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ZAGUE : LA ASQUEROSA VERDAD DETRAS DE SUS VIDEOS DESNUDOa

ZAGUE : LA ASQUEROSA VERDAD DETRAS DE SUS VIDEOS DESNUDOa

Máximo goleador histórico del América, mundialista. Casado con la mujer más reconocida de la televisión mexicana. Un video de 30 segundos lo destrozó todo. Perdió a su esposa, a sus hijos y la reputación de toda una vida. Y lo que nadie sabe es que ese video no lo grabó porque él quisiera, lo grabó porque sabía lo que le pasaría si no lo hacía.

 Hoy vas a saber quién estaba detrás del video desnudo de Sague. Lo que vas a escuchar llevan callando los 7 años hasta hoy. Hay un nombre, hay un teléfono que no era de él, hay un video grabado bajo amenaza, pero antes debes saber cómo llegó Sague a esa noche. Hay que regresar a Coyoacán, a un padre famoso y a una herencia que ningún hijo debería cargar.

 Mucho antes del video del divorcio mediático y del escándalo que paralizó a México días antes del Mundial de Rusia, hubo un niño en una casa de Coyoacán mirando a su padre desde abajo con los ojos muy abiertos. Ese niño se llamaba Luis Roberto Alvez Santos Gabranic. le decían Luisito. Nació en la ciudad de México el 23 de mayo de 1967 y desde el día en que llegó al mundo ya cargaba un apellido que pesaba demasiado.

 Su padre se llamaba José Alves, brasileño, delantero del club América, hombre alto, fuerte, callado. En los estadios mexicanos lo conocían con un apodo que iba a perseguir a su hijo durante toda la vida. Le decían Zague y al hijo, desde antes de que pudiera caminar, lo iban a llamar Saguiño, el pequeño Sague, el que venía detrás del padre, el que tenía que llenar zapatos que nadie le había preguntado si quería llenar.

 Pero lo peor no es eso. Lo peor es que el padre José Alves Dague no era solo un futbolista, era un símbolo. Era un hombre con presencia que en los estadios del América inspiraba respeto y miedo a partes iguales. Un hombre al que llamaban el lobo solitario porque jugaba pegado a la línea, callado, sin celebrar los goles.

 un hombre que en su casa también era así, callado, distante, lobo solitario también en el comedor. El pequeño Luisito creció mirándolo desde abajo. Lo veía irse a entrenar antes del amanecer. Lo veía regresar tarde, cansado, con el pelo todavía mojado del baño del estadio. Lo veía sentarse a la mesa, comer poco y hablar todavía.

 En esa casa el fútbol no se discutía, se asumía. Si tenías el apellido Alves, ibas a jugar al fútbol. Y si jugabas al fútbol, tenías que ser delantero. Y si eras delantero, tenías que meter goles. Esa era la cadena que el niño aprendió antes de ir a la escuela. Pero hay algo que pocos saben de esa infancia.

 En la familia Alves, el padre tenía secretos, tenía vidas separadas, tenía mujeres, tenía hijos que no estaban en la casa de Coyoacán. Y aunque el pequeño Luisito no entendía del todo lo que pasaba, sí lo sentía. Sentía las llamadas raras, sentía las ausencias prolongadas, sentía a su madre mirando al techo en silencio en las tardes largas.

 Su madre se llamaba Cle Gabranik, mujer brasileña, hija de inmigrantes croatas, mujer fuerte, mujer callada también como el marido, pero adentro de ella durante años había un dolor que nadie veía. El niño aprendió sin que nadie se lo explicara, una de las lecciones más oscuras de su vida. Aprendió que un hombre famoso, un hombre admirado en los estadios, podía ser otro hombre dentro de la casa.

Aprendió que la fama y la fidelidad no caminan juntas. Aprendió que las esposas a veces fingen no saber. Esa lección se le quedó adentro. Y 35 años después, sin que nadie lo viera venir, esa misma lección iba a costarle su matrimonio, sus hijos, su nombre y la vida pública que había construido durante tres décadas.

 Cuando Luisito cumplió 5 años, ya pateaba una pelota mejor que la mayoría de los niños del barrio. A los siete ya hacía piruetas. A los nueve los entrenadores de las inferiores del América lo querían ver jugar. A los 12 ya estaba inscrito en las fuerzas básicas del club que su padre había hecho campeón. Pero Luisito no era solo el hijo de Sague, era también un muchacho con orgullo propio, ese orgullo iba a llevar lejos.

 En las divisiones inferiores del América, los compañeros lo molestaban. Le decían que solo estaba ahí por el apellido, que no iba a llegar a primera, que iba a ser como mucho un futbolista de banca, que nadie llega tan lejos como su padre. Luisito no contestaba, solo entrenaba más, llegaba antes que los demás, se quedaba después que los demás.

 En las concentraciones no salía con los amigos, se metía al gimnasio, levantaba pesas, practicaba tiros al arco hasta que el balón le quedaba grabado en el empeine. A los 17 años debutó en primera división con el club América. Vestía la misma camiseta que su padre había vestido años antes. Pisaba el mismo césped.

 Escuchaba a la misma afición. Y la afición cuando lo vio jugar se quedó callada. Porque el muchacho no era solo el hijo de Sague, era mejor que el padre. Tenía velocidad, tenía gol, tenía gambeta, tenía cabeza fría dentro del área y tenía algo que el padre nunca había tenido. Tenía sonrisa. Celebraba los goles abriendo los brazos, saludaba a la afición, daba entrevistas con simpatía, vendía camisetas, vendía publicidad, vendía sueños.

 En los siguientes 10 años, Luis Roberto Alvez Sague se convirtió en el máximo goleador histórico del club América. 195 goles vistiendo esa camiseta más que cualquier otro delantero en la historia del club, más que su propio padre, más que cualquier ídolo americanista que hubiera pasado por el Estadio Azteca. Lo llamaron a la selección mexicana, jugó la Copa América.

 Jugó el Mundial de Estados Unidos en 1994. Vistió la camiseta verde con el orgullo de un mexicano que había nacido para hacer goles. En su mejor momento, Sage era figura nacional. Aparecía en publicidad, daba entrevistas, tenía contratos con grandes marcas. La gente lo paraba por la calle, las mujeres lo perseguían.

 Y aquí, en esa fama joven, en ese dinero de los 30 años, en esa cima sin techo aparente, fue donde empezaron a sembrarse las semillas de lo que 22 años después iba a destruirlo. En los años 90, ser figura del fútbol mexicano era una droga. Las puertas se abrían solas. Los hoteles te recibían como rey. Los restaurantes mandaban botellas de cortesía.

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