PARTE 1
Sandra se miró en el espejo del recibidor por decimocuarta vez en menos de diez minutos.
Había algo en su reflejo que le devolvía una imagen de autoridad, de vanguardia, de mujer que sabe lo que se hace en el Sephora.
O eso quería creer ella.
Sus cejas, antes discretas y algo ralas por los excesos de las pinzas en los años dos mil, ahora apuntaban al cielo.
Cada pelo estaba individualmente peinado hacia arriba, fijado con una precisión casi arquitectónica.
Parecían dos abanicos rígidos escoltando su frente.
—¿No crees que brillan demasiado? —preguntó Javi desde el pasillo, mientras se peleaba con el nudo de la corbata.
Javi era el tipo de hombre que consideraba que ponerse crema hidratante era un deporte de riesgo.
Para él, el concepto de “laminado” solo se aplicaba al parqué del salón o a los carnets de conducir antiguos.
Sandra no desvió la mirada del cristal.
Se humedeció el dedo índice y trató de aplastar un pelito rebelde que amenazaba con tocarle el nacimiento del pelo.
—No brillan, Javi, tienen “glow” —corrigió ella con una suficiencia que ocultaba un ligero rastro de pánico—.
—Se llama efecto “wet look”, es lo que llevan todas en Milán ahora mismo.
—Ya, pero es que no estamos en Milán, cari —respondió Javi, asomando la cabeza por el marco de la puerta—.
—Estamos en Alcorcón.
—Y vamos a comer a casa de mi madre.
Sandra suspiró, sintiendo cómo la fijación del laminado tiraba ligeramente de su piel.
Era una sensación extraña, como si llevara dos pegatinas invisibles tirando de sus párpados hacia arriba.
—Tu madre no tiene ni idea de estética contemporánea —sentenció Sandra, agarrando su bolso—.
—Para ella, el colmo de la elegancia es ponerse un broche de nácar en la solapa de una chaqueta de lana.
—Mi madre tiene un radar para las cosas raras, Sandra —advirtió él con un tono de voz que vaticinaba tormenta—.
—Y ahora mismo, tus cejas parecen dos brochas de afeitar puestas al revés.
—Eres un exagerado y un antiguo —dijo ella, aunque por dentro una duda corrosiva empezaba a burbujear—.
Salieron de casa bajo un sol de justicia que no hacía más que acentuar el brillo de la resina fijadora en el rostro de Sandra.
En el ascensor, se topó con la vecina del quinto, la señora Paquita.
Paquita la miró de hito en hito, primero a los zapatos, luego al bolso y, finalmente, se quedó anclada en la zona supraciliar de Sandra.
La mujer abrió mucho los ojos, como si hubiera visto un eclipse sin protección.
—¿Te pasa algo en la cara, hija? —preguntó Paquita con esa indiscreción tan propia de las comunidades de vecinos de Madrid—.
—¿Te ha dado una reacción el marisco? Tienes los ojos como muy… asustados.
Sandra forzó una sonrisa, lo cual fue difícil porque el laminado limitaba su movilidad expresiva.
—Es el maquillaje, Paquita, que da un efecto de apertura en la mirada —explicó con voz tensa.
—Ah, pues parece que te ha dado un aire, de verdad te lo digo —concluyó la anciana mientras salía al portal—.
Javi soltó una risita ahogada que le costó un codazo en las costillas.
El trayecto en coche hasta la casa de la suegra fue un monólogo de Sandra intentando autoconvencerse de su elección estética.
Habló de las Kardashian.
Habló de las pasarelas de París.
Habló de la importancia de romper con los cánones establecidos en la periferia madrileña.
Javi simplemente asentía, manteniendo las manos firmes en el volante y la vista en la carretera, como quien transporta material inflamable.
Aparcaron cerca de la plaza.
El olor a sofrito ya flotaba en el aire del barrio, esa mezcla inconfundible de ajo, cebolla y un toque de laurel que anunciaba el domingo.
Sandra se retocó por última vez con el espejo del parasol.
—¿Me ves bien? —preguntó, buscando una validación que sabía que no llegaría.
—Te veo… muy peinada —respondió Javi con una diplomacia suicida—.
Subieron las escaleras.
El descansillo olía a cera de muebles y a la colonia de baño de toda la vida.
Sandra sentía que sus cejas eran ahora mismo el centro de gravedad de su cuerpo.
Pesaban.
O quizás era la anticipación del juicio final.
La puerta se abrió antes de que terminaran de llamar al timbre.
Allí estaba Concha.
Llevaba el delantal puesto, ese delantal con flores que parecía haber sobrevivido a tres guerras y cinco mudanzas.
Concha no saludó con un beso de primeras.
Concha era de las que escaneaba.
Sus ojos, entrenados en detectar manchas de grasa a diez metros y mentiras piadosas en las notas de sus hijos, se clavaron directamente en la frente de su nuera.
Se hizo un silencio denso, solo roto por el sonido de la televisión de fondo dando las noticias regionales.
Concha dio un paso atrás, permitiéndoles la entrada, pero sin dejar de mirar fijamente las cejas de Sandra.
—Hola, mamá —dijo Javi, dándole un beso rápido en la mejilla—.
—Hola, Concha, ¿cómo está? —saludó Sandra, intentando sonar natural.
Concha no respondió de inmediato.
Cerró la puerta con una lentitud dramática.
Se cruzó de brazos.
—Sandra, hija… —empezó la suegra, con ese tono de voz que usan las madres cuando van a soltar una verdad incómoda—.
—¿Qué te has hecho?
Sandra tragó saliva.
—¿A qué se refiere, Concha? —preguntó, fingiendo demencia—.
—A eso —dijo Concha, señalando con un dedo acusador la frente de la joven—.
—A esas dos cosas que tienes encima de los ojos.
—Parece que te has pegado las cejas con pegamento de barra. ¡Qué horror!
La frase aterrizó en el pasillo como una granada de fragmentación.
Sandra sintió un calor súbito recorriéndole las mejillas.
Javi desapareció discretamente hacia el salón, murmurando algo sobre el resultado del fútbol.
—No es pegamento de barra, Concha —replicó Sandra, irguiéndose todo lo que su estatura le permitía—.
—Es tendencia, suegra.
—Se llama “laminado” y da mucha personalidad.
Concha soltó una carcajada seca, de esas que no tienen nada de gracia y mucho de sarcasmo.
—Personalidad de payaso, si me permites —sentenció la mujer, dándose la vuelta para volver a la cocina—.
Sandra se quedó sola en el pasillo, frente al espejo de la entrada que tenía un marco dorado lleno de volutas.
Se miró.
Por un segundo, la voz de su suegra resonó en su cabeza con la fuerza de una revelación.
¿Realmente parecía un payaso?
¿O era simplemente que el mundo no estaba preparado para su visión artística?
Se frotó las sienes, intentando relajar los músculos de la cara, pero el laminado era implacable.
Sus cejas no se movían ni un milímetro. Estaban allí para quedarse.
Al menos hasta que el producto decidiera lo contrario.
Desde la cocina, llegó el sonido de las cucharas golpeando las ollas de metal.
Era el sonido de la guerra doméstica.
Sandra respiró hondo y avanzó hacia el salón, dispuesta a defender su frente palmo a palmo.
PARTE 2
El comedor de Concha era un santuario de la España cañí.
Tapetes de ganchillo sobre cada superficie plana disponible.
Fotos de comunión que parecían retratos de la corte de Felipe IV por la rigidez de los niños.
Y un aparador de roble que contenía la vajilla buena, esa que solo veía la luz del sol en Navidad o cuando venía el obispo, cosa que no había pasado nunca.
Sandra se sentó a la mesa, intentando mantener una postura digna.
Sin embargo, era difícil mantener la dignidad cuando sentías que tu frente tenía vida propia.
Javi ya estaba instalado, ojeando un periódico deportivo y tratando de ser invisible.
—Javi, ¿tú has visto a tu mujer bien antes de salir de casa? —gritó Concha desde la cocina—.
—Que yo no digo nada, pero si se cae de frente se queda pegada al suelo como un velcro.
Javi no levantó la vista del papel.
—Déjala, mamá, que dice que eso se lleva ahora —balbuceó él—.
—¡Qué se va a llevar eso! —volvió a la carga la suegra, apareciendo en el umbral con una sopera humeante—.
—Eso se lo hacíamos nosotros a los gatos con cinta aislante cuando éramos pequeños para reírnos un rato.
Sandra apretó los cubiertos con fuerza.
—Concha, de verdad, es un tratamiento estético profesional —explicó con una paciencia que empezaba a agotarse—.
—Ayuda a definir la estructura ósea y levanta la mirada.
Concha depositó la sopera en el centro de la mesa con un golpe seco.
—Hija, a ti lo que te levanta es el susto —dijo la mujer mientras se sentaba—.
—Tienes cara de estar viendo un incendio forestal de forma permanente.
—¿No te tira la piel? Porque yo te veo la frente como si te hubieran hecho un lifting con pinzas de la ropa.
Sandra forzó una sonrisa.
—Al principio se siente un poco rígido, sí, pero es normal.
—Luego el pelo se asienta y queda un efecto muy natural, muy orgánico.
—¿Orgánico? —Concha arqueó una de sus propias cejas, que eran finas y estaban pintadas con un lápiz marrón que no terminaba de encajar con su tono de piel—.
—Orgánico es un tomate de la huerta, Sandra.
—Esas cejas tuyas parecen sacadas de una película de ciencia ficción de las malas.
—Pareces el malo de Star Trek, ese que tiene orejas de soplillo.
—¡Mamá, por favor! —intervino Javi, viendo que la tensión subía por momentos—.
—Vamos a comer tranquilos, que el cocido tiene una pinta estupenda.
Se sirvieron el primer vuelco.
Los garbanzos rodaban por el plato de Sandra, pero ella apenas podía concentrarse en la comida.
Cada vez que bajaba la cabeza para soplar la cuchara, sentía el peso de su nueva identidad estética.
Concha la observaba comer con una mezcla de fascinación y horror.
Como quien observa a un animal exótico en el zoo que hace algo inesperado.
—¿Y cuánto te han cobrado por eso, si no es indiscreción? —preguntó la suegra de repente, después de un largo silencio sepulcral—.
Sandra dudó.
Sabía que si decía la cifra real, Concha entraría en parada cardiorrespiratoria allí mismo sobre el mantel de hilo.
—Ha sido una oferta, Concha. Un pack de hidratación y diseño —mintió Sandra descaradamente—.
—Pues el que te lo ha hecho debería ir a la cárcel —sentenció la mujer—.
—O a una academia de dibujo, para aprender dónde terminan las cejas y dónde empieza el cuero cabelludo.
—Es que te llegan casi a las sienes, hija mía.
—Parece que vas a salir volando si parpadeas muy fuerte.
Sandra dejó la cuchara en el plato. El ruido del metal contra la porcelana sonó como un disparo.
—Mire, entiendo que a usted no le guste —dijo Sandra, intentando controlar el temblor de su voz—.
—Pero a mí me gusta. Me hace sentir moderna. Me hace sentir que me cuido.
—En mi época nos cuidábamos lavándonos la cara con jabón de Lagarto y poniéndonos un poco de Nivea de la lata azul —replicó Concha con el orgullo de la vieja escuela—.
—Y no íbamos por ahí con los pelos de la cara como si nos hubiera lamido una vaca.
Javi intentó desviar el tema.
—¿Has puesto morcilla de la buena, mamá?
—He puesto de todo, Javi, porque en esta casa todavía se aprecia lo que es natural y auténtico —dijo Concha, lanzando una indirecta que no tenía nada de sutil—.
—No como esas modas de ahora, que consisten en parecer que te has peleado con un bote de laca.
La comida continuó en un clima de tensión creciente.
Sandra sentía que el vapor del cocido estaba empezando a afectar la fijación de sus cejas.
Notó una ligera humedad en la frente.
Un pequeño picor empezó a manifestarse justo en el arco superciliar derecho.
Intentó no rascarse.
Sabía que si se tocaba, el laminado podría desmoronarse o, peor aún, quedarse en una posición aún más extraña.
—¿Te pica? —preguntó Concha con una sonrisa maliciosa—.
—Es el cuerpo rechazando lo que no es suyo, Sandra. Es la naturaleza pidiendo paso.
—No me pica —mintió Sandra, mientras su ceja derecha empezaba a latir con vida propia—.
—Es solo el calor del plato.
—Si tú lo dices… —dijo la suegra, volviendo a su sopa—.
—Pero tienes un brillo ahí arriba que parece que te han dado con barniz de barcos.
—Cualquier día te vemos venir y tenemos que ponernos gafas de sol para no deslumbrarnos con tu frente.
Sandra miró a Javi buscando socorro, pero su marido estaba demasiado ocupado intentando diseccionar un trozo de tocino como si fuera un cirujano cardiovascular.
Estaba sola ante el peligro.
Sola ante la lengua bífida de Doña Concha.
Y sola ante el progresivo endurecimiento de un producto químico que prometía “belleza duradera” pero que solo le estaba dando un dolor de cabeza monumental.
Fue entonces cuando sonó el timbre de nuevo.
—¡Ay! Deben de ser tus primos, que han dicho que se pasaban a por el postre —anunció Concha, levantándose de un salto—.
Sandra entró en pánico.
Más testigos.
Más gente que no entendía la vanguardia estilística.
Más personas que preguntarían por qué sus cejas querían abandonar su rostro en dirección al techo.
—Javi, ¿tengo algo raro? —susurró Sandra frenéticamente mientras la suegra iba hacia la puerta—.
Javi la miró por fin a los ojos.
—Cariño… —empezó él con una mueca de pesar—.
—¿Qué? —preguntó ella, alarmada—.
—La ceja izquierda… creo que se está empezando a despeinar hacia los lados.
—Ahora pareces un poco… un lobo. Un lobo muy moderno, pero un lobo al fin y al cabo.
Sandra sintió que el mundo se detenía.
Se llevó la mano a la cara, olvidando todas las advertencias de la esteticista.
Efectivamente, el vello estaba empezando a perder su verticalidad militar para adoptar una forma caótica y desordenada.
Y en ese preciso momento, sus primos, los gemelos de Carabanchel, entraron en el salón.
PARTE 3
Los primos, Alberto y Carlos, entraron en el comedor como un torbellino de aire fresco y nula discreción.
Eran dos tipos de unos treinta y tantos que se dedicaban a la logística y cuyo concepto de “estética” se limitaba a llevar la camiseta del equipo de fútbol bien planchada.
—¡Pero bueno! ¡Qué pasa aquí! —exclamó Alberto, el más ruidoso de los dos—.
Se acercó a Javi y le dio un abrazo que casi le saca el aire de los pulmones.
Luego se giró hacia Sandra.
Se quedó paralizado a medio camino de darle los dos besos de rigor.
Sus ojos se clavaron en la frente de su prima política.
Carlos, que venía justo detrás, chocó con su hermano al detenerse en seco.
—Oye, Sandra… —empezó Carlos, frunciendo el ceño—.
—¿Te has puesto extensiones en la frente?
Sandra sintió que la temperatura de la habitación subía diez grados de golpe.
—Es un laminado de cejas, Carlos —dijo ella, tratando de mantener un tono de voz gélido que impusiera respeto—.
—Es un tratamiento de belleza.
Alberto soltó una carcajada que hizo vibrar los cristales del aparador de Concha.
—¡Parece que te han pasado un rodillo de pintar por encima de los ojos, muchacha! —exclamó el primo, muerto de risa—.
—¿Pero esto qué es? Si parece que tienes dos escolopendras pegadas encima de los párpados.
Concha regresó de la cocina con una bandeja de pestiños y una sonrisa de triunfo que no intentaba ocultar.
—Ya se lo he dicho yo, niños —intervino la suegra, dejando el postre sobre la mesa—.
—Que parece que se ha quedado dormida encima de un cepillo de dientes.
—Pero ella dice que es “personalidad”.
—¡Pues menudo carácter tienen que tener esas cejas! —añadió Carlos, acercándose peligrosamente para inspeccionar el desastre—.
—Si parece que te están gritando. “¡Hacia arriba, siempre hacia arriba!”.
—¿No te da el viento en la cara y te silban?
Javi intentó intervenir, más por compromiso que por convicción.
—Venga, dejadla ya, que es su estilo.
—¡Pero qué estilo ni qué ocho cuartos! —gritó Alberto—.
—Si parece que se ha peleado con un gato y el gato ha ganado.
Sandra se levantó de la mesa, la silla chirrió contra el suelo de terrazo con un sonido estridente.
—Sabéis qué —dijo, con los ojos empezando a escocerle por la humillación y, posiblemente, por algún componente del fijador—.
—Que sois todos unos paletos.
—No entendéis nada que no sea lo que habéis visto en vuestro barrio toda la vida.
—Esto es moda. Esto es tendencia. Esto es lo que se lleva en las revistas que vosotros no leéis porque no tienen fotos de coches.
Hubo un silencio tenso durante tres segundos.
Luego, los primos volvieron a estallar en risas.
—¡No te enfades, mujer! —dijo Carlos, tratando de recuperar el aliento—.
—Si es que estás graciosa. Parece que te has puesto un filtro de esos del móvil, pero de verdad.
—¿Y si llueve qué pasa? —preguntó Alberto con genuina curiosidad—.
—¿Se te bajan o se te quedan así tiesas?
—Porque como se te queden así de por vida, vas a tener problemas para ponerte las gafas de sol.
Sandra no respondió. Se dirigió directamente al baño de la casa de su suegra.
Necesitaba un momento de soledad.
Y, sobre todo, necesitaba un espejo que no fuera el de la entrada, donde Concha pudiera verla.
Cerró la puerta con pestillo.
El baño olía a jabón de manos de glicerina y a humedad antigua.
Se miró en el espejo sobre el lavabo.
La luz fluorescente, blanca y cruel, no le hizo ningún favor.
Javi tenía razón.
El calor del cocido y el sudor de la tensión habían hecho que el producto empezara a fallar.
Su ceja izquierda ya no apuntaba hacia arriba de forma elegante.
Se había desmoronado hacia un lado, creando una especie de ala delta de vello que le cubría parte del párpado superior.
La ceja derecha, por el contrario, seguía firme como un soldado en el frente, pero el brillo se había vuelto opaco y granuloso.
Parecía que tuviera caspa en las cejas.
O, como bien había dicho Concha, trozos de pegamento de barra mal extendido.
—Dios mío —susurró Sandra, apoyando las manos en el borde de la loza blanca—.
Intentó peinarlas con los dedos, pero el pelo estaba rígido.
Era como tocar plástico.
Si intentaba bajarlas, sentía un tirón doloroso en el folículo.
Era una trampa estética.
Estaba atrapada en su propio laminado.
Desde el otro lado de la puerta, escuchó las risas de los primos y la voz de Concha que decía algo sobre “querer y no poder”.
—Es que se piensan que por gastarse los cuartos en el centro comercial ya son marquesas —decía la suegra con ese tono de “yo lo sé todo”—.
—Y luego van hechas unos zorros, con los pelos de la cara como si fueran las escobillas de un coche de choque.
Sandra sintió una punzada de rabia.
No era solo por las cejas.
Era por esa sensación constante de ser juzgada, de ser la “nuera moderna” que nunca daría la talla ante la tradición impecable (y aburrida) de Concha.
Se mojó las manos con agua fría y se la pasó por la frente, desafiando todas las leyes de la cosmética que decían “no mojar en las primeras 24 horas”.
Le daba igual.
Prefería ser una rebelde con las cejas mojadas que el hazmerreír de una comida familiar en Alcorcón.
El agua empezó a disolver parte del fijador.
Un hilillo de producto blanquecino empezó a bajarle por el entrecejo.
Sandra se miró de nuevo.
Ahora parecía que estaba llorando pegamento.
—Sandra, ¿estás bien ahí dentro? —era la voz de Javi, golpeando suavemente la madera de la puerta—.
—Sí, perfectamente —mintió ella, mientras intentaba desesperadamente limpiar el desastre con papel higiénico de doble capa—.
—Oye, que mi madre dice que si quieres que te deje un poco de aceite de oliva, que dice que eso lo quita todo.
Sandra cerró los ojos y contó hasta diez.
—¡Dile a tu madre que se meta el aceite de oliva por donde le quepa el garbanzo! —gritó, perdiendo finalmente los papeles—.
Se hizo el silencio total en el pasillo.
Incluso los primos dejaron de reírse.
Sandra supo en ese momento que había cruzado una línea de no retorno.
Había insultado el aceite de oliva en casa de una madre española.
Eso era prácticamente un crimen de guerra.
PARTE 4
Sandra salió del baño con la cabeza alta, a pesar de que sus cejas ahora presentaban un aspecto deplorable.
Estaban medio húmedas, medio rígidas y totalmente caóticas.
Parecía que le hubieran dado un susto eléctrico justo antes de cruzar el umbral.
En el pasillo, Javi la miraba con una mezcla de miedo y admiración.
—¿Lo has dicho en serio? —susurró él, refiriéndose al comentario sobre el aceite—.
—Absolutamente —respondió Sandra, caminando con paso firme hacia el comedor—.
Al entrar, la escena era digna de un cuadro costumbrista.
Concha estaba de pie, con una mano en el pecho, fingiendo una ofensa que probablemente era más teatral que real.
Los primos se habían quedado mudos, con los pestiños a medio camino de la boca.
—Conque el aceite de oliva, ¿eh? —dijo Concha con una voz vibrante de indignación contenida—.
—El aceite que traje de mi pueblo, prensado en frío, que tiene más vitaminas que toda esa porquería que te pones tú en la cara.
—Pues mira, Sandra, te voy a decir una cosa.
Concha se acercó a ella.
Sandra no retrocedió.
Las dos mujeres quedaron frente a frente, una batalla generacional librada en un comedor con olor a canela.
—Puedes ponerte las cejas como te dé la gana —continuó la suegra—.
—Puedes ponértelas en la nuca si quieres, que para eso es tu cuerpo.
—Pero aquí se viene a comer en paz y a respetar lo que es de uno.
Sandra suspiró, y de repente, toda la tensión acumulada durante la mañana se desinfló como un globo pinchado.
Se miró en el reflejo de la vitrina del aparador.
Se vio ridícula. Realmente ridícula.
Empezó a reírse.
Primero fue una risita nerviosa, casi un hipo.
Luego fue una carcajada plena, de esas que te doblan por la mitad.
—Tiene razón, Concha —dijo Sandra entre espasmos de risa—.
—Parece que me he pegado las cejas con pegamento de barra.
—No, con pegamento no —intervino Alberto, recuperando el tono burlón—.
—Parece que has intentado peinarte con un petardo en la boca.
—¡O con un ventilador industrial! —añadió Carlos, volviendo a la carga—.
Incluso Concha, viendo que el conflicto se disolvía en humor, no pudo evitar que la comisura de sus labios se curvara.
—Hija, es que estás de foto —dijo la suegra, relajando los hombros—.
—Si te viera tu madre, te mandaba directa a confesarte por haberle hecho eso a la obra de Dios.
—Venga, siéntate y tómate un café, que con el calor del café igual se te termina de derretir el invento ese.
Sandra se sentó, sintiéndose extrañamente liberada.
El laminado había sido un fracaso estético rotundo, pero al menos había servido para romper el hielo eterno que siempre existía entre ella y su suegra.
Se comió un pestiño. Estaba delicioso.
—¿Sabe qué, Concha? —dijo Sandra, mientras se limpiaba un poco de azúcar de la comisura—.
—La próxima vez que quiera hacerme algo “moderno”, le preguntaré antes.
—No me hagas promesas que no vas a cumplir, Sandra —respondió Concha, sirviendo el café—.
—Tú eres de las que no escarmienta ni aunque se le caigan las pestañas a trozos.
—Pero bueno, al menos hoy nos hemos reído un rato.
—Javi, saca el anís, que esto hay que bajarlo.
La tarde transcurrió entre anécdotas de los primos y pullas constantes sobre la resistencia aerodinámica de las cejas de Sandra.
Javi, por fin relajado, se atrevió a hacer su propio chiste.
—Lo bueno es que si mañana hay huelga de transportes, Sandra puede usar las cejas como velas y nos vamos navegando a trabajar.
—¡Qué gracioso estás hoy, Javi! —replicó ella, aunque esta vez sin rastro de malicia—.
Cuando llegó el momento de marcharse, Sandra se despidió de Concha con un abrazo de verdad, de los que aprietan un poco.
Al separarse, Concha la miró fijamente una última vez.
—Sandra… —dijo en voz baja—.
—¿Dígame?
—En la cocina te he dejado un botecito con un poco de ese aceite de oliva.
—Úsalo esta noche con un algodón. Con cuidado.
—No quiero que mañana aparezcas en el trabajo pareciendo un dibujo animado.
Sandra sonrió y aceptó el regalo.
—Gracias, Concha. De verdad.
Salieron al portal.
El aire de la tarde era fresco.
Sandra sentía que el producto se había secado del todo, creando una costra que le recordaba constantemente su error.
—¿Cejas laminadas o cejas naturales? —preguntó Javi mientras caminaban hacia el coche—.
Sandra se miró en el cristal de un escaparate de una tienda de muebles.
Sus cejas seguían allí, rígidas, brillantes y totalmente fuera de lugar en aquel barrio obrero.
—Naturales, Javi. Definitivamente naturales —respondió ella—.
—Pero oye, que no me quiten lo bailado.
—¿Tú sabes la de fotos que me he hecho para Instagram antes de entrar en casa de tu madre?
Javi puso los ojos en blanco.
—Seguro que en todas pareces que te ha dado un calambre.
—Puede ser —dijo ella, subiéndose al coche—.
—Pero un calambre con mucha personalidad.
Mientras se alejaban de la plaza, Sandra se miró por última vez en el espejo retrovisor.
Se pasó el dedo por la ceja, sintiendo la dureza del fijador.
Se prometió a sí misma que mañana volvería a ser la Sandra de siempre.
La de las cejas normales.
La que no intentaba competir con las modelos de Milán en las calles de Alcorcón.
Pero, en el fondo, sabía que en cuanto apareciera una nueva tendencia absurda en TikTok…
Probablemente volvería a caer.
Porque la moda es efímera, pero las comidas familiares con Doña Concha son para siempre.
Y siempre es mejor llevar algo de lo que reírse entre garbanzo y garbanzo.