ZAGUE : LA ASQUEROSA VERDAD DETRAS DE SUS VIDEOS DESNUDOa
Máximo goleador histórico del América, mundialista. Casado con la mujer más reconocida de la televisión mexicana. Un video de 30 segundos lo destrozó todo. Perdió a su esposa, a sus hijos y la reputación de toda una vida. Y lo que nadie sabe es que ese video no lo grabó porque él quisiera, lo grabó porque sabía lo que le pasaría si no lo hacía.
Hoy vas a saber quién estaba detrás del video desnudo de Sague. Lo que vas a escuchar llevan callando los 7 años hasta hoy. Hay un nombre, hay un teléfono que no era de él, hay un video grabado bajo amenaza, pero antes debes saber cómo llegó Sague a esa noche. Hay que regresar a Coyoacán, a un padre famoso y a una herencia que ningún hijo debería cargar.
Mucho antes del video del divorcio mediático y del escándalo que paralizó a México días antes del Mundial de Rusia, hubo un niño en una casa de Coyoacán mirando a su padre desde abajo con los ojos muy abiertos. Ese niño se llamaba Luis Roberto Alvez Santos Gabranic. le decían Luisito. Nació en la ciudad de México el 23 de mayo de 1967 y desde el día en que llegó al mundo ya cargaba un apellido que pesaba demasiado.
Su padre se llamaba José Alves, brasileño, delantero del club América, hombre alto, fuerte, callado. En los estadios mexicanos lo conocían con un apodo que iba a perseguir a su hijo durante toda la vida. Le decían Zague y al hijo, desde antes de que pudiera caminar, lo iban a llamar Saguiño, el pequeño Sague, el que venía detrás del padre, el que tenía que llenar zapatos que nadie le había preguntado si quería llenar.
Pero lo peor no es eso. Lo peor es que el padre José Alves Dague no era solo un futbolista, era un símbolo. Era un hombre con presencia que en los estadios del América inspiraba respeto y miedo a partes iguales. Un hombre al que llamaban el lobo solitario porque jugaba pegado a la línea, callado, sin celebrar los goles.
un hombre que en su casa también era así, callado, distante, lobo solitario también en el comedor. El pequeño Luisito creció mirándolo desde abajo. Lo veía irse a entrenar antes del amanecer. Lo veía regresar tarde, cansado, con el pelo todavía mojado del baño del estadio. Lo veía sentarse a la mesa, comer poco y hablar todavía.
En esa casa el fútbol no se discutía, se asumía. Si tenías el apellido Alves, ibas a jugar al fútbol. Y si jugabas al fútbol, tenías que ser delantero. Y si eras delantero, tenías que meter goles. Esa era la cadena que el niño aprendió antes de ir a la escuela. Pero hay algo que pocos saben de esa infancia.
En la familia Alves, el padre tenía secretos, tenía vidas separadas, tenía mujeres, tenía hijos que no estaban en la casa de Coyoacán. Y aunque el pequeño Luisito no entendía del todo lo que pasaba, sí lo sentía. Sentía las llamadas raras, sentía las ausencias prolongadas, sentía a su madre mirando al techo en silencio en las tardes largas.
Su madre se llamaba Cle Gabranik, mujer brasileña, hija de inmigrantes croatas, mujer fuerte, mujer callada también como el marido, pero adentro de ella durante años había un dolor que nadie veía. El niño aprendió sin que nadie se lo explicara, una de las lecciones más oscuras de su vida. Aprendió que un hombre famoso, un hombre admirado en los estadios, podía ser otro hombre dentro de la casa.
Aprendió que la fama y la fidelidad no caminan juntas. Aprendió que las esposas a veces fingen no saber. Esa lección se le quedó adentro. Y 35 años después, sin que nadie lo viera venir, esa misma lección iba a costarle su matrimonio, sus hijos, su nombre y la vida pública que había construido durante tres décadas.
Cuando Luisito cumplió 5 años, ya pateaba una pelota mejor que la mayoría de los niños del barrio. A los siete ya hacía piruetas. A los nueve los entrenadores de las inferiores del América lo querían ver jugar. A los 12 ya estaba inscrito en las fuerzas básicas del club que su padre había hecho campeón. Pero Luisito no era solo el hijo de Sague, era también un muchacho con orgullo propio, ese orgullo iba a llevar lejos.
En las divisiones inferiores del América, los compañeros lo molestaban. Le decían que solo estaba ahí por el apellido, que no iba a llegar a primera, que iba a ser como mucho un futbolista de banca, que nadie llega tan lejos como su padre. Luisito no contestaba, solo entrenaba más, llegaba antes que los demás, se quedaba después que los demás.
En las concentraciones no salía con los amigos, se metía al gimnasio, levantaba pesas, practicaba tiros al arco hasta que el balón le quedaba grabado en el empeine. A los 17 años debutó en primera división con el club América. Vestía la misma camiseta que su padre había vestido años antes. Pisaba el mismo césped.
Escuchaba a la misma afición. Y la afición cuando lo vio jugar se quedó callada. Porque el muchacho no era solo el hijo de Sague, era mejor que el padre. Tenía velocidad, tenía gol, tenía gambeta, tenía cabeza fría dentro del área y tenía algo que el padre nunca había tenido. Tenía sonrisa. Celebraba los goles abriendo los brazos, saludaba a la afición, daba entrevistas con simpatía, vendía camisetas, vendía publicidad, vendía sueños.
En los siguientes 10 años, Luis Roberto Alvez Sague se convirtió en el máximo goleador histórico del club América. 195 goles vistiendo esa camiseta más que cualquier otro delantero en la historia del club, más que su propio padre, más que cualquier ídolo americanista que hubiera pasado por el Estadio Azteca. Lo llamaron a la selección mexicana, jugó la Copa América.
Jugó el Mundial de Estados Unidos en 1994. Vistió la camiseta verde con el orgullo de un mexicano que había nacido para hacer goles. En su mejor momento, Sage era figura nacional. Aparecía en publicidad, daba entrevistas, tenía contratos con grandes marcas. La gente lo paraba por la calle, las mujeres lo perseguían.
Y aquí, en esa fama joven, en ese dinero de los 30 años, en esa cima sin techo aparente, fue donde empezaron a sembrarse las semillas de lo que 22 años después iba a destruirlo. En los años 90, ser figura del fútbol mexicano era una droga. Las puertas se abrían solas. Los hoteles te recibían como rey. Los restaurantes mandaban botellas de cortesía.
Las mujeres se acercaban sin que tú las llamaras. Sage tenía 26 años. Era guapo, era goleador, era hijo de leyenda y empezó a vivir sin que nadie en su familia se diera cuenta, una vida paralela a la del muchacho ejemplar que aparecía en las publicidades. Salía con compañeros del equipo a clubes nocturnos. Conocía mujeres en cada ciudad donde jugaba.
Tenía relaciones cortas, relaciones largas, relaciones complicadas. Aprendió sin querer aprenderlo, lo que su padre había sabido durante toda su vida, que un hombre famoso puede tener varias vidas a la vez si tiene la sangre fría suficiente para mantenerlas separadas. Pero Sage no tenía la sangre fría de su padre.
Sage era impulsivo, era confiado y sobre todo era descuidado. En los círculos del medio futbolístico mexicano, en las redacciones deportivas, en los programas de espectáculos, empezaron a circular rumores, nombres de mujeres con las que se le veía, lugares donde había estado, fiestas a las que había ido. Y aunque ninguno de esos rumores explotó en su momento, todos quedaron archivados en la memoria del medio.
esa memoria, ese archivo silencioso de gente que sabía cosas, iba a ser el material que 22 años después alguien iba a usar para destruirlo. Hubo en 1997 un episodio que muy pocos recuerdan hoy. una concentración de la selección mexicana en Estados Unidos, una habitación de hotel en Houston, un compañero que entró sin avisar y vio algo que no debía ver, una conversación incómoda al día siguiente y un acuerdo de silencio que se sostuvo durante años.
En aquel episodio, según se contó después en círculos cerrados, el compañero le advirtió a Sague que tenía que cuidarse más, que el medio era muy chico, que las cosas se sabían, que un futbolista mexicano no podía dejar evidencia de su vida privada en lugares donde otros podían encontrarla. Zague, según se cuenta, le agradeció el consejo, pero no lo siguió.
Hubo otro episodio en 1999, una entrega de premios en la Ciudad de México, una cámara de seguridad de un hotel que captó algo que después fue borrado a petición de los abogados de un patrocinador y una compensación económica que nunca apareció en ningún registro público. Ese material borrado, según los más viejos del medio, no se borró del todo.
Se guardó en alguna parte. Se conservó por si en algún momento volvía a hacer falta. Y aunque pasaron décadas sin que apareciera, esa cinta vieja es uno de los archivos olvidados que demuestran que el patrón de SAC no fue una excepción del 2018. Fue una constante de toda su vida, pero todavía no era el momento. Todavía Sague era ídolo. Todavía vendía camisetas.
Todavía la afición del Estadio Azteca cantaba su nombre cada vez que entraba al campo. Todavía era el muchacho de Coyoacán que estaba haciendo todo bien. En el año 2006, después de retirarse del fútbol profesional, Sague conoció a una mujer que iba a cambiarle la vida. Se llamaba Paola Rojas.
Era periodista, conductora de noticieros, mujer educada, refinada, culta, sobrina del entonces presidente de México, Felipe Calderón yosa, una de las mujeres más poderosas mediáticamente del país. No era una conquista cualquiera, era una mujer que cuando entraba a un lugar todos se daban cuenta.
Una mujer con apellido, con familia política, con red de contactos en los pasillos del poder. Para Sague, después de años de relaciones cortas, esa mujer representaba algo nuevo. Representaba la posibilidad de tener una familia formal, de cerrar la etapa de las fiestas, las giras, las mujeres anónimas, de convertirse por fin en el hombre que su madre Cleide había soñado para él. Se casaron en 2009.
La boda fue discreta, elegante. Asistieron políticos, periodistas, futbolistas, gente del medio televisivo. Y al año siguiente, en 2010, llegaron al mundo dos hijos al mismo tiempo, gemelos, niños que iban a heredar el apellido y la sombra de tres generaciones de hombres famosos. Por unos años todo pareció funcionar.
Zague se reinventó como comentarista deportivo en TV Azteca. Paola seguía conduciendo noticieros. Los gemelos crecían. La familia Alves Rojas se mostraba en revistas, en alfombras rojas, en eventos sociales. Eran la pareja perfecta del medio mexicano. Pero detrás de las fotos las cosas no eran tan perfectas. Zage no había cerrado en realidad su vida paralela. La había escondido.
Había aprendido finalmente a hacer lo que su padre había hecho durante décadas. Había aprendido a tener dos vidas a la vez, una pública, brillante, con esposa famosa y gemelos hermosos, y otra privada, oculta, donde seguían apareciendo mujeres que nadie tenía que conocer. Una de esas mujeres, sin que él lo supiera todavía, iba a quedar embarazada y otra, años después iba a ser la pieza que faltaba para que toda esa vida construida con años de esfuerzo se viniera abajo en una sola tarde.
En los años posteriores al matrimonio con Paola, Sague viajaba constantemente por trabajo, por publicidad, por eventos del medio futbolístico, Las Vegas, Miami, Bogotá, Madrid. Estaba siempre yendo y viniendo. En uno de esos viajes, según se ha sabido, años después conoció a una mujer colombiana llamada Luz Piedad Roby Martínez, modelo, joven, hermosa, más de 10 años menor que Sague.
La relación, según ella misma, ha contado en demandas legales y en revistas como TV Notas, no fue de una sola noche. Fue una relación que se extendió en el tiempo. Hubo viajes compartidos, hubo fotos en Las Vegas, hubo gestos de afecto que ella conservó como prueba. En 2017, Luz Piedad quedó embarazada. tuvo a la niña ese mismo año y según su versión pública, durante los primeros meses, Sague le mandó dinero, una cantidad pequeña pero constante, 20,000 pesos mexicanos de vez en cuando, no para reconocer formalmente, solo para que
ella no hablara. Pero esa cifra, según Luz Piedad, dejó de llegar a los seis o 7 meses. Y entonces ella tomó la decisión que iba a poner el primer ladrillo en la caída pública del exfutbolista. decidió demandarlo y mientras esa demanda se preparaba, en silencio en los pasillos de los abogados de la Ciudad de México, en otra parte completamente distinta del medio mediático mexicano, alguien estaba planeando algo todavía peor.
En los años previos al estallido del escándalo, Sag tenía una rutina que ni su esposa conocía del todo. una rutina que se había ido construyendo con los años, con los viajes, con las concentraciones de cobertura deportiva. Una rutina que él consideraba inofensiva, pero que iba a ser el material exacto para destruirlo. Esa rutina consistía en grabarse a sí mismo, frente al espejo, en las habitaciones de hotel donde se quedaba durante los viajes, en los baños de los lugares donde paraba a comer.
Pequeños videos cortos, casi nunca íntimos. La mayoría eran tonterías, comentarios graciosos, mensajes para amigos cercanos. Pero entre todos esos videos había unos pocos, pocos que él guardaba en su teléfono y que jamás había compartido con nadie. Videos que él consideraba personales, videos que solo él tenía que ver.
Esos videos los grabó durante los años de matrimonio con Paola. Los grabó en hoteles a los que viajaba. Solo los grabó. Pensando que estaban a salvo. Los grabó porque en el fondo era una manera de seguir sintiéndose joven, atractivo, deseado, después de cumplir los 40 años. Pero todo lo que está dentro de un teléfono en realidad no está a salvo de nada.
Isage no tomó precauciones, no cifró el teléfono, no bloqueó los archivos con contraseña adicional, no los borró después de grabarlos, los dejó ahí en una carpeta que él pensaba que nadie iba a tocar, pero había alguien que sí los iba a tocar, alguien que tenía acceso durante periodos cortos al teléfono físico del exfutbolista, alguien que sabía dónde mirar, alguien que en algún momento.
Entre 2016 y 2018, copió esa carpeta entera y la guardó en otro dispositivo. Y desde ese momento esa persona tenía una bomba en sus manos. Una bomba que no necesitaba detonar de inmediato, una bomba que podía guardar, esperar, usar como amenaza, dosificar. Una bomba que iba a determinar durante los siguientes años las decisiones más importantes en la vida de Luis Roberto Alves Sague.
Y la decisión más importante de todas iba a ocurrir en mayo de 2018, pocas semanas antes del Mundial de Rusia, junio de 2018. Faltaban días para el inicio de la Copa del Mundo Rusia. Sage estaba a punto de viajar a Moscú como parte del equipo de comentaristas deportivos de TV Azteca. Era uno de los momentos más importantes de su carrera mediática.
4 años de trabajo en televisión culminaban con la cobertura del evento más importante del fútbol mundial. Estaba haciendo todo bien. Tenía contrato con la empresa más grande de Latinoamérica. Tenía esposa famosa. Tenía dos hijos. Tenía la imagen que toda figura pública sueña con tener. Y entonces explotó la bomba.
Días antes de subir al avión rumbo a Rusia. En redes sociales mexicanas empezó a circular un video, un video de 30 segundos grabado por el propio Sague frente a un espejo con la cámara del teléfono. En el videode él aparecía vistiendo un chaleco gris y una camisa blanca y el plano iba bajando hasta sus partes íntimas mientras él pronunciaba una sola frase pronunciada con una entonación extraña, casi infantil, impresionante.
Esa palabra, esa pronunciación rara, ese gesto absurdo se convirtió en la peor maldición de su carrera. En cuestión de horas, el video se había replicado millones de veces. Memes, bromas, memes, bromas, programas de televisión, imitaciones, piñatas. La frase impresionante se hizo trending topic mundial y aquí es donde la versión oficial empieza a tener huecos.
Sage desde Moscú publicó una carta de disculpa. habló de un hackeo. Dijo que su teléfono había sido vulnerado. Dijo que el video, aunque era real, había sido robado por personas malintencionadas. Dijo que él era víctima. Pero en los pasillos del medio televisivo mexicano, en los corrillos de los periodistas que conocen las cocinas de cómo se filtran las cosas en este país, otra hipótesis empezó a tomar fuerza.
Una hipótesis que la prensa rosa publicó, pero que nunca se confirmó del todo. Una hipótesis que apuntaba en una dirección muy concreta. Esa hipótesis decía que el video no se había filtrado por accidente, que llevaba semanas, quizás meses circulando en círculos cerrados, que alguien lo tenía y que ese alguien lo había usado durante un tiempo para presionar a Sague, para amenazarlo, para condicionarlo y que cuando Sague no se dio a lo que esa persona quería, la persona soltó el video al público.
En esa hipótesis, el video del 23 de mayo no era un accidente, era una venganza, era una represalia, era el último capítulo de una negociación oculta que había fracasado. Y aquí entra el segundo punto que la versión oficial nunca explicó del todo. En las semanas previas a la filtración, Sagé había estado raro.
Sus compañeros de TV Azteca lo notaron. Estaba más callado, estaba sociable. Llegaba tarde a las grabaciones, salía corriendo. Después atendía llamadas en privado, cambiaba de cara cuando le sonaba el teléfono, algo lo estaba presionando y ese algo no era solo la demanda de paternidad de luz piedad que para junio de 2018 aún no había estallado en medios. Era algo más.
Era algo que tenía que ver con el video, con el archivo, con la certeza de que alguien tenía en su poder material capaz de destruirle todo. Esa certeza explica por qué grabó el video. No fue un accidente, no fue un capricho de noche aburrida. Fue, según la hipótesis que durante años circuló en el medio una grabación hecha bajo presión.
en un momento en que él pensaba que estaba negociando con alguien sin saber que la cámara que tenía enfrente no era suya o era suya, pero estaba siendo controlada por otra persona. Mientras el video se viralizaba en México, Sague estaba en Moscú a miles de kilómetros, sin entender en sus primeras horas la magnitud de lo que estaba pasando.
Su teléfono empezó a sonar sin parar. Mensajes de compañeros, mensajes de amigos. Mensajes de su esposa, mensajes de su madre, mensajes de número desconocidos, burlas, amenazas, periodistas pidiendo declaraciones. Yagoscú cerró la puerta con llave, apagó el televisor, dejó el teléfono boca abajo sobre la cama y se sentó en el piso con la espalda contra la pared durante varias horas sin moverse en México.
Mientras tanto, Paola Rojas estaba dando la cara. La presentadora más famosa del país, sobrina de un expresidente, mujer reconocida por su elegancia y su inteligencia. Tenía que enfrentar a la prensa que la asediaba en la puerta de su casa. Tenía que proteger a sus hijos pequeños del bombardeo mediático.
Tenía que decidir en cuestión de horas qué iba a hacer con un matrimonio que se había hecho pedazos en una sola tarde. Y Paola, según fuentes cercanas a ella, no dudó. tomó una decisión rápida, fría, definitiva. Mientras Sage estaba en Moscú sin poder regresar antes de terminar la cobertura del mundial, Paola Rojas inició los trámites de divorcio.
No le avisó, no le mandó un mensaje, no le pidió una explicación, tomó a sus hijos, contrató abogados y empezó el proceso. Cuando Sag se enteró, ya no había vuelta atrás. Al regresar a México, Sag se encontró con un país que se reía de él. Comerciales con su frase, imitaciones en programas de televisión, piñatas con su cara, memes que no paraban de circular y en su casa una orden de divorcio que ya estaba en marcha.
Sus hijos no entendían qué estaba pasando. Los gemelos tenían 8 años. Iban a la escuela y los compañeros los molestaban. Los maestros, sin saber qué decir, hacían como si no pasara nada. No sino, no sino, no seo. Y Paola como buena madre, trataba de proteger a los niños del huracán mediático que estaba ocurriendo a su alrededor.
Para Sague, ese fue el momento más oscuro de su vida. En entrevistas posteriores, él mismo lo describiría con la palabra tifón. dijo que fue un tifón en su vida, que muchos pensaron que él había hecho el video a propósito para ganar fama, que nadie entendía que había sido víctima de un hackeo, que la invasión a su privacidad le había costado más que la fama, le había costado literalmente todo, pero adentro de él, según ha contado a personas cercanas en años posteriores, había algo más oscuro, algo que él nunca dijo en entrevistas. Sabía
quién había estado detrás, tenía sospechas concretas, sabía qué teléfono, sabía qué círculo, sabía quién había tenido acceso al archivo durante esos meses previos a la filtración, pero no lo dijo nunca en público. ¿Por qué? La respuesta, según se ha sabido en círculos cercanos, es la misma respuesta que muchos hombres famosos han dado en situaciones similares.
No lo dijo porque decirlo significaba abrir otra caja. Otra caja de lo que él había hecho. Otra caja de las relaciones que había mantenido en paralelo durante años. Otra caja que iba a destruir, además de su matrimonio. Lo poco que quedaba de su carrera mediática. Decirlo era confesar. Y Sage durante años eligió no confesar.
Mientras Sage intentaba rehacer su vida pública, Paola Rojas hizo lo que hace una madre cuando el padre de sus hijos cae en desgracia ante un país entero. Se replegó, cerró las puertas de su casa, cambió rutinas, reorganizó horarios. Los gemelos en ese momento tenían 8 años. iban a una escuela privada de la Ciudad de México, donde sus compañeros tenían acceso a celulares, a redes sociales, a memes que circulaban a velocidad de fuego.
Los niños, sin que nadie les hubiera dicho nada, llegaron un día a casa con la cara descompuesta. Habían visto el video. Paola, según se ha contado en círculos cercanos, lo sentó en la sala. No les mintió, no les explicó todo, pero les dijo que su papá estaba pasando por algo difícil, que la gente decía cosas en internet que no eran verdad del todo, que ellos, los niños, no debían hacer caso, que tenían un papá que los amaba mucho.
Pero los niños esa noche lloraron. Lloraron por el papá, lloraron por la mamá, lloraron por sus compañeros que se reían de ellos en el patio del colegio. Lloraron porque no entendían cómo en pocas semanas la familia que tenían se había desarmado sin que ellos hubieran hecho nada malo. Isague, mientras tanto, regresó de Moscú a una casa que ya no era su casa.
Le habían sacado las cosas. Las maletas estaban en la puerta. Paola, fría, profesional, le explicó los términos del divorcio que iba a iniciar. Le pidió que se fuera ese mismo día. Le dijo que los niños tenían que asimilar lo que estaba pasando y que era mejor que él no estuviera en casa durante esas semanas críticas.
Zague, según se cuenta, no peleó, no discutió, no intentó convencerla, tomó las maletas, miró la sala donde sus hijos estaban hechos un ovillo viendo dibujos animados con la mirada perdida y se fue. Esa imagen, ese gesto silencioso, esa salida sin pelea fue lo que confirmó a muchos en el medio mexicano que Sague sabía. Sabía que no tenía argumentos.
Sabía que cualquier defensa pública lo iba a hundir más. Sabía que la única salida posible era replegarse, callar, aceptar lo que viniera. Y replegarse, callar, aceptar lo que viniera. Es exactamente lo que ha hecho durante estos 7 años. Mientras Sage intentaba sobrevivir al primer golpe, la prensa rosa mexicana hizo lo que mejor sabe hacer.
Cavar, las revistas TV Notas, TV y novelas, ¿quién? Todas las publicaciones del corazón del país dedicaron portadas, secciones especiales, entrevistas exclusivas con supuestas fuentes cercanas. Algunas decían cosas verdaderas, otras inventaban. La mayoría mezclaba y de esa avalancha mediática salieron a la luz tres pistas concretas.
La primera era el nombre de una periodista deportiva que en aquellos años trabajaba para una cadena distinta a TV Azteca. Las revistas la vincularon sentimentalmente con Sague. Decían que ella había sido amante del exfutbolista durante meses. Decían que cuando el matrimonio entre Sague y Paola intentó reconciliarse, esa mujer se sintió traicionada y decían finalmente que ella habría tenido acceso a material privado del exfutbolista por su cercanía con él.
Esa hipótesis se publicó en revistas pocas semanas después del estallido. La persona involucrada negó todo. Sus abogados amenazaron con demandas. Las revistas no se retractaron del todo, pero suavizaron el tono en publicaciones posteriores. La segunda pista que salió fue la de una agencia de representación deportiva, una agencia que había intentado contratar a Sague meses antes y que él había rechazado.
Las revistas sugirieron que la agencia despechada por el rechazo, podría haber comprado o extorsionado a alguien del entorno del exfutbolista para conseguir material comprometedor. Esa hipótesis se desinfló rápido por falta de pruebas, pero quedó sembrada en la memoria del medio. La tercera pista, en círculos más cerrados, apuntaba a alguien del propio entorno laboral de Sague, alguien que había trabajado con él durante años, alguien que había tenido acceso al equipaje, al teléfono, al carro del exfutbolista durante coberturas en el extranjero. alguien que
cuando se le preguntó sobre el caso dio respuestas evasivas y desapareció discretamente del medio durante un par de años. Esa tercera pista nunca se publicó en revistas, nunca apareció en una portada, pero los más viejos del medio mexicano la conocen y esa tercera pista es la que más coincide con el patrón que vamos a describir más adelante.
En medio del huracán del divorcio, en medio de la avalancha de memes, en medio del intento de rehacer su vida pública, llegó la siguiente bomba. Una mujer colombiana presentó una demanda en los juzgados de Ciudad de México. Su nombre era Luz Piedad Roby Martínez. Su edad, 37 años en ese momento. Su profesión, modelo y su demanda decía algo que iba a poner a Sague en una nueva crisis pública.
Decía que el exfutbolista era padre de su hija. Decía que la niña nacida en 2017 había sido fruto de una relación extramatonial sostenida en el tiempo. Decía que durante los primeros meses Sague había mandado dinero. pequeñas cantidades, 20,000 pesos esporádicos, suficiente para los gastos básicos, dos, pero que después había dejado de mandar y decía algo más, algo que iba a marcar la línea de fractura definitiva entre el Sague, que la afición había amado durante décadas, y el Sague, que el medio mexicano iba a empezar a ver con
otros ojos. Decía que ella tenía pruebas, fotografías, videos. mensajes, imágenes en Las Vegas, en distintos lugares donde se les veía a los dos juntos en situaciones de cariño, de afecto, de pareja. Pruebas que demostraban, según ella, que la niña era de Sage y que él lo sabía perfectamente. Y decía finalmente que Sague se había negado a hacerse una prueba de ADN.
La negativa al ADN fue lo que más impactó al medio mexicano. Porque cuando un hombre niega categóricamente la paternidad, lo lógico, lo natural, lo limpio, es someterse a una prueba que despeje cualquier duda. Una prueba sencilla, indolora, que se hace con saliva, que da un resultado en pocos días.
Si Sague decía que no había estado nunca con esa mujer, si decía que ella lo estaba chantajeando, si decía que las fotos eran montaje, lo más rápido para limpiarse era hacerse la prueba, pero no se la hizo. Mandó a sus abogados a las audiencias, faltó a citaciones, pidió aplazamientos, justificó retrasos, argumentó que la mujer mentía, que era extorsión, que él no la conocía.
y la audiencia preliminar del 25 de noviembre de 2020, según la propia Luz Piedad declaró a TV Notas, llegó a celebrarse sin sague presente, solo con sus abogados, sin que él diera la cara, sin que él aceptara la prueba. Para muchos en el medio mexicano esa negativa fue una confesión silenciosa, porque solo hay dos tipos de hombres que se niegan a una prueba de ADN cuando han sido demandados por paternidad.
Los que mienten y los que ya saben la respuesta. Sage nunca aclaró del todo cuál era su caso. Mantuvo silencio en cámaras. Cuando le preguntaban en entrevistas cambiaba de tema. Cuando le insistían se molestaba. Cuando le pedían que se hiciera la prueba para zanjar el asunto, decía que ya estaba en manos de los abogados, que no podía hablar más.
Y la niña, mientras tanto, seguía creciendo en Colombia, sin padre legal, sin pensión alimenticia oficial, sin un hombre que la abrazara y le dijera, ¿quién era? Una niña con cara de sague, según las fotos que su madre conservaba, pero sin apellido. Esa niña hoy tiene 8 años y esa niña, según se ha contado en círculos cercanos a la familia colombiana, sabe quién es su padre.
Lo ha visto en televisión. en programas de fútbol mexicano que se transmiten en su país. Lo ha visto sonriendo, opinando, comentando partidos y le ha preguntado a su mamá si ese hombre, el de la televisión, es su papá. Su mamá, según se cuenta, ha dado siempre la misma respuesta. Sí, mi vida, sí lo es, pero todavía no quiere saber de ti.
Mientras la niña de Colombia crecía sin padre legal, los gemelos de Sague y Paola Rojas crecían en México con la mitad de un padre. Después del divorcio, Sague los veía los fines de semana, compartía custodia, iba a sus partidos del colegio, asistía a las graduaciones, pero la relación con la madre de los niños, según se ha sabido, no se reparó nunca.
Paola Rojas tomó la decisión de no reconciliarse y nunca dio marcha atrás. Los niños crecieron viendo a su padre en televisión opinando sobre fútbol mientras escuchaban en la escuela los chistes que la generación más cruel de la red social hacía sobre el video de su papá. Esa fue probablemente la peor herencia de Sague a sus hijos. Una herencia que ningún apellido famoso, ningún goleo histórico, ningún mundial puede compensar.
una herencia que se llama vergüenza pública. Pero Sage, aún con todo eso, intentó reinventarse. En los años posteriores al divorcio, dio entrevistas donde hablaba de los hijos como su prioridad. Dijo que ellos eran su bastión, que gracias a ellos había podido darle vuelta a la página, que sin ellos no habría sobrevivido al tifón mediático del 2018.
Pero hay algo que pocas veces ha contado en cámara y que personas cercanas a la familia han comentado en entrevistas privadas. Los gemelos ya adolescentes han preguntado a su madre por el video. Han preguntado por la mujer colombiana. No, han preguntado con la dureza que solo tienen los hijos cuando ya entienden lo que pasó.
Si su papá hizo lo que dicen las revistas que hizo Paola Rojas, según se ha contado, no les miente. Les dice la verdad de manera matizada. Les dice que su padre cometió errores. Les dice que la familia había hecho lo posible por mantenerse unida. Pero no les pinta una historia falsa. Y los gemelos con la edad van entendiendo, van procesando, van viendo a su padre con otros ojos.
Lo que el Padre nunca pudo ofrecerles fue lo único que ellos necesitaban. Una explicación, un perdón, una asunción de responsabilidad sin pretextos, una mirada a los ojos diciendo, “Lo hice y me arrepiento.” Esa mirada nunca llegó. En abril de 2020, casi dos años exactos después de la filtración del primer video, ocurrió algo que la afición mexicana no esperaba.
Un nuevo video se filtró en redes sociales. Otro material íntimo de Luis Roberto Alvez Sague. Otra grabación que él mismo había hecho con su teléfono. Otra escena que el medio mexicano repitió hasta el cansancio durante días. Y entonces lo que la versión oficial del hackeo había sostenido durante 2 años empezó a tambalearse, porque si el primer video había sido producto de un hackeo, lo lógico era que el segundo existiera.
Después de un episodio así, cualquier persona prudente habría borrado todo material privado de su teléfono, habría tomado medidas de seguridad, habría aprendido la lección, pero el segundo video estaba ahí. Eso significaba una de dos cosas. Osage había seguido grabándose, ignorando todo lo que había pasado, sin tomar medidas básicas de protección.
O alguien tenía un archivo guardado desde antes del primer escándalo con varios materiales del exfutbolista y los iba liberando uno por uno cuando era conveniente. Las dos opciones eran malas. La primera lo retrataba como un hombre incapaz de aprender, un hombre que después de perder a su esposa, sus hijos y su reputación seguía haciendo lo mismo.
La segunda lo retrataba como una víctima permanente de alguien que tenía control sobre él, alguien que decidía desde fuera cuándo y cómo iba a dosificar los golpes mediáticos. Y aquí, querido espectador, es donde la conexión con la hija no reconocida cobra sentido, porque la persona que tenía el archivo, fuera quien fuera, conocía la vida íntima de Sague mejor que su propia esposa.
Conocía las relaciones paralelas, conocía los viajes, conocía las grabaciones, conocía casi con seguridad la existencia de la niña colombiana. Y esa persona en algún momento entre 2016 y 2018 decidió usar todo ese conocimiento para presionar. ¿Para presionar con qué propósito? Esa es la pregunta que el medio mexicano todavía se hace.
Algunas hipótesis circularon en su momento. Que era una mujer despechada del entorno mediático, que era un colega resentido del medio televisivo, que era una agencia de representantes, que quería forzar un contrato, que era alguien del propio círculo de TV Azteca que se había sentido pasado por alto. Ninguna de esas hipótesis se confirmó, pero todas tenían algo en común.
Todas apuntaban a una persona del entorno mediático mexicano, no a un hacker anónimo, no a un extraño, sino a alguien que conocía a Sague de cerca, que había tenido acceso a su teléfono, que sabía dónde dolía y que había construido pacientemente un archivo de chantaje durante años. Esa persona existe. La afición no la conoce con nombre y apellido, pero el medio televisivo mexicano sí.
Hay algo que tiene que entenderse para comprender por qué el caso de Sagués de 7 años sigue sin cerrarse del todo. Y es algo que tiene que ver con cómo funciona el medio televisivo mexicano por dentro. En el medio mexicano, las cadenas grandes se protegen, los rostros conocidos se cuidan, los archivos comprometedores se manejan en silencio.
Y cuando alguien tiene un material delicado de un colega famoso, ese material no se difunde sin pasar por filtros previos. Esos filtros incluyen abogados de la cadena, incluyen ejecutivos de relaciones públicas, incluyen gente que decide qué se publica y qué no, qué se denuncia y qué no, qué se protege y qué se sacrifica.
Cuando el video de Sague se filtró en junio de 2018, esos filtros no funcionaron o no quisieron funcionar o fueron sobrepasados intencionalmente por alguien que sabía cómo saltarse los protocolos. Eso para los más viejos del medio mexicano es la pista más importante de todas, porque significa que la persona que filtró el video no era un actor externo a la industria, era alguien que conocía cómo funciona el sistema desde adentro, alguien que sabía cómo mover el archivo sin que pudiera ser interceptado a tiempo, alguien que
había planeado el momento exacto, el día previo al inicio del mundial, cuando la cobertura mediática iba a ser máxima. Esa coordinación, esa coreografía oculta, esa precisión de relojería no es obra de un hacker amateur, ni de un fan despechado, ni de una mujer celosa actuando por impulso.
Es obra, según lo dicen los más cínicos del medio mexicano, de alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo, alguien que había estudiado el calendario, alguien que había calculado el daño máximo posible. Isague dentro de su silencio lo sabe. Por eso no ha nombrado a esa persona, porque nombrarla significa abrir una guerra mediática contra alguien que probablemente todavía tiene material guardado.
Material que no se ha filtrado. Material que sigue siendo hoy una bomba latente sobre la cabeza del exfutbolista. En el medio mexicano se sabe que Sague vive con miedo de que aparezca un tercer video, un cuarto, lo que sea. Por eso evita hacer declaraciones públicas duras sobre el caso. Por eso elude las preguntas en entrevistas.
Por eso, cuando le tocan el tema, cambia de tema con elegancia profesional. Está negociando todavía hoy con alguien que tiene poder sobre él. En marzo de 2024, Cle Gabranic Alvez Santos, la madre de Sague, falleció. La mujer brasileña que había criado al niño Luisito en Coyoacán, la esposa silenciosa de José Alvez en lobo solitario.
La señora que durante décadas había aguantado las infidelidades del marido, los rumores del medio, las miradas compasivas de las vecinas. La señora que había visto a su hijo convertirse en ídolo del fútbol mexicano, casarse con la mujer más reconocida de la televisión, tener gemelos hermosos y después caer públicamente con el video más comentado del país.
Esa mujer murió a los pocos días de cumplir los 80 años. Sage la enterró en un funeral discreto. La prensa rosa apenas cubrió la noticia. TV Azteca emitió una nota breve. La afición mexicana, que ya había seguido la caída del exfutbolista durante 6 años, dedicó pocos comentarios al tema, pero adentro de Sague, esa muerte fue otra herida, porque su madre hasta el último día de su vida, había sido testigo silenciosa de todo.
Había visto el ascenso, había visto la fama, había visto el matrimonio con Paola, había visto el video, había visto el divorcio, había visto la demanda de luz piedad, había visto el segundo video, había visto a su hijo, ese niño que ella había cargado en brazos en una casa de Coyoacán, convertirse en una figura controvertida del medio mexicano.
y nunca, según se ha contado en círculos familiares, le reclamó nada en público. Se lo guardó todo, lo aceptó todo, lo quiso hasta el final. En su funeral, Sague no habló mucho. Cargó el ataúdos, sus primos, sus pocos amigos cercanos y miró el cielo, según testigos, con una mirada que la gente del medio que estuvo ahí no había visto antes.
Era la mirada de un hombre que entendía demasiado tarde, que había decepcionado a la única persona que nunca lo había juzgado. En enero de 2025, casi 7 años después de la filtración del primer video, Sag rompió el silencio. Lo hizo en una entrevista con el periodista Alex Blanco. Frente a la cámara, en un set tranquilo, le pidieron que mirara una foto de aquella publicidad de champú, donde él había popularizado la frase impresionante y como una manera de aprovechar mediáticamente el escándalo.
Zage miró la foto y dijo cosas que nadie había escuchado de su boca durante 6 años. Dijo que él en realidad no había tomado el escándalo como una oportunidad. dijo que lo había vivido como una terapia, como un proceso de curación, como un tifón en su vida del que le costó mucho recuperarse. Dijo textualmente que se metieron en mi intimidad, aprovecharon y hackearon mi cuenta, pero después dijo otra cosa, una cosa que durante 6 años había mantenido oculta.
dijo que tenía una idea de quién había estado detrás, que tenía sospechas concretas, que aunque no podía afirmarlo con certeza absoluta, sabía hacia dónde apuntaban las pistas. Y aquí es donde el silencio de 6 años dejó de ser misterio para convertirse en confirmación. Porque cuando un hombre dice 6 años que fue víctima de un hackeo anónimo y de pronto en una entrevista pública dice que sabe quién pudo ser, pero no quiere decirlo.
Lo que está confirmando es que el hackeo no fue obra de un extraño, fue obra de alguien conocido, alguien con acceso al teléfono, alguien con motivo concreto, alguien que sabía exactamente cómo iba a doler la filtración. Y ese alguien, según el propio Sag insinuó en aquella entrevista, sigue moviéndose en el medio mexicano, sigue trabajando, sigue conviviendo con él en eventos profesionales, sigue, de hecho, formando parte del entorno que él tiene que pisar todas las semanas para hacer su trabajo en TV Azteca. ¿Quién pudo haber tenido
el video? La pregunta, así formulada parece imposible de responder, pero si se descomponen los hechos, el círculo se reduce muchísimo. Para tener el video, esa persona necesitaba tres cosas. Primero, acceso físico al teléfono de Sage en algún momento previo a la filtración. Segundo, conocimiento de la contraseña o capacidad técnica para extraer archivos.
Tercero, motivo para guardar el material en lugar de borrarlo o entregarlo de inmediato. Esos tres requisitos juntos eliminan a la mayoría de los sospechosos posibles. No fue un hacker anónimo, porque un hacker anónimo no habría guardado el archivo durante meses antes de soltarlo. Lo habría vendido o filtrado de inmediato.
no fue un fan o un acosador, porque un fan o un acosador no habría tenido acceso al teléfono físico. No fue un compañero casual de televisión, porque la mayoría de los compañeros no habrían sabido qué hacer con el archivo si lo hubieran encontrado. Lo que queda son tres tipos de personas posibles.
Una, alguien con acceso íntimo al teléfono y al cuerpo de Sague. Dos, alguien con acceso técnico al sistema de seguridad de su cuenta. Tres. Alguien del entorno laboral cercano que pudo haber tenido el teléfono físico durante un viaje, una concentración, un evento. En los tres tipos de personas, la lista de posibles se reduce a unas pocas figuras.
Y en el medio televisivo mexicano, según se ha sabido en charlas privadas, todo el mundo sabe a quién apuntan los rumores, pero nadie lo dice, porque decirlo significa exponerse a una demanda. Significa firmar un papel donde uno se hace responsable de una acusación que no se puede demostrar judicialmente. Significa terminar posiblemente en los tribunales en lugar de en pantalla.
Por eso el medio guarda silencio y por eso Zague después de 7 años sigue sin pronunciar el nombre. Vamos a juntar las piezas despacio para que ningún espectador se pierda. Hay una persona en el medio televisivo mexicano que cumple las tres condiciones. Una persona que tuvo acceso íntimo al entorno de Sague, una persona que conocía las relaciones paralelas, las grabaciones privadas, los viajes a Las Vegas, los nombres de las mujeres, los teléfonos de los contactos.
Esa persona estaba a la vista de todos. Era parte del medio, era profesional reconocida. era en el momento del escándalo, alguien que la afición mexicana también veía cada noche en televisión. Y esa persona, según los rumores que circularon en TV Notas y otras revistas mexicanas durante las semanas posteriores al estallido, había sido vinculada sentimentalmente con Sag durante el matrimonio con Paola.
Había sido, según se dijo en su momento, parte de la vida paralela del exfutbolista. Cuando Sag intentó reconciliarse con Paola y cerrar definitivamente esa otra historia, esa persona habría tomado la decisión de soltar el material que llevaba guardado. No lo afirmamos como hecho judicial. Esa persona ha negado siempre cualquier vinculación y los abogados del medio mexicano han sido cuidadosos al manejar el tema, pero el patrón es coherente con todo lo que sabemos. Una mujer del medio.
Acceso a la vida íntima de Sague, material acumulado durante meses. Filción cuando la presión emocional escaló al máximo. Silencio del propio Sague durante 6 años. Insinuación tardía. En una entrevista de 2025. Todas las piezas encajan en un mismo lugar y en el medio mexicano ese nombre se conoce. La afición que ha seguido el caso de cerca también lo conoce.
Cualquier persona que haya leído las revistas de espectáculos de aquellos años ha visto el nombre repetido una y otra vez, vinculado a la sombra del escándalo. Aquí, querido espectador, este narrador no va a pronunciarlo. No por miedo, por respeto a la presunción de inocencia, por respeto a que no hay condena judicial, por respeto a que la persona acusada implícitamente ha negado siempre los hechos, pero las pistas están todas.
Y si has prestado atención durante este video, ya sabes en qué dirección apuntan. Han pasado 7 años desde la filtración del primer video, 5 años desde la del segundo, 6 años desde la demanda de paternidad, de luz piedad, casi 2 años desde la muerte de Clay de Gabranic, la madre de Sague. En todo ese tiempo las cosas han cambiado y a la vez no han cambiado.
Zague sigue siendo comentarista de TV Azteca. Aparece en programas de fútbol, da opiniones, ríe con sus compañeros. Se ha rehecho profesionalmente al precio de aceptar que el público lo recordará siempre con la palabra impresionante y antes que con sus 195 goles vistiendo la camiseta del América.
Paola Rojas sigue conduciendo noticieros. es una de las periodistas más respetadas del país. Ha hablado en entrevistas del proceso de violencia digital que vivió en aquellos meses. Ha protegido a sus hijos, ha mantenido la dignidad pública. Luz Piedad sigue en Colombia, sigue criando a la niña, sigue, según ha contado en redes y en entrevistas ocasionales, esperando que algún día sage decida hacerse la prueba de ADN.
La pensión nunca llegó en los términos que ella pidió. La niña sigue sin apellido del padre y en algún punto del medio mexicano. Esta noche una persona que sabe lo que pasó en esos meses previos a junio de 2018 está cenando con su familia, está haciendo planes, está durmiendo en una cama caliente, está libre. Mientras Sague en algún departamento de la Ciudad de México se queda solo después de un programa de televisión.
Cierra la puerta, apaga las luces, se sienta en el sofá y mira al techo durante un rato largo pensando en la madre que ya no está, en los hijos que ya casi no lo necesitan, en la mujer colombiana cuya hija nunca conoció, en la esposa que se fue mientras él estaba en Moscú, en la persona del medio que tuvo el video y que sigue conviviendo con él en eventos profesionales sin que él pueda decir nada.
Esa imagen, ese silencio, esa soledad son la verdadera consecuencia del video. No la viralidad, no los memes, no las piñatas. Esas se olvidaron en pocos meses. Lo que no se olvida es lo que ese hombre perdió por dentro. Lo que ningún mundial, ningún goleo histórico, ninguna camiseta del América puede devolverle. La capacidad de mirar a sus hijos sin agachar la cabeza.
La capacidad de decir su nombre sin escuchar de fondo una palabra ridícula. La capacidad de ser otra vez simplemente Luis Roberto Alves. Hay un patrón en las caídas de los hombres famosos del medio mexicano que se repite cada generación. Un padre que tuvo vidas paralelas. Un hijo que aprendió a tenerlas también sin querer, sin pensarlo.
Una esposa que aguantó, hijos que crecieron viendo y un día un teléfono, un archivo, una persona del entorno que decide soltar lo que tenía guardado. Sage no fue el primero, no será el último, pero su historia tiene algo que la diferencia. Su historia ocurrió a la vista de todos. Su historia fue grabada, transmitida, retransmitida, memificada.
pirateada, comercializada. Su historia fue durante semanas el entretenimiento favorito de un país. Y mientras un país se reía, dos hijos pequeños no entendían por qué los compañeros de la escuela los molestaban. Una mujer mayor en una casa de Coyoacán lloraba por su hijo. Una niña en Colombia, todavía bebé, dormía sin saber que su padre estaba siendo destrozado en otro país y una esposa engañada hacía maletas en silencio para no exponer a sus niños al ruido de afuera.
Esa es la verdadera tragedia. No es solo que un goleador histórico haya caído en desgracia, es que cada caída de este tipo arrastra a personas que no eligieron estar ahí. Madres que se mueren con la herida. Esposas que rehacen sus vidas en silencio. Hijos que cargan apellidos que les pesan como condena, niñas que crecen sin padre legal en países distintos.
El precio de la fama no lo paga solo el famoso, lo pagan los que están alrededor y muchas veces lo pagan más caro que él mismo. Y en algún lugar del medio mexicano, esta noche alguien que tiene un archivo guardado de otro hombre famoso está esperando el momento, esperando que la presión escale, esperando que la negociación falle, esperando que llegue la hora de soltar lo que tiene guardado.
Porque la historia de Sage no es solo la historia de Sague, es la advertencia silenciosa de cómo funciona el medio mexicano, de cómo se construyen los archivos, de cómo se cobran las venganzas, de cómo se destruyen en una sola tarde las vidas que tomaron 30 años en construirse. Mientras tanto, Luis Roberto Alvez Zague sigue subiendo al set de TV Azteca cada semana, sigue hablando de fútbol, sigue sonriendo cuando le toca.
y sigue en el fondo cargando el peso de un nombre que un día fue ovasionado por millones y que hoy cuando alguien lo escucha todavía piensa en una sola palabra. Una palabra que no eligió, una palabra que no quería, una palabra que va a perseguirlo hasta el último día de su vida. Y mientras esa palabra siga sonando en cada estadio, en cada bar, en cada esquina donde alguien lo reconozca, Luis Roberto Alvez Sague seguirá pagando la cuenta más cara que un hombre famoso puede pagar.
La cuenta de haberse creído invulnerable, la cuenta de haber confiado en quien no debía, la cuenta de haber pensado equivocadamente que ningún teléfono guarda secretos para siempre. Si esta historia te hizo pensar en alguien, en un hombre que tuvo todo y lo perdió por las decisiones que tomó en silencio, en una esposa traicionada, en hijos que cargan apellidos que pesan, compártele este video esta noche.
Porque las verdades del medio mexicano se sostienen en el silencio y solo cuando suficientes personas se atreven a hacerse las mismas preguntas, los nombres que llevan años escondidos empiezan por fin a salir a la luz.