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La hija del vecino llamó a la puerta del ranchero necesitaba casarse antes del fin de semana

La noche que Elena Valcárcel llamó a la puerta de Mateo Aranda, llevaba un vestido blanco empapado, una maleta pequeña en una mano y un sobre amarillo apretado contra el pecho como si dentro no hubiera papeles, sino el último pedazo de su vida.

Eran casi las dos de la madrugada.

Afuera, la tormenta golpeaba el rancho con una furia vieja. El viento doblaba los álamos, los caballos resoplaban nerviosos en el establo y los truenos partían el cielo sobre Santa Lucía del Monte, un pueblo donde las desgracias siempre llegaban antes que las noticias.

Mateo abrió la puerta con una escopeta baja en la mano, no por valentía, sino por costumbre. En el campo, cuando alguien llama a esas horas, una parte de uno espera encontrar a un vecino con un animal herido. La otra espera algo peor.

Y aquella vez fue peor.

—Elena… —murmuró él.

Hacía años que no la veía tan de cerca.

La hija del vecino.

La niña que corría entre los corrales con trenzas torcidas y rodillas llenas de polvo. La muchacha que se fue a estudiar a la capital porque su padre decía que tenía demasiada cabeza para quedarse contando sacos de alimento. La mujer que volvió al pueblo para enterrar a don Rafael, su padre, y desde entonces caminaba como si todo el mundo le exigiera ser fuerte antes de dejarla llorar.

Pero esa noche no parecía fuerte.

Parecía rota.

Tenía el labio temblando, la mejilla marcada por el frío y los ojos tan abiertos que Mateo sintió un golpe en el pecho antes de que ella dijera una sola palabra.

—Necesito que te cases conmigo.

Mateo no respondió.

La lluvia caía detrás de ella como una cortina de hierro.

—¿Qué?

Elena tragó saliva.

—Antes del fin de semana. Mañana si se puede. Pasado mañana como máximo.

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