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El fin de la cumbia eterna: el ascenso meteórico, las guerras de dinero y el trágico olvido de Dulce Rosario y Los Sepultureros

La música popular mexicana posee pasajes repletos de luces, aplausos masivos y ritmos pegadizos que logran arraigarse en la identidad colectiva de toda una nación. Sin embargo, detrás de las partituras alegres y los trajes coloridos de las agrupaciones más exitosas, a menudo se esconden historias humanas marcadas por el desencanto, las rupturas sentimentales, las feroces disputas económicas y el abandono de una industria que no sabe de lealtades. Uno de los relatos más fascinantes, y a la vez melancólicos, de la llamada época de oro de la música tropical en México es el de Dulce Rosario y Los Sepultureros, un conjunto que desafió las convenciones de su tiempo con un nombre tétrico salido del camposanto, pero que terminó sucumbiendo ante los eternos demonios del ego y el dinero.

Para entender el origen de este fenómeno musical, es necesario viajar al municipio de Manuel Doblado, en el estado de Guanajuato, específicamente a la comunidad de San José de Otates. Allí creció un grupo de jóvenes pertenecientes a familias trabajadoras que, desprovistos de fortuna o conexiones en el mundo del espectáculo, albergaban una profunda determinación de abrirse paso en la vida a través del arte. Entre ellos destacaba Antonio Durán López, un muchacho que poseía una relación sumamente peculiar con el cementerio local, donde jugaba entre tumbas durante su infancia, desafiando los regaños del sepulturero del pueblo. Este vínculo casi místico con la muerte terminó sellando el destino de la banda.

A los quince años, empujado por la necesidad de proveer sustento a sus seres queridos, Antonio se trasladó a

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