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SALVADOR CABAÑAS: CONFESÓ LA ASQUEROSA RAZÓN POR LA QUE LE DISPARÓ s

SALVADOR CABAÑAS: CONFESÓ LA ASQUEROSA RAZÓN POR LA QUE LE DISPARÓ s

el máximo goleador histórico del club América, capitán del equipo. Y a ese mismo hombre le metieron un tiro en la cabeza dentro del baño de un bar a las 5 de la madrugada. La versión que durante 15 años se contó en México es la mentira más asquerosa que se le ha dicho a Salvador Cabañas en su vida, porque a Cabañas no le dispararon en un pleito de borrachos.

 El hombre que jaló el gatillo entró a ese bar buscándolo. 12 años después. frente a un juez, confesó porque lo hizo. Quédate hasta el final porque hoy vas a ver la verdadera razón y es más sucia de lo que ningún periódico se atrevió a publicar entera. Pero antes de llegar a esa noche, hay algo que tienes que saber. Para entender por qué terminó con una bala en el cráneo, hay que volver a Itahua, una ciudad pequeña a 30 km de Asunción, calles de tierra, casas bajas con techo de chapa, gente humilde.

 Ahí nació el 5 de agosto de 1980 en una casa modesta del barrio Sagrada Familia, un niño al que sus papás le pusieron Salvador Cabañas Ortega. Su papá era panadero, su mamá ama de casa y ese niño desde los 6 años ya pateaba una pelota de trapo descalzo en las calles del barrio. Salvador era distinto. Cuando los otros niños jugaban 15 minutos y se cansaban, él jugaba 2 horas.

 Cuando los otros niños fallaban un tiro, él lo repetía 40 veces hasta meterlo. Cuando los otros niños se iban a comer, él se quedaba pateando contra la pared de la casa hasta que se hacía de noche. Su mamá tenía que salir a buscarlo y siempre lo encontraba en el mismo lugar con la pelota de trapo, sudando, sin agua, sin zapatos. Esa obsesión, esa hambre temprana, esa manera de no soltar nunca la pelota fue lo que lo llevó a salir del barrio.

A los 14 años se fue a Asunción al club 12 de octubre. Vivía en una pensión con otros niños del interior. Estudiaba poco, entrenaba todo el día y a los 17 años ya estaba en primera división. Y a los 20 ya jugaba en Argentina, en Audax Italiano de Chile primero, después en Jaguares de Chiapas en México y para finales de 2006 llegó al lugar donde se hizo grande, al club que lo convirtió en ídolo, al club América.

 Y aquí es donde la historia se vuelve más grande de lo que el barrio de Itahua podía soñar, porque Cabañas en el América no fue una contratación más, fue una explosión. Llegó a Coapa en el invierno de 2006. No hablaba con casi nadie, tímido, serio, con un acento guaraní cerrado que en los vestidores costaba entender.

 Pero cuando se ponía las botas era otra cosa. En su primer torneo metió siete goles, en el segundo 12. En el tercero 14. La afición del América, que llevaba años buscando un goleador de verdad, lo adoptó como propio. Le pusieron el mariscal, empezaron a corear su nombre en el Azteca, le pidieron autógrafos a la salida de los entrenamientos.

 Las cámaras lo seguían a todos lados y Cabañas respondió, “Para finales de 2009. Era el capitán del equipo. Había metido 56 goles oficiales con las Águilas. era el máximo goleador de Paraguay en activo. Había sido tres veces consecutivas el mejor goleador de Sudamérica entre 2007 y 2009, peleando con Riquelme, con Forlán, con los mejores del continente.

 Su nombre sonaba en clubes de Europa. El Manchester United mandó observadores. Un agente le ofreció un preacuerdo. La salida a Inglaterra estaba a meses de cerrarse. El mundial de Sudáfrica, donde Paraguay lo veía como su gran esperanza, estaba a la vuelta de la esquina. A los 29 años, Salvador Cabañas tenía todo lo que un futbolista latinoamericano puede soñar.

 dinero, fama, una mujer con la que se había casado, un hijo pequeño, una casa en cuapa, coches, patrocinios y un destino europeo a meses de cumplirse. Y entonces empezó el torneo bicentenario 2010. Y aquí entra el primer detalle que casi nadie cuenta cuando hablan de esa noche, porque el bar no era un bar cualquiera y los clientes que se reunían ahí no eran clientes cualquiera.

 El barbar era un club nocturno en la colonia Nápoles, sobre la avenida Insurgentes, cerca del Parque Hundido. Había abierto el 15 de noviembre de 1984. Su dueño era un empresario llamado Simón Sharaf, conocido en el medio del espectáculo mexicano por haber estado vinculado a la modelo Lupita Jones. El bar no era un bar de barrio, era un club de membresía.

 Para entrar había que pagar una cuota. Tenía pantallas con videos musicales, luces de neón, mesas exclusivas y un perfil de clientela que iba más allá de la farándula. Ahí entraban actrices de Televisa. Ahí entraban cantantes, ahí entraban jugadores de fútbol después de los partidos del fin de semana. Pero también, y esto es lo que durante años nadie quiso decir en voz alta, ahí entraban hombres del crimen organizado, hombres con nombres que aparecían en expedientes federales, hombres que pagaban cuentas en efectivo de 50,000 pesos por noche. Hombres con

escoltas, con coches blindados, con armas escondidas a pesar de los cateos de la puerta. Uno de esos hombres era cliente regular del bar. Pagaba bien. Se hacía pasar por empresario transportista. Decía que manejaba tráileres. El gerente del lugar, un hombre llamado Carlos Cázares, conocido en el medio como Charlie, lo había recibido decenas de veces.

 Lo cateaban a la entrada, nunca le encontraron arma, pero su nombre real, el que nadie en el bar sabía esa noche, era José Jorge Valderas Garza, alias el JJ. operador del cártel de los Beltrán Leiva, brazo derecho de Edgar Valdés Villarreal, la Barbie. Y la noche del 24 de enero de 2010, ese hombre llegó al barbar y Salvador Cabañas también, casi al mismo tiempo.

 Lo que pasó en las siguientes 4 horas todavía hoy se cuenta a medias. Ese domingo 24 de enero, el América había perdido 2 a0 contra Monarcas Morelia en el estadio Morelos, jornada 2 del torneo bicentenario. Cabañas no había metido gol, había salido cansado, frustrado, en silencio. Regresó a la ciudad de México en el avión del equipo esa misma tarde.

 Llegó a su casa de coapa, cenó con su esposa María Lorgia y con su cuñado. Y a eso de la medianoche, los tres salieron del departamento. Querían tomar algo después del mal partido. Querían distraerse. Querían cerrar la noche fuera de casa. Antes de salir, Cabañas hizo dos llamadas, una al teléfono de su hermano en Paraguay.

 Le dijo que estaba bien, que había perdido, pero que la próxima ganaban. le dijo que tenía ganas de regresar a Itahua unos días en el receso de febrero y antes de colgar le dijo algo que el hermano recordó años después con escalofríos. Le dijo, “Hermano, cuídense ustedes allá que aquí está la cosa medio rara.

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