En la intimidad, sin embargo, algunos amigos advertían un cambio. Se volvió más errado, más suspicaz, contó años después uno de sus compañeros músicos. ya no confiaba fácilmente. decía que todo lo que construía podía ser destruido en segundos y no estaba tan equivocado, porque así como su carrera ascendía como un cohete, también comenzaban a formarse las primeras nubes oscuras sobre su figura, rumores de manipulaciones políticas, tensiones con instituciones culturales y, sobre todo, una creciente incomodidad por parte de algunos
sectores que lo veían demasiado combativo. había cruzado una línea o simplemente había elegido no callar. Lo cierto es que Piero, el niño inmigrante que cantaba con el alma, estaba a punto de convertirse en un símbolo y los símbolos inevitablemente generan división. Mucho antes de que él mismo lo notara, ya había enemigos esperando, y algunos de ellos, con nombres y apellidos, quedarían grabados para siempre en la lista negra, que años después él mismo decidiría revelar.
Cuando en 1969 se publicó el álbum Mi viejo, pocos imaginaron que ese disco cambiaría la vida de Piero y también la forma de entender la canción de autor en América Latina. La canción homónima dedicada a su padre se convirtió en un himno generacional. Pero más allá del éxito comercial que fue rotundo, lo que hizo de mi viejo una pieza inmortal fue su honestidad brutal.
Era el dolor del hijo que observa cómo el padre envejece en silencio. Era el grito contenido de millones de latinoamericanos atrapados entre el respeto y la ausencia emocional. Con ese solo tema, Piero dejó de ser un joven trobador con guitarra en mano para convertirse en la conciencia melódica de una época.
El disco vendió más de 500,000 copias solo en Argentina y su figura comenzó a expandirse por países como Colombia, Perú, Chile, Uruguay y México. Su nombre se asoció inmediatamente con la sensibilidad, la autenticidad, la resistencia. Pero lo que vendría después cambiaría no solo su carrera, sino también su destino. En 1974, en pleno auge político en el continente, Piero decidió dar un paso aún más audaz, lanzar el álbul para el pueblo lo que es del pueblo.
Un trabajo profundamente politizado y confrontativo. Las letras hablaban directamente de la lucha obrera, la desigualdad, la dignidad pisoteada. Ya no era poesía metafórica, era un manifiesto. Ese disco fue un punto de no retorno. La dictadura militar argentina, instaurada en 1976 no tardó en considerarlo una amenaza. Sus canciones fueron prohibidas, sus conciertos cancelados, sus discos retirados de circulación y lo más grave, su integridad física estuvo en riesgo.
Ante este clima de persecución, Piero se exilió. Pasó años entre Colombia, México, Venezuela y España, llevando su voz a escenarios donde aún se podía cantar sin temor. Durante su exilio, Piero no se debilitó, se transformó, cantó en fábricas, en cárceles, en plazas públicas. Grabó discos en otros países.
Participó en encuentros internacionales de solidaridad y derechos humanos. En esos años no fue solo un artista, fue un símbolo. Su regreso a la Argentina a comienzos de los 80 con la vuelta de la democracia fue recibido con una mezcla de júbilo y nostalgia. Los estadios se llenaron. Los periódicos hablaron de La Vuelta del trobador del pueblo.
La televisión lo presentó como una figura moral, como alguien que no se había vendido. Y sin embargo, lo inesperado ocurrió. Piero, el eterno independiente, aceptó en 1998 un cargo político. Fue nombrado secretario de cultura de la provincia de Buenos Aires por el entonces gobernador Eduardo Dualde. Era un gesto que sorprendió a muchos.
El artista de la calle ahora tenía oficina. El rebelde ahora tenía presupuesto. Al principio la nominación fue celebrada. Piero impulsó políticas de inclusión cultural, proyectos comunitarios, bibliotecas móviles, conciertos en barrios populares. Parecía finalmente que su discurso se volvía acción institucional, pero pronto comenzaron las fricciones.
Desde dentro del gobierno, algunos funcionarios lo tildaron de improvisado, de demasiado idealista. Desde fuera parte del público se sintió traicionado. Cómo el hombre que cantaba contra el poder ahora se aliaba con él. Era pragmatismo o incoherencia. La relación con Dualde se fue erosionando. No hubo ruptura oficial, pero sí un enfriamiento notorio.
En más de una entrevista, Piero dejó entrever su frustración. Pensé que desde adentro podía hacer más, pero las estructuras son más duras de lo que parecen. Después de dejar el cargo, Piero regresó a la música. Grabó nuevos discos, muchos de ellos de corte humanista y espiritual. Fue galardonado en múltiples ocasiones. En 1994 obtuvo la nacionalidad colombiana como reconocimiento a su labor cultural.
En 2016 recibió el Latin Grami de excelencia musical, uno de los reconocimientos más prestigiosos del mundo hispano. Pero debajo de los premios y los aplausos, algo se estaba gestando. En 2004 comenzó a vincularse activamente con una fundación llamada Buenas Ondas, enfocada en proyectos sociales para jóvenes vulnerables.
Durante un tiempo fue una historia de esperanza, talleres, actividades comunitarias, promoción del arte como herramienta de cambio, hasta que surgieron las denuncias. La ex subsecretaria de minoridad Cristina Tabolaro acusó a la fundación de desviar fondos públicos. Y aunque al principio Piero intentó mantenerse al margen, su nombre estaba firmando documentos, aparecía en reuniones, respaldaba públicamente los proyectos.
de cuestión de meses pasó de ser icono ético a imputado por la justicia. Lo más doloroso fue ver cómo una parte de la sociedad que lo admiraba comenzó a dudar. ¿Había cometido fraude o solo fue un rostro mal asesorado? En paralelo, algunos medios empezaron a recordar sus tensiones con figuras como José Cherkaskiy, quien nunca ocultó sus diferencias creativas con él y con sectores políticos que antes lo promovían y ahora lo desmentían.
De pronto, todo parecía desmoronarse y fue entonces en ese clima enrarecido, cuando Piero a los 57 años decidió hablar, no para defenderse, no para justificarse, sino para confesar algo mucho más humano. Hay personas a las que uno simplemente no puede perdonar. A simple vista, la carrera de Piero parecía estar escrita con tinta dorada, éxitos musicales, reconocimiento internacional, compromiso social.
Pero bajo esa superficie luminosa comenzaban a aparecer pequeñas grietas. Grietas que durante años fueron ignoradas, minimizadas o silenciadas. La primera señal vino de donde menos se esperaba. su propio compañero de batallas creativas, José Cherkaski. Aunque durante décadas trabajaron juntos en canciones memorables, las diferencias ideológicas y estilísticas entre ambos se fueron profundizando con el tiempo.
Cherkaski priorizaba la poética, la sutileza lírica, pero en cambio exigía denuncia directa, urgencia política. En entrevistas de archivo, el letrista llegó a decir que algunas canciones perdieron profundidad por intentar ser panfletos. No fue una pelea pública ni escandalosa, pero entre los seguidores más cercanos la tensión se volvió evidente.
Estaban ante un quiebre creativo o ante una ruptura silenciosa de visiones. La segunda grieta se abrió cuando Piero aceptó el cargo de secretario de cultura en la provincia de Buenos Aires. Muchos de sus seguidores, especialmente aquellos que lo admiraban por su postura crítica frente al poder, se sintieron desconcertados.
¿Cómo era posible que el trobador del pueblo se integrara a la maquinaria política? Aunque Piero defendió su decisión alegando que desde adentro se puede cambiar más, las críticas no tardaron en llegar. Algunos artistas lo acusaron de coquetear con el poder, mientras que ciertos funcionarios lo acusaban de ser un utópico molesto.
La prensa empezó a publicar columnas con títulos como Piero se volvió funcionario o El funcionario se volvió artista, pero lo peor aún estaba por llegar. En 2004 comenzó su vinculación con la fundación Buenas Ondas, una entidad creada para promover actividades sociales con jóvenes en situación de vulnerabilidad.
Al principio todo parecía transparente. Se anunciaron talleres artísticos, becas, festivales comunitarios. Piero aparecía en afiches, encabezaba eventos, daba discursos emocionados sobre cambiar el mundo desde lo cotidiano. Sin embargo, en 2008 estalló la tormenta. Cristina Tabolado, ex subsecretaria de minoridad, denunció ante la justicia irregularidades en el uso de los fondos públicos asignados a la fundación.
acusó directamente a Piero y a otros miembros del directorio de fraude a la administración pública, señalando que varios proyectos nunca se concretaron y que ciertos recursos fueron desviados a fines no autorizados. Piero negó categóricamente las acusaciones. Alegó que su rol era simbólico, representativo, que no manejaba los aspectos administrativos, pero para la fiscal Maribel Furnus su responsabilidad era clara.
No se puede ser la cara visible de un proyecto y luego fingir no saber lo que ocurre dentro. Las declaraciones se volvieron cada vez más duras. Furnus llegó a acusarlo de falta de colaboración con la justicia, lo cual llevó a que en 2011 fuera declarado en rebeldía tras no presentarse a varias citaciones judiciales.
Mientras tanto, la opinión pública se dividía. Por un lado estaban quienes creían ciegamente en su inocencia. “Piero nunca robaría un peso,” decían. Por otro, estaban los que consideraban que su imagen de artista comprometido había sido usada para encubrir una estructura irregular. Los medios, siempre hambrientos de contradicciones humanas, empezaron a publicar titulares como El cantor del pueblo en el banquillo de trobador a imputado.
O hasta dónde llega la responsabilidad moral de un artista. Pero incluso fuera del caso legal, otras fisuras empezaban a hacerse evidentes. Algunos sectores más jóvenes lo veían como un símbolo anacrónico, alguien aferrado a una estética y una narrativa que ya no conectaba con las nuevas luchas sociales. Sus discos más recientes tenían menos impacto.
Sus conciertos, aunque aún concurridos, ya no movilizaban multitudes. En las redes sociales comenzaron a circular críticas que antes no existían. Lo acusaban de romantizar el dolor, de usar el pasado como escudo, de hablar desde un pedestal. Piero, acostumbrado a ser admirado, comenzó a encerrarse en un círculo más íntimo.
Su entorno se volvió hermético, las entrevistas escaseaban. Cuando hablaba lo hacía con un tono más contenido, casi amargo. En una de sus últimas declaraciones antes del juicio, llegó a decir, “He cometido errores, tal vez por confiar demasiado, pero nunca traicioné mis principios.” La frase, poderosa y ambigua, dejó muchas preguntas sin respuesta.
¿Confió demasiado o se dejó usar? ¿Fue víctima de un sistema corrupto o parte activa de su engranaje? ¿Y qué lugar ocupa el arte cuando su creador se ve envuelto en sombras? Lo cierto es que en medio del caos, una idea comenzó a rondar la cabeza de muchos, que Piero no era solo víctima ni solo culpable, que quizás era ambas cosas y que, como cualquier ser humano, también guardaba en su interior una lista de nombres que prefería olvidar, pero no podía, porque hay heridas que ni la música puede cerrar y silencios que tarde o temprano piden ser
contados. La mañana del 23 de septiembre de 2011, una noticia recorrió los protales digitales de Argentina y Colombia. Piero, el cantautor de mi viejo, ha sido declarado en rebeldía judicial. Para quienes crecieron cantando sus letras, fue un golpe seco difícil de procesar. Para los medios, un regalo caído del cielo y para sus enemigos la oportunidad de destruir una imagen que durante décadas parecía inquebrantable.
Todo giraba en torno a la fundación Buenas Ondas, aquella organización nacida con la supuesta intención de generar espacios culturales y educativos para jóvenes en situación de vulnerabilidad. Desde 2004 hasta 2008, el proyecto había recibido financiamiento del Estado argentino a través de distintos programas sociales.
Piero no solo era el rostro visible, su firma aparecía como presidente honorario en varios convenios. Las primeras denuncias presentadas por Cristina Tabolaro hablaban de desvío de fondos, incumplimientos de contrato y proyectos fantasmas. Pero en 2011, con la intervención de la fiscal Maribel Furnus, el caso tomó otra dimensión.
Ahora no se trataba solo de una disputa administrativa. La justicia formalmente imputaba a Piero por presunto fraude a la administración pública y lo citaba a declarar. Lo llamaron tres veces. No acudió a ninguna. La excusa fue siempre la misma. Cuestiones de agenda, problemas de salud, falta de notificación formal, pero la justicia interpretó otra cosa, desinterés, evasión, arrogancia.
Y entonces llegó la bomba. Fue declarado en rebeldía y se solicitó su comparecencia obligatoria. Esa misma tarde Piero dio una entrevista telefónica con un medio colombiano. Su voz, generalmente firme y pausada, sonaba tensa. No soy ningún prófugo. Estoy dispuesto a colaborar, pero no voy a prestarme a un circo mediático.
Yo me dediqué a cantar por los que no tienen voz, que ahora me quieran ensuciar. Me resulta repugnante. La prensa argentina no tuvo piedad. Titulares como De la troba al banquillo, El Rebelde acorralado o Cuando el canto deja de sanar inundaron las cortadas. Programas de televisión sacaban a relucir viejas imágenes suyas con políticos tratándolo de oportunista.
Exfuncionarios del gobierno de Duande salieron a desmarcarse. Nunca tuvo experiencia de gestión. Fue un error confiarle responsabilidades institucionales. Mientras tanto, sus seguidores históricos vivían un conflicto interno. Debían defenderlo ciegamente o exigirle explicaciones como a cualquier otro ciudadano.
Algunos organizaban campañas en redes con hashtags como yo creo en Piero. Otros, en cambio, publicaban cartas abiertas. Si tanto hablaste por los demás, ahora habla por vos. El desconcierto era total y en medio del caos Piero eligió el silencio. Durante semanas no emitió declaración pública alguna. canceló presentaciones, se ausentó de eventos donde ya estaba anunciado.
Sus abogados presentaron recursos para dilatar el proceso, alegando falta de pruebas sustanciales y persecución ideológica, pero el daño ya había sido hecho. La imagen del trobador solidario se había quebrado, no por una condena judicial, sino por la sospecha, por la ausencia de una voz que solía estar siempre presente, por el eco de un silencio que retumbaba más que 1000 guitarras.
Y aún faltaba lo peor, la revelación de los nombres que según él marcaron su caída. Meses después de la tormenta judicial, Piero eligió un escenario distinto para hablar. No fue un estudio de televisión ni una sala de prensa llena de cámaras y luces. Fue una pequeña cabina de radio en Bogotá con las paredes cubiertas de espuma acústica y un micrófono antiguo que parecía haber escuchado demasiadas confesiones.
Allí, sin público, sin aplausos, sin defensa armada por asesores, su voz sonaba distinta, más baja, más áspera, como si cada palabra pesara toneladas. Primero habló de la soledad, de cómo en los días más duros del proceso se dio cuenta de que muchos de los que antes lo rodeaban habían desaparecido, de cómo los teléfonos dejaron de sonar, de cómo algunos antiguos aliados cambiaron de vereda sin mirarlos a los ojos.
Y entonces, casi sin advertencia, su tono cambió. Dejó de hablar en abstracto y empezó a hablar de personas concretas. recordó a José Cherkaski no como el letrista brillante con el que construyó himnos, sino como alguien que con el tiempo eligió la distancia y las críticas públicas antes que el diálogo. Habló de discusiones nunca resueltas, de silencios incómodos, de entrevistas en las que sintió que su viejo compañero prefería juzgarlo antes que comprenderlo.
no lo insultó, pero en su voz se percibía una herida antigua, profunda, que nunca cicatrizó. Luego llegó el nombre de Eduardo Dualde. Piero no levantó la voz, pero cada frase fue más cortante. Dijo que lo habían invitado a la política como símbolo, como rostro, como legitimidad cultural, que le prometieron cambios reales y luego lo dejaron solo cuando los problemas estallaron.
Me usaron”, murmuró con una mezcla de rabia y decepción. Y en ese instante quedó claro que para él no se trataba solo de diferencias políticas, sino de una traición personal. Luego habló de Cristina Tabolaro. No la describió como enemiga, sino como alguien obsesionada con el espectáculo de la denuncia. dijo que nunca intentó hablar con él cara a cara, que prefirió los titulares antes que la verdad, que convirtió un problema administrativo en un juicio moral público.
En su relato, ella no era solo una funcionaria que cumplía su deber, sino una figura que, según él, construyó culpables antes de buscar justicia. Y cuando mencionó a Maribel Furnus, la fiscal del caso, su tono se volvió más contenido. Habló de citaciones que consideró humillantes, de filtraciones a la prensa, de una sensación constante de persecución.

Para Piero no fue un proceso legal, fue un juicio mediático donde la presunción de inocencia desapareció desde el primer día. Pero la confesión más dura llegó cuando miró más atrás en el tiempo, sin necesidad de nombrar personas específicas, evocó a la dictadura militar argentina de 1976 a 1983, no como un capítulo cerrado de la historia, sino como una sombra que nunca dejó de acompañarlo.
Habló del exilio, del miedo, de las canciones prohibidas, de los amigos desaparecidos y dijo con una calma inquieta que esa herida nunca se cerró, que ahí nació su desconfianza hacia el poder, que ahí aprendió que el silencio podía ser un arma. En ese momento el estudio pareció congelarse. No había gritos, no había dramatismo exagerado, solo la confesión de un hombre que había pasado de cantar por los demás a cargar con sus propias batallas.
Piero no pidió perdón, tampoco buscó redención. Dijo simplemente que hay nombres que uno guarda para siempre, no por odio, sino porque representan momentos en los que su confianza fue destrozada. Cuando terminó de hablar, dejó un silencio largo, incómodo, casi cinematográfico, y ese silencio dijo más que cualquier declaración, porque por primera vez el trobador del pueblo ya no sonaba como un símbolo, sonaba como un ser humano herido, consciente de sus luces y sus sombras y de los nombres que lo acompañarían hasta el final. Fue
necesario esperar años, años de sospechas, de titulares amarillistas, de acusaciones repetidas y de fanáticos que, sin pruebas ni contexto, se dividían entre la defensa ciega y la cancelación inmediata. Piero había aprendido a sobrevivir en ese fuego cruzado, pero lo que nadie sabía es que había algo que nunca había contado, algo que ni en las entrevistas más profundas se había atrevido a decir.
Hasta ahora. En una aparición inesperada en un conversatorio íntimo en Medellín, donde fue invitado por un colectivo de jóvenes artistas sociales, Piero se sentó frente a un auditorio pequeño. No había prensa ni luces profesionales, solo unas decenas de personas, la mayoría nacidas después de su época dorada, que querían escuchar lo que quedaba del mito.
Y lo que escucharon no fue un discurso, fue una confesión. Piero empezó hablando de la música, de cómo cada canción que escribió en el fondo era una carta no enviada, un pedido de ayuda, una forma de ponerle palabras al miedo, a la soledad, al enojo. Y poco a poco, sin que nadie se lo pidiera, empezó a hablar de la caída.
No fue la justicia la que me derrumbó. No fue la prensa, fui yo. Fui yo quien creyó que podía estar en todos los mundos al mismo tiempo, en el de la política, el de la gestión, el del arte, el de la calle. Y no, uno no puede estar en todas partes sin traicionarse. Esa frase dejó al público en silencio. Luego habló de la fundación Buenas Odas.
reconoció que aceptó figurar como presidente simbólico, que no revisó los papeles como debía, que confió en personas que no tenían su misma ética. Mi pecado no fue robar, mi pecado fue mirar para otro lado mientras otros hacían las cosas mal. Nadie respiraba en el auditorio y entonces, con voz pausada, pero firme, soltó lo que durante años muchos esperaban escuchar.
Sí, me equivoqué. Pero no soy el único. Los que me empujaron a ese lugar, los que se beneficiaron con mi nombre, los que se escondieron cuando todo explotó, ellos también son responsables. Pero yo soy el único que puso la cara. Contó como perdió amigos, contratos, escenarios, cómo lo miraban en los aeropuertos como si fuera un delincuente, como sus hijos ya adultos tuvieron que salir a defenderlo en medios donde nadie los escuchaba.
y cómo su propia fe en la humanidad se resquebrajó. Yo canté durante décadas para gente que sufría y cuando fui yo el que sangraba, hubo muchos que se quedaron mirando. Pero no todo fue amargura. En esa misma charla, Piero habló de los que sí estuvieron, de los que le ofrecieron un café cuando todos los demás le daban la espalda, de los que le preguntaban, “¿Estás bien?” En vez de, “¿Qué hiciste?” Y en esa lista también habló de sí mismo.
Durante años me exigí ser ejemplo, modelo, símbolo, pero yo no soy eso. Yo soy un tipo que escribe canciones, que tiene miedo, que se enoja, que confía demasiado, que se equivoca y que a veces no sabe cómo pedir ayuda. El público, muchos con lágrimas en los ojos, aplaudió, no porque lo absolviera la ley, sino porque por primera vez lo sentían cerca, humano, real.
Piero terminó esa noche con una canción inédita escrita durante los días más oscuros del proceso. No tenía título, solo una melodía tenue y una frase que se repetía: “Perdono, pero no olvido. Sigo, pero no regreso. Canto aunque no me crean. Esa noche no hubo cámaras, pero sí hubo verdad.
Y en ese pequeño escenario, sin jueces ni fiscales, sin editores ni cortes, Piero encontró algo que durante años había buscado sin saberlo, el permiso de volver a ser simplemente él. El nombre de Piero seguirá resonando en la historia de la música latinoamericana, pero ya no como una figura idealizada e intocable. Su legado, como el de tantos otros artistas que caminaron la delgada línea entre el compromiso y la contradicción, está marcado por luces intensas y sombras profundas.
No fue solo el cantautor de mi viejo, ni el trobador de las causas sociales, ni el símbolo del exilio. Fue también un hombre atravesado por sus errores, por su silencio en momentos clave, por su incapacidad de romper ciertas lealtades hasta que ya era demasiado tarde. un ser humano que intentó abarcar demasiado, creyendo que la coherencia bastaba para sobrevivir a la política, a la justicia y a la opinión pública.
Su historia nos deja una pregunta incómoda. ¿Qué hacemos cuando nuestros ídolos fallan? ¿Los destruimos por completo o aprendemos a verlos en su complejidad? Piero no pidió absolución, no buscó que lo perdonaran, solo quiso que al menos una vez se lo escuchara sin filtros. Y esa última canción, la que cantó casi en susurros en Medellín, no fue un cierre, fue una grieta abierta, una invitación a mirar más allá del mito, porque al final lo que más duele no es que un artista se caiga, lo que duele es descubrir que también puede sangrar.
y que detrás de cada himno hay un hombre que todavía carga con los nombres que no supo o no quiso perdonar.