Posted in

El Ritual del Domingo y el Aroma a Incienso

PARTE 1: El Ritual del Domingo y el Aroma a Incienso

La persiana del salón de Doña Concha estaba bajada exactamente hasta la mitad.

Era una barrera física contra el sol de justicia que azotaba el asfalto de Madrid aquel domingo de mayo.

En el interior, el aire olía a una mezcla inconfundible de fregar con lejía, suavizante Flor y el sofrito de las croquetas que ya reposaban en papel absorbente.

Marta subía las escaleras del bloque de los años setenta con el paso de quien camina hacia un juicio sumarísimo.

A su lado, Javi cargaba con una bolsa de pasteles de la confitería de la esquina, el tributo necesario para apaciguar a la fiera.

—Recuerda, Javi, ni una palabra del proceso de matriculación —susurró Marta, ajustándose la correa del bolso con nerviosismo.

Javi asintió con la mirada perdida, como un soldado que sabe que va a una misión suicida pero prefiere no pensar en ello.

—Que sí, pesada, que ya lo sé, que hoy toca hablar de las vacaciones y del tiempo —respondió él, aunque su voz carecía de cualquier rastro de convicción.

Llegaron al descansillo del tercero izquierda.

Marta miró el felpudo que rezaba “Bienvenidos a esta casa” y sintió una punzada de ironía en el estómago.

Llamaron al timbre, un sonido estridente que parecía haber sido diseñado para despertar a todo el vecindario.

Al otro lado de la puerta se oyeron pasos rápidos, menudos, el taconeo inconfundible de las zapatillas de estar por casa con cuña de Doña Concha.

La puerta se abrió y allí apareció ella, impecable, con su delantal de flores y el pelo recién pasado por la peluquería de la esquina.

—¡Mis niños! ¡Pero qué alegría! —exclamó la mujer, aunque sus ojos se clavaron de inmediato en los zapatos de Marta.

Concha saludó a su hijo con dos besos sonoros que resonaron en el rellano y luego le dedicó a Marta un abrazo de esos que duran un segundo más de lo estrictamente cómodo.

—Pasad, pasad, que el niño ya está en el salón jugando con el Scalextric de cuando Javi era pequeño —dijo, dándose la vuelta sin esperar respuesta.

El salón de Concha era un museo dedicado a la clase media aspiracional de finales del siglo XX.

Muebles de caoba que brillaban por el exceso de spray, figuritas de Lladró custodiadas como si fueran tesoros de la corona y un televisor de plasma demasiado grande para la distancia del sofá.

Read More