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Pedro Infante abrió todas las puertas — menos la que su hermano le cerrró en 1938  

Pedro Infante abrió todas las puertas — menos la que su hermano le cerró en 1938  

Pedro Infante tenía un hermano, se llamaba  Ángel, era 3 años mayor que él y cuando Pedro llegó a la Ciudad de México en 1938, sin dinero, sin contactos y sin ningún nombre que lo respaldara, Ángel ya llevaba tiempo instalado en la capital. Tenía trabajo en la Secretaría de Comunicaciones, tenía un sueldo fijo, tenía un cuarto rentado en la colonia doctores, tenía en una palabra lo que Pedro necesitaba y no le abrió la puerta.

 14 años después, en los estudios Churobusco, los nudillos de ángel golpearon otra puerta, la puerta del camerino de Pedro Infante, el hombre  más querido de México. No golpeó fuerte, golpeó como golpea quien no está seguro de tener derecho a hacerlo. Pedro levantó los ojos del suelo,  dijo que pasara los estudios churubusco.

Tenían ese olor particular de los lugares donde el sueño y el trabajo viven juntos desde hace años. pintura fresca mezclada con madera vieja, el polvo de los foros, el aceite de las cámaras, el perfume artificial de los trajes que habían vestido a cientos de personajes distintos. Desde el corredor llegaba el ruido sordo de técnicos moviendo equipos, voces dando órdenes, pasos rápidos sobre el piso de madera del foro principal.

 Pero en ese camerino pequeño, con su espejo enmarcado de bombillas redondas y su silla de cuero gastado en los bordes, el silencio era de otro tipo. Era el silencio que existe entre dos personas que tienen demasiado que decirse y no saben todavía por dónde empezar. Pedro estaba sentado con su guitarra sobre las piernas, no la tocaba, la sostenía como se sostiene algo conocido cuando los pensamientos van a otro lado.

 Llevaba una camisa blanca sin el traje todavía y tenía el cabello peinado hacia atrás con esa limpieza que era suya. Era 1952, tenía  34 años y ya era el hombre más querido de México, el hombre cuya voz salía de los radios de las vecindades a las 6 de la mañana, el hombre cuyo rostro llenaba las marquesinas de todos los cines del país.

Ángel entró y cerró la puerta detrás de él con cuidado. Era 3 años mayor que Pedro, con el mismo bigote oscuro, la misma frente amplia, los mismos ojos que doña refugio les había dado a los dos desde niños en Guamuchil, si uno no los conocía, podía confundirlos en un primer vistazo.

 Pero había algo que lo separaba de inmediato, algo que no estaba en la cara en la altura. Estaba en la manera de pararse en un cuarto. Pedro llenaba los espacios sin intentarlo. Ángel ese día se hacía pequeño junto a la puerta. se sentó en la silla junto a la entrada, cruzó las manos sobre las rodillas, estuvo un momento mirando el suelo y luego levantó la vista.

 Había algo en sus ojos que Pedro no había visto con esa claridad antes. No era la seguridad del hermano mayor que siempre llegó primero a todo. Era la expresión de alguien que llega a pedir algo que sabe que no merece  y que carga con ese saber cómo se carga una piedra en el pecho sin poder dejarla en ningún lugar.

Pedro conocía ese peso mejor que nadie en ese cuarto. No lo hizo por crueldad. Pedro lo entendió así con los años. Lo hizo porque no creía, porque le parecía imposible que aquel muchacho de Sinaloa, sin estudios formales, sin conexiones, pudiera convertirse en algo más que un fracaso bien intencionado.

 Ángel tenía miedo de ser cómplice de una caída y ese miedo resultó ser más grande que el amor de hermano. Pedro encontró el camino solo, tocó puertas que nadie le señaló, cantó en lugares donde nadie lo esperaba, aguantó los rechazos con esa terquedad tranquila que era parte de su carácter. El director artístico de la estación Exebera audición que volviera a la carpintería.

Pedro regresó la semana siguiente, cantó otra vez, lo contrataron. Desde entonces no paró. Cuando tuvo la posibilidad de hacerlo, compró una casa en el barrio de Lindavista. No para él solo, la compró para todos, para su madre, doña refugio, para sus hermanos, para sus cuñadas, para los sobrinos que fueron llegando de Sinaloa con los ojos abiertos y los bolsillos vacíos.

 Desde ese momento, Pedro Infante se convirtió en el sustento de casi  30 personas. Pagaba la luz, la despensa, los medicamentos, la escuela de los niños. Lo hacía sin llevar la cuenta, sin esperar nada a cambio y sin mencionar jamás lo que había necesitado en 1938 y no había recibido. Ángel era uno de esos 30.

 Pagaba sin llevar la cuenta, sin poner nombres en la lista ni guardar los recibos en ningún cajón. La casa de Lindavista era grande, pero nunca silenciosa. Había siempre un niño llorando en algún cuarto o una olla hirviendo en la cocina o una conversación que se extendía hasta tarde en el patio. Pedro lo había querido así. Había querido tener a su gente cerca, aunque esa gente incluyera a quien una vez no lo había tenido cerca a él.

Esa mañana en el camerino, Ángel levantó la vista y le dijo a Pedro que quería ser actor, que llevaba tiempo trabajando como extra en algunas producciones, que creía tener lo necesario para algo más, que necesitaba una oportunidad con nombre y apellido en los créditos. Su voz era firme, pero tenía algo quebrado en los bordes, como una pared que aguanta, pero ya muestra las grietas.

Pedro no respondió de inmediato. Siguió con los dedos apoyados sobre las cuerdas de la guitarra sin presionarlas. Afuera alguien gritó una orden y se escucharon pasos rápidos sobre el foro. Adentro. El tiempo se movía diferente, más lento como se mueve en los momentos que no pueden deshacerse después.

 Ángel agregó que sabía que no tenía ningún derecho de pedirle nada, que entendía si la respuesta era no, pero que él era su hermano y que si había alguien en todo México con la influencia necesaria para abrir esa puerta, ese alguien era Pedro. Había algo en esa frase que pesó diferente. No era súplica, era algo más cercano a la vergüenza, la vergüenza de quien reconoce con varios años de retraso, lo que debería haber sido antes.

 Pedro escuchó todo sin interrumpir. Cuando Ángel terminó, permaneció en silencio unos segundos. Luego dejó la guitarra a un lado con el cuidado que siempre tenía con las cosas que importaban. se puso de pie, cruzó el camerino en tres pasos sin decir una sola palabra y tomó el teléfono que estaba sobre la mesita de madera junto al espejo. Llamó a Juan Bustillo Oro.

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