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Pidió comida y esperaba que se la denegaran… pero recibió ayuda; años más tarde regresó

Señora, por caridad, un plato de lo que sea, no he comido en dos días. Pásele,  hijo. Aquí nadie se va con el estómago vacío. Esa fue la primera vez que Ramiro Solís escuchó una voz que no lo trataba como  estorbo. Llevaba semanas caminando de pueblo en pueblo con los zapatos rotos y la dignidad más rota todavía, tocando puertas que se cerraban antes de que  terminara la frase, escuchando perros ladrar antes de poder explicar quién era.

Dos días sin comer, dos días con el sabor metálico del hambre pegado al paladar. Dos días aguantando el sol del mediodía y el frío de la madrugada bajo los puentes, durmiendo con el sombrero sobre la cara para que no le robaran lo único que tenía, que era el sombrero. Dos días repitiéndose que al siguiente portón, sí, que al siguiente portón, seguro.

Y  encontrándose con perros bravos, con miradas que medían y descartaban, con un Aquí no hay nada para usted dicho sin levantar la vista del barrido del patio. dos días en los que el cuerpo le pedía rendirse  y la cabeza le decía, “Un paso más, nada más un paso más. No te eches  todavía. No te eches.

Pero para entender por qué Ramiro  Solís estaba esa tarde frente a la puerta de doña Prax Carmona pidiendo un plato de comida, hay que regresar dos años atrás, cuando todavía tenía casa, mujer, dos hijos pequeños y una camioneta vieja con la que se ganaba la vida, llevando cargas de un pueblo a otro, de feria en feria, de cosecha en cosecha.

Ramiro había nacido en un rancho de tierra colorada, donde los amaneceres olían a leña mojada y a café  de olla. Aprendió a manejar a los 14 años en la troca de su tío. Aprendió a cargar costales más pesados que él. Aprendió que el trabajo honesto deja las manos ásperas, pero el sueño tranquilo.

Se casó joven con Lucita,  una muchacha de trenza larga y risa fácil que sabía estirar un peso hasta donde nadie más podía. Tuvieron a Martín y luego a Soledad,  y la casita de adobe se llenó de pasos chiquitos y de ropa tendida en el alambre del patio. Eran pobres, pero eran pobres con risa, que es otra clase de pobreza.

Una que se aguanta porque tiene a quien mirar a los ojos en la mesa cada noche. Una que  se cura con un plato compartido y una palabra dicha en voz baja antes de dormir. La desgracia llegó como llegan las desgracias en los pueblos pobres. Sin avisar  y sin pedir permiso. Una fiebre se le metió a Lucita en el cuerpo  y en tres semanas se la llevó dejando a Ramiro con dos criaturas, una camioneta empeñada para pagar el doctor que no alcanzó a curarla y un silencio en la casa que pesaba más que cualquier costal. Esa primera noche

solo, Ramiro se sentó en el escalón  del patio y miró las estrellas sin verlas, porque por dentro estaba todo apagado, todo callado, todo sin nombre. El perro del  vecino aullaba a lo lejos y a Ramiro le pareció que aullaba por él. Los hijos se los llevó la hermana de Lucita a la capital porque allá había escuela, había trabajo para ella, había una vida que en el rancho ya no se podía dar.

Ramiro firmó los papeles con la mano temblando y se quedó solo en una casa que de  pronto era demasiado grande. Vendió lo poco que quedaba. perdió la camioneta cuando no pudo pagar el último plazo y un día agarró su sombrero y echó a andar sin rumbo, porque quedarse era morirse de  a poquito, mirando las paredes vacías y la ropa de lucita colgada en el clavo donde ella la dejó, esperándola como esperan  las cosas que no entienden de muertes.

Caminó pueblos enteros buscando trabajo. Cargó ladrillos por unos pesos, lavó carros. cuidó ganado ajeno por un plato de frijoles, pero el dolor lo traía adentro como una piedra y la piedra le pesaba en cada paso. Adelgazó, se le hundieron los ojos, le crecieron las canas antes de  tiempo. La gente desconfía del hombre flaco con la mirada perdida, aunque tenga las manos limpias  y el corazón derecho.

Y una tarde de octubre, después de dos días enteros sin probar bocado,  llegó al pueblo de San Isidro de Las Palmas. Con el cuerpo temblando y la vergüenza adelantándose  a sus pasos. Tocó tres puertas. Tres veces le dijeron que no. A la cuarta puerta no se atrevió.  A la quinta tampoco.

Ya iba saliendo del pueblo con la idea de echarse debajo de un mezquite a esperar lo que viniera. Cuando vio una casita pequeña de paredes blanqueadas con  cal, con una maceta de albahaaca junto al escalón y el humo de un fogón saliendo por la ventana. Algo en esa casa lo detuvo.  Algo le dijo, “Aquí sí.” No fue razón, fue otra cosa.

De esas que solo entienden los que han caminado mucho con hambre, esas señas que da  la vida cuando uno ya no tiene fuerzas ni para escogerlas. Doña Praxe Descarmona tenía 68 años. Era viuda desde hacía 12. Vivía sola con tres gallinas  y un perro flaco que se llamaba Canelo. Vendía tamales los domingos en el atrio de la iglesia y con eso medio se sostenía.

Tenía las  manos pequeñas y manchadas, el reboso siempre cruzado en el pecho y una manera de mirar que no juzgaba. Cuando abrió la puerta y vio a aquel hombre de sombrero gastado que apenas se atrevía a levantar la mirada, no preguntó de dónde venía ni para dónde iba, no midió, no descartó,  solo dijo, “Pásele, hijo.” Y se hizo a un lado.

Le sirvió frijoles de la olla, dos tortillas calientes que sacó del comal. un huevo estrellado que tenía guardado para su cena y un vaso de agua de Jamaica. Ramiro se sentó a la mesa y las manos le temblaban tanto que no podía agarrar bien la cuchara. Doña Praxedes hizo  como que no veía. Le acercó la sal, le acercó las tortillas y se puso a barrer el otro lado de la cocina  para no avergonzarlo, mirándolo comer. Eso también era bondad.

Saber mirar para otro lado en el momento  justo. Saber callar cuando las palabras estorban, saber dar sin que el otro sienta que está recibiendo. Tiene donde dormir, hijo. No, señora. Atrás hay un cuartito donde guardo el maíz. No es gran cosa, pero hay un petate. Si no le da pena, ahí pasa la noche.

Ramiro no le dio pena. Esa noche durmió bajo techo por primera vez en muchas semanas y antes de cerrar los ojos juntó las manos y le dijo a Diosito, gracias. Gracias por esta señora. Gracias por este plato. Gracias porque todavía hay gente así en el mundo.  Y lloró. Lloró callado para que la viejita no lo oyera del otro lado de la pared.

Lloró todo lo que no había podido llorar desde que enterraron a Lucita. Lloró por sus hijos lejos. Lloró por el hombre que  era antes y ya no era. Antes de seguir, queremos preguntarte algo. ¿Desde  qué rincón del mundo nos estás escuchando hoy? Déjanos en los comentarios tu país, tu pueblo, tu ciudad.  Nos llena el alma saber hasta dónde llegan estos relatos, porque cada historia que contamos es para alguien como tú  en algún lugar que tal vez hoy necesita recordar que la bondad sigue  caminando entre nosotros.

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