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A los 57 años, Piero nombra a cinco personas a las que nunca perdonará…

En la intimidad, sin embargo, algunos amigos advertían un cambio. Se volvió más errado, más suspicaz, contó años después uno de sus compañeros músicos. ya no confiaba fácilmente. decía que todo lo que construía podía ser destruido en segundos y no estaba tan equivocado, porque así como su carrera ascendía como un cohete, también comenzaban a formarse las primeras nubes oscuras sobre su figura, rumores de manipulaciones políticas, tensiones con instituciones culturales y, sobre todo, una creciente incomodidad por parte de algunos

sectores que lo veían demasiado combativo. había cruzado una línea o simplemente había elegido no callar. Lo cierto es que Piero, el niño inmigrante que cantaba con el alma, estaba a punto de convertirse en un símbolo y los símbolos inevitablemente generan división. Mucho antes de que él mismo lo notara, ya había enemigos esperando, y algunos de ellos, con nombres y apellidos, quedarían grabados para siempre en la lista negra, que años después él mismo decidiría revelar.

Cuando en 1969 se publicó el álbum Mi viejo, pocos imaginaron que ese disco cambiaría la vida de Piero y también la forma de entender la canción de autor en América Latina. La canción homónima dedicada a su padre se convirtió en un himno generacional. Pero más allá del éxito comercial que fue rotundo, lo que hizo de mi viejo una pieza inmortal fue su honestidad brutal.

Era el dolor del hijo que observa cómo el padre envejece en silencio. Era el grito contenido de millones de latinoamericanos atrapados entre el respeto y la ausencia emocional. Con ese solo tema, Piero dejó de ser un joven trobador con guitarra en mano para convertirse en la conciencia melódica de una época.

El disco vendió más de 500,000 copias solo en Argentina y su figura comenzó a expandirse por países como Colombia, Perú, Chile, Uruguay y México. Su nombre se asoció inmediatamente con la sensibilidad, la autenticidad, la resistencia. Pero lo que vendría después cambiaría no solo su carrera, sino también su destino. En 1974, en pleno auge político en el continente, Piero decidió dar un paso aún más audaz, lanzar el álbul para el pueblo lo que es del pueblo.

Un trabajo profundamente politizado y confrontativo. Las letras hablaban directamente de la lucha obrera, la desigualdad, la dignidad pisoteada. Ya no era poesía metafórica, era un manifiesto. Ese disco fue un punto de no retorno. La dictadura militar argentina, instaurada en 1976 no tardó en considerarlo una amenaza. Sus canciones fueron prohibidas, sus conciertos cancelados, sus discos retirados de circulación y lo más grave, su integridad física estuvo en riesgo.

Ante este clima de persecución, Piero se exilió. Pasó años entre Colombia, México, Venezuela y España, llevando su voz a escenarios donde aún se podía cantar sin temor. Durante su exilio, Piero no se debilitó, se transformó, cantó en fábricas, en cárceles, en plazas públicas. Grabó discos en otros países.

Participó en encuentros internacionales de solidaridad y derechos humanos. En esos años no fue solo un artista, fue un símbolo. Su regreso a la Argentina a comienzos de los 80 con la vuelta de la democracia fue recibido con una mezcla de júbilo y nostalgia. Los estadios se llenaron. Los periódicos hablaron de La Vuelta del trobador del pueblo.

La televisión lo presentó como una figura moral, como alguien que no se había vendido. Y sin embargo, lo inesperado ocurrió. Piero, el eterno independiente, aceptó en 1998 un cargo político. Fue nombrado secretario de cultura de la provincia de Buenos Aires por el entonces gobernador Eduardo Dualde. Era un gesto que sorprendió a muchos.

El artista de la calle ahora tenía oficina. El rebelde ahora tenía presupuesto. Al principio la nominación fue celebrada. Piero impulsó políticas de inclusión cultural, proyectos comunitarios, bibliotecas móviles, conciertos en barrios populares. Parecía finalmente que su discurso se volvía acción institucional, pero pronto comenzaron las fricciones.

Desde dentro del gobierno, algunos funcionarios lo tildaron de improvisado, de demasiado idealista. Desde fuera parte del público se sintió traicionado. Cómo el hombre que cantaba contra el poder ahora se aliaba con él. Era pragmatismo o incoherencia. La relación con Dualde se fue erosionando. No hubo ruptura oficial, pero sí un enfriamiento notorio.

En más de una entrevista, Piero dejó entrever su frustración. Pensé que desde adentro podía hacer más, pero las estructuras son más duras de lo que parecen. Después de dejar el cargo, Piero regresó a la música. Grabó nuevos discos, muchos de ellos de corte humanista y espiritual. Fue galardonado en múltiples ocasiones. En 1994 obtuvo la nacionalidad colombiana como reconocimiento a su labor cultural.

En 2016 recibió el Latin Grami de excelencia musical, uno de los reconocimientos más prestigiosos del mundo hispano. Pero debajo de los premios y los aplausos, algo se estaba gestando. En 2004 comenzó a vincularse activamente con una fundación llamada Buenas Ondas, enfocada en proyectos sociales para jóvenes vulnerables.

Durante un tiempo fue una historia de esperanza, talleres, actividades comunitarias, promoción del arte como herramienta de cambio, hasta que surgieron las denuncias. La ex subsecretaria de minoridad Cristina Tabolaro acusó a la fundación de desviar fondos públicos. Y aunque al principio Piero intentó mantenerse al margen, su nombre estaba firmando documentos, aparecía en reuniones, respaldaba públicamente los proyectos.

de cuestión de meses pasó de ser icono ético a imputado por la justicia. Lo más doloroso fue ver cómo una parte de la sociedad que lo admiraba comenzó a dudar. ¿Había cometido fraude o solo fue un rostro mal asesorado? En paralelo, algunos medios empezaron a recordar sus tensiones con figuras como José Cherkaskiy, quien nunca ocultó sus diferencias creativas con él y con sectores políticos que antes lo promovían y ahora lo desmentían.

De pronto, todo parecía desmoronarse y fue entonces en ese clima enrarecido, cuando Piero a los 57 años decidió hablar, no para defenderse, no para justificarse, sino para confesar algo mucho más humano. Hay personas a las que uno simplemente no puede perdonar. A simple vista, la carrera de Piero parecía estar escrita con tinta dorada, éxitos musicales, reconocimiento internacional, compromiso social.

Pero bajo esa superficie luminosa comenzaban a aparecer pequeñas grietas. Grietas que durante años fueron ignoradas, minimizadas o silenciadas. La primera señal vino de donde menos se esperaba. su propio compañero de batallas creativas, José Cherkaski. Aunque durante décadas trabajaron juntos en canciones memorables, las diferencias ideológicas y estilísticas entre ambos se fueron profundizando con el tiempo.

Cherkaski priorizaba la poética, la sutileza lírica, pero en cambio exigía denuncia directa, urgencia política. En entrevistas de archivo, el letrista llegó a decir que algunas canciones perdieron profundidad por intentar ser panfletos. No fue una pelea pública ni escandalosa, pero entre los seguidores más cercanos la tensión se volvió evidente.

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