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“¿Compra Atole, Señor? Mi Bebé Tiene Fiebre”, Dijo La Madre Con Su Hijo A El Chapo — Lo Que Pasó…

Compra a Tole, señor. Se lo doy todo por 500es. Todo. La olla y los jarros también. No más. Ayúdeme porque mi niño está hirviendo y siento que la muerte ya me está respirando en la nuca. dijo Elena con los labios morados por el frío de la madrugada serrana, empujando la pesada olla de barro hacia la ventanilla ahumada de aquella camioneta gigantesca que se había detenido en el cruce de caminos como una bestia de metal acechando en la niebla, sin saber que la persona que estaba sentada en el interior no solo tenía el poder para

comprarle todo el atole del mundo, sino también la capacidad de cambiar su destino con un simple gesto de su mano, una mano que había firmado sentencias de muerte y tratados de paz con la misma tinta invisible de la violencia. El frío en la sierra de Badirahuato no es como el frío de la ciudad.

No es una molestia que se quita con una chamarra gruesa. Es una entidad viva y cruel que se mete debajo de las uñas, que se filtra por los huesos y que parece congelar hasta los pensamientos, convirtiendo el aire en cuchillos diminutos que rasgan la garganta cada vez que uno respira. Y esa mañana de noviembre el clima estaba particularmente despiadado, con una neblina densa y gris que bajaba de los picos altos.

cubriendo los caminos de terracería con un manto fantasmal que ocultaba los barrancos y los peligros que siempre acechaban en esas tierras olvidadas por Dios, pero muy bien recordadas por el Elena se ajustó el rebozo de lana raída alrededor del pecho tratando de compartir su calor corporal con el pequeño Mateo, que apenas tenía 8 meses de vida y que ardía en una fiebre que no cedía con los remedios caseros de hierbas y paños húmedos, una fiebre que lo tenía letárgico con los ojitos vidriosos y la respiración superficial, un sonido rasposo que a Elena le sonaba a cuenta

regresiva, a un reloj de arena que se estaba vaciando demasiado rápido. Ella sabía que necesitaba antibióticos, necesitaba un médico de verdad y no a la curandera del pueblo, que solo le daba tes canela y rezos a San Judas Tadeo. Pero la clínica más cercana estaba a 3 horas de camino y el doctor cobraba la consulta por adelantado, sin fiar a nadie, porque en esos rumbos la confianza se había muerto hacía mucho tiempo, asesinada por las traiciones y la necesidad.

Por eso estaba ahí parada en el entronque de la tuna, donde los caminos se dividían hacia los sembradíos y hacia la carretera principal, esperando a que pasaran los camiones de carga o las camionetas de los que andaban en el negocio, rogando vender los 20 lros de atole de nuez que había preparado desde las 3 de la mañana, moviendo la pala de madera sin descanso para que no se pegara, con la esperanza de juntar los 300 o 400 pesos que hacían la diferencia entre la vida y la muerte de su hijo.

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vehículos blindados que subían la cuesta con la arrogancia de quienes son dueños no solo del camino, sino de todo lo que la vista alcanza a abarcar. Eran cuatro camionetas, todas negras, todas cerradas, sin placas, con antenas largas que oscilaban con el viento helado y vidrios tan oscuros que parecían pozos de petróleo vertical.

Y Elena sintió el impulso instintivo de correr, de esconderse entre los matorrales secos y esperar a que pasaran, porque su abuela siempre le había dicho que cuando se ve a la gente de la maña, es mejor hacerse invisible, volverse piedra o rama, porque los ojos de esos hombres a veces traen desgracia, aunque no quieran.

Pero el gemido débil de Mateo, un quejido que le partió el alma, la clavó en su lugar, recordándole que el miedo era un lujo que no se podía permitir esa mañana, que el hambre y la enfermedad eran enemigos más inmediatos que los hombres armados. Así que se quedó firme, o lo más firme que sus piernas temblorosas le permitían, al lado de su mesita plegable de madera, con el vapor de la tole subiendo como una ofrenda hacia el cielo gris, y levantó la mano tímidamente cuando la primera camioneta, una Chevrolet Suburban que parecía un tanque

de guerra civil, disminuyó la velocidad al llegar al tope de tierra que marcaba el cruce. Para su sorpresa y para su terror, el convoy entero se detuvo bloqueando el camino por completo con una precisión militar, dejando los motores encendidos en un ronroneo amenazante, mientras el silencio de la sierra se hacía más pesado, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel. Nadie bajó de inmediato.

Pasaron 10, 20, 30 segundos eternos donde Elena sintió que el corazón se le salía por la boca, imaginando que tal vez la confundían con una espía, con un halcón de algún grupo contrario o que simplemente estaban decidiendo si valía la pena quitarla del camino para que no estorbara. Finalmente, la ventana trasera de la segunda camioneta comenzó a bajar con un zumbido eléctrico suave, revelando primero una oscuridad interior y luego, poco a poco, el rostro de un hombre que no parecía un monstruo, sino un tío cualquiera. Un hombre de unos cin

y tantos años con una gorra de béisbol sencilla, bigote espeso y una mirada que escaneaba todo con una rapidez y una inteligencia que daba miedo. Elena reconoció esa cara. La había visto en los noticieros que pasaban en la televisión de la tienda de abarrotes. La había visto en las pláticas susurradas de los vecinos.

Era el señor, el patrón, el hombre del que se contaban leyendas de túneles y fugas imposibles, el rey sin corona de aquellas montañas. El miedo se transformó en pánico absoluto. Sus manos aferraron la orilla de la olla de barro con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Y bajó la vista al suelo, porque mirar a los ojos a una leyenda viviente podía ser considerado una falta de respeto letal.

Acércate, madre”, dijo una voz desde el interior, una voz que no gritaba, que no amenazaba, pero que tenía el peso de una orden indiscutible. Elena tragó saliva, sintiendo la garganta seca como papel de lija, y dio dos pasos hacia la camioneta, arrastrando los pies con el bebé apretado contra su pecho.

“¿Qué vendes?”, preguntó el hombre, observando el vapor que salía de la olla. Atole, señor, atole de nuez”, contestó ella con un hilo de voz que apenas se escuchaba sobre el ruido de los motores diésel. “Está calientito, recién hecho.” Joaquín Guzmán lo era, porque no era otro más que él.

la observó detenidamente, no solo a ella, sino a su entorno, notando los zapatos rotos, el vestido remendado, la delgadez extrema de sus brazos y, sobre todo, el bulto que cargaba bajo el rebozo y que se movía con inquietud. Hacía mucho frío y a Joaquín le gustaba el atole. le recordaba a su propia infancia en la tuna, a los tiempos antes de los millones y los aviones, cuando el hambre era la única constante y el frío se combatía con calor humano y maíz.

Dame un vaso”, dijo él y luego hizo un gesto a uno de sus escoltas que iba de copiloto, un hombre con cara de pocos amigos y un rifle automático terciado al pecho para que le pasara un billete. Elena sirvió el atole con manos temblorosas, derramando un poco sobre su propia mano, quemándose la piel, pero ni siquiera hizo una mueca de dolor.

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