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Silvia Pinal: La Hija que Borró del Testamento un Día Antes de Morir – Heredó Todo a Esta Persona a

Silvia Pinal: La Hija que Borró del Testamento un Día Antes de Morir – Heredó Todo a Esta Persona a

A los 19 años perdió a su segunda hija en un accidente automovilístico tan violento que el cuerpo quedó irreconocible. A los 51 años descubrió que el hombre al que amó durante 6 años nunca dejaría a su esposa por ella. A los 93 años murió en un hospital rodeada de sus hijos, pero con una hija ausente en su testamento.

 Hoy lleva un año y tr meses fallecida y su familia sigue peleando por una herencia de 200 millones de pesos que incluye a una persona que nadie esperaba. Su nombre era Silvia Pinal Hidalgo, pero México entero la conoció como la última diva del cine de oro. Y lo que hizo con su testamento, lo que su familia ocultó durante décadas y lo que realmente pasó la noche en que Viridiana a la triste murió fue un secreto que nadie pagó.

Esta es la investigación que la dinastía Pinal enterró durante más de 40 años. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber sobre la mujer que protagonizó más de 80 películas y controlaba lo que millones de mexicanos veían cada domingo en Televisa. Primera, las palabras exactas que Silvia Pinal le dijo a su hija, Silvia Pasquel, la madrugada del 26 de octubre de 1982, cuando le pidió que identificara el cuerpo de Viridiana, una petición tan devastadora que reveló quién cargaba realmente con el peso de esa familia.

Segunda, el documento del testamento fechado en 2004, que revela como Silvia Pinal distribuyó 200 millones de pesos entre nueve herederos, pero incluyó a una persona que no era familia y excluyó verdades que la familia nunca quiso admitir. Tercera, el testimonio de Efigenia Ramos, la asistente personal durante 35 años sobre lo que realmente pasó en los últimos días de Silvia Pinal y por qué las hijas la trataron tan mal después de leer el testamento. Cuarta.

La evidencia de cóo Viridiana a la triste, la hija muerta sigue presente en cada decisión que Silvia Pinal tomó durante 42 años, incluido el nombre que le puso a su testamento y la razón por la que nunca pudo perdonarse. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que la dinastía Pinal, que Televisa y que la industria del entretenimiento mexicano han intentado mantener en silencio desde 1982.

Pero antes de contarte cómo murió en un hospital de Ciudad de México el 28 de noviembre de 2024 a las 17:50 horas, rodeada de tres de sus cuatro hijos, pero con el fantasma de Viridiana, persiguiéndola hasta el último suspiro. Necesitas entender cómo nació, porque el infierno de Silvia Pinal no comenzó con la muerte de Viridiana en 1982, tampoco comenzó con su divorcio de Enrique Guzmán en 1976.

Ni siquiera comenzó con su primer matrimonio a los 16 años con un hombre 19 años mayor que ella. El infierno de Silvia Pinal comenzó el día exacto en que su padre biológico, Moisés Pasquel decidió que ella no merecía su apellido, su tiempo ni su reconocimiento. Y cuando un periodista llamado Luis Pinal decidió darle un apellido que no era suyo porque el verdadero padre simplemente desapareció. 12 de septiembre de 1931.

Guaimas, Sonora. México. El país está a 3 años de que Lázaro Cárdenas llegue a la presidencia. La Revolución Mexicana terminó hace 11 años, pero sus heridas siguen sangrando. En los puertos como Guaimas, las familias sobreviven con lo que pueden. El pescado se vende barato, el mar huele a sal y a pobreza.

 Las casas de adobe se caen con cada temporal. En una de esas casas nace Silvia Pinal Hidalgo. Pero ese apellido Pinal es una mentira. Su madre es María Luisa Hidalgo, una mujer joven que trabaja como puede, que cocina, que lava, que hace lo que sea necesario para mantener a una niña que acaba de nacer y que no tiene padre.

 Su padre biológico es Moisés Pasquel, director de orquesta en la XW, la radio más importante de México. Tiene trabajo, tiene dinero, tiene prestigio, pero no tiene interés en una niña que nació de un desliz de una relación que nunca debió existir. Imagínate eso. nacer sabiendo que tu padre existe, que trabaja en la radio más famosa del país, que dirige orquestas, que tiene una vida completa a solo unos kilómetros de distancia, pero que para él tú no existes.

 No hay visitas, no hay dinero para tu crianza, no hay cartas, no hay regalos de cumpleaños, no hay absolutamente nada, solo el silencio de un hombre que te dio la vida y luego desapareció como si nunca hubiera pasado. ¿Sabes lo que eso le hace a una niña? Le enseña que los hombres prometen y no cumplen. Le enseña que el amor es condicional, que tu existencia es un error que otros deben corregir.

 Le enseña que si quieres sobrevivir, tienes que hacerlo sola, siempre sola. Y Silvia Pinal, con apenas días de nacida, ya está aprendiendo la lección que la destruirá durante 93 años. Cargar sola, siempre sola. Los primeros años de Silvia son un carrusel de mudanzas y abandonos. De Guaimas a Querétaro, de Querétaro a Acapulco, de Acapulco a Cuernavaca, de Cuernavaca a Puebla, de Puebla a Ciudad de México.

 Su madre la lleva de un lugar a otro buscando trabajo, buscando estabilidad, buscando algo que nunca encuentra. No hay casa propia, no hay habitación fija, no hay escuela donde Silvia pueda quedarse más de un año. Hay cuartos rentados, hay casas de familiares que las acogen por lástima. Hay noches en las que María Luisa llora pensando que no puede más y en medio de ese caos aparece Luis Pinal, un periodista, un hombre con trabajo estable, con conexiones, con un apellido que puede ofrecer algo de respetabilidad. Luis

Pinal ve a María Luisa Hidalgo con una niña pequeña y toma una decisión que cambiará todo. Le da su apellido a Silvia, no la adopta oficialmente, no se casa con María Luisa, simplemente dice, “Esa niña se va a llamar Silvia Pinal.” Y así, con un acto de caridad disfrazado de paternidad, Silvia deja de ser Silvia Pasquel y se convierte en Silvia Pinal.

Un apellido prestado, una identidad construida sobre la ausencia de un padre que nunca quiso reconocerla. Piensa en eso un momento. Crecer sabiendo que tu apellido no es real, que el hombre que te dio ese nombre no es tu padre, que tu verdadero padre vive a pocos kilómetros dirigiendo orquestas mientras tú compartes una cama con tu madre en un cuarto rentado donde apenas cabe un colchón.

 Silvia crece entendiendo algo fundamental. En esta vida nadie te regala nada, todo tiene un precio y ese precio siempre lo pagas con pedazos de tu dignidad. La familia finalmente se establece en Cuernavaca, Morelos. Silvia tiene 6 años y entra a la escuela Enrique Pestalotzi. No es una estudiante brillante. Ella misma lo admitirá décadas después en entrevistas.

 No era buena estudiante, pero era la artista de la escuela. Mientras otras niñas estudian matemáticas y gramática, Silvia organiza shows, convence a sus primas, a las vecinas, a cualquiera que quiera participar. Monta pequeñas obras de teatro en el patio de su abuela Jovita. Cobra la entrada, un centavo, dos centavos, lo que sea, porque desde los 6 años Silvia Pinal ya sabe que el talento se puede convertir en dinero y el dinero es lo único que te salva de la pobreza.

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