silencio, sabía cómo hacer que la cámara se preguntara qué estaba pensando.

Y eso en el cine vale más que cualquier diploma. La pregunta que sobrevolaba aquella primera etapa de su vida, la de un niño no querido, que se convirtió en un joven furioso y luego en un hombre dispuesta a todo, encontraba así su primera respuesta. La certeza silenciosa que llevaba consigo desde los internados y los mercados y las tabernas de Pigal no era presunción, era algo más oscuro y más verdadero.

La determinación de quién sabe que si no se construye a sí mismo, nadie lo hará por él. Sus padres habían firmado el papel que lo mandó a la guerra. Ahora él firmaba sus propias condiciones. El festival de Can de 1957 no fue para Lendelon el comienzo de una carrera o el final de una infancia que en realidad nunca había tenido. En la primavera de 1957, un casatalentos de una de las productoras más poderosas de Hollywood puso sobre la mesa un contrato de 7 años.

El documento era una garantía de fama. de dinero y de una carrera construida sobre la maquinaria más eficiente del mundo del espectáculo. El joven que tenía enfrente no tenía nombre, no tenía un solo crédito cinematográfico, no había pisado jamás un plató profesional y sin embargo lo rechazó. se levantó, agradeció la oferta con una cortesía que no ocultaba del todo su indiferencia y salió a la calle de Kans con las manos en los bolsillos y el mismo dinero con el que había llegado.

Nadie en aquel festival entendió la decisión. Un desconocido sin nada rechazaba todo. Era, en apariencia el gesto más absurdo que podía hacer un hombre en su situación, pero Delon tenía una intuición que no habría sabido explicar con palabras. Hollywood fabricaba estrellas según un molde y él no quería ser fabricado, quería ser descubierto.

Había una diferencia entre las dos cosas, aunque en aquel momento no hubiera podido decir exactamente cuál era. El director Ives Alegret fue quien le abrió la primera puerta. Su esposa, la actriz Michelle Cordou, había quedado prendada del joven de pelo oscuro que deambulaba por la Coraset con esa mezcla desconcertante de timidez y descaro.

Cordú había visto su fotografía, había hablado con él y convenció a su marido de que había algo en aquel muchacho que merecía una oportunidad delante de la cámara. Alegret cedió, le ofreció un papel menor en su película y le dio el consejo que Delón repitió durante décadas. Habla como me hablas a mí.

Mira como me miras a mí. No actúes, vive. Si Alegret no me hubiera dicho eso, confesó Delón años más tarde, no habría tenido esta carrera. La película era Cuando la mujer interviene, estrenada en 1957. Delon aparecía brevemente junto a la veterana Edbish Fuyer en un papel que no exigía gran cosa, pero bastó para que su cara quedara registrada en la memoria de quienes trabajaban en el sector.

Al año siguiente participó en Amoríos, una producción del director Pierre Gaspar Hit, en la que compartía cartel con una joven actriz austríaca que había cruzado Europa para sacudirse la imagen de Sisí Emperatriz. Su nombre era Romy Schneider y tenía 19 años. Delón tenía 23. El rodaje de Amoríos fue el arranque de todo, de una carrera, de un amor, de una leyenda.

Pero antes de que ninguna de esas tres cosas tomara su forma definitiva, hubo que atravesar el umbral de la incertidumbre. Delón era guapo, todos lo decían. Demasiado guapo, añadía los directores de casting con un tono que no era precisamente un elogio. La belleza extrema en un actor masculino generaba desconfianza en la industria europea de aquellos años.

Se la asociaba con la superficialidad, con la incapacidad para encarnar personajes de verdadera complejidad interior. Los galanes decorativos abundaban y duraban poco. Delón lo sabía y esa conciencia le producía una irritación que canalizaba en trabajo. Fue Romy Schneider quien, según contó la propia actriz en entrevistas posteriores, impulsó las pruebas de interpretación que convencieron al equipo de Amoríos de confiarle un papel protagonista.

Schneider había visto una fotografía del joven francés en el escritorio del director y algo en aquella imagen, más allá del atractivo físico evidente, le dijo que detrás de esa cara había algo que valía la pena explorar. “Primero fui un rostro, luego me convertí en una persona”, diría Delón con una sencillez que en él era poco frecuente.

La película fue un acontecimiento, no solo por el resultado en taquilla, que fue notable, sino por lo que sucedió fuera del plató. La pareja de ficción se convirtió en pareja real y la prensa europea, siempre hambrienta de belleza y de romance, construyó en torno ellos un relato que iba más allá del cine. Se hablaba de los novios de Europa.

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