LOZOYA NO PUDO ESCAPAR: HARFUCH REVELA LAS PROPIEDADES OCULTAS Y LOS MILLONES DE ODEBRECHT
¿Cómo es posible que un solo hombre haya logrado ocultar una fortuna que podría alimentar estados enteros de México? Mientras Emilio Lozoya disfrutaba decenas de lujo y vinos de miles de dólares, creía que sus rastros estaban borrados bajo capas de empresas fantasma, pero cometió un error fatal. Subestimó a Omar García Harfuch.
En este momento, una carpeta clasificada acaba de salir a la luz y no son solo los millones de Odebreche. Arfuts ha rastreado una ruta de mansiones invisibles, obras de arte que valen fortunas y vuelos privados que conectan con los sótanos más oscuros del viejo poder mexicano. Prepárate porque hoy vamos a abrir la caja negra que Lozoya intentó enterrar y lo que encontramos dentro va a dejar sin aliento.
Fue director de Pemex. fue el hombre más joven en llegar a ese puesto en la historia moderna de México. Fue parte del círculo íntimo de Enrique Peña Nieto. Fue durante 4 años y medio una de las 10 personas más poderosas del país. Y hoy en esta carpeta que nadie había podido abrir hasta esta noche está todo lo que quiso esconder.
En este video te voy a contar cuatro cosas que casi nadie sabe sobre Emilio Lozoya y la caja negra que abrió cuando la fiscalía lo alcanzó. Cuatro cosas que te van a cambiar la forma en que ves el sexenio de Peña Nieto, la reforma energética y el nombre Odebrecht, que escuchaste tantas veces sin entender del todo qué significaba.
Y te voy a avisar cuando llegue cada una. La primera, la casa. No es una casa cualquiera, es una mansión en una de las colonias más caras de la Ciudad de México. Y cuando te diga cómo la pagó, vas a entender que no estamos hablando de un empresario exitoso. Estamos hablando de un funcionario público al que, según la Fiscalía General de la República, le llegaron sobornos internacionales mientras se firmaba la reforma más importante de la energía mexicana en medio siglo.
La segunda, el arte, porque resulta que en México, entre la élite corrupta existe una manera de lavar dinero que casi nadie entiende del todo. Una manera elegante, silenciosa, fiscalmente opaca. Se llama obra de arte. Y cuando veas los nombres de los artistas que aparecieron vinculados a este caso, Dali, Picasso, figuras latinoamericanas de primer nivel, vas a entender que había un mundo paralelo en el que los millones sucios se convertían en lienzos invaluables colgados en paredes discretas.
La tercera, y aquí te pido que le subas el volumen, los vuelos, los jets privados, las reuniones en Suiza, en Brasil, en Madrid, en Ginebra, las mesas de restaurantes donde una botella de vino cuesta más que tu renta mensual y los hombres que se sentaban del otro lado de esas mesas, porque esta no era una corrupción local, era una corrupción con uso horario mundial.
Y la cuarta y esta te va a dejar sin piso. Es la libreta, la lista, los nombres. Cuando la fiscalía lo alcanzó y Lozoya entendió que no había salida, hizo lo único que un hombre en su posición podía hacer para salvarse a sí mismo. Entregó a los que estaban arriba, denunció a secretarios, denunció a excandidatos, denunció a figuras que tocaron el círculo íntimo del propio presidente que lo había nombrado.
Y esa lista, esa lista todavía está generando ondas en la política mexicana del presente. Así que ponte cómodo, porque esta no es la historia de un burócrata caído en desgracia. Esta es la historia de cómo funciona por dentro la corrupción mexicana de nivel uno, la que no vemos, la que no nos cuentan, la que solo cuando alguien tropieza sale a la luz.
Para entender cómo un hombre llega a tener una casa como esa, una lista como esa, una caída como esa, hay que regresar al principio, hay que regresar a un apellido, a una familia y a un país que en los 90 se estaba reinventando a sí mismo con prisas y con vicios que todavía no hemos terminado de pagar. Emilio Ricardo Lozoya, Austin nació en la ciudad de México en 1974.
hijo de Emilio Lozoya Talman y de Hilda Austin. Y ese apellido paterno, guárdatelo bien, porque en la historia de México de los últimos 40 años, los Lozoya Talman han estado cerca de cada decisión energética importante. Emilio Lozoya Zalman, el padre fue secretario de energía, minas e industria paraestatal en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari a principios de los 90.
O sea, el hombre que firmó buena parte de los cambios estructurales del sector energético mexicano de aquella era. Era el mismo hombre que le puso a su hijo como nombre el suyo propio. Y ese hijo 30 años después iba a tomar las decisiones más grandes del sector energético mexicano del siguiente sexenio. Pero para que entiendas lo que significa ese apellido, tienes que entender quién era el padre.
Emilio Lozoya Talman no era cualquier funcionario. Fue uno de los tecnócratas de confianza del círculo salinista. Antes de secretario de energía había pasado por la Secretaría de Programación y Presupuesto. Esa dependencia desaparecida que en los 80 y 90 decidía cómo se gastaba cada peso del herario mexicano.
Trabajó con Pedro Aspe, trabajó con Carlos Salinas, trabajó con el hermano oscuro de la historia reciente, ese grupo reducido de economistas formados en universidades de la EV League estadounidense que en los 80 se hicieron con el control de la política económica mexicana. Durante el sexenio de Salinas del 88 al 94, Lozoya Talman estuvo adentro de las decisiones más importantes.
La apertura comercial, la negociación del tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, la privatización masiva de empresas paraestatales, ferrocarriles, ingenios, minas, siderúrgicas, bancos. El sector energético, aunque Pemex seguía siendo estatal, empezó a reestructurarse desde adentro, a abrirse a contratistas privados, a firmar esquemas de servicios, a preparar el terreno décadas antes para lo que vendría después.
Todas esas decisiones que en su momento se vendieron como modernización iban a tener consecuencias que México todavía está pagando. Y el hombre que firmó parte de esas decisiones 30 años después iba a ver a su propio hijo imputado por el caso de corrupción energética más grande de la historia reciente del país. Pero hay algo más.
Y esto es lo que casi nadie recuerda, porque Emilio Lozoya Talman, el padre también fue mencionado en el caso Odebrech. Léelo otra vez. El padre no solo le heredó al hijo el apellido y la conexión con el sector energético. Según las investigaciones posteriores del caso, el padre también fue vinculado en las carpetas de la Fiscalía General de la República por supuestos movimientos relacionados con el mismo entramado brasileño.
Su proceso fue separado del de su hijo por razones procesales, pero el hecho queda, padre e hijo en el mismo escándalo, en momentos diferentes. La defensa del padre rechazó las imputaciones. El padre sostuvo y sigue sosteniendo. Hasta donde consta en el expediente público su inocencia. No ha habido sentencia condenatoria firme contra él. Hay que dejarlo claro.
Pero el señalamiento existió y el eco de ese señalamiento sobrevive. Una familia, un apellido, dos generaciones y el mismo nombre Odebrecht, sombreando a las dos. ¿Tú crees que eso es coincidencia? A lo mejor sí, a lo mejor no. Pero lo que no es coincidencia es esto. En México el poder hereditario no es solo una cosa de apellidos, es una cosa de redes, de contactos, de códigos de conducta que se transmiten de padre a hijo, como se transmiten las corbatas y los apellidos de familia.
Y algunas familias cargan con esas redes para bien o para mal durante generaciones completas. una dinastía discreta, técnica de gente que habla en voz baja, que se reúne en oficinas con paneles de madera, que nunca aparece en la televisión popular, pero que firma los contratos que mueven billones de pesos. Y al lado de esa dinastía paterna había una mujer que también vale la pena conocer, porque años después esa mujer iba a ser una pieza clave del desmantelamiento de toda la red. su madre, Guilda Austin.
Guilda Austin no era una figura pública, no daba entrevistas, no aparecía en revistas de sociales de forma constante. Era, en la tradición de las élites mexicanas de ese estrato, la esposa silenciosa, la que organiza las cenas, la que lleva la casa, la que conoce a las esposas de los demás hombres del círculo, la que se mueve en los salones que no tienen fotógrafos.
Pero Guilda Austin, dentro del mundo privado de la familia Lozoya, tenía un papel que los investigadores de la fiscalía iban a descubrir años después. Era, según los expedientes de la investigación, una de las firmantes formales de estructuras patrimoniales de la familia, cuentas, propiedades, movimientos. Todo eso en algunos momentos clave pasó por su nombre y ese es el patrón clásico de la corrupción de altos vuelos.
Ya lo vas a ver más adelante en este video, pero anótalo desde ahora. Los operadores principales nunca ponen todo a su nombre. Reparten, usan esposas, madres, hermanos, primos, sobrinos, tíos que aceptan aparecer en un papel a cambio de un favor. Y esa dispersión familiar es en la teoría, la que protege al operador principal.
En la práctica, es exactamente lo que termina derrumbando la casa entera, porque cuando la fiscalía empieza a jalar del hilo, no jala del operador, jala del familiar. Y el familiar habla o firma algo que lo compromete, o viaja cuando no debería o es detenido en un país donde las autoridades cooperan. Eso, exactamente, eso es lo que le iba a pasar a Guilda Austin en noviembre de 2019 en Alemania, cuando la policía federal alemana la detuvo por solicitud de México, pero esa parte viene después.
Guarda esa escena, nos la vamos a encontrar más adelante. Por ahora, lo que tienes que entender es el entorno en el que nació Emilio Austin, padre tecnócrata del círculo salinista, madre discreta del mundo de los salones privados, hermanas, empleados de confianza, chóeres. Una vida entera enmarcada en el lujo silencioso de la élite mexicana de los 90.
La familia tenía dinero, tenía relaciones, tenía posición social. Emilio hijo. Creció entre la ciudad de México y los Estados Unidos. Estudió en colegios privados. Aprendió inglés sin acento. Aprendió a vestirse como se visten los hombres del primer mundo. Aprendió desde muy joven que en México las élites no se ganan el lugar, se heredan.
Pero creció también con algo más, algo que hay que reconocerle. Porque Emilio Austin no era un junior tonto, no era un niño rico de telenovela, no era de los que se conforman con la herencia y se dedican a destruir carros y a coleccionar cuentas de Instagram. Era, según cada testimonio de quienes lo conocieron en esa época, un joven brillante, disciplinado, competitivo, obsesionado con los números, obsesionado con el reconocimiento internacional, sacaba buenas calificaciones porque quería, hablaba inglés correcto, porque lo había practicado. Leía libros de economía que
a sus compañeros ni les interesaban. se preparaba desde los 15 años para hacer una carrera que lo llevara fuera del país, porque esa era la aspiración de su clase, no quedarse en México, salir, ir a las universidades de Estados Unidos, regresar convertido en otra cosa, regresar con la autoridad moral que da en el sistema mexicano haber estado afuera.
Y en ese sentido, Emilio Austin hizo todo lo que le tocaba hacer. Hizo la licenciatura en economía en el ITAM, uno de los tecnológicos donde se forma la mitad de los tecnócratas del país. El ITAM, en los años 90 era la fábrica de cuadros del sistema económico mexicano. De ahí salieron secretarios de Hacienda, subsecretarios, gobernadores de Bjico, directores de empresas paraestatales, todos con el mismo perfil.
formación técnica en economía, maestría o doctorado en universidad estadounidense, regreso a México a ocupar puestos de alta tecnocracia. Ser del ITAM en esa época era pertenecer a un club, un club que se conocía entre sí, un club cuyos integrantes se movían de una secretaría a otra con la naturalidad de quien cambia de oficina dentro de la misma empresa, un club donde los contactos pesaban más que los talentos individuales.
Después se fue a Estados Unidos a Harvard, donde hizo no una sino dos maestrías, una en Administración de Negocios en la escuela de negocios de Harvard y otra en políticas públicas en la Escuela de Gobierno Kennedy. Dos títulos de Harvard, un currículum que al llegar a México le abría cualquier puerta.
Mientras él estudiaba en Cambridge, Massachusetts, los mexicanos comunes que tenían su edad estaban en universidades públicas del país, trabajando medio tiempo para pagarse los apuntes, preocupándose por cómo iban a conseguir el primer empleo al salir. Ese era el México real, el México de la mayoría. Pero Emilio Austin no vivía en ese México, vivía en el otro.
Y las puertas se le abrieron. Trabajó en una organización de inversiones vinculada al gobierno estadounidense. Participó en conferencias internacionales. Fue designado en el Foro Económico Mundial de Davos como joven líder global. Uno de esos reconocimientos que en realidad no significan nada concreto, pero que en los currículums de la élite mexicana se ven impresionantes y que te abren la puerta de salones a los que no entra casi nadie del mundo real.
Y aquí vale la pena detenerse un segundo, porque el programa de jóvenes líderes globales del Foro Económico Mundial es una de las instituciones más curiosas de la élite internacional del siglo XXI. Es un club, técnicamente es una red, prácticamente es un club. Cada año el Foro Económico Mundial de Davos, ese cónclave anual de ricos y poderosos que se reúnen en los Alpes suizos a discutir el futuro del mundo, selecciona a un grupo reducido de menores de 40 años con trayectorias prometedoras, empresarios, políticos en ascenso, activistas
destacados, periodistas de primera línea, ejecutivos de grandes corporaciones, los mete en un programa de varios años de duración con reuniones anuales, con acceso a los foros privados más exclusivos del planeta, con la promesa implícita de que cuando lleguen al poder van a recordar que se conocieron ahí.
es en la práctica una institución diseñada para crear redes globales de influencia entre gente que todavía no es poderosa, pero que va a serlo. Y Emilio Lozoya Austin entró a ese programa cuando tenía alrededor de tre y tantos años antes incluso de ser director de Pemex. En esos círculos se topó con gente que después iba a ser clave en su carrera.
Otros mexicanos del mismo perfil, jóvenes economistas. Jóvenes banqueros, jóvenes políticos. Uno de ellos, y este nombre, guárdatelo, porque es el teaser del próximo video, era Luis Videgaray Caso, un hombre con un perfil parecido al suyo. Itam, universidad en Estados Unidos, paso por la consultoría y por la política económica.
Videaray también se movía en esos círculos internacionales. También era parte del perfil de tecnócrata global que México estaba produciendo. Cuando Peña Nieto lanzó su precampaña, Videgaray iba a ser el operador financiero clave. Lozoya iba a ser el operador de la relación internacional. Los dos, nacidos en familias del privilegio mexicano, formados en las mismas universidades, pertenecientes a los mismos círculos de dos, se volvieron piezas complementarias del mismo proyecto.
Recuerda a Videgaray, porque en el acto cuatro de este video vas a oírlo otra vez y la próxima semana en el siguiente video del canal lo vas a escuchar completo. Y ahí, en esos círculos de Davos, de Harvard, de foros internacionales, conoció a un grupo de gente que iba a cambiar la historia de México, los cercanos a Enrique Peña Nieto, los que en 2012 iban a ganar la presidencia, los que después se iban a repartir las grandes oficinas del país.
Lozoya entró al equipo de Peña Nieto antes de la campaña. Estuvo en la transición. estuvo en las reuniones donde se diseñó el gabinete y cuando llegó diciembre de 2012 y Peña Nieto rindió protesta como presidente, Emilio Lozoya, Austin recibió el nombramiento que iba a definir el resto de su vida. A los 38 años se convirtió en director general de petróleos mexicanos, el hombre más joven en llegar a ese puesto en décadas, con un mandato claro, llevar adelante la reforma energética, abrir Pemex al capital privado, modernizar esa
palabra que siempre esconde algo. Y si te preguntas por qué Peña Nieto escogió precisamente al Ozoya y no a un veterano de Pemex con 30 años de carrera, la respuesta está en el perfil que el proyecto peñista necesitaba. No querían a un petrolero clásico. Los petroleros clásicos de Pemex venían con culturas sindicales, con relaciones de décadas, con lealtades a la vieja escuela de la empresa.
No iban a ejecutar la reforma que Peña Nieto traía en la cabeza. iban a poner resistencia, cuestionamientos, matices. Querían a alguien distinto, querían a un joven, brillante, global, con Harvard en el currículum, con Davos en los contactos, con inglés fluido para entenderse de tú a tú, con las petroleras internacionales que iban a entrar al mercado mexicano una vez que la reforma se aprobara en el Congreso.
querían a alguien que hablara el idioma de los inversores extranjeros, alguien que no viera a Pemex como un patrimonio nacional sagrado, sino como una empresa entre empresas sujeta a las reglas del mercado global. Ese perfil describía punto por punto a Emilio Lozoya Austin. Y el primer día que Lozoya entró a las oficinas de dirección general de Pemex en Marina Nacional en la Ciudad de México, se encontró con una empresa enorme, con decenas de miles de trabajadores, con activos de cientos de miles de millones de dólares, con contratos vigentes con proveedores de
todo el mundo, con campos petroleros en plena producción, con refinerías en distintos estados, con plataformas marinas en el Golfo de México, con una maquinaria burocrática gigante que llevaba décadas operando con sus propias reglas. Tenía 38 años y de golpe todo eso estaba en sus manos. Recuerda esa imagen.
Un hombre joven sentado en un escritorio desde el cual se firman decisiones que mueven el aparato energético de una nación. Un hombre formado en las universidades de los países que durante décadas han querido controlar ese aparato. Un hombre cuyo apellido ya estaba marcado por el sexenio de Salinas. Un hombre con la presión de entregar resultados a un presidente que lo acababa de elevar al primer círculo del poder.
Si eso a ti o a mí nos pasara, ¿qué haríamos? A lo mejor lo haríamos bien, a lo mejor honraríamos el puesto, a lo mejor cumpliríamos con austeridad, con transparencia, con servicio al país, pero a lo mejor no, porque los hombres muy jóvenes que de golpe reciben muchísimo poder en culturas donde la corrupción institucional es la norma, en lugar de la excepción, suelen reaccionar de una de dos maneras.
o se convierten en reformadores o se convierten en aprovechadores. El punto medio es raro y según la Fiscalía General de la República, Emilio Lozoya Austin se convirtió en lo segundo. Pero ser director de Pemex en México no es solo ser director de una petrolera, es ser director de una de las tres empresas más grandes del país, que factura decenas de miles de millones de dólares al año, que tiene contratos con proveedores de todo el mundo, que firma adjudicaciones que pueden enriquecer o destruir fortunas enteras. es ser por 4
años el hombre que decide quién gana y quién pierde en uno de los sectores más lucrativos de la economía mundial. Y si el hombre que ocupa ese puesto no tiene escrúpulos, si el hombre que ocupa ese puesto ve los contratos de Pemex como cheques en blanco, ese hombre se convierte en uno de los funcionarios más susceptibles de ser corrompidos del planeta. Exactamente eso.
Según la Fiscalía General de la República es lo que pasó. Recuerda esa fecha, diciembre de 2012. Y recuerda ese puesto, director de Pemex, porque la lista de cosas que vas a escuchar en los siguientes minutos arranca exactamente ahí. Cuando Emilio Lozoya tomó las oficinas de la Torre de Pemex en Marina Nacional, en la Ciudad de México, tenía un discurso claro.
Ese discurso lo repitió en conferencias, en entrevistas, en foros internacionales. Había que modernizar Pemex, había que traer inversión extranjera, había que hacer eficiente a la petrolera más grande del país, había que preparar a la empresa para la reforma energética que venía.
Esas palabras en los oídos de la gente de finanzas internacionales sonaban como música. Y durante los primeros meses, Lozoya fue recibido en Wall Street, en el foro económico mundial en las embajadas, como el joven tecnócrata prometedor que iba a abrir México al capital global. Algunos críticos señalaron desde el principio que su lenguaje era demasiado parecido al de los banqueros, que no hablaba como director de una empresa mexicana.
hablaba como ejecutivo de una firma privada que cada vez que mencionaba eficiencia parecía estar preparando el terreno para que otras empresas privadas extranjeras ocuparan espacios que durante décadas habían sido exclusivos del Estado. Esos críticos fueron ignorados. La narrativa mediática era clara.
México se modernizaba, Pemex se modernizaba. Lozoya era el Nuevo México. Quienes lo cuestionaban eran viejos priistas aferrados al pasado o izquierdistas resentidos o comentaristas sin importancia. Y en diciembre de 2013, un año después de que Lozoya tomara la dirección de la empresa, llegó el momento que había sido construido desde antes, incluso del triunfo de Peña Nieto. Llegó la reforma energética.
La reforma energética de 2013 fue el cambio constitucional más grande que le pasó a México en el sector energético desde la expropiación petrolera de Cárdenas en 1938. 75 años de historia, tocándole la puerta a Pemex para exigirle cambio. Y finalmente, bajo el impulso político de Peña Nieto y el impulso ejecutivo de Lozoya y Videgaray, el Congreso de la Unión aprobó las modificaciones constitucionales que abrieron el sector energético mexicano al capital privado.
Se modificaron los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución. Se permitió la inversión privada en exploración, producción, refinación y distribución de hidrocarburos. Se creó un marco para que empresas extranjeras pudieran firmar contratos directos con el Estado mexicano para operar campos petroleros, construir gasoductos, operar refinerías.
Se rompió en la práctica, aunque la retórica oficial lo negara el monopolio histórico que Pemex había tenido sobre la energía mexicana. El debate fue brutal. Los partidos de oposición levantaron escándalo, manifestaciones, marchas. López Obrador, entonces fuera del poder formal, pero como líder de una oposición creciente, llamó a la reforma traición a la patria y empezó un movimiento que iba a culminar 6 años después con su llegada a la presidencia.
Pero en ese momento el PRI con apoyo del PAN logró los votos suficientes. La reforma pasó y Lozoya fue una pieza importante del lado ejecutivo de esa aprobación. No era un legislador, no votó, pero era el rostro técnico que daba cara a Pemex frente a los medios, frente a los inversionistas, frente a los gobiernos extranjeros que querían entender qué estaba pasando en México.
Durante esos meses de 2013, Lozoya estuvo en Nueva York. en Londres, en Davos, en Madrid, explicando la reforma, vendiéndola, asegurando a los inversores globales que México era por fin un país abierto. guarda esas fechas 2013, la reforma energética aprobada porque según las investigaciones posteriores de la fiscalía, parte del dinero de Odebrecht, parte de los supuestos sobornos internacionales, habría fluido hacia México en fechas cercanas al proceso de aprobación de esa reforma.
Lozoya lo ha negado, Peña Nieto lo ha negado, Videgaray lo ha negado, pero la coincidencia temporal es el punto que a la fiscalía años después no le dio paz. Y mientras todo eso pasaba en la superficie, por debajo empezaba a moverse algo muy distinto, porque resulta que según las imputaciones de la fiscalía, que se harían públicas años después, desde antes incluso de que Ozoya fuera nombrado director de Pemex, ya existía un canal de dinero, un canal que venía de Brasil, un canal que venía de una empresa llamada Odebrecht.
Odebrecht era en aquellos años una de las constructoras más grandes de América Latina con contratos en más de 20 países, con una reputación de operación masiva, de capacidad técnica real y con algo que en 2017 explotó en la cara de todo el continente, un sistema interno documentado, institucionalizado, de pago de sobornos a funcionarios públicos de toda la región, Brasil, Perú, Venezuela, Colombia, Ecuador, Panamá, República Dominicana, Argentina, Guatemala y, por supuesto, México.
Más de 800 millones de dólares distribuidos, según las investigaciones estadounidenses y brasileñas entre funcionarios de todo el continente. Todo ese dinero venía de una caja especial dentro de la empresa llamada caja dos, operada por un departamento que se llamó, sin ninguna sutileza, departamento de operaciones estructuradas.
Y según las autoridades estadounidenses, que fueron quienes destaparon el caso a través de la ley de prácticas corruptas en el extranjero México, recibió alrededor de $10,500,000 de esa caja negra. El destinatario de esos 10.5 5 millones. Según la Fiscalía General de la República, que después tomó el caso en México era Emilio Lozoya Austin. Léelo otra vez en tu mente.
10 y medio millones de dólares en sobornos entregados a quien iba a ser o ya era el director de la empresa más estratégica del Estado mexicano. A cambio, según las imputaciones, Odebrecht obtuvo contratos con Pemex por cientos de millones de dólares en obras. refinerías, plataformas, servicios de ingeniería. Contratos que vistos después, a la luz del escándalo internacional, se revelaron como adjudicados con ventajas inexplicables para una empresa extranjera.
Uno de los contratos más discutidos del periodo Lozoya fue el de rehabilitación de la refinería de Tula en Hidalgo. Pemex, bajo la administración de Lozoya entregó a Odebrecht contratos vinculados a servicios de ingeniería y ampliación que sumaban, según las cifras reportadas, cientos de millones de dólares. Una parte de esos recursos, según las investigaciones posteriores, circuló a través de rutas financieras que los auditores forenses después empezaron a seguir.
Otro proyecto clave fue Etileno XX en Coatsacoalcos, Veracruz, un complejo petroquímico gigante operado por Brasque Midesa, donde Odebrecht, antes del escándalo global tenía participación accionaria relevante a través de Braskem, su filial petroquímica. El esquema de suministro de gas etano que Pemex firmó con el operador del complejo, con condiciones favorables para ese operador, fue señalado por analistas y por auditorías internas de Pemex como un contrato que debía revisarse a profundidad y había más. Agronitrogenados. Ese nombre tienes
que guardarlo porque fue uno de los casos emblemáticos que terminó marcando la carpeta de imputaciones contra Ozoya. En 2013 y 2014, Pemex, bajo la administración de Lozoya compró agronitrogenados, una planta fertilizante ubicada en Pajaritos, Veracruz, por una cifra cercana a los 275 millones dó.
El problema fue que esa planta, cuando Pemex entró a revisarla después de la compra, estaba prácticamente inservible. Llevaba años sin operar. Requería cientos de millones adicionales en reparaciones para ponerla a funcionar y nunca llegó a operar de manera rentable. 270 y 5 millones de dólares por una planta que no servía. Léelo otra vez en tu mente.
Una operación que los auditores posteriores describieron como una compra con sobreprecio de una empresa que no tenía capacidad operativa real a un vendedor que obtuvo de Pemex una ganancia gigante por un activo que en la práctica no valía lo que se pagó. Y el caso Fertinal, una segunda compra de empresa fertilizante.
También durante la administración del Ozoya tuvo características parecidas. una empresa adquirida por Pemex para supuestamente integrarla a la cadena de valor del sector energético mexicano, una empresa cuyo valor real, según las investigaciones posteriores, era significativamente menor al pagado. Una empresa que no generó los rendimientos prometidos.
Dos compras agronitrogenados y fertal. Cientos de millones de dólares. Dos casos que la Fiscalía General de la República separó después del caso principal de Odebrecht, pero que formaron parte del paquete general de imputaciones contra Lozoya. Tres frentes, tres carpetas, tres historias que se conectaban en un solo hombre. Esa es la parte oficial, esa es la parte de los expedientes, pero falta la parte humana, la parte del estilo de vida, la parte de en qué se gasta ese dinero, la parte de qué hace un hombre de 38 años con 10,illones y medio de dólares en
efectivo que se le empiezan a acumular en cuentas en el extranjero. Porque durante los 4 años y medio que lo zoya estuvo al frente de Pemex, entre diciembre de 2012 y febrero de 2017, su vida vista en retrospectiva no era la de un funcionario público con sueldo de director general de paraestatal. Era la vida de un ejecutivo internacional de primer nivel.
Los viajes eran constantes. Ginebra para las reuniones de dos. Londres para conferencias con inversores, Nueva York para foros con analistas de Wall Street, Madrid para visitar a autoridades españolas, San Paulo para reuniones con ejecutivos de empresas brasileñas, incluyendo Odebrecht, Houston, para visitas al sector energético estadounidense, Dubai, Singapur, Hong Kong.
En cada uno de esos viajes, según lo que se pudo documentar, años después hubo hoteles de cinco estrellas, restaurantes de alta gama, cenas privadas, reuniones fuera de la agenda oficial, traslados en jets privados cuando las circunstancias lo permitían, equipos de acompañamiento reducidos, agendas que en la práctica nunca se hicieron completamente públicas.
Nada de eso por sí solo es ilegal. Un director de Pemex tiene que viajar, tiene que representar a la empresa, tiene que hospedarse en lugares compatibles con el nivel de sus contrapartes, tiene que cenar, que reunirse, que generar confianza con los inversores globales. Eso es parte del trabajo. Pero hay un umbral. Hay un umbral entre lo que es trabajo legítimo de un director de empresa estatal.
y lo que es la construcción a la sombra del cargo de un patrimonio paralelo que no corresponde al sueldo declarado. Y según los expedientes que después se abrieron, Lozoya cruzó ese umbral. Cuentas bancarias en el extranjero, estructuras corporativas en Panamá, en Liektenstein, en las Islas Vírgenes británicas. propiedades inmobiliarias tituladas a nombre de familiares, de amigos, de intermediarios, obras de arte de valor significativo, vehículos de lujo, ropa, relojes, accesorios.
Todo eso empezó a acumularse durante los años de Pemex, según la fiscalía. Y la historia cuando se desenreda siempre empieza por el activo más grande, el más visible, el más difícil de esconder, la casa. Y aquí llega la primera cosa que te prometí al principio. La casa. Lomas de Bezares no es una colonia cualquiera.
Es una de las 10 zonas residenciales más exclusivas de la Ciudad de México. al lado de Lomas de Chapultepec, muy cerca de bosques de las lomas, donde las casas no se venden, se heredan. donde los precios se miden en millones de dólares, no en millones de pesos. donde la gente que vive ahí no tiene que preguntarse de dónde vino su dinero, porque su dinero vino del dinero anterior, que vino del dinero anterior, que vino del dinero anterior.
En los años posteriores a que Lozoya tomara la dirección de Pemex, en una de las calles de esa colonia se concretó la adquisición de una residencia de varios cientos de metros cuadrados de construcción, con jardín amplio, con varias recámaras, con biblioteca, con zonas para personal de servicio. El valor documentado de la propiedad rondaba los 3.
4 4 millones de dólares y la operación, según los registros y las investigaciones posteriores de la fiscalía estaba vinculada a Emilio Lozoya. No compró la casa a su nombre directamente, usó estructuras intermediarios, propietarios formales que, según la fiscalía fueron identificados después como vehículos creados para encubrir al verdadero beneficiario.
Pero el origen del dinero, según las imputaciones, era claro. Una parte de los 10 y medio millones de Odebrech. Páralo un segundo. Lee eso otra vez en tu mente. Una casa de 3.4 millones de dólares adquirida, según los expedientes, con el dinero de una constructora extranjera que a cambio recibía contratos con Pemex.
Para que dimensiones lo que significan 3.4 millones de dólares. Te lo voy a traducir. A tipo de cambio de esos años, la propiedad equivalía a alrededor de 60 millones de pesos mexicanos. 60 millones. Piensa en lo que cuesta un departamento de interés social promedio en México, entre 800,000 y 1,illón y medio de pesos.
Con esa casa sola se podían haber comprado entre 40 y 75 viviendas de interés social, no una, 40, 75. O dicho de otra manera, 47 familias mexicanas podían haber pasado de rentar cuartos de azotea a ser propietarias de su primer hogar propio, con el valor de esa sola propiedad en lomas de Bezares, 47 familias.
Y una sola familia, según la fiscalía, concentró todo ese valor en una sola residencia, financiada con sobornos que venían de una constructora extranjera a cambio de contratos pagados con recursos del Estado mexicano. Así es como funciona la desigualdad en México. No es que la gente rica gane más, es que la gente rica convierte a través de esquemas que el mexicano común nunca va a poder entender del todo.
los recursos públicos en patrimonio privado y después se aferra a ese patrimonio como si lo hubiera construido con el sudor de su frente. Mientras afuera, en la misma ciudad, los mexicanos comunes pagaban el enganche de una casa de interés social en un fraccionamiento perdido de Tláwak, mientras una madre soltera rentaba un cuarto de azotea en Itapalapa por 5000 pesos al mes, mientras un joven recién egresado pasaba 3 horas en el metro todos los días para llegar a un trabajo que le daba 8,000 pesos mensuales.
Mientras un adulto mayor de la periferia de la ciudad hacía cuentas para ver si le alcanzaba para pagar el gas del garrafón ese mes o si tenía que guisar con leña otra semana. En Lomas de Bezares, el director de Pemex empezaba a construir adentro de una casa pagada, según la fiscalía, con sobornos un estilo de vida que durante años nadie supo que existía.
A lo mejor tú pasaste alguna vez sin darte cuenta por esa calle, a lo mejor en un taxi, a lo mejor de visita a un amigo, a lo mejor llevando a tus hijos a una fiesta de cumpleaños de algún compañero de la escuela privada donde pagabas colegiaturas con el sacrificio de cada mes. Y a lo mejor viste la barda de esa casa. No te detuviste, no sabías.
Pero adentro de esa barda, durante los años de la administración Peña Nieto, se estaba construyendo la evidencia física del desfalco más grande documentado en el sector energético mexicano del siglo XXI. Y eso, querido espectador, es apenas la primera cosa. Pero espera, porque para entender cómo llegamos de esa casa a esta historia, hay que contar cómo cayó Emilio Lozoya, porque los hombres como él no caen solos.
Los hombres como él caen cuando algo mucho más grande que ellos los alcanza. Y en el caso de Lozoya, lo que lo alcanzó vino de Brasil. En 2015 en Brasil la operación Lavajato, esa mega investigación de corrupción que sacudió al continente entero, empezó a destapar el sistema interno de sobornos de Odebrecht.
Ejecutivos de la empresa empezaron a testificar. Documentos internos aparecieron, los nombres de decenas de países empezaron a emerger y cuando en diciembre de 2016 el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció que Odebrecht había aceptado, en el marco de un acuerdo judicial pagar más de 3,000 millones de dólares en multas por su sistema global de corrupción, el escándalo se volvió planetario.
Uno de los países mencionados en ese acuerdo estadounidense fue México. Uno de los funcionarios mexicanos mencionados en los meses siguientes fue Emilio Lozoya. Al principio, Lozoya negó todo. Sacó comunicados de prensa, contrató a algunos de los mejores abogados penales del país, declaró que era víctima de una persecución política, que todo el escándalo era un invento, que nunca había recibido un peso de Odebrech, pero los hilos ya estaban tejidos.
En mayo de 2019, un juez mexicano giró una orden de aprensión contra Lozoya por los delitos de asociación delictuosa, cohecho y operaciones con recursos de procedencia ilícita. Eso dicho en castellano común significa te acusan de haber recibido sobornos, haberte asociado con otros para cometer delitos y haber lavado dinero.
Lozoya ya no estaba en México cuando se giró esa orden. Había salido del país antes. Lo que siguió fue una cacería internacional que duró casi un año. La Interpol emitió su ficha roja. Los gobiernos de varios países fueron alertados y finalmente en febrero de 2020 un equipo de la policía española encontró a Lozoya en una urbanización de lujo en las afueras de Málaga, en Andalucía. Ahí fue detenido.
Ahí empezó la pelea por su extradición y mientras tanto, otras piezas del rompecabezas iban cayendo. Su madre, Guilda Austin, había sido detenida en Alemania unos meses antes, en noviembre de 2019, en el marco de la misma investigación. Su hermana también fue vinculada a la pesquisa. Los parientes, las cuentas bancarias en Europa, las propiedades en los Estados Unidos, toda la red familiar y patrimonial empezó a ser desmantelada ciudad por ciudad, cuenta por cuenta.
Regrésate un momento a la escena de Hilda Austin, porque esa escena te la sembré en el acto dos y ahora la vamos a cosechar. una señora de la élite mexicana, esposa de un exsecretario de energía, madre de un exdirector de Pemex, acostumbrada a los salones privados, a las cenas de beneficencia, a los viajes de placer en Europa.
En noviembre de 2019, mientras su hijo ya estaba prófugo y las fichas rojas de Interpol corrían por varios continentes, Guilda Austin estaba en Alemania. Según reportes periodísticos de la época, las autoridades alemanas la detuvieron a solicitud de México en el marco de la investigación por presuntos movimientos financieros irregulares vinculados al caso Odebrecht. Imagina esa escena.
Una mujer mayor, bien vestida, con pasaporte diplomático de cortesía o con visados impecables, acostumbrada a ser tratada como lo que era la esposa de un exsecretario de Estado, la madre de un exdirector de Pemex, subiendo a una oficina federal alemana de detención con policías alemanes explicándole sus derechos en inglés, con un abogado que tenía que ser contratado a la carrera, con los titulares de la prensa mexicana explotando cada minuto que pasaba.
su hijo prófugo en otra parte de Europa. Su esposo también bajo sombra de investigación, su hija en el radar. Toda la familia en un momento convirtiéndose en parte de un expediente internacional que iba a marcar la historia reciente de México. La defensa de Guilda Austin, por supuesto, rechazó las imputaciones.
Argumentó que lo que había firmado era de buena fe, que no tenía conocimiento pleno de los orígenes de los recursos, que era víctima más que cómplice, del manejo patrimonial que otros habían hecho a su alrededor. Y algunos de esos argumentos con el tiempo fueron considerados parcialmente por los tribunales, pero el daño, el daño reputacional y humano ya estaba hecho.
Porque una cosa tiene que decirse y hay que decirla con cuidado. Si Hilda Austin era realmente víctima, si no sabía lo que firmaba, si no entendía el origen de los recursos, si solo servía de figura formal para proteger al operador principal, entonces la conclusión moral es una.
Emilio Lozoya Austin usó a su propia madre como escudo patrimonial. La metió en el juego sin que ella tuviera capacidad real para defenderse. La expuso a una detención internacional, a un proceso judicial, a una vejez marcada por la vergüenza pública. Porque él, elijo, necesitaba poner algunas firmas fuera de su propio nombre.
Y si Hilda Austin sabía, si ella participó activamente en la estructura, entonces la conclusión es otra, pero igual de dura. una familia entera construida sobre la complicidad silenciosa. Una madre que prestó su nombre a cambio de mantener la vida de privilegio que llevaba décadas disfrutando. Una generación que se traicionó a sí misma por conservar la casa en lomas y los viajes a Europa.
Cualquiera de las dos conclusiones, querido espectador, es triste porque así es como funciona. Si es como una fiscalía seria, paciente, con capacidad técnica, empieza a jalar del hilo de una corrupción internacional. No es por el acusado principal, es por los familiares. Los parientes son siempre el eslabón débil, porque ellos cargan con el lujo, pero no con la paranoia.
Ellos firman cuentas a su nombre que el operador principal ya no firmaría. Ellos viajan con pasaportes limpios, mientras el protagonista ya tiene alerta roja. Ellos dejan rastros que el profesional del delito ya no deja y cuando la fiscalía empieza a tirar de los hilos familiares, la red entera se descompone. Emilio Lozoya fue extraditado a México en julio de 2020.
llegó en un avión oficial, bajó con mascarilla. Eran los meses más duros de la pandemia y fue ingresado al sistema de justicia mexicano. Y ahí hizo algo que cambió la historia política reciente del país. Firmó un acuerdo de colaboración con la Fiscalía General de la República. A cambio de beneficios procesales, una figura similar a la del testigo colaborador, Lozoya empezó a entregar información.
documentos, nombres, fechas, transferencias, conversaciones. Y aquí llega la segunda cosa que te prometí, el arte. Porque entre las cosas que salieron de las declaraciones de Ozoya y de las investigaciones paralelas que las confirmaron en distintos grados, apareció algo que casi nadie esperaba. apareció un mundo paralelo, un mundo silencioso, un mundo que casi nadie, en la opinión pública mexicana había asociado con la corrupción de altos vuelos.
apareció el arte, porque resulta que una parte de los millones que según la fiscalía circularon en este caso no se quedaron en cuentas bancarias ni en bienes raíces ni en joyas, se convirtieron en obras de arte, cuadros, esculturas, pinturas firmadas por algunos de los nombres más cotizados del mercado mundial del arte del siglo XX.
Salvador Dalí, Pablo Picasso y otros artistas latinoamericanos de primer nivel. Obras con cotizaciones de cientos de miles de dólares cada una. Obras que circularon, según las investigaciones, entre propiedades, entre coleccionistas vinculados, entre operadores de galerías conectadas al círculo.
¿Por qué el arte? Porque el arte es el vehículo de lavado más elegante del mundo. El arte no tiene un precio fijo. Un cuadro puede valer un millón de dólares un día y tres al siguiente y medio al siguiente, dependiendo del mercado, del comprador, del estado de ánimo del subastador. El arte se puede mover de un país a otro sin declararse de la misma forma en que se declara el efectivo.
El arte se puede guardar en bodegas especializadas en puertos francos, zona franca de Ginebra, Singapur, Luxemburgo, donde durante décadas nadie te pregunta qué tienes guardado. El arte en la élite global es un banco con paredes y según los expedientes públicos relacionados con este caso, una parte de los montos vinculados al Ozoya terminó convertida en obras, obras que decoraban propiedades, obras que cruzaban fronteras como equipaje cultural, obras que nunca fueron incautadas a tiempo porque nadie hasta ese momento estaba mirando ese canal con la profundidad
necesaria. La defensa del Ozoya ha rechazado partes específicas de estas imputaciones. Ha sostenido que ciertas obras eran patrimonio familiar heredado. Ha presentado documentos de procedencia. ha argumentado que la fiscalía está criminalizando el coleccionismo legal y algunos de esos argumentos hay que reconocerlo.
Para ser justos pueden tener sustento en casos específicos que siguen revisándose en los tribunales. Pero el patrón general, el de que la corrupción de altos vuelos usa el arte como uno de sus vehículos favoritos, no es invento mexicano, es un patrón global reconocido por organismos como el Grupo de Acción Financiera Internacional, el GAFI y por unidades de inteligencia financiera de decenas de países.
El caso Lozoya en este aspecto no es una excepción, es una lección. A lo mejor tú que escuchas esto, nunca has visto un cuadro de Dalí de cerca, nunca has pisado una galería de Polanco donde venden obras en millones de dólares. Nunca has estado adentro de un puerto franco de ginebra donde los coleccionistas guardan sus tesoros lejos del fisco.
y piensas con razón que ese mundo no tiene nada que ver contigo, pero tiene todo que ver contigo, porque el dinero que financia ese mundo en buena parte salió de contratos públicos, de obras que no se hicieron, de presupuestos que se desviaron, de refinerías que se pagaron al doble de su valor real. salió de ti, de tus impuestos, de las contribuciones que tu vecino pagó, de los recursos que se suponía iban a construir hospitales y carreteras en tu estado.
Y una parte de eso, transformada en pinceladas sobre un lienzo, terminó en el muro de una mansión que tú nunca vas a visitar. Esa es la segunda cosa. Esa es la forma elegante del robo. Pero espera, porque falta más. Esta es la tercera y necesito que pongas atención los vuelos. Porque la corrupción cuando es de este nivel tiene uso horario mundial.
No se planea en una cantina de la colonia Roma. Se planea en hoteles de cinco estrellas en Ginebra, en restaurantes con estrellas Micheline en Sao Paulo, en salones privados de aeropuertos internacionales donde los aviones esperan con las turbinas encendidas. Y según los documentos que empezaron a salir del caso Lozoya, el patrón de viajes del exdirector de Pemex durante y después de su administración fue impresionante.
No un viaje al mes, no dos, no tres. En algunas semanas documentadas, múltiples vuelos privados y comerciales a destinos como Miami, Nueva York, Madrid, Ginebra, Río de Janeiro, San Paulo. Reuniones con ejecutivos de Odebrecht. reuniones con ejecutivos de empresas filiales y subsidiarias, reuniones con intermediarios financieros en paraísos fiscales.
Uno de los nombres que aparece con más frecuencia en esas reuniones, según la investigación brasileña que destapó el caso, es el de Luis Alberto de Meneces, Whale, exdectivo de Odebrecht en México. Durante los años clave del supuesto esquema, Wale colaboró con las autoridades estadounidenses y brasileñas. Su testimonio fue uno de los que permitió reconstruir con detalle cómo operaba el sistema de pagos hacia funcionarios mexicanos.
Los encuentros con Lozoya, según la versión de la fiscalía, versión que Lozoya y su defensa han discutido en distintos momentos del proceso, habrían ocurrido en distintos hoteles de alto nivel entre la Ciudad de México, Brasil y Europa. Las escenas, si te las imaginas, parecen salidas de una película, un restaurante con vista al mar Mediterráneo, un ejecutivo brasileño, un funcionario mexicano, una botella de vino francés, cuyo precio en un supermercado normal de México podría alimentar a una familia durante un mes.
Conversación sobre contratos, sobre licitaciones, sobre condiciones que se pueden flexibilizar desde el escritorio del operador mexicano. Y al final, una vez terminada la cena, los detalles del pago cifras, cuentas, rutas discutidos en voz baja sobre el café y el postre. Nunca se vio un solo peso en billetes.
El método moderno de la corrupción de altos vuelos no necesita billetes, necesita transferencias bancarias entre jurisdicciones opacas. Cuentas en Panamá, cuentas en Liechenstein, cuentas en Suiza. Estructuras fiduciarias en las islas vírgenes británicas. operadores bancarios cómplices que saben que si no hacen preguntas siguen recibiendo comisiones por mover millones sin trazabilidad real y después ya en el periodo de su huida entre 2019 y su detención en Málaga, una segunda capa de vuelos de propiedades rentadas en urbanizaciones de lujo de la
Costa del Sol, de movimientos financieros a través de cuentas y tarjetas que no estaban a su nombre directo. En esos meses de fuga, según lo que reportaron medios españoles y mexicanos, Lozoya vivía en una de las zonas residenciales más exclusivas de Málaga. Pagaba la renta con tarjetas de corporaciones, se movía en vehículos propiedad de terceros, hacía compras en tiendas de lujo del centro de la ciudad, asistía a cenas privadas en restaurantes de alto nivel.
intentaba, en pocas palabras, mantener su estilo de vida mientras se presentaba como un empresario mexicano que vivía en España por razones personales. La cohartada funcionó durante meses hasta que la Interpol coordinó con la policía española, cerró el cerco y lo capturó. Todo documentado, todo parte del expediente que la fiscalía acumuló para pedir su extradición.
Y mientras pasaba todo eso, mientras un hombre volaba con jets privados entre Ginebra y la Ciudad de México, mientras otro hombre llegaba a restaurantes de estrellas Micheline en Madrid, mientras otro hombre firmaba contratos de renta en urbanizaciones de Málaga por montos que una familia mexicana tardaría una vida entera en reunir.
Tú ibas a tu trabajo, manejabas tu carro en el embotellamiento del periférico, le pagabas la colegiatura a tus hijos. Le cambiabas llantas al carro, aunque no querías gastar. Cargabas la ansiedad del fin de quincena, cargabas la preocupación del pariente enfermo. Cargabas la vida, en una palabra, que carga la mitad de México. Dos mundos paralelos corriendo al mismo tiempo, pagados por el mismo país y uno alimenta al otro.
Esa es la tercera cosa, pero espera porque viene la cuarta y ahora la cuarta, la más pesada de todas. Cuando Emilio Lozoya llegó a México extraditado en julio de 2020, los medios del mundo ya hablaban del caso. Todos esperaban, expectantes, que diera su versión. Todos se preguntaban si iba a hablar, si iba a callar, si iba a negar, si iba a arrastrar consigo a los demás.
Lozoya habló y en su denuncia, en sus declaraciones ante la Fiscalía General de la República, en los documentos que entregó, en las declaraciones juradas que firmó, aparecieron nombres que sacudieron el tablero político mexicano, nombres de exsecretarios de Estado, nombres de excandidatos presidenciales, nombres de exleisladores de los partidos más importantes del país y en algunos momentos alusiones que tocaban al entorno cercan o del propio Enrique Peña Nieto.
La denuncia formal que Lozoya presentó, que generó titulares durante semanas, involucró a varias figuras del alto gobierno del sexenio 2012-2018. Mencionó al exsecretario de Hacienda, Luis Videgará y Caso. Mencionó al excandidato presidencial, Ricardo Anaya Cortés. mencionó al expresidente Felipe Calderón Inojosa, mencionó a varios exleisladores, narró episodios concretos supuestamente, según su versión del reparto de recursos para la aprobación de la reforma energética en el Congreso de la Unión.
Todas esas personas rechazaron categóricamente las acusaciones. Todos sostuvieron y siguen sosteniendo su inocencia. Videgaray negó. Anaya negó. Calderón negó Peña Nieto cuando fue mencionado en distintos momentos del caso, negó. Pero la denuncia de Lozoya no fue un señalamiento abstracto, fue concreta, tenía escenas, tenía lugares, tenía montos.
Y aunque muchas de esas afirmaciones siguen a la fecha de este video pendientes de ser probadas judicialmente, el relato que Lozoya armó en sus declaraciones es una de las descripciones más detalladas que se han hecho desde adentro sobre cómo se dice que habría operado la corrupción política de alto nivel en el sexenio 2012-2018. Uno de los episodios más sonados fue el relativo al llamado soborno para la reforma energética.
Lozoya declaró, y esto es clave, son sus declaraciones entregadas a la fiscalía sujetas a verificación y contradicción que en los meses previos a la aprobación de la reforma energética en el Congreso, durante 2013, hubo un esquema mediante el cual se habría distribuido dinero en efectivo a legisladores del partido Acción Nacional, el PAN, para asegurar los votos necesarios para modificar la Constitución.
Lozoya narró con detalle entregas de efectivo en inmuebles relacionados con el área financiera del gobierno. Mencionó montos, mencionó nombres, mencionó fechas aproximadas. Los señalados Ricardo Anaya especialmente, quien era entonces dirigente del PAN en la Cámara de Diputados, rechazaron tajantemente la acusación. Anaya fue citado a declarar.
Anaya se presentó. Anaya defendió su posición con firmeza. Y el caso en su contra, hasta el momento en que se graba este video, ha tenido distintos momentos procesales que no han culminado en sentencia firme condenatoria. No hay, y es vital decirlo, prueba judicial concluyente de esa acusación específica, pero el relato quedó.
quedó en la memoria pública, quedó en las notas periodísticas, quedó como parte de una narrativa general, según la cual para aprobar la reforma energética más importante en 80 años, el dinero habría funcionado como combustible del proceso legislativo. Lozoya también narró episodios relacionados con Ricardo Anaya en otras fases, incluidos supuestos pagos hechos a través de intermediarios durante la elección presidencial de 2018.
Todos rechazados, todos controvertidos, todos en su momento objeto de carpetas que la fiscalía abrió y cerró en distintos momentos. Otro episodio fuerte involucraba al expresidente Felipe Calderón y Nojosa. Lozoya testificó nuevamente. Es su testimonio, no un hecho probado sobre supuestos contactos, operaciones y relaciones patrimoniales que involucraban al expresidente y su círculo en relación con distintos temas de interés del sector energético.
Calderón ha rechazado categóricamente cualquier implicación. El expresidente sigue defendiendo su inocencia con vigor a través de comunicados, entrevistas y acciones judiciales propias. La investigación por esa vía, por lo que se sabe públicamente, no ha prosperado en los tribunales.
Y aquí hay que hacer una pausa, porque la declaración de un testigo colaborador como la figura jurídica que Lozoya usó para cooperar con la fiscalía tiene un peso probatorio limitado cuando no viene acompañada de pruebas documentales adicionales. En México y en general en cualquier sistema de derecho moderno, la palabra de un acusado que denuncia a otros para reducir su propia pena no puede ser la única base para condenar a un tercero.
Necesita corroboración, necesita documentos, necesita flujos financieros trazables, necesita testigos independientes. Parte de lo que denunció Lozoya tuvo ese respaldo y avanzó. parte no lo tuvo y se cayó. Y parte sigue ahí en el limbo procesal esperando. Ese es, querido espectador, el verdadero problema de la justicia mexicana en casos como este.
No es que la ley no alcance a los poderosos, es que cuando la ley parece estar a punto de alcanzarlos, el sistema se ralentiza lo suficiente como para que las pruebas se enfríen, los testigos cambien de versión, las presiones políticas muten y los procesos terminen diluidos. Y lo que siguió fue la cosa más mexicana del mundo.
Una guerra de declaraciones, una guerra de conferencias de prensa, una guerra de redes sociales, una guerra de columnistas afines y contrarios. Mientras los tribunales en silencio iban revisando documento por documento lo que Lozoya había entregado. Parte de lo que denunció, la fiscalía lo tomó en serio y abrió carpetas de investigación.
Parte de lo que denunció fue descartado por falta de pruebas. Parte de lo que denunció todavía sigue en revisión. No hay, y esto es importante decirlo, una conclusión judicial final sobre la totalidad de sus acusaciones. Algunas personas mencionadas por él han sido citadas, otras han sido imputadas, otras han sido simplemente investigadas, otras han sido exoneradas por falta de elementos.
Pero el hecho de que un exdirector de Pemex ante la Fiscalía General de la República hubiera señalado con nombre y apellido a tantos exfuncionarios de los partidos más importantes del país, eso por sí solo fue un terremoto político. Y aquí viene el momento que tienes que oír con mucha atención, porque lo más grave de la denuncia del Ozoya no fueron los nombres individuales.
Lo más grave fue lo que esos nombres implicaban. implicaban que el sistema durante el sexenio 2012 no era una suma de actores aislados robando aquí y allá. Era una red, una red coordinada, una red en la que altos funcionarios de distintas áreas del gobierno, finanzas, energía, política legislativa estaban al tanto, según las denuncias, de cómo funcionaban ciertos flujos de dinero extranjero vinculados a contratos públicos.
No todos participaron, no todos recibieron. Pero según las denuncias públicas del propio Lozoya, muchos sabían. Páralo un segundo, lee eso otra vez. Una red, no un hombre, no un cohechador solitario. Una red. Y si existió, si existe en cualquier grado lo que Lozoya denunció, entonces la corrupción de esos 6 años no fue un accidente, fue un sistema, un sistema que operó a la vista, protegido por la inmunidad política.
y por la lentitud de los tribunales durante el tiempo suficiente para drenar recursos gigantes del patrimonio nacional. Y esa red, según las declaraciones de Lozoya, tenía nombre, tenía apellido, tenía firma, tenía fecha. Y parte de eso, según fuentes cercanas a la investigación, estaba en esa libreta que Arfuch encontró esa madrugada en la caja fuerte escondida detrás de la biblioteca de la casa de Lomas de Bezares.
Y mientras todo eso pasaba, las denuncias, las imputaciones, las carpetas, los documentos, lo zoya mismo, desde la libertad condicional que se le concedió en distintos momentos del proceso, protagonizó un episodio que se volvió el símbolo perfecto de la impunidad mexicana. Senó en el restaurante Junan, en el polanco más exclusivo de la Ciudad de México, Emilio Lozoya, acompañado de su esposa y de parte de su equipo legal, fue captado en video comiendo un pato pequinés.
La cena, según los precios publicados del lugar en aquel momento, superaba con creces lo que un salario mínimo mexicano cobra en dos meses de trabajo. Ese episodio, El famoso pato pequinés de Lozoya, se volvió viral. Reconstruye la escena en tu cabeza. Un hombre acusado formalmente por la Fiscalía General de la República de Cohecho, asociación delictuosa y operaciones con recursos de procedencia ilícita.
un hombre que había sido extraditado desde España, un hombre que había firmado un acuerdo de colaboración con la justicia mexicana precisamente para evitar pasar sus años productivos dentro de un reclusorio. Un hombre cuyo proceso judicial estaba bajo la lupa de millones de mexicanos, un hombre cuya liberación bajo medidas cautelares se había justificado en parte por supuestas condiciones de salud.
Ese hombre, un fin de semana estaba en uno de los restaurantes asiáticos más caros de la capital mexicana, acompañado de su esposa, acompañado de sus abogados, comiendo un plato cuya preparación en el Junan se hace en vivo frente a los comensales. El mesero corta el pato rostizado con técnica de alta cocina, lo acomoda sobre tortillas delgadas, lo sirve con salsa especial en una ceremonia que dura varios minutos y que los otros comensales del restaurante inevitablemente presencian.
Y entre esos otros comensales, esa noche había alguien con un celular, alguien que reconoció a Lozoya, alguien que grabó el video, alguien que lo subió a redes sociales y el video explotó. Porque en ese plato, en esa botella de vino, en esa sonrisa disimulada de un hombre que supuestamente estaba cooperando con la justicia, se condensó todo lo que millones de mexicanos sabían y no podían probar.
Que en este país, aún cuando la ley te alcanza, si tienes el perfil correcto, la ley te trata distinto. Te deja comer pato pequinés, te deja volver a dormir en casa. Mientras el mexicano común acusado de delitos muchísimo menores, duerme acinado en un reclusorio esperando su audiencia por 2 años, piensa en el contraste. Un taxista de Istapalapa, acusado de robo menor, pasa a veces 18 meses en prisión preventiva sin sentencia en el Reclusorio Oriente, en celdas que albergan a dos o tres veces la población para la que fueron diseñadas. Ese taxista come lo que le
lleva su esposa cada domingo en una bolsa de supermercado. Tortillas frías, algo de arroz. Si tiene suerte, un guisado casero que ya se enfrió en el camino. Mientras tanto, un exdirector de Pemex, imputado por un fraude que involucra millones de dólares internacionales, come pato pequinés cortado al momento.
En un restaurante cuyas paredes tienen obras de arte, cuya carta de vino se mide en miles de pesos por botella, cuyo ballet parking alinea camionetas blindadas en la calle. Ese es el país. Ese es el país al que AMLO le declaró la guerra desde la mañanera cuando supo del video. El país de los dos sistemas de justicia, el país de la impunidad selectiva, el país de los que siempre cenan pato pequinés y de los que siempre comen lo que cabe en una bolsa de supermercado.
La indignación pública fue tanta que las autoridades judiciales revisaron las condiciones de su libertad condicional. Terminaron revocándole ese beneficio, terminaron enviándolo al reclusorio norte de la ciudad de México y ahí, por primera vez en su vida, Emilio Lozoya, Austin, el de Harvard, el del Foro Económico Mundial, el del pato pequinés, durmió adentro de una prisión común, un hombre entrenado para mandar órdenes durmiendo en la celda de una prisión mexicana, al lado de hombres que en su vida han escuchado hablar de Avajato, ni de Odebrecht, ni del foro
económico mundial. Hombres que solo saben que sus delitos muchísimo menores en muchos casos los tienen ahí adentro desde hace años sin audiencia resuelta. Esa imagen, si lo piensas, es el final de una época o al menos eso queremos creer el principio de otra. Esa es la cuarta cosa. Esa es la libreta.
Esos son los nombres. Esa es la red. Hoy en 2026 Emilio Lozoya Austin sigue con procesos judiciales abiertos. Las carpetas se han movido. Algunos imputados relacionados han sido citados, otros absueltos, otros siguen en el camino. La pelea judicial alrededor de su caso continúa con matices, con recursos, con apelaciones.
Parte de lo que denunció sigue siendo revisado por la fiscalía. Parte de las propiedades que se le atribuyeron están en procesos de aseguramiento o de remate. Parte de su familia ha regresado a México, otros se han quedado en el extranjero. El caso Lozoya, visto a varios años de su extradición, es un caso sin conclusión limpia.
No es la victoria completa del Estado sobre la corrupción. Tampoco es la derrota completa del Estado frente a un corrupto protegido. Es, como pasa con casi todo en México, algo en medio. Un caso parcialmente cerrado, parcialmente abierto, parcialmente resuelto, parcialmente pendiente, pero hay cosas que sí cambiaron con este caso.
Cambió la idea de que los funcionarios de alto nivel del sexenio 2012 eran intocables. cambió la idea de que una constructora extranjera como Odebrecht podía operar en México sin consecuencias. Cambió la idea de que el arte, los jets privados, las casas en lomas de Bezares eran vehículos inviolables para la corrupción y cambió en alguna medida, el nivel de escrutinio público que la sociedad mexicana le exige a sus exfuncionarios.
Eso por sí solo ya es una victoria. Porque cuando veas a alguien de la élite política mexicana, del partido que sea, volviendo a repetir los gestos de impunidad, la cena cara, el viaje internacional, la propiedad sin explicar, vas a tener en la cabeza el nombre Lozoya como un recordatorio, como una alarma, como un precedente.
Si esta historia te tocó de alguna manera, si alguna vez pagaste tus impuestos y pensaste, ¿cómo es posible que con lo que aporto yo y lo que aporta cada mexicano haya gente que se robó mansiones enteras en Polanco, si alguna vez oíste hablar del caso o de Bresht y no entendiste del todo qué había pasado, si alguna vez sentiste que la justicia mexicana era selectiva, cómplice, lenta, entonces esta historia es tuya, no es mía, es tuya.
Y antes de que te vayas, necesito que sepas algo. Esta historia de Lozoya no es una historia aislada. Es una pieza de un rompecabezas más grande que llevamos meses desarmando en este canal. Un rompecabezas donde cada pieza conecta con la siguiente. Y si llegaste hasta aquí, te estoy pidiendo que no te quedes a medias.
Porque si quieres entender cómo se formó la red política en la que creció Lozoya, tienes que ver el video que hicimos sobre Raúl Salinas de Gortari, el hermano incómodo del presidente Carlos Salinas, el hombre al que le encontraron 130 millones de dólares en cuentas suizas. El hombre cuyo expediente es la explicación de cómo nació el estilo de corrupción que Lozoya perfeccionó décadas después.
Ese video lo tienes arriba en el canal, búscalo, te está esperando. Porque si quieres entender cómo funcionó por dentro el sexenio que encumbró a Lozoya, no te puedes perder el video que hicimos sobre Enrique Peña Nieto y la maleta que salió de México hacia España. Las escenas que ahí reconstruimos conectan de forma directa con lo que acabas de escuchar hoy, porque Peña Nieto y Lozoya son la misma historia.
Na, una no se puede contar sin la otra. Y el Peña Nieto del que vas a escuchar en ese video no es el que te contaron los noticieros de siempre. Porque si quieres entender cómo opera la impunidad mexicana desde los niveles más altos, necesitas ver nuestro video sobre Felipe Calderón y el búnker, el expresidente que, como oíste hoy, aparece mencionado en las denuncias del propio Lozoya, el hombre que hasta hoy sigue peleando su narrativa desde el extranjero.
Ahí tienes la contraparte del caso. Ahí tienes al hombre que nos explica por qué en México los expresidentes son quizás el último club verdaderamente intocable del país. Y si quieres ir al tema más oscuro de toda esta trama, la seguridad, el narco, la protección institucional que hizo posible que redes de este tipo operaran con aparente impunidad, entonces el video de Genaro García Luna es el siguiente que tienes que ver.
Un hombre condenado en Nueva York, un hombre que desde una celda federal estadounidense conoce más secretos del sexenio Calderón que cualquier otra persona viva. Un hombre cuya caída es quizás el primer caso real de justicia mexicana ejecutada, aunque haya sido en territorio extranjero, contra un exalto funcionario del Estado.
Cuatro videos, cuatro piezas del mismo rompecabezas. Están todos en el canal. Arriba te están esperando. Y si los ves en orden Raúl Salinas, Peña Nieto, Calderón, García Luna, vas a salir con una comprensión del México contemporáneo que muy pocos noticieros te van a dar completa. Te lo prometo.
Y ya que estás aquí, mándale este video que acabas de ver a esa persona que cree que ya se sabe la historia del caso Odebrecht en México. a ese primo que defiende todavía al sexenio de Peña Nieto, a esa tía que piensa que el caso Lozoya fue puro show político, a ese amigo que vota por el partido que sea, pero que exige transparencia a todos por igual, porque la información compartida cambia más opiniones que los discursos.
La próxima semana vamos a subir el video que la gente nos lleva pidiendo desde los primeros meses del canal, La historia de Luis Videaray. caso. El hombre que al lado de Peña Nieto tomó las decisiones financieras más grandes del sexenio. El hombre que Lozoya señaló con nombre y apellido en su denuncia. El hombre que hasta hoy, desde donde está sigue defendiendo su inocencia.
Te garantizo lo que vas a escuchar la próxima semana te va a hacer conectar piezas de esta historia que todavía no están cerradas. Y mientras tanto, cuéntamelo en los comentarios. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que Emilio Lozoya dijo la verdad cuando denunció a sus excompañeros de gabinete? ¿O fue una estrategia de supervivencia judicial sin fundamento real? ¿Crees que el Estado mexicano fue demasiado blando con él al darle colaboración eficaz o demasiado duro al revocarle la libertad condicional por una cena? ¿Crees que el caso Lozoya sirvió para avanzar en el
combate a la corrupción o solo fue un espectáculo mediático sin efectos? sistémicos. Dime abajo, léanse unos a otros, discútanlo, debátanlo, porque este país, querido espectador, solo cambia cuando sus ciudadanos nos incomodamos con lo que sabemos. Y una cosa más, para cerrar, hace 40 años un hombre manejaba la energía mexicana desde los despachos de Carlos Salinas de Gortari. Ese hombre tuvo un hijo.
Al hijo le pusieron el mismo nombre y 30 años después ese hijo iba a manejar la energía mexicana desde los despachos de Enrique Peña Nieto. Los dos apellidos, el mismo cargo, el mismo sector, 30 años de distancia. En México el poder es hereditario, eso hay que decirlo. Las familias rotan, los apellidos se quedan y mientras los nombres circulan entre oficinas, los contratos, los recursos, las decisiones siguen siendo manejadas por las mismas 10 o 12 redes de poder desde hace décadas.
El caso Lozoya es una grieta, una grieta en ese sistema. No lo derrumba. No va a derrumbarlo por sí solo, pero lo agrieta. Y cada grieta con el tiempo suma Y cada grieta con suficiente suma puede convertir un muro aparentemente sólido en un muro que ya no aguanta. A este pueblo le están haciendo ver las grietas una por una y el pueblo las está viendo.