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ULTIMINIO RAMOS: La Trágica Verdad De Por Qué Mató A 2 Hombres En El Ringg

ULTIMINIO RAMOS: La Trágica Verdad De Por Qué Mató A 2 Hombres En El Ringg

mató a dos hombres con sus puños. Uno tenía 21 años, el otro 29. Los mató delante de miles de personas que aplaudían y al día siguiente lo coronaron campeón mundial. Le dieron un cinturón, lo metieron al salón de la fama, nos mintieron. Ultimio Ramos no fue un campeón, fue un muchacho al que usaron como arma.

 Quédate hasta el final porque vas a saber quién decidió que ese muchacho de 17 años tenía que seguir matando. ¿Y por qué murió pidiendo perdón 59 años después sin que nadie lo escuchara? Antes de llegar a la noche del 21 de marzo de 1963 en el Dodger Stadium de Los Ángeles, donde un hombre cayó al lienzo y nunca volvió a levantarse, tienes que entender algo, porque lo que pasó esa noche no empezó ahí.

 Empezó 5 años antes en un gimnasio de Matanzas, Cuba, con un muchacho de 14 años que pegaba más fuerte que los hombres. Ultimio Ramos Saqueira nació un 2 de diciembre de 1941 en Matanzas, Cuba. Casa humilde de barrio trabajador. Padre del campo, madre lavando ropa ajena para que rindiera el sustento. La familia tenía tres comidas al día, aunque a veces solo arroz.

 Y eso en la Cuba de los años 40 ya era suerte. El nombre Ultimio venía de la costumbre cubana de poner nombres raros al hijo último, aunque después de él vinieron tres hermanos más y el nombre se quedó como una broma familiar. Uno de sus hermanos mayores, José, se metió al boxeo Amateur a finales de los años 40. iba al campo de béisbol abandonado de Campo Marzo, donde un grupo de hombres había puesto un ringado, sin entrenador formal y sin reglas claras, con dos hombres y un cuadrilátero los domingos por la tarde.

Ultimio iba a ver a su hermano. Tenía 11, 12 años. Se sentaba en una banca de madera al fondo del galpón y se quedaba ahí callado mirando hasta que los hombres se iban. Y un día de 1955, cuando tenía 14 años, un boxeador retirado llamado Benito Fernández lo vio sentado en esa banca y le hizo la pregunta que cambiaría todo.

 Le dijo, “Muchacho, ¿tú no quieres pelear?” Ultiminio. Dijo que sí pensarlo. Subió al ring esa misma tarde sin guantes, con las manos vendadas con tela de costal. Le pusieron enfrente a un muchacho de su edad. Y a los 3 minutos, Ultimio le había roto la nariz. Guarda esto en tu mente. 14 años. 3 minutos. Una nariz rota.

 Esa fue la primera vez que Ultimio Ramos le hizo daño a otro ser humano. No sería la última. Benito Fernández lo apadrinó, lo metió a entrenar serio, le enseñó la guardia ortodoxa, le enseñó a esquivar y le enseñó algo que Ultimio cargaba sin saberlo, una pegada de hombre adulto en un cuerpo de muchacho flaco. El derechazo le salía con una fuerza que hacía sonar el saco como si lo hubiera pateado un caballo.

 Según describiría su entrenador después en una entrevista para la revista cubana Bohemia. Hizo más de 100 combates amateurs en menos de 2 años. Casi todos los ganó, la mayoría por knockout. Y a los 15 años Benito Fernández lo llevó a una oficina en La Habana. Una oficina con cortinas pesadas, escritorio de caoba, fotos de boxeadores en las paredes.

 Detrás del escritorio había un hombre vestido de traje blanco fumando un puro. Ese hombre se llamaba Cuondde, uno de los promotores de boxeo más importantes de Cuba en aquella época. Recuerda este nombre, Cuco Conde. Vamos a volver a él porque en aquella oficina de La Habana en 1956 se firmaron los papeles que convirtieron a Ultimio Ramos en lo que iba a hacer y también en lo que iba a sufrir.

 Cu Conde le ofreció a Ultimio firmar un contrato de gestión profesional. Ultimio tenía 15 años. Su padre, que apenas sabía leer, firmó con una X. Y desde aquel día, el muchacho de Matanzas pasó hacer otra cosa. El producto de Cuco Conde. La inversión de Cuuko Conde, la esperanza económica de un promotor que veía oro en sus puños y prisa en su calendario.

Debutó como profesional el 5 de octubre de 1957, a 14 días de cumplir 16 años. Lo subieron al ring contra un cubano más viejo y más experimentado que había dicho en los pasillos del gimnasio que iba a matar al chamaco. Ultimio lo noqueó en el segundo asalto. Cobró $10. Su padre se compró un sombrero nuevo con la mitad y empezó la maquinaria.

 Entre 1957 y 1958, Ultimio Ramos peleó 18 veces. 18. en menos de un año. Una pelea cada tres semanas sin más descanso entre combates que el justo para que se le bajara la hinchazón de los nudillos. Cude lo subía al ring en la Habana, en Matanzas, en Camagüy, en cualquier plaza donde hubiera 500 pesos cubanos esperando.

 18 peleas en 12 meses. Un cuerpo de 15 años castigando otros cuerpos sin parar. Y nadie en Cuba pensó nunca que eso fuera demasiado para un muchacho. Nadie. De esas 18 peleas ganó 17. La única derrota fue por puntos contra un veterano que le sacaba 10 años. La pegada del muchacho ya era leyenda en los gimnasios de la isla.

 le decían el Sugar en honor a Sugar Ray Robinson, el campeón estadounidense que entonces era el rey del boxeo y a Cuuko Conde le brillaban los ojos cada vez que firmaba un nuevo contrato. Hay algo importante que tienes que entender, querido espectador, antes de seguir. Algo que el público mexicano de mi generación creció sin saber.

 El boxeo profesional en Cuba en los años 50 funcionaba como una máquina sin freno, sin comisiones médicas serias, sin exámenes neurológicos previos a las peleas, sin periodos obligatorios de descanso entre combates. Si un muchacho aguantaba, lo subían al ring. Si dejaba de aguantar, lo cambiaban por otro. Era un sistema cruel que nadie discutía porque movía dinero y el dinero en la Habana de aquel tiempo lo decidía todo.

En ese sistema, en esa máquina sin freno, una tarde de 1958, Cuuko Conde le dijo a Ultimio Ramos que había conseguido una pelea grande, una pelea que pagaba bien, una pelea contra un boxeador llamado José Blanco, conocido como el tigre blanco. La fecha quedó fijada para una noche de septiembre en un gimnasio de La Habana.

Pero lo que pasó esa noche del tigre blanco no se parece a una pelea de boxeo. Es lo que de verdad rompió a Ultimio Ramos por dentro y ningún periodista cubano de la época se atrevió a contarlo entero. Antes de llegar a esa noche, hay que entender quién era José el Tigre Blanco. Tenía 21 años. Era de Pinar del Río.

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