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Paco Stanley: Su chofer confiesa el nombre del ASESINO tras 26 años s

Paco Stanley: Su chofer confiesa el nombre del ASESINO tras 26 años s

Paco Stanley miró a los ojos al hombre que iba a matarlo. Y ese hombre dijo tres palabras: “No puedo hacerlo.” Alguien le había pagado para jalar el gatillo. Alguien con nombre, con número de teléfono, con razones que México conocía desde el día siguiente del crimen. Pero ese sicario, ese hombre concreto que llegó con una orden y un arma, se detuvo, se arrepintió y se fue.

Paco Stanley siguió vivo ese día sin saber que acababa de ganar se meses [música] prestados, porque 6 meses después llegó alguien que no tuvo dudas. Y cuando ese hombre bajó de la moto y caminó hacia él, Paco lo reconoció. Pronunció su nombre en voz baja, no como pregunta, como confirmación. Ese nombre, [música] ese nombre exacto es el que México tuvo desde el día siguiente del crimen y eligió no usar.

[música] No porque no existiera, no porque los expedientes estuvieran vacíos, sino porque había personas con suficiente poder para decidir que ese nombre no llegaría a ningún juicio, a ningún titular, a ninguna sentencia que importara. Nadie sabía quién lo iba a matar. Eso dijeron [música] todos los testigos en el estacionamiento del restaurante El Charco de las ranas, parados entre el humo y el caos de ese mediodía del 7 de junio de 1999.

Los amigos que habían desayunado con el minutos antes, los productores de Televisa, que esa misma tarde tuvieron que decidir qué hacer con el hueco que dejaba el hombre que llenaba pantallas desde hacía décadas. Las autoridades de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, que abrieron carpetas, tomaron declaraciones y archivaron lo que no debían [música] archivar.

 Nadie sabía. Era la frase que se repitió durante 25 años cada vez que alguien preguntaba. Guarda esa frase porque al final de este vídeo vas a entender que era mentira desde el principio. Lo que pasó después es el secreto que México lleva un cuarto de siglo queriendo enterrar. El expediente que desapareció de los anaqueles donde debía estar.

 El número de teléfono que entró al celular de Paco 8 minutos [música] antes de que lo mataran y que nadie en la procuraduría quiso rastrear con seriedad. Y el perdón de un hijo que prefirió no preguntar nada, no porque no supiera, sino porque aprendió muy pronto que en este caso la verdad no es para todos.

 ¿Por qué un hijo que perdió a su padre a los 14 años, un hijo que tuvo que identificarse ante extraños en el velorio para que lo dejaran pasar, decide soltar sin pedir una sola respuesta? Esa pregunta va a pesar diferente cuando llegues al final. Pero antes de entrar al crimen, antes de los nombres y las llamadas y las palabras que Mario Bezares eligió con cuidado frente a millones de personas, necesitas saber algo sobre ese hijo.

 Paul Stanley tenía 14 años cuando sonó el teléfono. Era mediodía del 7 de junio de 1999. No encontraba a nadie. Llamó a la oficina de su jefe porque era el único número que tenía a la mano. Le contestó la secretaria. Se escuchaba un desastre al fondo, voces encimadas, [música] algo que se había roto sin posibilidad de repararse.

 Y la mujer lloró antes de hablar. Tienes que ser fuerte. Tu papá está [música] muerto. Lo acaban de matar. Paul no le creyó. Pensó [música] que era un robo, un secuestro, cualquier cosa menos lo que era. Fue al velorio sin saber que en la entrada iban a pedirle que se identificara, que iba a tener que decirle a extraños, “Soy hijo de Paco”, para que lo dejaran pasar entre el tumulto de miles de personas, llorando a un hombre que él apenas estaba empezando a conocer.

 Porque Paul era el hijo que Paco había tenido fuera de su matrimonio, el hijo que existía, pero que no aparecía [música] en las fotos oficiales, en las entrevistas de revista, en la narrativa pública del personaje. Sus medios hermanos estaban del otro lado de esa cripta, en el cuarto de la familia oficial, rodeados de personas, de flores, [música] de un mundo entero cerrándose a su alrededor con el peso de lo reconocido.

 Y Paul estaba afuera solo diciéndole a extraños [música] quién era. 14 años. Padre muerto sin que nadie supiera bien a dónde pertenecía su dolor. No creció únicamente con la pregunta de quién mató a su padre. Creció con algo más profundo y más cruel. La pregunta de si su propio duelo tenía derecho a existir en público, si su nombre podía pronunciarse junto al de Paco sin que alguien en algún cuarto decidiera que no correspondía. Guarda eso.

 Vuelves a Paul al final. Y lo que hace 25 años después, cuando por fin se para frente al hombre que estuvo ahí ese día, va a pesar diferente si lo entiendes desde esta escena. Pero primero necesitas entender [música] quién era el hombre que murió. No el personaje, no los ratins, no la carcajada que llenaba el foro, el hombre que había detrás de todo eso.

 Francisco Stanley Albaito, nació el 3 de julio de 1942 en la ciudad de México, en la colonia Roma. Familia sin recursos. Padre con ausencias largas que nadie en la casa explicaba del todo. Madre Carmen Albaitero, que cosía hasta las 11 de la noche con los hombros caídos de tantas horas y una lámpara que alumbraba apenas lo suficiente para no pincharse los dedos.

 Y un niño sentado en una silla demasiado alta para él. Ese niño practicaba en voz baja con la radio de fondo. Imitaba a los locutores, no para burlarse de ellos, sino para aprender a llenar el espacio con la voz antes de que nadie le enseñara las reglas de cómo hacerlo. Aprendió lo que no se enseña en ningún libro, que cuando no puedes dar nada más, cuando [música] la casa está fría y la despensa está casi vacía, todavía puedes dar una risa y que eso también es poder.

 En el barrio de la Roma eso significaba leer a las personas en segundos, detectar que cargaba cada quien, darles algo que no encontraban fácilmente en otro lugar, decir en voz alta lo que todos pensaban sin que nadie se atreviera y convertirlo en algo que aliviaba en lugar de agrabar. Ese niño se convirtió en el hombre más visto de la televisión mexicana y alguien decidió que tenía que morir.How much money did Paco Stanley make in a day - Infobae

 Ese don no se fabrica, no se estudia en ningún aula, ni se compra con ningún contrato. [música] O lo traes desde adentro o no lo tienes. Paco lo tenía desde los 10 años. Y lo que vino después, las carreras universitarias, los títulos inconclusos, los años en la UNAM estudiando derecho, luego psicología, luego mercadotecnia, luego [música] publicidad.

 Todo eso no fue la formación de un hombre que quería un diploma colgado en la pared. Fue la obsesión de alguien que nunca terminó [música] de entender porque las personas hacen lo que hacen, sienten lo que sienten, ríen cuando ríen. Paco Stanley era un estudioso del ser humano que usaba el micrófono como laboratorio. Cada programa era un experimento, cada carcajada del foro era un resultado.

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