En sus momentos de mayor confusión en el hospital, Judy le dijo a un médico algo que dejó a todos helados. No fue un solo hombre, fueron dos los que me atacaron. Mientras esa duda quedaba en el aire, Steven Nelson ya estaba cometiendo el error que lo condenaría para siempre. Nelson no era un genio criminal. Apenas unas horas después de dejar la iglesia bañada en sangre, se desplazó con el coche robado de Judi hacia un centro comercial.
Y fue ahí cuando las alarmas de los bancos empezaron a saltar. Alguien estaba usando las tarjetas de crédito de Judi y lo hacía sin ninguna discreción. Luego, las cámaras de seguridad del Park Mall grabaron a Nelson moviéndose con una tranquilidad que asusta. Se le veía gastándose el dinero en ropa, joyas y lo que más deseaba. Unas zapatillas Nike.
Nelson estaba celebrando su victoria mientras la policía de Arlington rastreaba las pistas y las transacciones bancarias. El 5 de marzo, solo dos días después del asesinato, los agentes localizaron el auto de la secretaria en un complejo de apartamentos en Brown Boulevard, a menos de 1 km de la iglesia.
Tras un breve enfrentamiento, los agentes arrestaron a Nelson en el apartamento de una conocida, pero su exceso de confianza fue su ruina definitiva. Nelson pensó que al estrenar ropa y calzado nuevo ya estaba limpio, pero cometió un error fatal. Dejó sus zapatos viejos dentro del coche robado. Cuando la policía registró el vehículo y analizó ese calzado, los forenses confirmaron lo que Nelson intentaba ocultar.
Los zapatos tenían gotas de sangre que pertenecían al pastor Clint Dobson. Cuando los detectives lo sentaron en la sala de interrogatorios, Nelson no se quedó callado. Con una frialdad pasmosa intentó desvincularse de la sangre. Admitió que estuvo allí, pero que él no había matado a nadie. Según Nelson, él solo era el conductor para la huida y los verdaderos asesinos eran Anthony Springs y Claude Jefferson.
Sin embargo, los detectives no tardaron en derribar su cuartada. Springs estaba a 50 km de distancia y Jefferson estaba haciendo un examen en el momento del crimen. Con todas las pruebas en su contra, Nelson ingresó a prisión a la espera de juicio. Pero allí, [música] entre rejas, ocurrió algo que terminó de sellar su destino.
Muchos pensarían que tras ser arrestado por asesinato capital y enfrentarse a la pena de muerte, Nelson intentaría mantener un perfil bajo, pero hizo todo lo contrario. Desde el momento en que pisó la cárcel del condado de Tarrant, se convirtió en una pesadilla. Destrozó instalaciones, amenazó a agentes y protagonizó peleas tan violentas que hacían falta tres guardias para reducirlo.
Pero todo eso solo era el preludio de algo mucho más oscuro. Si lo ocurrido en la iglesia no fuera suficiente, lo que hizo mientras esperaba el juicio, confirmó que Nelson era un peligro absoluto, incluso estando bajo llave. En su bloque se encontraba Jonathan Holden, un hombre de 30 años con una discapacidad intelectual que lo convertía en una víctima fácil.
Por lo visto, Holden hizo un comentario racial que Nelson no dejó pasar. Pero en lugar de estallar en una pelea inmediata, Nelson planeó algo mucho más oscuro. Convenció a Holden de que si quería evitar una paliza, debía ayudarlo a engañar a los guardias. El plan era sencillo, fingir un intento de suicidio para que trasladaran a Holden a la enfermería, donde la comida era mejor.
Holden, con la edad mental de un niño, aceptó, se puso la sábana al cuello y Nelson tiró de ella hasta que dejó de respirar, lo que para Holden era un juego para conseguir una ración extra de comida. Para Nelson fue la ejecución de una venganza fría y calculada. Pero lo peor de todo fue lo que ocurrió después.
Según los testigos, tras ver el cuerpo inerte de Jonathan, Nelson comenzó una danza de celebración por toda la celda. Ante la mirada atónita de los otros presos, imitó los pasos de baile de Chockberry usando un palo de escoba como si fuera una guitarra eléctrica. [música] Pero el horror no terminó ahí. La familia de Holden demandó al condado de Tarrant por una negligencia imperdonable, dejar a un hombre vulnerable a merced de un monstruo como Nelson.
Al final, el condado aceptó pagar $350,000 para evitar el juicio y cerrar el caso con la reputación de Nelson como un asesino imparable incluso tras las rejas. El primero de octubre de 2012 arrancó oficialmente el juicio por el asesinato de Clint, Dobson y Judy. El juicio duró 12 días y desde el primer momento quedó claro que no sería un caso sencillo.
Nelson testificó en su propia defensa, algo que sus propios abogados le desaconsejaron, pero él insistió. Quería contar su versión. Básicamente admitió estar en el lugar, pero no haber cometido el asesinato. Reivindicó que su papel era solo el de conductor para la huida. dijo que esperó afuera durante 25 minutos mientras los otros dos entraban y que cuando finalmente entró a la iglesia, Clint y Judy ya estaban golpeados.
Clint todavía estaba vivo”, aseguró. Nelson admitió que tomó la computadora de Clint y que uno de sus cómplices le dio las tarjetas de crédito y las llaves del coche de Judi, pero negó golpeado o matado a nadie. La defensa intentó sembrar dudas argumentando que Judy le había [música] dicho a un médico que dos hombres la atacaron.
Con esto pidieron al jurado que consideraran un cargo menor: robo agravado, no asesinato capital. Sin embargo, la fiscal Page Simpson presentó una serie de evidencias que conectaban a Nelson directamente con la agresión física. El jurado pudo ver los restos de un cinturón roto hallados en la iglesia que coincidían con el que Nelson llevaba puesto al ser arrestado.
A esto se sumaron las gotas de sangre de ambas víctimas en su calzado y los videos de vigilancia que lo mostraban pocas horas después del crimen comprando ropa y joyas con las tarjetas robadas. Incluso sus propios mensajes de texto lo traicionaron. En uno de ellos, enviado poco después del asesinato, escribió: “No quiero alardear, pero soy un monstruo.
” La fiscalía también desmontó la teoría de los cómplices. Anthony Springs, el supuesto autor material según Nelson, presentó como coartada que se encontraba en la Universidad de Texas realizando un examen en el momento del crimen. Sin embargo, su profesor aclaró ante el tribunal que no hubo ningún examen aquel día. Casualidad, aún así, no hubo pruebas para situar a Springs en la escena del crimen.
Por otro lado, el segundo joven señalado, apodado Cloud, se encontraba a 48 km de distancia. Ante la falta de evidencias contra terceros y la abrumadora presencia de ADN de las víctimas en el acusado, el jurado solo necesitó una hora para declararlo culpable. Finalmente, [música] el 16 de octubre de 2012, tras apenas 90 minutos de deliberación, los 12 miembros del jurado alcanzaron un veredicto unánime, la muerte.
[música] Pero Steven Nelson no aceptó el final en silencio. Al ser retirado de la sala, su furia estalló en la celda de detención. En un último acto de desprecio, Nelson logró romper un aspersor del techo. En cuestión de minutos, una inundación de líquido retardante, negro y espeso, comenzó a brotar, filtrándose por las paredes y los techos hasta alcanzar la propia sala del tribunal.
Antes de su traslado al corredor, las familias de las víctimas pudieron confrontarlo y esto le dijeron. El suegro del pastor fue el más directo y duro. Mirando a Nelson, quien estaba rodeado de guardias, le dijo, “Steven Nelson, eres una persona malvada. No tienes alma. Eres una persona que disfruta infligiendo dolor a los demás.
Pero ese camino se ha terminado hoy. Clint era un hombre de Dios, un hombre de paz. Tú no eres nada. Laura Dobson, la viuda del pastor, mantuvo una compostura que impactó a los presentes. Me has quitado a mi esposo, a mi mejor amigo y al futuro que íbamos a construir juntos, pero no puedes quitarme los recuerdos ni la fe.
Hoy el mundo es un lugar mucho más seguro porque tú ya no estarás en él. No te guardo odio porque el odio me encadenaría a ti y yo elijo ser libre. Pero Nelson una vez más mostró su lado más macabro. Mientras las familias desahogaban su dolor, él permanecía impasible. Lejos de mostrar arrepentimiento, sonreía o incluso peor. Bostezaba de manera desafiante, como si el sufrimiento ajeno fuera un trámite aburrido.
Aquella fue la última imagen que las víctimas tuvieron de él en libertad. Finalmente, [música] el juez ordenó su traslado inmediato y Nelson abandonó la sala bajo vigilancia extrema camino a la unidad Polunski de Texas, el destino final para los condenados a muerte. Stephen Nelson culpa a sus abogados de su condena.
Dice que recibió malos consejos y que el sistema estaba en su contra desde el principio. [música] No investigaron a mis otros dos coacusados, no investigaron nada. Y justo antes del juicio le pregunté al fiscal si podía hacerme una prueba del detector de mentiras. Me dijo que no. Dijo que mi condena era fácil.
Quiero decir que todas las pruebas, las nuevas pruebas y las pruebas que mis abogados litigantes de entonces no presentaron demuestra que no maté a nadie. Nelson se llevó sus palabras de inocencia al corredor de la muerte, insistiendo hasta el último momento. Sin embargo, en la unidad Polunski, esas palabras parecían destinadas a morir entre las cuatro paredes de una celda de concreto.
Allí [música] el aislamiento es casi total, no hay contacto físico, no hay televisión y el silencio solo se rompe por los gritos de otros condenados. Nelson era un hombre marcado, un asesino de pastores, odiado por la opinión pública y olvidado por casi todos. Pero cuando su destino parecía sellado en la soledad más absoluta, una carta cruzó el océano.
No Duboa, una joven francesa fascinada por el sistema judicial estadounidense y las historias de los condenados, decidió escribirle lo que comenzó como un intercambio de correspondencia por curiosidad. Pronto se convirtió en el único vínculo de Nelson con el mundo exterior y en el inicio de una de las relaciones más extrañas y controvertidas del corredor de la muerte, Noah no se limitó a ser una confidente lejana.
Cruzó el océano en repetidas ocasiones para sentarse frente a Nelson, separada siempre por un cristal blindado. En Texas, los presos del corredor de la muerte no tienen derecho a visitas de contacto, por lo que su relación se construyó exclusivamente a través de la voz por teléfono y la escritura. A medida que la confianza crecía, Noah asumió la misión de difundir la versión de los hechos de Nelson.
Basándose en la convicción de Steven sobre su propia inocencia, ella impulsó diversas acciones. Creó perfiles en redes sociales y sitios web para [música] exponer los argumentos legales de Nelson, insistiendo en que las nuevas pruebas lo exonerarían si se le daba una oportunidad. Noa lo acompañó en el proceso de apelaciones, convirtiéndose en su principal apoyo moral, mientras las fechas de ejecución se reprogramaban y la presión judicial aumentaba.
Juntos enfrentaron la recta final de un calendario de ejecución que Texas no tenía intención de detener. En medio de esa cuenta atrás, el 4 de diciembre de 2022, apenas dos meses antes de la fecha fijada para su muerte, Steven Nelson y Noa Duboa se casaron en prisión. A pesar de la red de apoyo que Nelson había construido desde su celda y de los incansables esfuerzos de Noa Duboa por frenar el proceso, el sistema judicial de Texas no dio marcha atrás.
El amor por correspondencia y las peticiones de Clemencia se toparon con un muro administrativo infranqueable. Finalmente, el 5 de febrero de 2025, el tiempo se agotó. [música] Llegó el día de la ejecución. Ese día Nelson recibió visitas. Su esposa estuvo con él. También su asesor espiritual, el reverendo Jeff Hood, un activista contra la pena de muerte que había acompañado a varios condenados en sus últimos momentos.
Cuando llegó el momento de trasladarlo desde la unidad Alan Polunski hasta la prisión estatal de Hansville, donde se llevaría a cabo la ejecución, Nelson se negó a cooperar. No caminó, se resistió. Según Hood, los oficiales tuvieron que cargarlo físicamente desde el área de visitas hasta la camioneta que lo llevaría a Huntsville.
Luchó hasta el final”, dijo Hood después. Antes de que comenzara la inyección, Nelson habló, miró a su esposa a través del vidrio y repitió una y otra vez: “Siempre te amaré. No importa qué. Nuestro amor es incontrolable. No tiene definición, no tiene sentimiento. Estoy agradecido. [música] Es lo que es.” Luego añadió, “Siempre vive para mí y disfruta la vida.
Dale un abrazo a Monkey por mí.” Cuando Dubas escuchó el nombre del perro, lo levantó hacia la ventana para que Nelson pudiera verlo. El perro blanco miraba desde el otro lado del vidrio. Nelson continuó. Sé que no tengo miedo, hace frío aquí adentro, pero estoy en paz, estoy listo para estar en casa.
Finalmente miró al director de la prisión y dijo, “Vámonos, director. A las 6 de la tarde comenzó la administración del pentobarbital, un sedante letal. Cuando el fármaco empezó a fluir por las vías intravenosas, Nelson le dijo a su esposa, “Déjame dormir.” Mientras pronunciaba esa última palabra, el efecto comenzó a hacerse evidente. Nelson dijo, “Amor.
” Luego jadeó dos veces. pareció intentar contener la respiración. Su cabeza, hombros y brazos temblaron durante unos segundos. Después, [música] todo movimiento cesó. Un médico se acercó, presionó un estetoscopio contra su pecho y se retiró. Steven Lawne Nelson fue declarado muerto a las 6:50, 24 minutos después.
Tenía 37 años y faltaban 13 días para su cumpleaños 38. Clean Dobson tenía 28 años cuando murió. Era un pastor que abría las puertas de su iglesia a todos. Si Steven Nelson hubiera entrado ese día pidiendo ayuda [música] en lugar de buscando dinero, probablemente se la habrían dado. Judy Elliot sobrevivió, pero vivió con las cicatrices [música] de aquel día hasta su muerte en 2024.
Jonathan Holden fue asesinado por Nelson en la cárcel. Nunca hubo justicia para él. Steven Nelson esperó 13 años en el corredor de la muerte. Mantuvo el final que no mató a nadie. Hoy Texas cerró uno de los casos más brutales de su historia y ahora te pregunto a ti, ¿estás a favor o en contra de la pena de muerte? Te leo en comentarios.