Posted in

“TE DOY MIL DOLARES SI ME ATIENDES EN JAPONÉS” SE BURLÓ EL MILLONARIO.. LA LIMPIADORA CALLÓ A TODOS

Te doy $1,000 si me atiendes en japonés. Se burló el millonario. La limpiadora cayó a todos. El billete voló sobre el piso recién trapado y aterrizó justo frente a sus rodillas. $,000 si me atiendes en japonés, dijo Fulgencio Alderete Rosas sin levantar la vista del menú. Mis socios quieren ver si en este país alguien sabe algo más que fregar pisos.

Los tres hombres que lo acompañaban soltaron una carcajada. Los dos empresarios japoneses al otro extremo de la mesa no se rieron. Uno de ellos, el de cabello entre cano y traje gris oscuro, bajó los ojos hacia su vaso de agua. Consuelo Guatanaab Irigoyen no se levantó. Terminó de pasar el trapeador por el último tramo de mosaico, lo enrolló despacio alrededor del palo y recogió el billete del suelo.

Lo dobló en cuatro. Se lo guardó en el bolsillo del delantal sin decir una sola palabra. “Oye, ¿te pregunté algo?”, dijo Fulgencio, ahora sí mirándola. “No, señor”, respondió ella en voz baja. No me preguntó nada y siguió hacia la cocina. Así de simple, así de callada, así de invisible. El restaurante del hotel Camino Real de Polanco era uno de esos lugares donde el silencio cuesta dinero.

Manteles de lino, cubiertos que pesan, ventanas que dan a la avenida, como si el mundo de afuera fuera solo decoración. El tipo de lugar donde los meseros sonríen con la parte correcta de la cara y los clientes hablan en voz baja no porque tengan algo privado que decir, sino porque han aprendido que hablar bajito es otra forma de demostrar que uno pertenece ahí.

Fulgencio Alderete llegaba ahí dos o tres veces al mes, siempre con gente importante, siempre con el mismo aire de quien sabe que la mesa ya estará lista antes de que él la pida. Ese martes tenía una reunión que valía, según sus propias palabras, 380 millones de dólares. La empresa Tanaka y Importaciones llevaba décadas siendo el puente entre Japón y Latinoamérica en la distribución de saque, cerámica artesanal y textiles de lujo.

Fulgencio quería una alianza. Llevaba meses cortejando al señor Kenji Tanca con correos, con invitaciones, con botellas de vino que llegaban a Tokio con nota manuscrita y el señor Tanaka había venido. Eso ya era algo lo que Fulgencio no entendía porque nunca había necesitado entender era que los japoneses observan antes de hablar que el silencio no es incomodidad, es evaluación.

Consuelo lo sabía, lo había aprendido de su abuela. Ella tenía 31 años y llevaba 8 meses trabajando en el hotel. Antes había limpiado oficinas en Santa Fe. Antes de eso, una clínica en Tlatelolco. Antes de eso, un gimnasio en La Narbarte, donde el olor a cloro nunca se iba del pelo, siempre limpiando, siempre invisible, siempre con el mismo par de tenis blancos que ella misma blanqueaba cada domingo con pasta de dientes porque no había presupuesto para comprar otros.

Había noches en que llegaba a su cuarto de la colonia Guerrero con las rodillas adoloridas y las manos ásperas de tanto detergente, y se quedaba sentada en la cama sin fuerzas ni para quitarse los zapatos. Pero al día siguiente se levantaba. Siempre se levantaba. Su credencial del hotel decía, “Consuelo Dulv, Irigoyen, servicio de limpieza.

Nadie preguntaba qué significaba la dub. Nadie había preguntado nunca. Su madre, Remedios Irigoyen, había sido costurera en la colonia Guerrero. Su padre, Hiroshi Huatanabe, había llegado a México a los 26 años con una maleta, un diccionario español japonés ya subrayado y la certeza tranquila de que algo bueno lo esperaba en este país.

Habían sido felices los dos de esa felicidad discreta que no necesita testigos. Consuelo recordaba el olor del arroz que él cocinaba los domingos, la forma en que él doblaba el periódico en perfectos rectángulos antes de tirarlo, las cartas que le escribía a su madre en Osaka, cada 15 días con letra apretada y pareja.

Y recordaba el día que él no llegó a cenar. Tenía 9 años. Nunca más volvió a saber de él. Cuando entró a la cocina, Martina, la otra del turno, la miró con esa cara que pone la gente cuando sabe que algo pasó, pero no quiere ser la primera en preguntar. ¿Estás bien? Sí, dijo Consuelo y colgó el trapeador en su gancho. Se oyó hasta acá lo que dijo ese señor.

Todo se oye en este lugar. Martina asomó la cabeza hacia el pasillo como si el hombre pudiera estar escuchando desde la mesa. Es Fulgencio Alderete, el del consorcio textil. Sale en el periódico seguido. Dicen que tiene más dinero que vergüenza. Consuelo se sirvió un vaso de agua del filtro. Lo bebió despacio.

Dicen bien, dijo, “y nada más.” Pero guardó el billete, no porque lo fuera a gastar, no todavía. Lo guardó porque los billetes doblados en cuatro son evidencia y Consuelo, Guatanabe, Irigoyen había aprendido desde muy chica que uno nunca sabe cuándo va a necesitar evidencia de algo. Su abuela Yuki se lo había enseñado. Obachan Yuki, que vivía en Osaka, en un departamento pequeño, lleno de plantas y cajas de madera, donde guardaba cosas, cartas, fotografías.

Cintas de cassete viejas, documentos doblados con cuidado dentro de sobres de papel manila. No tires nada, Consuelo Chan, le decía en japonés cada vez que se hablaban por teléfono. Las cosas que parecen basura a veces son lo único que queda. Consuelo no había entendido eso cuando era niña, lo entendía.

Ahora, a las 2 de la tarde, el gerente del restaurante, un hombre delgado de apellido Garduño, que siempre olía a colonia de farmacia, se asomó a la cocina con cara de disculpa anticipada. Consuelo. El señor de la mesa dos se preguntó si puedes llevarle más agua. Ella lo miró. Yo específicamente. Garduño se acomodó el saco.

Él pidió que fueras tú. Consuelo se preguntó si fue el señor Alderete o uno de los japoneses quien había pedido eso. No lo preguntó. Tomó la jarra de agua fría, se limpió las manos en el delantal y salió. La mesa 12 estaba junto a la ventana. Desde afuera, cualquiera que pasara por la avenida habría visto solo a un grupo de hombres de negocios en una reunión importante.

No habría visto a la mujer de delantal blanco que se acercaba con la jarra. Nadie ve a las personas que limpian. Eso, pensó Consuelo, también tiene su utilidad. Cuando llegó a la mesa, Fulgencio Alderete ni levantó la vista. seguía hablando, gestulando, construyendo en el aire el castillo de su propio discurso. Sus socios mexicanos asentían con la cadencia exacta de quien no quiere contradecir al que firma los cheques.

Los dos japoneses escuchaban con esa cortesía firme que puede confundirse con aprobación si uno no sabe leer bien. El señor Tanaka sí la miró cuando ella se acercó. Un segundo, solo un segundo. Y en ese segundo Consuelo sintió algo raro, no lástima, no compasión, algo más parecido al reconocimiento.

Read More