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SALVADOR SÁNCHEZ: LA ASQUEROSA VERDAD sobre la NOCHE DEL ACCIDENTE SALIÓ A LA LUZ a

SALVADOR SÁNCHEZ: LA ASQUEROSA VERDAD sobre la NOCHE DEL ACCIDENTE SALIÓ A LA LUZ a

Aquella madrugada del 12 de agosto de 1982, en un tramo solitario de la carretera federal 57 a la altura de Juriquilla, el porche 928 blanco más famoso de México quedó convertido en un amascijo de fierros retorcidos contra la defensa de un tráiler. Adentro iba el campeón mundial peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo.

23 años, 44 victorias, 32 knockouts y un cinturón que en los últimos 2 años nadie había podido tocar siquiera. Lo que ocurrió entre la 1 de la mañana y las 2:15 de aquella madrugada lleva más de 40 años envuelto en silencio, en versiones contradictorias, en testigos que cambiaron su declaración semanas después y en una llamada telefónica que, según se contó después en voz baja, hizo que Salvador Sánchez saliera del rancho de San José y Turbide sin avisarle a nadie.

Llevaba sem concentrado, encerrado, preparándose para defender por décima vez su corona mundial contra el puertorriqueño Juan La Porte. Su preparador físico lo había visto entrenar esa misma tarde como si fuera a pelear al día siguiente. Su esquinero, cuyo Hernández después diría que jamás lo había visto tan enfocado, tan limpio, tan dueño de cada movimiento.

 Y sin embargo, antes de que el reloj diera la 1 de la mañana, Salvador Sánchez ya estaba al volante de su Porsche Blanco, conduciendo a más de 160 km/h en una carretera oscura. sinalumbrado, llena de tráileres de carga pesada que cruzaban hacia San Luis Potosí. Lo que pocos sabían entonces y lo que durante años se contó solamente en Círculos Cerrados del Boxeo mexicano, es que aquella salida no fue producto del cansancio ni de un capricho del campeón.

 Hubo una llamada, hubo un mensaje, hubo un nombre y hubo una decisión tomada en menos de 15 minutos que terminó con la carrera de quien estaba destinado a convertirse en el boxeador más grande que México hubiera dado nunca. Hoy, después de tantos años, vas a conocer la versión que durante décadas se guardaron quienes estuvieron cerca.

 La versión que jamás se publicó en los periódicos del día siguiente. La versión que por respeto o por miedo los reporteros de la fuente boxística dejaron morir junto con su protagonista. Antes de que sigamos avanzando con esta historia, quiero pedirte algo sencillo. Si tú recuerdas alguna pelea de Salvador Sánchez, si tu padre, tu abuelo o tu tío te platicó alguna vez de aquel pleito contra Wilfredo Gómez en Las Vegas o de la noche en que el Coloradito López cayó por knockout en el round 13, déjamelo escrito ahí abajo en los comentarios.

Cuéntame qué fue lo que más te marcó del Chava, porque lo que vas a escuchar en los próximos minutos no se entiende sin saber primero quién era este muchacho de Santiago Tianguistenco, que a los 23 años ya tenía el respeto de los mejores entrenadores del planeta. En unos instantes te voy a contar exactamente quién le habló por teléfono aquella noche, qué le dijeron y por qué decidió arrancar el Porsche sin esquinero, sin chóer, sin avisarle a su manager.

Para entender lo que ocurrió esa madrugada, hay que retroceder un poco. Salvador Sánchez Narváez había nacido el 26 de enero de 1959 en un pueblo del Estado de México llamado Santiago Tianguistenco. Su padre era un hombre humilde, trabajador del campo, que jamás imaginó que aquel niño flaco de mirada serena terminaría comprándose un Porsche 928 blanco antes de cumplir los 23.

 Salvador empezó a boxear a los 12 años. A los 16 ya era profesional. A los 17 perdió la única pelea de toda su carrera contra Antonio Becerra por decisión dividida. Después de aquella derrota, no volvió a probar el sabor del fracaso ni una sola vez. En febrero de 1980, con apenas 21 años, subió al ring del Memorial Auditorium de Phoenix, Arizona, a disputarle el cinturón peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo al estadounidense Dani Coloradito López, un nocauteador temible que llegaba como gran favorito.

 Aquella noche, frente a un público mayoritariamente gringo, el muchacho de Tianguistenko soportó 13 asaltos de castigo. esquivó cuánto golpe le tiró el campeón, le respondió con una técnica imposible para su edad y en el round 13, con el rostro hinchado y la camiseta pegada al pecho por el sudor, lo desplomó sobre la lona.

 Sal Sánchez se convertía esa misma noche en monarca mundial. Tenía 21 años recién cumplidos. Lo que vino después fue una racha que aún hoy se estudia en los gimnasios del país. Nueve defensas exitosas. Una detrás de otra, cada una más impresionante que la anterior. Volvió a despedazar al coloradito López en la revancha.

 Aplastó al español Roberto Castañón. Doblegó al estadounidense Patrick Ford. Le ganó por puntos al boricua Juan La Porte. Pero la noche que lo consagró ante el mundo entero fue la del 21 de agosto de 1981 en el Caesar Palace de Las Vegas, frente a Wilfredo Gómez, el pjil más invicto de la división Superpluma. Un puertorriqueño que llegaba con un récord espeluznante y con la arrogancia de quien jamás había conocido la derrota.

Aquella pelea fue una guerra. Wilfredo Gómez tenía el ego del mundo entero subido a los hombros. había prometido públicamente que iba a callar al mexicanito para siempre. Salvador, como acostumbraba, no respondió ni una sola palabra en las conferencias de prensa. Lo dejó hablar, lo dejó presumir, lo dejó hacer el ridículo frente a los micrófonos.

 Y la noche del combate, en el primer asalto, Sánchez lo derribó con un derechazo seco que silenció el Caesar Palace. Gómez se levantó, aguantó como pudo, pero ya estaba derrotado. En el round 8o, el árbitro detuvo el pleito. El boricua, con el rostro deformado, tuvo que ser cargado hasta su esquina. Para los mexicanos, aquella victoria fue una de las más grandes que jamás hubieran logrado contra un pújil de la isla.

 Para Salvador fue apenas una más en el camino hacia algo todavía mayor. La revista Ring Magazine, la Biblia del boxeo internacional, lo nombró boxeador del año en 1981 compartiendo el honor con Sugar Ray Leonard. Tenía 22 años. Don King, el polémico promotor estadounidense, lo había invitado a Nueva York para firmar contratos millonarios. Bobarum lo buscaba.

 Las cadenas de televisión norteamericanas se peleaban por transmitir sus combates. En México, los empresarios del entretenimiento le abrían puertas que jamás se habían abierto para un boxeador de su edad. En Televisa, los reporteros lo seguían a todas partes. En las calles de la Ciudad de México lo paraban para pedirle autógrafos, para tocarle el hombro, para sacarse una fotografía.

 Era el rey indiscutible del peso pluma. Y sin embargo, debajo de toda esa fama, debajo de los aplausos y de los reflectores, había un muchacho que apenas estaba aprendiendo a manejar lo que el dinero y la celebridad podían hacerle a un hombre de 23 años. Fue por esos meses cuando Salvador conoció a la mujer que, según se contó después, terminaría siendo determinante en la madrugada del 12 de agosto.

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