OCTAVIO MUCIÑO : LA VERDAD QUE OCULTARON 50 AÑOS – TODO SALIO A LA LUZ -s
Era el ídolo más grande del Cruz Azul. 24 años. Dos semanas después le metieron tres balazos en la cabeza. El asesino huyó a Europa esa misma noche y nunca volvió. Te dijeron que fue una pelea de bar. Nos mintieron. Lo que pasó esa noche del 31 de mayo de 1974 en el restaurante no empezó en una mesa. Empezó tres semanas antes, cuando Octavio Musiño descubrió algo que nunca debió haber descubierto.
Quédate, querido espectador, porque durante 51 años nadie en este país se ha atrevido a contar entera la historia del centavo musiño. Y la persona que jaló del gatillo aquella noche, hoy con 80 años, está viva. Camina por las calles de Guadalajara y cena en restaurantes. Mientras el hijo de su víctima, que tenía un año y tres meses cuando lo dejaron huérfano, todavía espera una llamada que nunca va a llegar.
Pero antes de llegar a esa noche, hay algo que tienes que entender, porque lo que ocurrió en el restaurante Carlos o Willis no empezó ahí. Empezó 24 años antes, en un pueblo pequeño del estado de Hidalgo, en una colonia obrera donde el cemento era el único patrimonio que tenían las familias. Octavio Musiño Valdés nació el 14 de mayo de 1950 en Yaso, Hidalgo, lo que hoy se llama ciudad cooperativa Cruz Azul, un pueblo construido alrededor de una fábrica de cemento donde casi todas las casas pertenecían a obreros y casi todos los
obreros eran socios de la cooperativa que daba nombre al lugar. Su familia, Los Musiño Valdés, formaba parte de los 192 socios fundadores de la cooperativa fundadores. Eso significa que cuando Octavio nació, su apellido ya estaba escrito en las paredes de la fábrica, en los registros del sindicato, en los uniformes de los empleados.
Era hijo de uno de los hombres que habían construido con sus propias manos y sus propios ahorros, la fábrica más importante del valle de Tula. El padre de Octavio era un hombre serio, trabajador, de los que entraban a la fábrica a las 5:30 de la mañana y salían a las 6 de la tarde. La madre, una mujer de su casa, criaba a los hijos en una vivienda modesta de la colonia obrera.
Y entre los Musiño, desde que el niño tuvo edad para correr, había una sola pasión que se transmitía de padre a hijo en todas las casas de Jaso. Una sola pasión que llenaba las tardes y los domingos del pueblo entero. El fútbol. Octavio empezó a jugar a los 6 años en la calle frente a su casa con una pelota de ule que su padre le había comprado en el mercado de Tula.
A los 8 ya destacaba en los partidos infantiles de la cooperativa Stauasin y a los 12 los entrenadores de las fuerzas básicas del Cruz Azul, que seguía siendo entonces un equipo modesto. Lo invitaron a entrenar con los juveniles del club. Le pusieron un apodo que se quedó pegado el resto de su vida.
le decían el centavo por dos razones que la familia repetiría después en cenas familiares. Primero, porque era un niño delgado, pequeño, ligero. Y segundo, porque cuando jugaba con niños mayores no se rendía nunca, no se rajaba nunca, no se quitaba del balón aunque le pegaran patadas, como un centavo de cobre, pequeño indestructible. Cuando llegó a las fuerzas básicas del Cruz Azul, el club ya estaba mudándose a la Ciudad de México, pero el alma del equipo seguía en chazo.
Los jugadores entrenaban entre semana en la capital y los fines de semana volvían a la cooperativa para ver a sus familias. El centavo que tenía 14 años los veía pasar por la calle principal del pueblo y soñaba con ser uno de ellos. A los 18 años lo convocaron al primer equipo y un domingo de octubre de 1969 con 19 años recién cumplidos, Octavio Musiño debutó como profesional en la primera división del fútbol mexicano vistiendo la camiseta de Cruz Azul, la camiseta que su padre le había dicho desde que era un niño que algún día iba
a defender. El debut fue contra el Toluca en el estadio Azteca. Cruz Azul ganó 2 a 1. El centavo entró de cambio en el segundo tiempo. No marcó, no asistió, pero corrió como un proceso durante los 22 minutos que jugó. Y al terminar el partido, el entrenador, un español llamado Ignacio Treyz, le dijo a un periodista del diario Esto una frase que se publicó al día siguiente en la portada.
Le dijo, “Este muchacho de Yaso me va a ganar campeonatos.” y los ganó. Querido espectador, lo que ocurrió entre 1969 y 1973 con Octavio Musiño y el Cruz Azul de la Máquina es una de las hazañas más grandes en la historia del fútbol mexicano. Y para que entiendas la dimensión de lo que se perdió aquella noche del 31 de mayo de 1974 en el restaurante Carlos Willis, tienes que entender primero quién era el centavo dentro de la cancha.
En la temporada de 1970 con apenas 20 años, Octavio Musiño se convirtió en campeón de goleo de la Liga Mexicana. Anotó 18 goles en 28 partidos y el Cruz Azul, dirigido por Treyes y con el centavo como delantero estrella, ganó su segundo título de liga en la historia, el primer campeonato verdadero de la era moderna del club.
En la temporada 71-72 repitieron el título bicampeonato Cruz Azul aplastó al Atlante en la final. El centavo marcó cuatro goles en la liguilla y en la temporada 72-73 llegó el momento que todos los aficionados de más de 55 años recordamos, tricampeonato. Pero el tricampeonato no se ganó contra cualquiera, se ganó contra el América en una final que cambió la historia del fútbol mexicano.
Final de 1972, Cruz Azul contra América. Estadio Azteca, cuatro goles a cer. 4 a0, querido espectador. Una goleada en la final contra el equipo más grande del país en su propia casa. Y de esos cuatro goles, dos los marcó Octavio Musiño. Dos cabezazos, dos centros desde la banda derecha que el centavo que medía 1,72 y pesaba 68 kg, conectó por encima de defensores que medían 1,85.
Después de aquella final, en el vestidor de Cruz Azul, el presidente de la cooperativa, un hombre llamado Guillermo Álvarez del Castillo, abrazó al centavo y le dijo otra frase que la familia Muso guardó en la memoria. Le dijo, “Muchacho, hoy hiciste honor a tu apellido y a tu pueblo. Aquellos años, querido espectador, fueron los años dorados del centavo, 5 años en Cruz Azul, 54 goles en cinco temporadas.
tres títulos de liga, dos conca Champions y un apodo que ya no era de un niño delgado de Yaso. Era el apodo del delantero más respetado del fútbol mexicano, el cabeceador más certero del país, el hombre que metía goles en finales. Pero hay algo más, querido espectador, algo que casi nadie cuenta cuando se habla del centavo musiño.
Y es que en 1973, cuando ya tenía 23 años y estaba en la cima de su carrera, Octavio Musiño recibió una llamada que iba a cambiar su vida. Una llamada que vista 51 años después también iba a marcarlo para morir. La llamada llegó al departamento que Octavio rentaba en la colonia Roma de la Ciudad de México una tarde de marzo de 1973.
Era un compañero del Cruz Azul, un mediocampista paraguayo llamado Juan Ramón Ocampos. Ocampos había jugado en el Valencia de España dos años antes hasta que una lesión de rodilla lo obligó a regresar al fútbol mexicano y mantenía contacto, según declararía décadas después en una entrevista al diario Mediotiempo con el director deportivo del Valencia.
Ocampos le dijo al centavo esa tarde por teléfono que el Valencia estaba interesado en ficharlo, que querían un delantero joven mexicano, capaz de jugar en la liga española y que estaban dispuestos a pagar lo que hiciera falta para sacarlo del Cruz Azul. El centavo, que nunca había salido de México, escuchó sin contestar durante varios segundos.
Después le dijo a Ocampos una frase que su esposa Margarita Valdés recordaría muchos años después. Le dijo, “Paraguayo, dile que sí. Yo me voy a España.” Y empezaron las negociaciones, querido espectador. Negociaciones que iban a durar más de un año. Negociaciones que iban a involucrar a tres equipos: Cruz Azul, Chivas y Valencia.
y negociación que sin que el centavo lo supiera, iban a colocar en su camino a un hombre llamado Jaime Antonio Muldum Barreto, un arquitecto tapatío, hijo de una de las familias más adineradas de Jalisco, un hombre que jamás había trabajado en su vida y que se ganaba el dinero como intermediario en operaciones que se firmaban en restaurantes de lujo, operaciones que casi nunca aparecían en los registros oficiales de los clubes.
El nombre de Muldum Barreto. Querido espectador, todavía no aparece en esta historia, pero quédate porque va a aparecer pronto y cuando aparezca va a ser para hacer algo que 51 años después sigue sin tener nombre en los expedientes de la justicia mexicana. En el verano de 1973 las negociaciones del Valencia se complicaron.
El Cruz Azul, según supo después la familia Muso, había exigido un precio de transferencia que el club español consideró demasiado alto. Y el Valencia, en lugar de cerrar la operación directa con la cooperativa, decidió esperar. decidió que el centavo cambiara primero de equipo dentro de México, que jugara una temporada con un club tapatío y que desde Guadalajara con la prensa local presionando fuera más fácil cerrar la salida de Europa.
El club Tapatío se llamaba Chivas, el Guadalajara, querido espectador, el equipo más popular de México, el rebaño sagrado. Y aquí en este punto exacto de la historia es donde apareció por primera vez Jaime Antonio Muldun Barreto. Apareció como un intermediario contratado por la directiva de Chivas para ayudar a cerrar el fichaje.
Apareció como un hombre con conexiones, según dijeron entonces, con empresarios europeos. apareció vestido de saco y corbata en la oficina del presidente de Chivas, un empresario llamado José Antonio Rosada, y apareció con una propuesta que iba a sellar el destino del centavo. me dijo a Rosada que él podía cerrar la operación, que tenía contactos en el Valencia, que conocía al director deportivo y que con las comisiones adecuadas distribuidas entre los lugares correctos, el Cruz Azul iba a aceptar el precio que Chivas estaba
dispuesto a pagar, que el Valencia iba a aceptar el precio de salida después de una temporada en Guadalajara y que todos los que tenían que cobrar iban a cobrar. Todos menos el centavo. Octavio Musiño firmó con Chivas en julio de 1973. La operación se cerró por el equivalente, en pesos de aquella época a aproximadamente 2 millones de pesos.
Cifra alta para el fútbol mexicano. Cifra que la prensa celebró como el fichaje más caro del año. Y la temporada del centavo en Chivas fue brutal, querido espectador. Brutal en el buen sentido. En 7 meses de competencia, Octavio Musiño anotó 15 goles y de esos 15, siete los anotó en partidos consecutivos. Una racha que ningún delantero mexicano había logrado antes.
Siete dobletes seguidos. Siete jornadas en las que el centavo entró a la cancha y marcó dos goles, sin excepción. La afición de Chivas, que es la afición más exigente del fútbol mexicano. Lo adoptó como ídolo en menos de dos meses. Le besaban la mano cuando lo veían en la calle. Le firmaban autógrafos a los niños del rebaño.
Le decían el centavo tapatío, aunque su corazón, todos lo sabían, seguía siendo de Cruz Azul. Pero en la cooperativa de Jaso, donde había nacido, los aficionados lo siguieron llamando suyo. Y cuando Cruz Azul jugaba contra Chivas, el centavo, según contó después su sobrino Roberto Musiño Valdés al diario Vamos Azul, le pedía permiso a su entrenador, el español Javier Aguirreona India, para no marcar gol contra el equipo donde se había hecho hombre.
Era un caballero, querido espectador. Era un hombre del campo criado en una cooperativa obrera donde se valoraba la palabra y se respetaba al adversario. Era un hombre que a los 23 años ya tenía esposa. Margarita Valdés, hijo. Octavio Mauricio Musiño Valdés de un año. Departamento propio en Guadalajara, futuro asegurado y un sueño grande, el sueño de jugar en Europa.
Pero ese sueño, querido espectador, iba a costarle la vida porque a finales de abril de 1974, el centavo musiño hizo algo que no debió haber hecho, algo que nadie se imaginaba que pudiera hacer, algo que en 51 años los archivos oficiales del fútbol mexicano, los archivos de la Procuraduría de Jalisco y los archivos de la familia Musiño han mantenido en silencio a finales de abril de 1974, el centavo musiño descubrió la verdad sobre su propio fichaje y descubrió sin querer el nombre de Jaime Antonio Muldun Barreto. Lo descubrió por una mujer, una
mujer que conoció en Guadalajara en una fiesta de la directiva de Chivas a la que él fue solo sin Margarita porque Margarita se había quedado en el departamento cuidando al niño. una mujer joven, alta, de ojos claros, que se le acercó esa noche y le habló durante una hora sin parar. Una mujer que le contó cosas, cosas que sabía porque pertenecía al círculo cercano de Muldum Barreto, cosas que iban a costarle al centavo la vida cinco semanas después.
Pero antes de llegar a esa noche, querido espectador, antes de llegar a esa fiesta, antes de llegar al restaurante Carlos o Wilis del 31 de mayo, hay otro hombre del que tenemos que hablar primero. Hay otro nombre que la familia Musiño nunca pronunció en voz alta durante medio siglo. Hay otro nombre que durante años fue protegido por las paredes de las casas más caras de Guadalajara.
El nombre del hombre que iba a apretar el gatillo, el nombre del arquitecto. El nombre del hijo de uno de los apellidos más antiguos del estado de Jalisco. El nombre del que mató al centavo antes de llegar a la noche del 31 de mayo de 1974. Querido espectador, tienes que conocer el nombre completo del hombre que iba a apretar el gatillo.
Su nombre completo era Jaime Antonio Muldun Barreto. Tenía 28 años. Vivía en una casa de dos plantas en la colonia La Fayet de Guadalajara, una de las zonas residenciales más caras del estado de Jalisco. Manejaba un Ford Mustang rojo del año 72 y llevaba siempre en la guantera de ese Mustang una pistola calibre 25 con cachas de nar, una pistola pequeña, fácil de esconder, que su padre le había regalado cuando cumplió 21 años.
La familia Moldun Barreto, querido espectador, era una de las familias más antiguas de Guadalajara. El abuelo Henry Muldun había llegado a México a finales del siglo XIX desde Liverpool, Inglaterra, contratado como ingeniero ferroviario por el gobierno del general Porfirio Díaz. Trabajó en la construcción del ferrocarril Guadalajara Manzanillo.
Se casó con una mexicana de apellido Barreto, hija de un terrateniente de los Altos de Jalisco, y se quedó a vivir en Guadalajara hasta el día de su muerte, en 1942. El padre de Jaime, José Antonio Muldun Barreto, heredó parte de las tierras de los Barretos en Lagos de Moreno y construyó durante los años 50 una empresa de construcción que ganó los contratos más grandes del gobierno estatal de Jalisco.
Hospitales, escuelas, edificios públicos, carreteras. La empresa se llamaba Moldun y Asociados, sociedad anónima, y para 1974. Según las cuentas que se publicaron años después, en el diario El Informador de Guadalajara facturaba más de 50 millones de pesos al año, una cantidad enorme para aquella época. Jaime, el hijo único, había estudiado arquitectura en la Universidad Autónoma de Guadalajara entre 1965 y 1970.
Se tituló a los 24 años, pero jamás trabajó en su profesión. Vivía del dinero familiar. Pasaba las mañanas en el club de Golf Atlas, las tardes en restaurantes de moda, las noches en bares y cabarets. Era, según declararían años después varios testigos a la prensa Tapatía, un hombre prepotente, pegador, que se sentía dueño de la ciudad porque su apellido le había abierto todas las puertas desde que era niño.
y Jaime Muldum Barreto, querido espectador. En 1973 había encontrado un negocio que le permitía ganar dinero por su cuenta sin depender de su padre. Un negocio que sus amigos del club de golf le habían presentado como una oportunidad fácil, un negocio que consistía en cobrar comisiones por intermediar fichajes de futbolistas entre clubes mexicanos y europeos.
Así fue como llegó al despacho del presidente de Chivas, José Antonio Rosada, en julio de 1973. Así fue como propuso intermediar el fichaje del centavo musiño. Y así fue como durante 10 meses Jaime Antonio Muldun Barreto manejó cantidades de dinero que pasaban de mano en mano en sobres cerrados, en restaurantes y oficinas privadas de Guadalajara y de la Ciudad de México.
cantidades que jamás aparecieron en los registros oficiales del Cruz Azul, ni en los registros oficiales del Chivas, ni en los registros oficiales del Valencia. Jaime Moldun, según supo después la familia Muso por testimonios indirectos, cobraba una comisión del 10% sobre el monto total de cada operación que cerraba. Y la operación del centavo que estaba a punto de cerrarse en mayo de 1974 con el Valencia de España valía más de 4 millones de pesos, 400,000 pesos de comisión solo para él, una cantidad equivalente en aquellos años a 15 casas
en la colonia Providencia de Guadalajara. Esa cantidad, querido espectador, fue la que el centavo musiño descubrió sin querer a finales de abril de 1974 y fue la que terminó costándole la vida. Pero antes de llegar a ese descubrimiento, querido espectador, hay otra parte de Jaime Mulum Barreto que tienes que conocer.
La parte que iba a explicar lo que pasó después del disparo. La parte que iba a explicar por qué el asesino del centavo nunca pisó una cárcel. La parte que iba a explicar por qué 51 años después, Jaime Muldum Barreto, hoy con 79 años sigue viviendo tranquilamente en una casa de la colonia Lomas del Valle de Guadalajara, sin haber pagado un solo peso de indemnización, sin haber ofrecido una sola disculpa.
La familia Muldum Barreto en mayo de 1974 tenía dos contactos clave en la política tapatía. El primero era el gobernador del estado de Jalisco, un priista llamado Alberto Orozco Romero, la empresa Muldun y Asociados, según los archivos que se desclasificaron años después en el Congreso del Estado, había construido durante los años 71 y 72 al menos cuatro hospitales públicos por contratos directos del gobierno estatal.
Sin licitación, adjudicación directa. El segundo contacto clave era el procurador de justicia de Jalisco, un abogado llamado Rubén Salazar Mayén. Salazar Mayén era amigo personal del padre de Jaime desde la infancia. Habían estudiado juntos en el Instituto de Ciencias de Guadalajara. Salieron juntos los fines de semana a las haciendas de los Altos de Jalisco.
Bautizaron a sus hijos como compadres. Y en 1974, cuando Jaime Muldum Barreto le metió tres balazos al centavo Musiño en la calle, fue Salazar Mayén el primero al que llamó la familia. Antes que a un médico, antes que a un abogado, antes que a la propia esposa de Jaime. Lo llamaron, según supo después la familia Musño, por filtraciones que llegaron de empleados de la procuraduría.
A las 11:22 de la noche del 31 de mayo de 1974, 37 minutos después de los disparos, antes de que la ambulancia llegara a recoger al centavo, antes de que la patrulla llegara al restaurante Carlos o Wilis, antes de que la prensa supiera lo que había pasado. Salazar Mayen, según declararían años después dos exempleados de su despacho al diario Esto, dio dos órdenes inmediatas esa misma noche.
La primera fue que ningún policía de la procuraduría tocara a Jaime Mulum Barreto si llegaba a presentarse a declarar. La segunda fue que se preparara con discreción una salida del país para Jaime esa misma madrugada. La salida tenía que ser en avión privado, tenía que ser por el aeropuerto internacional de Guadalajara y tenía que estar gestionada antes de que amaneciera, a las 4:30 de la mañana del primero de junio de 1974.
Mientras el centavo musiño entraba en coma profundo en el hospital México Gu norteamericano de Guadalajara, un avión privado Cesna Citation, propiedad del empresario tapatío Andrés Quintero Ríos, despegó del aeropuerto don Miguel Hidalgo y Costilla con destino a Houston, Texas. Adentro iba Jaime Antonio Muldun Barreto, sin equipaje grande, solo una maleta de mano y un pasaporte mexicano con visa norteamericana en regla.
Desde Houston, Jaime Muldun Barreto tomó un vuelo comercial de la aerolínea Pan American al día siguiente. El vuelo Panam 175, destino Madrid, España. Llegó a Madrid el 2 de junio por la tarde, hora local. Se hospedó en el hotel Wellington en la calle Velázquez. Y desde ese hotel esa misma noche, su padre, José Antonio Muldum Barreto, le envió por giro telegráfico la cantidad de 5 millones de pesetas, suficiente en aquella época para vivir sin trabajar durante 10 años en cualquier ciudad europea. Esto pasó, querido espectador,
mientras el centavo musiño seguía vivo, mientras Margarita Valdés, su esposa, lloraba en la sala de espera del Hospital México Gu norteamericano de Guadalajara, junto al hijo de un año y 3 meses que dormía en sus brazos, mientras los 3000 aficionados de Cruz Azul y Chivas que se habían reunido en la puerta del hospital rezaban por su vida.
Mientras los médicos, dirigidos por el neurocirujano Salvador González Cornejo, intentaban sin éxito reducir la presión craneal causada por la balacalibre 25 que tenía alojada en el hemisferio cerebeloso izquierdo. El centavo musiño murió a las 6:47 de la mañana del 3 de junio de 1974, sin haber recuperado la conciencia, sin haber podido despedirse de su esposa, sin haber podido cargar a su hijo una última vez.
Tenía 24 años recién cumplidos. Y la persona que apretó el gatillo en ese momento ya estaba bebiendo café en la terraza del Hotel Wellington de Madrid, leyendo el periódico A B. a más de 9000 km de distancia. Pero hay algo más, querido espectador, algo que la familia Musño descubrió años después. Algo que durante medio siglo nadie se atrevió a contar, porque Jaime Antonio Muldun Barreto, después de pasar dos años en Madrid regresó a México.
Regresó en silencio, sin hacer ruido, sin que la prensa lo supiera. regresó en 1976 cuando la causa contra él ya había sido archivada por la Procuraduría de Jalisco por, cito textualmente, del expediente desclasificado años después, ausencia prolongada del imputado e imposibilidad de notificación. Archivada.
Querido espectador, escucha bien, Tador. La causa por homicidio del ídolo más grande del Cruz Azul, del delantero campeón de la liga, del hombre que iba a fichar por el Valencia de España, fue archivada por la Procuraduría de Jalisco, dirigida en aquel momento por Rubén Salazar Mayén, 2 años después del crimen. Cuando el asesino regresó al país, la causa ya estaba muerta.
Nadie lo buscó, nadie lo detuvo, nadie le hizo una sola pregunta. Jaime Muldum Barreto se instaló en Lagos de Moreno, en una de las haciendas familiares. Vivió ahí durante 10 años. Después, en 1986, regresó a Guadalajara. Compró una casa en la colonia Lomas del Valle. Se casó con una mujer de apellido Espinoza Castañeda, de otra familia adinerada de la ciudad. Tuvo dos hijos.
Construyó junto con su padre un hotel en Puerto Vallarta. Se hizo mayor. Cumplió 50, cumplió 60, cumplió 70. Y hoy, querido espectador, en 1925, mientras tú estás escuchando esta historia, Jaime Antonio Muldum Barreto tiene 79 años. Vive en la misma casa de la colonia Lomas del Valle desde 1986. Camina todas las mañanas por la avenida Vallarta.
Toma café en el restaurante La pasta de la calle López Cotilla. Va al club de golf Santa Anita los miércoles y cena los viernes en el hotel Quinta Real con sus dos hijos y sus cinco nietos. El hijo del centavo musiño, querido espectador, hoy tiene 51 años. Se llama Octavio Mauricio Musiño Valdés. Es ingeniero industrial.
Vive en la ciudad de México y desde hace 49 años no ha recibido una sola llamada, una sola disculpa, una sola visita, una sola carta de la familia Muldum Barreto, ni del padre, ni del propio Jaime, ni de la esposa, ni de los hijos, ni de los nietos, como si su padre nunca hubiera existido, como si la pistola calibre 25 con cachas de Nácar nunca hubiera sido disparada. Pero te dejo una pregunta.
Querido espectador, antes de seguir con esta historia, una pregunta que la familia Musiño se ha hecho durante medio siglo y que todavía no tiene respuesta oficial. ¿Por qué Jaime Mulum Barreto, un arquitecto que jamás había trabajado en su vida, un hombre que vivía del dinero de su padre? Decidió matar al centavo musiño aquella noche del 31 de mayo de 1974.
La versión oficial, la que se publicó en los periódicos al día siguiente fue una pelea de bar, una discusión entre mesas, una rabieta de un niño rico, borracho. Y durante 51 años esa fue la única versión que el público mexicano conoció. Pero hay otra versión, querido espectador. Una versión que la familia Muso guardó en silencio durante medio siglo.
Una versión que tiene que ver con 400,000 pesos de comisión perdidos y con una mujer que se acercó al centavo en una fiesta de la directiva de Chivas a finales de abril de 1974. Una mujer alta de ojos claros que le habló durante una hora sin parar. Esa mujer, querido espectador, le contó al centavo cosas que él jamás debió haber escuchado.
Cosas sobre el dinero del Valencia, cosas sobre los sobres cerrados en restaurantes de Guadalajara, cosas sobre los socios silenciosos del fichaje y cosas sobre Jaime Antonio Muldum Barreto. Quédate porque lo que esa mujer le dijo al centavo aquella noche de finales de abril es lo que en realidad lo mató. La fiesta a la que fue Octavio Musiño esa noche, querido espectador, fue el sábado 27 de abril de 1974.
La organizó el presidente de Chivas, José Antonio Rosada, en su casa de la colonia Country Club de Guadalajara para celebrar el final de la temporada regular del rebaño sagrado. Asistieron los jugadores del primer equipo, los miembros de la directiva, varios empresarios tapatíos vinculados al club. y un grupo selecto de invitados que la familia de Rosada llamaba, según se publicó después en una crónica social del diario El informador, las amistades de la casa.
El centavo musiño llegó a la fiesta a las 9:30 de la noche. Solo Margarita Valdés, su esposa, se había quedado en el departamento de la colonia americana de Guadalajara cuidando al hijo Octavio Mauricio, que esa semana había tenido fiebre alta. El centavo, según contaría Margarita décadas después en una entrevista privada al sobrino Roberto Musiño Valdés, no quería ir solo.
le había pedido a su esposa que dejara al niño con su madre y lo acompañara, pero Margarita, que era una mujer de su casa, le dijo que no, que él tenía obligación con el club, que ella prefería quedarse con el bebé. Y el centavo se fue solo, manejando su Chevrolet Impala Blanco, modelo 72, por la avenida México hacia la colonia Country Club.
llegó a la casa de Rosada vestido con un saco gris claro, camisa blanca abierta en el cuello, pantalón negro y zapatos italianos que se había comprado el mes anterior en una tienda de la avenida Chapultepec. Estaba contento, según testificarían años después dos compañeros del equipo. Estaba relajado. Llevaba dos meses sin alcohol porque el médico del club le había recomendado bajar 3 kg antes del viaje a España.
Y en la fiesta, querido espectador, conoció a una mujer. La mujer estaba sentada en un sillón del salón principal junto a la ventana que daba al jardín. Tenía aproximadamente 26 años. alta, delgada, cabello castaño claro recogido en un moño bajo, ojos verdes, vestido azul marino que le llegaba a las rodillas y sostenía una copa de vino blanco que casi no probó durante la hora que estuvo hablando con el centavo Musiño.
La familia Musho durante 51 años ha guardado el nombre de esa mujer en silencio por respeto a ella y por miedo a las consecuencias que podría tener para ella si su nombre se hiciera público. Pero hay algunos datos sobre ella que el hijo del centavo, Octavio Mauricio, ha contado en entrevistas privadas a partir de las cosas que su madre le dijo años antes de morir.
La mujer pertenecía al círculo cercano de la familia Muldun Barreto. era prima en segundo grado de la esposa que Jaime se casaría 12 años después, una mujer de apellido Espinoza Castañeda. Y en aquella fiesta de abril de 1974, la mujer había estado presente, según le contó al centavo durante esa hora de conversación en al menos tres reuniones donde se había hablado del fichaje del delantero al Valencia.
reuniones que se habían celebrado en una oficina privada de la colonia Providencia en una casa de campo en Tequila, Jalisco, y en un salón reservado del restaurante La Estancia de la avenida Niños Héroes. En esas reuniones, según le dijo la mujer al centavo aquella noche en la fiesta de Rosada, habían participado cinco personas.
Las cinco personas estaban relacionadas con el fichaje. Las cinco personas iban a cobrar dinero del Valencia. Y de las cinco personas, ninguna era el propio Octavio Musiño. La primera persona era el padre de Jaime, José Antonio Muldum Barreto. La segunda era el propio Jaime. La tercera era un empresario español llamado Vicente Calatayud Romero, representante del Valencia en operaciones latinoamericanas.
La cuarta era un directivo del Cruz Azul, cuyo nombre, según la propia mujer le pidió al centavo, no debía mencionar nunca en voz alta. Y la quinta era un funcionario de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de México, que se encargaba de que las transferencias internacionales no levantaran sospechas. El monto total del fichaje, según le contó la mujer al centavo en aquella conversación de una hora, no era de 4 millones de pesos, como se había publicado en la prensa.
Era de 6,200,000 pesos. Y de esos 6,200,000, 2,200,000 iban a ser pagados en sobreserrados a las cinco personas de las reuniones. La diferencia entre el monto público y el monto real, querido espectador, dinero negro. Dinero que jamás aparecía en los registros oficiales de los clubes ni en las declaraciones fiscales.
Dinero que se entregaba en efectivo, billetes de 100 y de 500 pesos. en bolsas de papel, en restaurantes de Guadalajara y de la Ciudad de México. El centavo musiño escuchó todo, querido espectador, sin decir una sola palabra. Tomó dos cigarrillos durante esa hora porque la mujer fumaba, aunque él no fumaba normalmente.
Apagó el segundo en un cenicero de cristal antes de hacerle a la mujer una pregunta. Una sola pregunta que la mujer recordaría el resto de su vida. le preguntó, “¿Y a mí cuándo me iban a contar esto?” La mujer, según el testimonio que le dio años después a Margarita Valdés, le contestó con una frase que iba a quedarse grabada en la familia Musho durante medio siglo.
Le contestó, “Don Octavio, a usted no le iban a contar nunca. A usted le iban a vender al Valencia con el contrato que ya tienen preparado. Y de esos 6,200,000 pesos, lo único que iba a llegar a sus manos eran los 900,000 pesos que Chivas reportó como su cláusula. Lo demás se lo iban a quedar ellos, 900,000 pesos.
Querido espectador, escucha bien. De los 6,200,000 pesos que el Valencia iba a pagar por el centavo musiño, el delantero, el ídolo, el campeón, el hombre que iba a jugar en Europa solo iba a recibir 900,000 pesos, menos del 15% del valor real de su fichaje. El resto se lo iban a quedar cinco hombres que jamás habían dado una patada a una pelota en su vida.
Cinco hombres que se reunían en oficinas privadas y restaurantes con manteles blancos, vestidos de saco y corbata, mientras él entrenaba todas las mañanas a las 7 en el campo de prácticas del Verde Valle, el centavo musiño, esa noche de abril de 1974, salió de la fiesta de Rosada antes de la medianoche. sin despedirse del anfitrión.
Sin avisar a sus compañeros, manejó de regreso al departamento de la colonia americana en silencio. Margarita, según contó después al sobrino Roberto, lo vio entrar a las 11:40 de la noche con la cara descompuesta. le preguntó qué le pasaba y el centavo sin contestarle fue al cuarto del bebé, levantó al niño dormido de la cuna y lo abrazó durante 10 minutos sin decir una palabra.
Después, sentado en la cocina con Margarita, mientras tomaba un vaso de leche tibia, le contó a su esposa lo que había escuchado en la fiesta. le dijo todo, los nombres, las cifras, los lugares, los sobres cerrados, la traición y le dijo otra frase que Margarita Valdés recordaría hasta el día de su muerte, una frase que iba a marcar las siguientes cinco semanas de la vida del centavo musiño y que iba a marcar también, sin que él lo supiera, los últimos cinco semanas que le quedaban de existencia.
le dijo, “Margarita, a estos hombres no se les puede dejar pasar. Yo voy a hablar, querido espectador. El centavo musiño tomó esa decisión a las 2 de la mañana del 28 de abril de 1974 en la cocina de su departamento en Guadalajara frente a su esposa, mientras su hijo de un año y 3 meses dormía en el cuarto de al lado.
La decisión de hablar, la decisión de denunciar, la decisión de pelear contra cinco hombres con dinero, con poder, con apellidos antiguos y con conexiones políticas en el gobierno estatal y federal. Y a partir de esa madrugada, querido espectador, empezaron los últimos 33 días de la vida del centavo musiño.
33 días que él pensó que iban a hacer para preparar una denuncia formal. 33 días que sin saberlo iban a hacer para escribir su propia sentencia de muerte. El lunes 29 de abril, el centavo llamó por teléfono a su amigo Juan Ramón Campos, el paraguayo del Cruz Azul que le había abierto el contacto con el Valencia un año antes. Le contó por teléfono, sin entrar en detalles, que tenía un problema serio con el fichaje, que necesitaba hablar en persona y le pidió que viajara a Guadalajara cuanto antes.
Ocampos viajó al día siguiente. La conversación entre Ocampos y el centavo se realizó en el departamento de la colonia americana el martes 30 de abril por la tarde. Margarita Valdés sirvió café. Ocampos escuchó durante dos horas la historia completa que la mujer había contado en la fiesta y al terminar le dio al centavo un consejo que años después, en aquella entrevista al diario Mediotiempo, recordaría con dolor.
Le dijo Campos, centavo, esto no se denuncia con un abogado, esto se denuncia con un periodista. Si vas a la justicia, te van a enterrar el caso. Si vas a la prensa, lo van a publicar. y van a tener que devolverte tu dinero. El centavo Musiño aceptó el consejo y entre el primero de mayo y el 20 de mayo de 1974, durante tres semanas exactas, mantuvo conversaciones secretas con un periodista de la revista Esto llamado Antonio Moreno en Cafésos de la Ciudad de México. Antonio Moreno tenía 36 años.
Llevaba 10 años cubriendo fútbol y había construido una reputación como periodista honesto, difícil de comprar, capaz de publicar lo que otros no se atrevían. El centavo le entregó a Moreno durante esas tres semanas todo lo que había podido reconstruir sobre el dinero negro del fichaje, los nombres de las cinco personas, los lugares de las reuniones, las cifras exactas que la mujer le había dicho, el nombre de la mujer también, aunque Moreno se comprometió a jamás revelarlo, y le entregó copias de tres documentos que el centavo había
conseguido por su cuenta, hablando con el contador de Chivas, un hombre llamado Eriiberto Casillas que lo apreciaba desde su llegada al club. Los tres documentos eran cheques, cheques cancelados de la directiva de Chivas que mostraban transferencias a empresas que la mujer había mencionado como receptoras del dinero negro.
Tres cheques con tres firmas. Y una de esas firmas, querido espectador, era de Jaime Antonio Muldun Barreto. Antonio Moreno, según declararía décadas después al diario La Jornada, tenía pensado publicar la investigación completa el primer domingo de junio de 1974 en una nota a doble página de la revista Esto con el título tentativo de El precio oculto de un ídolo.
una nota que iba a sacudir el fútbol mexicano, que iban a obligar a la Procuraduría a abrir una investigación oficial y que probablemente, según las leyes de la época, iba a llevar a los cinco implicados a un juicio penal por defraudación fiscal y asociación delictuosa. Pero esa nota, querido espectador, jamás se publicó, porque el 22 de mayo de 1974, dos días después de la última reunión del centavo con Antonio Moreno, alguien le hizo llegar a Jaime Antonio Muldum Barreto en su casa de la colonia La Fallet de Guadalajara. Una llamada
anónima. Una llamada que duró menos de 3 minutos. Una llamada que la familia Muso descubrió 30 años después gracias a un testimonio filtrado por el yerno del propio procurador Rubén Salazar Mayén en una entrevista que dio en estado de embriaguez en un bar de Puerto Vallarta en el año 2004. La llamada anónima le dijo a Jaime Muldun Barreto esa tarde del 22 de mayo que Octavio Musiño estaba hablando con la prensa, que había una nota preparada en la revista Esto, que la nota iba a salir el primer domingo de junio y que
entre los nombres mencionados en la nota aparecía completo el nombre Jaime Antonio Muldun Barreto, junto con la firma de los cheques. Jaime Muldum Barreto, según ese testimonio filtrado en Puerto Vallarta, colgó el teléfono después de escuchar esa información. Se sirvió un whisky en su sala.
Llamó a su padre y entre los dos, esa misma noche del 22 de mayo de 1974, tomaron una decisión que iba a sellar el destino de Octavio Musiño. La decisión era simple, la decisión era brutal. La decisión era que el centavo musiño, antes del primer domingo de junio, antes de que apareciera publicada la nota de Antonio Moreno, antes de que el escándalo estallara en la prensa nacional, no podía seguir vivo.
Y desde esa noche del 22 de mayo, querido espectador, hasta la noche del 31 de mayo en el restaurante Carlos o Willis pasaron exactamente 9 días. días en los que Jaime Muldum Barreto preparó con la calma de un hombre que sabe que tiene la justicia comprada, la ejecución del ídolo más grande del Cruz Azul.
Quédate porque lo que pasó en esos 9 días y especialmente lo que pasó en la noche del 31 de mayo va a explicar por qué la pistola calibre 25 con cachas de nakar que Jaime Muldun llevaba siempre en la guantera de su Ford Mustang jamás apareció en los archivos de la Procuraduría de Jalisco y va a explicar también, querido espectador, lo que Jaime Moldum Barreto y su familia le hicieron a la familia Musiño durante los siguientes 51 años, que es algo, escúchame bien, mucho peor que un asesinato.
Los 9 días entre el 22 de mayo y el 31 de mayo de 1974, querido espectador, fueron los 9 días más tranquilos en apariencia de la vida de Jaime Antonio Muldum Barreto. Durante esos 9 días, según testificaron años después dos empleados de la casa familiar de la colonia Lafayet, Jaime salió todas las mañanas a desayunar al club de Golf Atlas.
Comió todos los días en restaurantes del centro de Guadalajara con su padre. Cenó tres noches en el restaurante La Estancia con su novia de aquella época, una joven de apellido Topete Hernández. y los fines de semana asistió a las celebraciones sociales habituales del verano tapatío. Fiestas, bautizos, bodas, eventos del club. Durante esos 9 días, Jaime Mulun Barreto no le mencionó a nadie, ni a su padre, ni a su novia, ni a sus amigos del club, lo que tenía planeado hacer la noche del 31 de mayo.
Solo dos personas lo sabían en Guadalajara, según se reconstruyó después con el testimonio del yerno del procurador. La primera persona era el propio José Antonio Muldum Barreto, padre. La segunda persona era el procurador Rubén Salazar Mayén, que ya tenía preparado desde el 23 de mayo el operativo silencioso de salida del país.
Pero hay un dato más sobre esos 9 días, querido espectador. Un dato que Jaime Muldun Barreto necesitaba confirmar antes de actuar. El dato era saber con seguridad dónde y cuándo iba a estar el centavo musiño la noche del 31 de mayo. Y para conseguir ese dato, Jaime utilizó al mismo intermediario que había usado durante toda la operación del fichaje.
Un hombre que conocía las costumbres del centavo dentro de Chivas, un hombre que sabía a qué restaurantes iba el equipo después de los entrenamientos. un hombre que tenía acceso a los horarios de los jugadores. Ese hombre, según supo después la familia Muso por filtraciones que llegaron del propio entorno de Chivas, fue el mismo directivo del Cruz Azul, cuyo nombre la mujer alta de Ojos Verdes, le había pedido al centavo no mencionar nunca.
El cuarto hombre del esquema, el directivo, cuyo nombre hasta el día de hoy sigue protegido por la familia Musiño, por miedo a represalias contra los miembros vivos de su familia que aún trabajan en el fútbol mexicano. Ese directivo, según el testimonio reconstruido, le hizo saber a Jaime Muldun que el equipo de Chivas iba a cenar en grupo el viernes 31 de mayo después del último entrenamiento de la semana en uno de tres lugares posibles, la estancia, el recuerdo o Carlos o Willis, los tres restaurantes de moda en
Guadalajara aquella primavera y le pasó un mensaje adicional. Si Jaime quería estar seguro, lo mejor era esperarlo en el lugar al que el centavo solía ir cuando los compañeros le insistían. Carlos o Willis. Carlos o Wilis, querido espectador. En mayo de 1974, era el restaurante más popular de la zona rosa de Guadalajara.
Estaba ubicado en avenida Vallarta Esquina con avenida Chapultepec. Tenía dos plantas, manteles blancos, camareros vestidos de saco negro y una clientela que mezclaba a jugadores de fútbol, empresarios jóvenes, hijos de familias adineradas y políticos del gobierno estatal. La música de fondo era de orquestas en vivo los viernes y los sábados. Los precios eran altos.
La factura promedio de una cena para dos. Según los archivos del propio restaurante consultados décadas después. Equivalía a más de un mes de salario mínimo de la época y a las 9:30 de la noche del viernes, 31 de mayo de 1974, querido espectador, el centavo musiño entró al restaurante Carlos o Willis. Entró acompañado de tres personas, su esposa Margarita Valdés y dos compañeros del equipo de Chivas con sus respectivas esposas.
Los compañeros eran Jorge Maric, mediocampista, y Mario Pérez, defensa central. Habían cenado juntos en un restaurante de mariscos un par de veces antes y esa noche, después del último entrenamiento de la semana, decidieron repetir. Pero el centavo, según declararía después Margarita al sobrino Roberto, no quería ir a Carlos o Wilis.
le había propuesto a sus compañeros otro lugar más tranquilo. Le insistieron y al final se dio. Se dio, querido espectador, porque era un hombre de palabra, un hombre que cuando sus compañeros le pedían algo no sabía decir que no. Jaime Antonio Muldum Barreto, según testimonios reconstruidos años después, llegó a Carlos Wilis 15 minutos antes que el centavo.
Llegó solo, vestido con un saco azul marino, camisa blanca y pantalón gris claro. Se sentó en una mesa de la planta baja, cerca de la entrada, desde donde podía ver quién entraba y quién salía. Pidió un whisky en las rocas. Llevaba en el bolsillo interior del saco la pistola calibre 25 con cachas de nar y un boleto de avión privado de la empresa de Andrés Quintero Ríos.
Fechado para esa misma madrugada con destino a Houston, Texas. Cuando el centavo Musiño entró al restaurante con su grupo, Jaime Muldun, según declararían después tres meseros del Carlos o Willis, levantó la vista de su copa y lo siguió con la mirada hasta que se sentaron en una mesa de la segunda planta. Después esperó. Esperó casi una hora.
Esperó a que pidieran su comida. Esperó a que rieran y conversaran. esperó a que el centavo bajara las escaleras hacia el baño en algún momento de la noche solo. Pero el centavo no bajó solo. A las 11:15 de la noche después de la cena, los meseros estaban llevando la cuenta a la mesa del centavo cuando sucedió lo que ningún testigo del restaurante esperaba.
Jaime Muldun Barreto se levantó de su mesa, subió las escaleras a la segunda planta y se acercó directamente a la mesa donde estaba sentado el centavo musiño con su esposa y sus compañeros. Sin saludar, sin presentarse, sin pedir disculpas por interrumpir. Jaime Muldun empezó a insultar al centavo con palabras que los testigos prefirieron no repetir delante de los policías al día siguiente.
Lo llamó traidor, lo llamó Osicón. le dijo que era un muerto de hambre que había llegado de un pueblo de cemento a quitarle el dinero a hombres de bien. Le dijo que iba a pagar muy caro lo que estaba haciendo con la prensa. centavo Musiño, querido espectador, según declararían después los compañeros y los meseros del restaurante, no se levantó de la silla, se quedó sentado, miró a Jaime Mulum Barreto a los ojos y le contestó con cuatro palabras que iban a ser las últimas palabras coherentes que pronunciaría en su vida. le contestó,
“Yo no le tengo miedo.” Esas cuatro palabras fueron las que provocaron, según testificó después Jorge Marck a la Procuraduría, que Jaime Mulum Barreto perdiera el control. Le tiró un golpe al centavo. El centavo lo esquivó. Marik y Pérez se levantaron rápido para separarlos. Los meseros llegaron corriendo y entre todos sacaron a Muldú del restaurante hacia la calle mientras él gritaba que iba a regresar a terminar lo que había venido a empezar.
El centavo, según el testimonio de Margarita, se levantó después de la pelea con la cara pálida. pidió la cuenta, pagó en efectivo y le dijo a sus compañeros que era hora de irse. Margarita le pidió ya en las escaleras que esperaran un poco más, que dejaran que ese hombre se fuera primero. El centavo le contestó, según el recuerdo de Margarita, otra frase que iba a quedarse grabada en la familia.
Le contestó, “Margarita, si me espero, voy a pasar miedo el resto de mi vida. Salgo ahora.” y salió, querido espectador, a las 11 de la noche con 15 minutos del 31 de mayo de 1974, Octavio Musiño Valdés bajó las escaleras del restaurante Carlos o Wilis, se despidió de los meseros con un gesto y salió a la calle por la puerta principal con Margarita Valdés del brazo, seguido de cerca por Jorge Marck y Mario Pérez con sus esposas.
Lo que pasó en los siguientes 30 segundos lo reconstruyeron. Dos días después, los peritos de la Procuraduría de Jalisco con los testimonios de 14 testigos. Jaime Antonio Muldum Barreto estaba parado junto a su Fort Mustang rojo. Estacionado a 15 m de la salida del restaurante. Tenía la pistola calibre 25 en la mano derecha.
Cuando vio salir al centavo, dio cinco pasos hacia él. El centavo al verlo le dijo a Margarita que se quedara atrás y caminó hacia Muldun con las manos abiertas en gesto de paz, intentando hacer las pases. Caminó 3 metros antes de que sonara el primer disparo. El primer disparo erró. La bala calibre 25 rebotó contra la pared del restaurante.
El segundo disparo dio en la cabeza del centavo en la región Parieto, guion occipital izquierda. Según el parte médico firmado al día siguiente por el neurocirujano Salvador González Cornejo. El tercer disparo, ya con el centavo en el suelo, fue al pecho. El cuarto al hombro derecho. Jaime Antonio Muldun Barreto. Mientras la pistola humeaba todavía en su mano, miró el cuerpo del centavo durante 2 segundos.
Después corrió hacia su Mustang, subió, arrancó y desapareció por la avenida Vallarta hacia el norte de la ciudad. Margarita Valdés se arrojó sobre el cuerpo de su esposo gritando. Jorge Maric llamó por teléfono a la ambulancia. Mario Pérez fue por el coche del centavo, un Chevrolet Impala Blanco, para llevarlo al hospital antes de que llegaran los servicios médicos.
La gente del restaurante salió a la calle con las servilletas en la mano y a las 11:47 de la noche, el centavo musiño entró en coma profundo en la sala de emergencias del hospital México norteamericano de Guadalajara. Tres días después, querido espectador, el ídolo más grande del Cruz Azul había muerto.
Tenía 24 años recién cumplidos. dejó una esposa de 22 años y un hijo de un año con 3 meses que jamás iba a recordar el sonido de su voz. Pero hay algo más, querido espectador. Y aquí es donde esta historia se convierte en algo peor que un asesinato, algo que durante 51 años la familia Musho ha cargado en silencio.
Algo que el hijo Octavio Mauricio Musiño Valdés, hoy de 51 años, todavía intenta entender lo que la familia Muldum Barreto le hizo a la familia Musho después del 3 de junio de 1974. Querido espectador, no fue acoso, no fue persecución, fue algo mucho más cruel. Fue un silencio absoluto, calculado, sostenido durante medio siglo.
Un silencio que se construyó con hechos concretos, con decisiones de poder, con cobardía amparada por el dinero. El primer hecho fue la nota de Antonio Moreno, el periodista de la revista Esto. Esa nota nunca se publicó. El primer domingo de junio de 1974, en lugar de la nota a doble página titulada El precio oculto de un ídolo, la revista Esto sacó un especial de homenaje al centavo lleno de fotos de su carrera, sin una sola palabra sobre el dinero negro del fichaje.
Antonio Moreno, según se filtró después, había recibido una visita en su casa de la colonia Roma de la Ciudad de México el 4 de junio. una visita de tres hombres que no se identificaron. Hombres que le entregaron un sobre con 200,000 pesos en efectivo y un mensaje de una sola línea. El mensaje le dijo, “Piensa en tus hijos.
” La nota nunca apareció. El segundo hecho fue la pistola. La pistola calibre 25 con cachas de Nakar que 14 testigos vieron en la mano de Jaime Muldum Barreto la noche del 31 de mayo, jamás apareció en los archivos de la Procuraduría de Jalisco. No la encontraron en el Mustang cuando lo recuperaron al día siguiente. No la encontraron en la casa familiar cuando se realizó un cateo simbólico.
No la encontraron nunca. Esa pistola, según rumores que circularon años después en Guadalajara, fue arrojada a un pozo de la hacienda familiar de los Muldun en Lagos de Moreno la madrugada del primero de junio. El tercer hecho fueron los 900,000 pesos. Los 900,000 pesos que el centavo iba a recibir como su parte oficial del fichaje al Valencia.
Esos 900,000 pesos jamás llegaron a Margarita Valdés. La operación Valencia se canceló oficialmente el 5 de junio de 1974, dos días después del entierro del centavo, alegando ausencia del jugador y todo el dinero, los oficiales y los del esquema negro, se redistribuyó entre los cinco hombres que habían firmado los sobres cerrados.
Margarita y su hijo de un año tres meses, no recibieron un solo peso, ni del Cruz Azul, ni del Chivas, ni del Valencia, ni de Muldun y Asociados. El cuarto hecho fue el departamento de la colonia americana. La familia Chivas, después de la muerte del centavo, dejó pasar 3 meses sin renovar el alquiler que el club había firmado a nombre del jugador.
En agosto de 1974, Margarita Valdés tuvo que mudarse con el bebé en brazos y dos maletas. De regreso a ciudad cooperativa Cruz Azul, a la casa de los abuelos paternos del centavo, donde vivió los siguientes 11 años hasta que el niño cumplió los 12. El quinto hecho, querido espectador, fue el más cruel de todos y es el hecho que el hijo del centavo, Octavio Mauricio, ha contado en entrevistas privadas durante los últimos 5 años a partir de los recuerdos que su madre le confió antes de morir, durante los primeros 5 años después de la muerte del centavo.
Entre 1974 y 1979, la familia Muldum Barreto envió a través de un intermediario anónimo 12 sobres con dinero a Margarita Valdés. 12 sobres con cantidades que iban desde 10,000 hasta 50,000 pesos cada uno. 12 sobres que llegaron por correo certificado sin remitente a la casa de los abuelos del centavo en cooperativa Cruz Azul.
12 sobres que Margarita Valdés, sin abrir uno solo, devolvió a la oficina postal con una nota escrita a mano. La nota decía, “Yo no quiero su dinero. Yo quiero a mi marido.” Cuando los sobres dejaron de llegar, en 1979, la familia Muldum Barreto cerró toda comunicación con la familia Musiño. Para siempre. 51 años de silencio total.
51 años en los que el hijo del centavo creció escuchando historias de su padre solo a través de su madre, en los que cumplió 5co, 10, 20, 30, 40 años sin recibir una llamada, una carta, un mensaje, una disculpa de los responsables en los que su madre Margarita Valdés murió en 1997 a los 45 años de un cáncer que muchos en la familia atribuyeron.
en voz baja al duelo que jamás logró cerrar. Y mientras todo eso pasaba, querido espectador, mientras Margarita Valdés moría joven, mientras el hijo del centavo se hacía hombre sin padre, mientras la familia Musiño trataba de reconstruir su vida en silencio, Jaime Antonio Muldum Barreto desde su casa de la colonia Lomas del Valle.
Criaba dos hijos sanos, cazaba a sus hijos con buenos partidos, recibía a sus nietos los domingos, jugaba al golf los miércoles, cenaba en el Quinta Real los Viernes y nunca, ni una sola vez en 51 años mencionó en voz alta el nombre Octavio Musiño. Eso, querido espectador, es lo que la familia Muldum Barreto le hizo a la familia Musiño durante medio siglo.
Eso es lo que es peor que un asesinato. Asesinarlo fue un instante. Borrarlo fue una vida entera. Borrarlo de la prensa, borrarlo de los expedientes. Borrarlo del dinero que le correspondía, borrarlo del recuerdo institucional del fútbol mexicano y borrarlo de la conciencia de los hombres que lo mataron. Hay algo más, querido espectador, antes de terminar esta historia.
Algo que tiene que ver con la noche del 31 de mayo de 1974, algo que pone en perspectiva todo lo que escuchaste hasta ahora. Esa noche, mientras Jaime Antonio Muldum Barreto caminaba hacia el centavo musiño con la pistola calibre 25 en la mano, en Puerto Príncipe, capital de Haití, terminaba un partido de fútbol que iba a quedar grabado en la historia trágica del fútbol mexicano.
La selección de Haití había vencido a Trinidad y Tobago dos goles por uno y con esa victoria se quedaba con el último boleto de la zona con Cacaf rumbo al mundial de Alemania. La selección mexicana que había empatado los dos partidos clave del hexagonal quedaba eliminada del Mundial. Si México hubiera ganado uno solo de esos dos partidos, querido espectador, Octavio Musiño habría estado la noche del 31 de mayo de 1974, concentrado con la selección nacional en un hotel de la Ciudad de México, preparando su viaje a Alemania que
estaba a 11 días de empezar. No habría estado en Carlos o Willis, no habría estado en Guadalajara, no habría estado en la calle por donde iba a pasar el Mustang rojo de Jaime Muldun. Habría estado seguro, escondido detrás de las paredes de un hotel de concentración, lejos del alcance del arquitecto que ya había decidido eliminarlo.
El destino del centavo Musiño, querido espectador, no lo decidió una bala calibre 25. Lo decidieron dos partidos de fútbol mal jugados por una selección mexicana que llegó floja al hexagonal. Lo decidió un empate contra Honduras, lo decidió un empate contra Guatemala y lo decidió esa victoria de Haití sobre Trinidad y Tobago, que se jugó la misma noche en que Jaime Moldun estaba apretando el gatillo en una calle de Guadalajara.
Si Haití hubiera perdido, si México hubiera ganado, si el destino hubiera apuntado en otra dirección, el centavo habría llegado al mundial de Alemania, 1974, como delantero titular. Habría regresado a México un héroe nacional. Habría firmado con el Valencia. Habría jugado en Europa. Habría visto crecer a su hijo.
Habría enterrado a su madre como hijo presente, habría sido leyenda viva del fútbol mexicano hasta el día de hoy. Pero el destino no escogió esa puerta, querido espectador. Escogió la otra. Hay padres viendo este video esta noche que recuerdan al centavo Musiño cuando eran niños. hombres de 55, 60, 70 años que celebraron con sus propios padres aquellos goles del centavo en la final del 72 contra el América, que vieron la transmisión por televisión en blanco y negro, sentados en la sala de la casa familiar comiendo sopa maruchán con sus hermanos mientras su mamá lavaba los
platos en la cocina y su papá fumaba un cigarro rallyy recargado en la pared. hombres que cuando tenían 10 años llevaban la camiseta de Cruz Azul los domingos y le decían a su papá que algún día iban a ser como el centavo. Estos hombres son los que probablemente esta noche están escuchando esta historia con un nudo en la garganta porque entendieron algo que tiene que ver con sus propias vidas, algo que va más allá del fútbol mexicano, algo que tiene que ver con la justicia que jamás llegó, con el dinero que se llevaron los que nunca
trabajaron, con los hombres con apellido y conexiones que en este país siguen comiendo en restaurantes caros, mientras los hijos de los obreros, de los honrados. de los que trabajaron en cooperativas mueren tirados en una banqueta sin que nadie pague el precio. La historia de Octavio Musiño no es una historia de fútbol, querido espectador.
Es la historia de un país que durante 51 años decidió que la verdad valía menos que un apellido británico de Lagos de Moreno. La historia de cinco hombres que se repartieron 6 millones de pesos en sobresados, mientras el delantero que los hacía ganar dinero recibía solo el 15%. Es la historia de una pistola calibre 25 que jamás apareció en ningún expediente.
Es la historia de una nota periodística que se enterró con 200,000 pesos. Es la historia de una mujer joven que murió de cáncer a los 45 años, cargando un duelo que nunca pudo enterrar. Y es la historia de un hijo hoy de 51 años que sigue esperando una llamada que nunca va a llegar. Si esta historia te hizo pensar en alguien, querido espectador, en un padre que conocías que murió antes de tiempo, en un hermano al que le robaron lo que era suyo, en un tío que pagó el precio de hablar cuando otros se callaron.
Llámalo esta noche. Cuéntale lo que escuchaste. Que sepa que su historia importa. que sepa que su nombre se sigue diciendo. Que sepa que mientras alguien lo recuerde no está borrado del todo. Suscríbete al canal Estrellas Caídas si quieres que sigamos contando estas historias que nadie se atreve a contar enteras y deja en los comentarios el nombre de la persona en la que pensaste mientras escuchabas al centavo musiño.