Posted in

20 AÑOS DESPUÉS SALE A LA LUZ LA VERDAD QUE ENRIQUE PEÑA OCULTÓ SOBRE LA MUERTE DE MONICA PRETELINI

Él ya lo pronunciaba como si le perteneciera. Ingresó al PRI a los 18 años. entró al partido como quien entra a la casa que ya conoce desde niño. No llegaba como intruso, llegaba como heredero y desde entonces su ascenso fue limpio por fuera y turbio por dentro, siempre impecable en la foto, siempre protegido por las manos correctas, siempre impulsado por la maquinaria precisa.

Su gran padrino político fue Arturo Montiel Rojas, su tío y mentor, uno de los nombres más pesados del priismo mexiquense. Bajo esa sombra aprendió la lección más importante de todas. En política, la verdad importa menos que la imagen y la imagen, cuando se trabaja bien puede convertir [música] a cualquier hombre en esperanza nacional.

Para mediados de la primera década del siglo, aquella operación ya estaba bastante avanzada. Peña Nieto ganó la gubernatura del Estado de México y el país comenzó a mirarlo como el nuevo rostro del PRI. Joven, fotogénico, peinado perfecto, voz tranquila, promesas calculadas. Era el envase ideal para vender renovación sin cambiar realmente nada.

Pero mientras el personaje crecía ante las cámaras, el hombre real empezaba a pudrirse en privado. Porque mientras México veía al gobernador moderno, al esposo correcto, al padre de familia sonriente junto a Mónica Pretelini y sus tres hijos, dentro de esa casa ya respiraba otra cosa. Soledad, distancia, ambición sin freno. tipo de vacío que no se nota en los actos oficiales, pero que termina filtrándose por todas las grietas.

El poder lo estaba elevando, también lo estaba deformando. Y lo más peligroso no era su hambre de subir, era su convicción de que podía hacerlo sin pagar nada, sin perder nada, sin que nadie le cobrara la factura. Pero toda ascensión construida sobre una mentira [música] necesita una primera traición.

Y Enrique Peña Nieto ya estaba a punto de cometerla. Aquí llega la primera de las cuatro cosas que te prometí. Las contradicciones que rodearon la muerte de Mónica Pretelini y por qué incluso años después seguía creciendo la sospecha. Mientras México veía a un gobernador joven, impecable, sonriente, un hombre que parecía haber nacido para besar niños, prometer carreteras y mirar a las cámaras con la serenidad [música] exacta del candidato perfecto, dentro de su casa ya se estaba pudriendo algo.

Y no era un rumor pequeño, no era una indiscreción cualquiera, era el tipo de secreto que no destruye solo un matrimonio, destruye una familia entera y cuando se mezcla con poder puede terminar contaminando a un país completo. Enrique Peña Nieto llevaba años construyendo una doble vida con la precisión de alguien que se había protegido.

De un lado estaba la fotografía oficial. La esposa elegante, los hijos, la carrera ascendente, el hombre disciplinado que obedecía el libreto del grupo Atlacomulco, como si hubiera sido escrito para él desde la cuna. Del otro lado estaba lo que no debía existir, las ausencias, las mentiras, los silencios y una relación paralela que no duró unas semanas ni un desliz de campaña.

Duró años, años enteros de engaño, mientras Mónica Pretelini sostenía el decorado de una familia que ya se estaba cayendo por dentro. Guarda este detalle porque después lo vas a entender mejor. En la política mexicana el problema no empieza cuando estalla el escándalo. Empieza cuando el poder convence a un hombre de que puede vivir dos vidas al mismo tiempo y no pagar ninguna consecuencia.

Peña Nieto ya estaba ahí. Mientras ocupaba cargos, mientras sonreía en eventos públicos, mientras hablaba de compromisos y futuro, mantenía una relación con Maritza Díaz Hernández. De esa historia nació un hijo y según versiones que con el tiempo fueron saliendo a la luz, no fue el único. Hubo otro niño fuera del matrimonio que murió siendo apenas [música] un bebé.

Piensa en eso un momento. El futuro presidente de México, el hombre que quería venderse como símbolo de orden, escondiendo hijos, administrando afectos como si fueran daños colaterales, decidiendo quién podía existir en público y quién debía quedarse en la sombra. Cuando esas grietas empezaron a notarse, no respondió como responde un hombre acorralado por la culpa.

respondió como responde alguien entrenado para controlar daños. Años después salieron a la superficie grabaciones y reclamos que retrataban a Maritza enfrentando no solo a un amante [música] ausente, sino a un hombre dispuesto a tercerizar incluso la relación con su propio hijo. Luis Videgaray apareció orbitando esa zona íntima, como si también lo personal pudiera resolverse con operadores, recados y arreglos fríos.

El mensaje era brutal. La criatura existía, sí, pero debía ser administrada, nunca integrada, nunca reconocida como podía reconocerla un padre normal. Eso no es una aventura, eso ya es una forma de crueldad. Y mientras todo eso ocurría, Mónica seguía ahí. La esposa legítima, la mujer correcta, la madre de Paulina, Alejandro y Nicole, la que aparecía al lado del gobernador cuando las cámaras la necesitaban.

Pero en privado la historia era otra. Las versiones sobre su dolor crecieron con los años. La soledad, la humillación, la sensación de vivir dentro de una casa donde todo estaba diseñado para proteger la carrera de un hombre y nada para proteger la paz de una mujer. Mónica, además enfrentaba problemas de salud, padecía epilepsia y esa combinación, fragilidad médica, tensión emocional y un matrimonio carcomido por la mentira fue preparando el terreno para la escena que lo cambió todo.

11 de enero de 2007, Hospital ABC de Santa Fe. Mónica Pretelini entra en estado crítico. horas después, la noticia sacude al país. Muerte cerebral. Luego, la confirmación definitiva. La esposa del gobernador había muerto a los 44 años. Oficialmente todo quedó envuelto en un cuadro médico asociado a una crisis convulsiva y complicaciones respiratorias.

Pero casi de inmediato empezaron las preguntas. Demasiadas preguntas, demasiadas sombras. El neurólogo que la había tratado durante [música] meses llegó a describir el caso como inusual. Y cuando años después Jorge Ramos preguntó a Peña Nieto por la causa exacta de la muerte de su esposa, él vaciló. dudo.

Se enredó como si no estuviera recordando a la mujer con la que había construido una vida, sino repasando una ficha mal memorizada antes de entrar al foro. México olió la fractura en ese instante porque hay olvidos que no parecen humanos y hay silencios que en la boca del poder suenan peor que una confesión. Después vinieron los rumores, versiones de sobredosis.

Sospechas de desesperación, teorías más oscuras, nada aprobado de forma definitiva, pero todo lo bastante inquietante como para que la maquinaria política reaccionara de inmediato, no con duelo, con control, con una operación de imagen, con cientos de esquelas, mensajes, ceremonias y una narrativa perfectamente diseñada para transformar una muerte incómoda en una escena de compasión nacional y funcionó.

Read More