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LUIS AGUILAR tuvo un HIJO que ABANDONÓ, CRECIÓ en la POBREZA y terminó como NARCO s

LUIS AGUILAR tuvo un HIJO que ABANDONÓ, CRECIÓ en la POBREZA y terminó como NARCO s

Culiacán, Sinaloa. 15 de marzo de 1995, 2:34  de la madrugada. Un hombre de 44 años corre por una calle oscura. Lleva una camisa blanca manchada de sangre. No es su sangre todavía. Detrás de él tres camionetas, faros encendidos, motores rugiendo. El hombre dobla en una esquina, salta una barda, cae del otro lado, se tuerce el tobillo, pero sigue corriendo.

 Sabe que si lo alcanzan, lo van a matar y lo alcanzan. En un callejón sin salida,  el hombre se da vuelta, levanta las manos. Esperen, podemos arreglar esto, pero ya decidieron. Siete balazos, pecho, estómago, cabeza. El hombre cae, muere en 30 segundos. Su nombre era Roberto Ángel Ortega, pero ese no era su verdadero nombre.

 Su verdadero nombre era Roberto Luis  Aguilar Ortega, hijo de Luis Aguilar, el gallo Giro, una de las estrellas más grandes del cine mexicano. Un hijo que Luis nunca reconoció,  un hijo que creció en la pobreza mientras su padre vivía en mansiones, un hijo que terminó trabajando para el  cártel de Sinaloa.

 Y esa noche de marzo de 1995, ese hijo murió en un callejón de Culiacán  con 44 años con siete balazos en el cuerpo. Y Luis Aguilar ni siquiera fue al funeral  porque oficialmente ese hijo no existía. Para entender esta historia hay que retroceder 45 años a 1950. Luis Aguilar tenía 30 años, ya era famoso.

 Había filmado más de 20 películas, Westerns Mexicanos, películas de Charros, El Gallo Giro, Alto, Guapo, con una voz grave que las mujeres amaban. Estaba casado con Rosario Gálvez desde 1943.  Tenían dos hijos, Luis Aguilar Junior y Antonio Aguilar. sin relación con el otro Antonio Aguilar, el esposo de Flor Silvestre.

 Pero Luis era mujeriego,  todo el mundo lo sabía. Se acostaba con actrices,  con extras, con mujeres que conocía en fiestas. Rosario lo sabía, pero se hacía de la vista gorda, porque en los años 50 eso era lo que las esposas hacían. Y en junio de 1950, Luis viajó a Culiacán para filmar una película, Pistoleros de la Frontera, un western que se iba a filmar en locaciones reales, ranchos, desierto,  pueblos polvorientos.

 El equipo de filmación se quedó en Culiacán durante seis semanas y Luis conoció a una mujer. Se llamaba María Elena Ortega. Tenía 22 años. Trabajaba como mesera en un  restaurante del centro. Era bonita, morena, con ojos grandes y una sonrisa  tímida. Y una noche, Luis fue a cenar a ese restaurante.

 María Elena lo atendió, le tomó la orden, pollo en mole, cerveza y Luis  la miró. Le gustó lo que vio. Cuando María Elena trajo la comida, Luis le dijo, “¿Cómo te  llamas?” “María Elena.” “Señor Luis, “Llámame Luis. Sé quién es usted, señor Aguilar. Vi su película Calabacitas tiernas. Luis sonríó. ¿Te gustó mucho? ¿Qué haces después de tu turno? María Elena se sonrojó. Me voy a mi casa.

 ¿Y si en vez de eso cenas conmigo? María Elena lo miró. Luis Aguilar, el actor de cine,  pidiéndole que cenara con él. Señor Aguilar. Luis. Luis, usted  está casado. ¿Cómo sabes? Todos lo saben. Sale en las revistas. Luis se inclinó hacia delante. Estoy casado. Sí, pero estoy solo en Culiacán y me gustaría conocerte mejor.

  María Elena debió decir que no. Debió darse vuelta y alejarse, pero tenía  22 años. Nunca había salido de Culiacán. Y Luis Aguilar, el actor más guapo de México, le estaba pidiendo que cenara con él. Dijo que sí. Y esa  noche, después de su turno, Luis la llevó a un restaurante caro, uno donde María Elena nunca había estado.

  Cenaron, bebieron vino, hablaron. Luis le preguntó sobre su vida. María Elena le contó que había  crecido pobre, que su padre había muerto cuando ella tenía 10 años, que trabajaba de mesera para ayudar a su madre.  Y Luis le contó sobre su carrera, las películas, los viajes, la fama. Y cuando terminó la cena, Luis la llevó a su hotel solo para tomar una copa dijo.

 Pero los dos sabían que iba de otra cosa. Y María Elena subió  y esa noche se acostaron. Y durante las siguientes seis semanas, mientras Luis filmaba la película,  se vieron casi todas las noches. Luis la recogía después de su turno en el restaurante,  la llevaba a su hotel, hacían el amor, hablaban hasta tarde.

 Y María Elena se enamoró porque Luis la trataba como si fuera especial. La escuchaba,  le compraba regalos, vestidos, perfumes, cosas que ella nunca había podido pagar.  Y María Elena pensaba, “Tal vez me lleve con él a la Ciudad de México, tal vez me convierta en actriz, tal vez me case con él.

” Pero Luis nunca dijo nada de eso. Y a finales de julio de 1950, cuando terminó la filmación,  Luis se fue. “Tengo que regresar a la Ciudad de México. Empiezo otra película la próxima semana. ¿Cuándo te vuelvo a ver?” Luis la besó. Pronto, te prometo. Pero los dos sabían  que era mentira.

 Y Luis se fue y María Elena se quedó en Culiacán llorando en su cuarto, sabiendo  que había sido una estúpida. Y tres semanas después, en agosto de 1950,  María Elena empezó a sentirse mal. Náuseas, mareos, los pechos sensibles. Fue con un médico. Embarazada 8 semanas. María Elena sintió que el piso se movía bajo sus pies.

Estaba embarazada de Luis Aguilar y Luis estaba en la ciudad de México casado con dos hijos. María Elena le escribió una carta. Luis, estoy embarazada. Es tuyo. Necesito que regreses. Necesito tu ayuda.  Mandó la carta a la dirección de los estudios de cine Luis trabajaba y esperó dos semanas. Tres, cuatro.

Ninguna respuesta.  Y en septiembre de 1950, cuando María Elena ya tenía  3 meses de embarazo, finalmente recibió una carta, pero no era de Luis, era de  un abogado, licenciado Ramírez. Estimada señorita Ortega, el señor Luis  Aguilar me ha pedido que me comunique con usted.

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