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A sus 83 años, ENRIQUE GUZMÁN REVELA el SECRETO OSCURO que unía a SILVIA PINAL y GUSTAVO ALATRISTE

tienes que empezar por el principio. Y el principio no está donde la mayoría buscaría. No está en los rumores, ni en los titulares, ni en las versiones superficiales que circularon durante años en los pasillos de una industria que creía saberlo todo sobre todos los que trabajaban dentro de ella. El principio está en una época específica, en un México específico, en el centro exacto de una industria que en ese momento vivía su momento más brillante y más despiadado al mismo tiempo.

Pero antes de llegar ahí, hay que entender quién era Enrique Guzmán cuando esta historia entró en su vida y por qué lo que vio lo marcó de una manera que no pudo soltar, aunque lo intentara. Enrique Guzmán llegó al mundo del espectáculo mexicano con esa energía de los que no piden permiso. No llegó tocando puertas ni esperando que alguien le dijera que había un lugar para él.

Llegó con la convicción de quien sabe que tiene algo que dar y que ese algo es real y que el único problema es encontrar el espacio donde darlo, porque el espacio siempre existe para las cosas que son verdaderas. El rock and roll en México en aquella época era territorio nuevo.

Era el idioma de una generación que estaba aprendiendo un verso a sí misma de una manera diferente a como las generaciones anteriores se habían visto, que estaba descubriendo que podía tener su propia cultura y sus propios referentes y su propia manera de estar en el mundo, que no tenía que pedir autorización a ninguna tradición anterior.

Enrique fue parte de esa construcción. fue uno de los que pusieron los ladrillos de algo que después se volvería enorme, aunque en el momento en que lo estaban construyendo, no siempre pudieron ver hasta dónde iba a llegar. tenía algo que los que lo vieron en esa época descrita, siempre con las mismas palabras, tenía presencia, no la presencia fabricada de los que aprenden a comportarse de cierta manera en público, porque saben que eso produce cierto efecto.

La presencia natural de los que simplemente son de una manera que los demás notan sin poder evitarlo, que llenan el espacio que ocupan con algo que no tiene nombre técnico, pero que cualquiera que lo haya visto en ese momento reconoce de inmediato. Esta presencia lo llevó a los sets, a los estudios, a los eventos donde se cruzaban todos los que eran parte de esa industria en ese momento.

Y fue en esos espacios donde Enrique Guzmán comenzó a ver cosas que la mayoría de las personas a su alrededor no veían porque no estaban prestando el tipo de atención que él prestaba. Enrique Guzmán siempre fue observador, no del tipo que observa para juzgar, del tipo que observa porque genuinamente le interesan las personas, porque encuentra de la manera en que las personas se comportan algo que le parece más fascinante que cualquier otra cosa que el mundo tenga para ofrecer.

esa cualidad, esa atención real a las personas, ya lo que hacen, ya lo que no hacen, ya la diferencia entre lo que dicen y lo que muestran con el cuerpo cuando creen que nadie los está mirando, fue la que lo puso en el lugar donde vio lo que vio. Fue la que lo convirtió en el testigo de algo que ninguno de los involucrados habría elegido como testigo si hubieran podido elegir.

Y lo que fue testigo es lo que vamos a contar ahora desde el principio con todos sus detalles, con toda su verdad, porque Enrique Guzmán a sus 83 años decidió que esta historia merece ser contada completa y esta es su voz. Hay cosas que se ven una sola vez y que no se olvidan nunca, no porque sean espectaculares ni porque tengan la dimensión de los eventos que el mundo registra y archiva y convierte en historia oficial, sino porque tienen algo que las hace imposibles de soltar, algo que se instala en la memoria con esa permanencia específica de las cosas que

cambian la manera en que ves todo lo que viene después. Enrique Guzmán había visto muchas cosas en su vida dentro del espectáculo mexicano. Había visto la generosidad y la mezquindad y la traición y la lealtad y todas las variantes humanas que producen una industria donde el ego y el dinero y el poder y el talento conviven en espacios reducidos con una intensidad que el mundo exterior rara vez alcanza.

Había visto suficiente para no sorprenderse fácilmente, pero lo que vio aquella noche lo sorprendió. No de la manera superficial en que nos sorprenden las cosas que no esperábamos, de la manera profunda en que nos sorprenden las cosas que cambian algo en nuestra comprensión del mundo, que nos obligan a reorganizar lo que creíamos saber sobre las personas que creíamos conocer, que nos muestran que la realidad tiene capas que no habíamos podido ver porque nadie nos había dado el ángulo correcto para verlas. Esa noche tenía el ángulo

correcto, sin haberlo buscado, sin haber planeado estar en ese lugar en ese momento, con esa arbitrariedad que tiene la vida cuando decide mostrarte algo que no pediste ver, pero que una vez que lo has visto, ya forma parte de ti de una manera que no tiene reversa. Para entender lo que Enrique vio aquella noche, hay que entender primero quiénes eran Silvia Pinal y Gustavo a la triste en ese momento.

quiénes eran para el público, no la versión que apareció en las revistas y en los eventos y en las entrevistas, donde los dos proyectaban esa imagen de pareja poderosa, que el mundo del espectáculo mexicano de aquella época se había convertido en una especie de referente en la prueba viviente de que el talento y el poder podían coexistir en el mismo espacio sin que uno destruyera al otro.

¿Quiénes eran en realidad? Silvia Pinal era en ese momento algo que pocas personas en la historia del espectáculo mexicano han sido. Era simultáneamente la actriz más importante de su generación y la mujer más inteligente de una industria que no siempre valoraba la inteligencia de las mujeres con la misma moneda con que valoraba su belleza.

Había trabajado con Buñuel. Había construido una carrera que tenía la solidez de las cosas construidas sobre el talento real y no sobre la imagen fabricada. tenía una manera de estar en cualquier espacio que lo cambiaba, que le daba una temperatura diferente, que hacía que todo el mundo a su alrededor ajustara su propio comportamiento de maneras que no siempre eran conscientes, pero que eran completamente reales.

Pero debajo de eso había algo que el público no podía ver. Había una mujer que navegaba una relación con Gustavo a la triste, que era mucho más complicada de lo que la imagen pública sugería. mucho más complicado y mucho más oscuro. Gustavo Alatrist era el tipo de hombre que en cualquier época habría tenido poder, porque el poder no era algo que buscaba, sino algo que emanaba de él con la naturalidad de las cosas que son constitutivas de una persona, que no se aprenden ni se fabrican, sino que simplemente están ahí desde el principio. Productor de época, era

empresario. era el hombre que financiaba las películas que el mundo después aplaudía, sin saber que detrás de cada una de esas películas había una voluntad específica, una visión específica, un hombre específico que había decidido que esa historia merecía existir y que había puesto su dinero y su tiempo y su nombre detrás de esa decisión tenía también otras cosas, cosas que los que lo conocían de cerca sabían y que los que solo lo conocían de lejos no podían ver porque él era extraordinariamente hábil en administrar lo que mostraba. y lo que

no mostraba. tenía una capacidad de control que iba más allá de lo profesional, una necesidad de que las cosas fueran de la manera en que él había decidido que debían ser, que cuando no se cumplía producía reacciones que las personas que las habían visto no olvidaban fácilmente. Enrique Guzmán había escuchado cosas en los pasillos, en las conversaciones que ocurren en los espacios entre los espacios oficiales, en los momentos donde la gente baja la guardia porque cree que no hay nadie mirando.

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